No, aquí no nos tocó vivir

La elección de Donald Trump como presidente de EUA no provocó el apocalipsis que muchos esperaban en aquel país. Sin embargo, México parece desmoronarse. Lo que nos tiene en ese panorama, a decir de Luis Madrigal, son decisiones políticas. 2018 será un año crucial.

| Contexto

A veces me parecen muy tiernos los gringos. Son los únicos habitantes del planeta que miden el éxito de sus eventos deportivos en kilos de guacamole consumidos o en cuántas veces se jaló de la cadena al medio tiempo. Son el país del mantel cuadriculado para el picnic en los días de sol; las bodas que se ensayan un día antes; el lugar donde todavía se venden miles de tarjetas para decir Thank you. Son —¡mi vida! — el país que creía que se acababa después de elegir a Donald Trump como presidente.

El mundo postapocalíptico en el que ahora vivo se parece demasiado al otro. Aquí en Nueva York el metro todavía funciona y la basura se recoge; hay tanta gente viviendo en la calle como antes de noviembre. No ha habido saqueos ni motines. Ha habido más protestas, eso sí, marchas en varias ciudades. Cómo olvidar la cartulina más radical, la más virulenta: la niña que garabateó con un puñado de colores. Otra pancarta popular en Nueva York dejaba claro lo que estaba en juego: ‘Protestar es el nuevo brunch’, decía, y por un sábado, Instagram se llenó de fotos de valientes demócratas en vez de mimosas.

Los gringos ven con apremio a Trump. Las señales del desmoronamiento venidero están en todos lados. El presidente mira mucha televisión; no entiende las metáforas. Un canal de noticias parece emisora de Estado, soldado del partido en el gobierno. Los números de Trump son de escándalo, inauditos: nunca un presidente había tenido una aprobación popular tan baja. Solo 40% de los estadounidenses lo respalda.

Y entonces, en algún rincón del otro mundo, Enrique Peña Nieto ve esas cifras y suspira de envidia.

Una encuesta del periódico Reforma, publicada a inicios de año, ponía en números un estado anímico: únicamente 12% de los mexicanos aprueba el trabajo de su presidente. Uno piensa que quizá no puede caerse más bajo y entonces llega el New York Times y nos desnuda ante el mundo con una metáfora en primera plana: la Ciudad de México, ahí donde está el Palacio Nacional, se está hundiendo.

Los mexicanos ya lo sabíamos. Lo presumíamos como parte del folclor decadentista ante las visitas. Esos edificios chuecos son una curiosidad, no pasa nada; ha habido operativos más publicitados para quitar los chicles de la banqueta que para resolver un hundimiento que lleva siglos. Es como el fin del Sistema Solar: está comprobado científicamente, será una catástrofe de grandes dimensiones, pero el proceso es tan discreto, tan comedido, que queda ignorado en un país que utiliza amplificadores con reguetón a todo volumen para llamar la atención de los compradores de coches distraídos.

La mirada extranjera suele revelar las cosas que, supuestamente, deberían sernos intolerables. Esas visiones son siempre ideológicas. A veces es el FMI que no se explica “tanto Estado”; otras, Creelman y el presidente que dura treinta años.

Pero ahora no hay justificación posible para las vergüenzas por las que pasamos. Si otro periódico gringo exhibe la casa de Malinalco de aquel secretario; si un grupo internacional de expertos se escandaliza ante la PGR y sus procedimientos; si resulta que el país supera a Afganistán e Irak en número de asesinatos diarios; si el gobierno compra sofisticado software antiterrorista para vigilar activistas; si se comprueba que México es el pedazo del mundo donde más periodistas son asesinados, no hay manera de decir ¡No es cierto!, ¡injerencia!, ¡es que aquí tenemos otras reglas!

Lo que sucede con México se parece mucho a aquella analogía del baño público putrefacto: quien entra por primera vez reconoce de inmediato el olor, todo le parece inmundo; quien ya lleva un buen tiempo sentado en la taza ni siquiera reconoce la peste, no recuerda si en algún punto le pareció imposible pasar más de un minuto en ese baño.

En esas estamos: un país que ya no se reconoce como un cadáver.

Un país donde el olor de las fosas comunes no nos llega. Donde un periodista es asesinado al mediodía, a la mitad de la calle. Donde se encuentra el cadáver de una mujer en el campus de su universidad más importante. Donde los militares llevan a cabo ejecuciones extrajudiciales. Donde parece ilógico que el Chapo haya querido escaparse del penal de Puente Grande, a la vista de las pachangas que tienen lugar ahí adentro. Donde la cifra de asesinatos de los últimos dos sexenios se utiliza nada más para el golpeteo político. Donde doscientos mil muertos ya es una frase hecha, un cliché extraño, que todos usan con la misma facilidad con que se dice cincuenta millones de pobres, por ejemplo.

