No fueron los amateurs quienes terminaron con el periodismo

El problema del periodismo está arriba, en las cúpulas. A pesar de los medios, el reporterismo, de Veracruz a Siria, está salvando la profesión.

| Periodismo

Hace poco recibí por Facebook, de un amigo periodista español, un categórico-texto-de-título-categórico recientemente publicado en Letras Libres, en cuyo título se espetaba en una frase, gran ejercicio de síntesis, dos resoluciones jactanciosas: “Los amateurs acabaron con el periodismo”. Me inflamó el carácter, ya de por sí, tendente a un punto luctuoso en todo lo que tenga que ver con esta industria que tan mal gestiona la decadencia.

Que el periodismo está muerto es algo con lo que puedo estar de acuerdo. Que lo mataron los amateurs es muy cuestionable. Primera crítica: definan amateurs, como si alguna categoría fuera hoy inmóvil, estanca, perenne. Recuerden que la realidad es siempre multidimensional y de capas cada vez más permeables. Segunda: volcarse de manera más o menos ocurrente sobre un conjunto de lugares comunes baratos, acomodaticios, de aplauso fácil y ejemplo grotesco es puro ruido. Que, como todo ruido, ahoga la melodía. Y que, además, no lo hace de manera neutral. Vierte la culpa sobre el eslabón precario de la cadena. Y eso es Infame. En la maquila, viene a decir el texto, la culpa es de la ensambladora del final de la fila, que no quiere trabajar, que no sigue el ritmo en el turno o solo está allí porque no tiene nada mejor que hacer. Qué fácil. Qué falso.

Ejemplo de la vida diaria: si ningún medio apostara por contar todo lo que está rodeando la reelección presidencial en Honduras y yo saliera a hacerlo a fondo perdido porque puedo, quiero y creo que es mi obligación, ese comportamiento caería dentro de la categoría amateur y estaría matando el periodismo al no exigir el justo precio. Digamos que un reportaje así, billete de avión, alojamiento, comida transporte y salario incluidos, podría costar 2500 dólares, una cantidad de dinero que difícilmente nadie querría pagar por un reportaje sobre ese tema. Podría llegar a venderlo en el mejor escenario por la mitad o menos. Ergo, no es racional y no se hace; y si lo hago, estoy matando el periodismo porque soy un pijo, un amateur o, peor, alguien sin criterio dispuesto a morir por un byline. Esa es una visión muy reduccionista. Sería como describir una ola que rompe llegando a la playa sin tener en cuenta la fuerza de la marejada que la empuja.

Implicaría omitir algo mucho más grave: que ningún medio de comunicación habría considerado previamente que esa cobertura, la de Honduras y su reelección presidencial, podría competir en el compost de Facebook frente a, digamos, una nota sobre cuáles son los días festivos en México para 2017, que seguro tendrá diez veces más clics –asumamos que eso equivale a lectores– que la nota sobre lo que sucede en Honduras. Una nota que costaría, además, el tiempo de trabajo de un redactor junior, que, por muy lento que se mueva, no tardaría más de una hora en hacerlo. Con un salario saliéndose por arriba del precio de mercado, tenemos diez veces más clics por 40 dólares.

La respuesta de la industria es evidente: dame clics. Y esos clics los genera casi cualquiera haciendo casi cualquier cosa.

Y permitiría al mismo tiempo defender la tesis contraria, la que a muchos nos convence: que la unidad de éxito y medida que se usa hoy en la profesión, digitalizada y subsumida a las redes sociales, es directamente proporcional a la velocidad del deceso de la profesión. Que a medida que el criterio por el que se valora la pertinencia de una cobertura periodística se aleja del concepto de servicio público y control del ejercicio del poder por parte de los poderosos, el producto periodístico pierde valor, por más clickbait y racionalidad económica que genere e implique, y cada vez menos gente estará dispuesta a pagar por consumirlo. Que esa, y no otra, es la razón de la muerte del periodismo. El tiro de gracia es ese y no otro. Y el gatillo no lo aprietan los amateurs. Lo aprietan, apuntando, con tiempo e información más que suficiente para saber a qué disparan, los jefes de todo esto. Los editores, los propietarios de los medios.

