Muy nuestra: el pasado y el futuro de Nuestra historia narcótica

El libro de Froylán Enciso ofrece una historia alternativa de la prohibición y la regulación de las drogas en México.

| Salud


Froylán Enciso, Nuestra historia narcótica:

Pasajes para (re)legalizar las drogas en México

México, Debate, 2015, 249 pp.


Nuestra historia narcótica es, en su primera lectura, una colección de viñetas, magistralmente pintadas, sobre nuestras múltiples relaciones con las drogas. Lo mismo nos lleva a imaginar la frustración de las mujeres campesinas de la sierra de Badiraguato, Sinaloa, que se negaron a aceptar los abusos de los militares durante la Operación Cóndor en 1976, que reconstruye la paciente labor cotidiana de los médicos que, en 1940, forjaron, mediante nuestra brevísima experiencia con la legalización de las drogas, un subversivo ejemplo para el mundo en el que la autoridad suministraba las drogas en vez de perseguir a quienes las consumían —de no haber sido podado tan temprano, ese modelo nos habría quizá ahorrado el dolor que hoy abarca cada esquina del país y buena parte de la región.

El libro también nos ofrece una nueva visión sobre episodios conocidos. Por ejemplo, un retrato de Caro Quintero, el tristemente célebre campesino y asesino que en los años ochenta queríamos imaginar nos pagaría la agobiante deuda externa. Describe la veneración a “la niña blanca” —el culto de la Santa Muerte— y su relación con la cultura del narcotráfico en Tepito, que tantas fantasías engendra entre quienes se ven como parte de la clase ilustrada. A la vez, nos obliga a ver a los ojos a nuestro rancio racismo. Así, las señoras “bien” que a principios del siglo XX visitaban los fumaderos de opio y los proto-mirreyes  de entonces que hasta de la democrática mota hacían excusa para engendrar un club selecto y exclusivo, conviven con la tropa de soldados rasos revolucionarios que alivia sus dolores con la motita suministrada por los músicos del ejército. También aparecen personajes de nuestra vida cotidiana presente: por ejemplo, ese coto privado de súper lujo que permite a la élite de Culiacán vivir aislada de la vorágine de violencia y pobreza que envuelve a la ciudad, y que es una metáfora de cualquier ciudad mexicana promedio; o el consumidor que “se da un toque” o “se mete una raya”, no sin antes dedicar migajas de culpa a la sangre derramada por la prohibición absurda sostenida por su gobierno.

Encontramos en Nuestra historia narcótica episodios clave para una historia alternativa de la prohibición y la regulación de las drogas en México, e inclusive una interpretación revisionista del tan cacareado intervencionismo estadounidense. El libro saca a la luz episodios cruciales pero relativamente poco conocidos. Allí está la Operación Intercepción, en la que se forjó el ADN de la cooperación entre los gobiernos de México y Estados Unidos en la guerra contra las drogas. También está el momento fundacional, durante el Constituyente de 1917, en el que el carrancismo aportó una de las piezas clave de nuestro régimen constitucional de protección a la salud (que, dicho sea de paso, hace que la etiqueta “fascista sanitario” —con la que la industria tabacalera tildó a quienes abogábamos hace unos años por regular mejor el mercado del tabaco— adquiera tracción y contenido).

Estos retratos terribles de nuestra historia conviven con otros más edificantes. El libro rescata la figura del doctor Leopoldo Salazar, proponente de la legalización y regulación de las drogas, y nos permite —¡alivio!— admirar a alguno de los personajes involucrados en definir la política de drogas desde el gobierno mexicano. Su contraparte, lo que hoy llamaríamos la “sociedad civil”, aparece indignada y activa en la Operación Dignidad, una respuesta al intervencionismo gringo que nos sirve de ejemplo a quienes no estamos dispuestos a modular nuestra crítica a una política de gobierno indecente y sanguinaria que mata a ciudadanos en nombre de la “salud pública”.