Donde es inútil hacer listados como estos, principalmente porque se han hecho mil veces, porque quienes lo están leyendo ya conocen todo esto y son, espero, capaces de reconocer el olor a muerto.

Entonces hace falta convencer a los que están sentados en la taza, pensando que, bueno, sí, el baño está medio feo, las paredes pintarrajeadas, huele un poquito mal, pero qué le vamos a hacer, aquí nos tocó vivir, y el resto de esas frases manidas para consolarse. No hay ningún designio divino que marque a México como un país sufrido, hundido de manera irremediable. No es una cuestión científica, ni topográfica, ni antropológica. No es como la fenomenología insondable del futbol, donde por alguna extraña razón quienes juegan cada domingo en el llano de la delegación Xochimilco son infinitamente mejores que los seleccionados nacionales de Finlandia. Allá lo tienen todo, pero jamás han clasificado a un Mundial, a una Eurocopa.

La explicación de cómo llegamos a este punto es política. No es una cuestión de esfuerzo, de teoría del cangrejo, de que somos muchos. Es la decisión política de combatir al narcotráfico con el ejército, la decisión política de que algunos no paguen impuestos, la decisión política de defender un modelo económico que acentúa las desigualdades… y así ad infinitum. Que exista o no la propiedad privada, que las mujeres puedan o no votar, son —es extraño tener que recordarlo— cuestiones políticas, que se deciden desde la política.

Desde ahí mismo se puede —se debe, en estos momentos— convencer al resto del estado intolerable de las cosas. Así pasó, por ejemplo, con la expropiación petrolera. El esfuerzo político de Cárdenas y allegados planteó los límites de lo posible y de lo inaceptable en su tiempo. De pronto, millones de mexicanos se sintieron personalmente agraviados por la explotación extranjera. De otra manera no se explican los gallos, las gallinas y las joyas de la familia que fueron llevados al Zócalo en aquel entonces para pagar la deuda. Lo que diez años antes era impensable se volvió real, posible, por una decisión política.

Es evidente que estamos lejos de 1938. Hoy día hay quienes desangran al cadáver mexicano con catéteres improvisados para robarle ese mismo combustible que era —se suponía— de todos. Es otra metáfora burda: Pemex, piedra angular del sistema político mexicano durante tantos años, convertida en la primera víctima institucional del resquebrajamiento de ese modelo.

Hace falta, pues, volver a trazar esas fronteras. Definirnos como algo distinto que una enorme fábrica de coches japoneses, un campo de cultivo de amapola y marihuana, una fosa común de proporciones todavía indeterminadas. Los finlandeses no sabrán jugar futbol, pero pregúntenles si allá han visto niños limpiando parabrisas.

En una de sus películas, Michael Moore decide irse hacia Europa a ver qué ideas les roba a otros países para llevárselas a Estados Unidos. La mayor sorpresa del cineasta es que muchas de las iniciativas progresistas que más le interesan habían tenido un origen estadounidense, pero décadas de decisiones políticas específicas volvieron inalienables, casi divinos, ciertos derechos —la venta del rifle en el Wal-Mart— e inconcebibles ciertos otros —un sistema de salud pública—.

Lo mismo pasa en México, donde los políticos han tenido éxito en hacernos creer dos cosas: que la política es eso que hacen ellos —el Rólex, los millones de pesos en efectivo, las loncheras y chalecos de colores— y que hay ciertos problemas que son irresolubles. ¿Cuántas veces discutieron a profundidad López Obrador y Peña Nieto el tema del narcotráfico o la distribución del ingreso durante la campaña de 2012? ¿Cuántas veces lo harán los candidatos en 2018? La omisión de ciertos temas es —tiene que repetirse— una decisión política.

Del lado gringo de la frontera, Trump ha sido explícito en el rediseño nacional que propone. Su diagnóstico y soluciones son lamentables, pobres, de hedor oligárquico. Pero su figura, quizá, podría inspirar un ejercicio de definición negativa en el caso mexicano: un esfuerzo político en contra de. No parece casualidad que en México aparezca ahora en la escena política una mujer, indígena, con una agenda anticapitalista, frente al misógino, racista, magnate inmobiliario.

Definirse por oposición es una manera muy básica de trazar los límites de lo posible y de lo inaceptable, pero tiene que empezarse por algo.


Ilustración: Perro Demonio

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