La Condesa es una colonia de Ciudad de México. Está en el país de los treinta mil desaparecidos y la guerra abierta contra el narcotráfico, la esclavitud en el campo, la explotación laboral y la corrupción generalizada, el problema indígena o los miles de refugiados centroamericanos. La Condesa es el lugar donde los alquileres cuestan más que en Madrid o Barcelona. Donde las terrazas ofrecen cócteles y esa clase global –hipster, la llaman hace unos año– pulula en patineta, bici sin frenos y grandes auriculares conectados a Spotify escuchando la misma música que en Brooklyn o el Borne. Donde es razonable caminar a las tres de la mañana sin que nadie te ponga una pistola para asaltarte y donde los niños –los míos también, qué importante es incluirnos en el escupitajo antes de escupir a los demás– juegan felices en los parques.

La Condesa y, por extensión, su vecina colonia Roma –las casitas del barrio alto, si nos ponemos clásicos– son esos lugares desde donde todos los corresponsales extranjeros que cubren México y América Central nos cuentan la región. Desde donde los editores de los medios más importantes del mundo toman decisiones estratégicas con las que conferenciarse a sí mismos una y otra vez allende los mares en un tiempo de reformulación del modelo de negocio.

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Con ideas como que revolucionan su compromiso con la audiencia de la región rompiéndolo con un Facebook live sobre el problema del tráfico en la ciudad y asuntos de gravedad meridiana como si se llega antes en bici o en Uber a determinado lugar. O presentando sus nuevas oficinas reformadas. (Sí, literal.) O definiendo México según su punto de vista. Que puede rayar en el delirio autoreferencial.

¿Facebook live? Sí, pero ¿para qué? En la colonia Narvarte de la Ciudad de México hay un restaurante especializado en barbacoa: El Pinche Gringo. Los jóvenes demócratas (entiéndase, los expatriados partidarios del partido demócrata residentes en México) se citaban allí durante la campaña electoral para la presidencia de Estados Unidos. Recuerdo troncharme de risa, durante uno de los debates de campaña, mientras un editor hacía un Facebook live al tiempo que trataba de evitar al personal de otros diarios, canales de televisión y agencias, varias, que coincidían en el restaurante el mismo día a la misma hora haciéndole las mismas preguntas a las mismas personas. ¿Contando qué? Cómo se ve desde México la elección presidencial en Estados Unidos. ¿Es ese restaurante de expatriados repleto de periodistas el lugar desde el que alguien sensato podría aspirar a saber como se ven las elecciones de Estados Unidos desde México? ¿Cuestiona alguien que casi todos los medios contaran exactamente lo mismo?.

¿Alguien estaría dispuesto a pagar por eso? ¿Mata eso el periodismo? Decisiones como esa, que son, según mi punto de vista, las que realmente están matando el periodismo, no las toman los amateurs. Las toman los jefes de todo esto. Los dueños de todo esto.

El ejemplo puede llevarse hasta lo grotesco en cada momento y lugar. Que sea representativo es otra cosa.

La situación de cualquier industria la definen el contexto económico y los que toman las decisiones, no los que las sufren o las corean desde posiciones diversas. Cuando tenemos en la Ciudad de México cuatro o cinco o seis o siete medios internacionales con corresponsales y editores a tiempo completo de los de “yo en París era proleta y aquí soy diplomático”, de los de mudanza, alquiler pagado, Uber en la puerta, sueldo en dólares y euros en un país cuya moneda se ha devaluado un cuarenta por ciento en un par de años y la industria, de repente, entra en crisis, no toca preguntar si alguien desde una esquina remota de San Pedro Sula o Tamaulipas ha enviado un texto por menos de lo que cuesta producirlo o ha viajado con apoyo de una ONG.

Mal periodista es quien no sabe hacer preguntas. No es esa la pregunta. No seamos miserables. Toca preguntar en torno a quién terminó con el periodismo y dónde se quedó la porción grande del queso.