Más allá de estas viñetas, el libro de Enciso también ofrece marcos de referencia para dar sentido al caos aparente; a veces con voz propia, a veces mediante la excusa de reportear alguna conversación con los bien versados. El libro entrega herramientas analíticas útiles, como la distinción entre “alta narcocultura” —esa mediante la que la élite negocia la impunidad o se imagina alteridades para salir del atolladero— y “baja narcocultura” —a la que recurren las clases populares para cumplir varias funciones: manejar psicológicamente el riesgo de participar en el negocio; cohesionar y organizar a los participantes frente a una sociedad que los ha estigmatizado, y servir de propaganda para atraer nuevos reclutas.

Froylán Enciso se merece un lugar entre los jóvenes periodistas sobre quienes ha recaído la responsabilidad de ser improvisados guías en medio de la mentada guerra. Pero es, además, un académico, dotado de la paciencia que aporta un entrenamiento en la más tectónica de las disciplinas, la historia. Sus viñetas y sus reflexiones nos dibujan el panorama que han formado las decisiones que, como sociedad, hemos venido tomando, por acción o por omisión, en sumisión o en resistencia.

Hace ya algunos años, un querido amigo, periodista cercano a la academia, presentaba su libro explicando por qué había optado por el periodismo y no por la academia. Decía que los académicos somos como el borracho del chiste, que busca las llaves perdidas de su auto, no donde las perdió sino debajo de un faro… porque allí sí hay luz. Los académicos vamos a donde está la información, no a donde está el problema. La alegoría me marcó. Si eso es cierto para las ciencias sociales en general, lo es más para quienes desde la academia hemos incursionado en el estudio de los fenómenos en torno a las drogas y su prohibición, en donde los registros son pocos y las más de las veces producto de especulaciones o conjeturas cargadas de inclinaciones políticas. Con frecuencia nos inunda la sensación de que la información a la que tenemos acceso es distante de los problemas y resulta insuficiente para realmente entenderlos.

Así las cosas, no sorprende que los académicos estemos rezagados frente a los periodistas en el esfuerzo por documentar, primero, y dotar de sentido explicativo, después, este desastre belicista que bautizaron los políticos como “guerra contra las drogas” y cuyas consecuencias son “imperdonables”. Periodistas como Marcela Turati o Diego Enrique Osorno nos han ofrecido los primeros vistazos a la magnitud de la tragedia nacional. Más recientemente, otros, como los Dromómanos, nos han obligado a ampliar el horizonte de nuestra visión. Al mismo tiempo, algunos académicos han hecho aportaciones valiosas desde antes y en medio de la catástrofe nacional que nos legó (sobre todo) Felipe Calderón, pero la mayoría apenas comenzamos a ofrecer contribuciones que vayan más allá de la seguridad de donde ilumina el farol de los datos y las estadísticas oficiales. Tardamos en adentrarnos en la penumbra donde está el problema. En revancha, me digo que los periodistas con frecuencia están tan inmersos en la densidad de los eventos que no llegan a tomar la distancia crítica que la academia, andando a un ritmo tectónico.

En síntesis, Enciso, como periodista, nos ofrece nodos clave para entender las dinámicas que se han forjado a lo largo de nuestras guerras —íntimas e internacionales— en torno a las drogas. Pero además, como académico, aporta la perspectiva pausada y reflexiva que conecta esos nodos y nos permite comprender desde un ángulo más amplio las relaciones que hacen de las muchas viñetas una historia.

Al final del día, nuestra historia narcótica es nuestra porque está compenetrada con nuestra flora y con nuestra estética; porque ha sido la consecuencia de lo que hemos adoptado de y aportado a la botánica y la farmacopea mundial; porque refleja y refuerza nuestras creencias colectivas tanto o más que nuestra incredulidad compartida en el gobierno y las instituciones; porque ha resultado por partes iguales de nuestra inventiva y de nuestra desidia y pasividad, pero siempre de las elecciones que hemos tomado para bien o para mal. Es nuestra porque nos define en lo subjetivo y en lo público; porque ha inspirado las mejores y peores políticas gubernamentales. Pero no solo ha sido nuestra, sino que puede y debe ser nuestra en otro sentido: debemos reapropiárnosla y redefinirla. Y para hacerlo, nos hacía falta enterarnos que se trataba de nuestra historia.

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