Toca preguntar si alguno de esos editores, corresponsales, jefes de oficina, personas que toman decisiones que ganan en un mes lo que siete periodistas mexicanos, han pisado alguna vez las calles de Tegucigalpa, Ciudad Victoria o Managua. En caso de que las hayan pisado. Si han salido mucho más allá del radio del wifi del Intercontinental de esas ciudades O si han estado una semana de su vida en una comunidad de la Alta Verapaz guatemalteca durmiendo en una cabaña de madera sin agua ni luz haciendo de aquello por lo que les pagan, de corresponsales. Como toca preguntar cuántos podrían mantener una conversación con una señora que venda tortillas en la calle en un suburbio de Guatemala sin que su fixer, al que le pagan al día el doble de lo que le pagan a un freelance local por un reportaje, se la tradujese. Porque ni siquiera entienden el idioma. Pese a su vida cuasi diplomática. Como toca preguntar cuántos corresponsales en Jerusalén de los de doble página en domingo y seguro médico completo han dormido una noche bajo los bombardeos en Homs o avanzado con una unidad rebelde por una trinchera tras una noche interrumpida al alba y sin un café que echarse al dolor de cabeza.

Y toca preguntarlo porque son los que muchas veces nos lo cuentan y terminan por la manera en la que lo hacen, desde lejos, con superioridad y prejuicios respondiendo a agendas propias, de carrera y medre y no su empleo ni al servicio público. Analizarán estos muy bien. Serán de verso florido y titular rimbombante, fluido, fértil. Tendrán buena relación con el poder, etiqueta y tarjeta de esa que te pone al ministro al teléfono en lo que te fumas un cigarro. Pero calle, lo que se dice calle –la de barro y frío, que no narre con superioridad vidas que no conocen porque no las viven- dejaron de verla el día que ascendieron. Y en su gestión de los recursos decrecientes son ellos quienes deciden terminar con el reporterismo, que ya no queden corresponsales, ergo matar el periodismo. Los que en su lugar nos dejan esta arena en la que solo quedan gestores del declive con agenda de supervivencia en redacciones que se parecen cada vez más a un prolongado juego de la silla donde se cae quien pierde la política, no quien se separa de la calle que debería contar.

Toca preguntar quién mató el periodismo a quienes tienen medios para hacer periodismo y no lo hacen. A nadie más. Porque han decidido apostar por el clickbait barato en un medio profesional en el que las apuestas novedosas y los grandes lanzamientos pasan, por ejemplo, por el reciclado de contenidos de primera clase adaptado a un nuevo público que espera en clase turista que un par de días después la clase ejecutiva le suelte las sobras. Que ha optado, en definitiva, apostar por no gastar (en nada que no sean sus privilegios, inmaculados) y a base de inundar las pantallas de posts para Facebook, girar por el mundo cual gurús salvando el periodismo cuando en realidad lo están matando.

Lo paradójico del periodismo es que puede auparse a la gloria quien lo mata. Y aparecer como responsable del asesinato cometido por otros, quien sigue reporteando contra viento y marea. El periodismo lo mataron el día que mataron el reporterismo por caro y lento. Y eso no lo mataron más que los de las opciones sobre acciones, el cuidado de los beneficios para los inversores, los gestores del derroche y el exceso anteriores y los recortes subsecuentes. Los reporteros, profesionales y freelancers, amateurs algunos, no hemos hecho más que luchar hasta reventarnos contra el muro levantado por los de culo sentado en sillón orejero que dejaron de enviar gente al terreno para apostar por otro modelo, más barato, de peor calidad, por el que nadie quiere pagar como consumidor, que sigue costando dinero –aunque cada vez menos– mientras aquel contenido por el que la gente sí estaría dispuesta a pagar, el reporterismo, el periodismo de calle, deja de hacerse.

Hay legión de jóvenes y no tan jóvenes amateurs un día, profesionales como la copa de un pino otro, que trabajan sin seguro médico, sin salario, apoyándose en lo que pueden, como pueden y metiéndole ganas porque creen en esto. Y sí, que pueden incluso acabar con su vida. Toquemos ese tema. Ofende mentar a los muertos sin honor porque en la guerra muere gente. Pero por vocación y por servicio público. No se equivoquen. Nadie muere por ego ni por firmar. Muere por llegar a Alepo o avanzar en Mosul. Muere en un pueblo de Veracruz por enfrentarse a un alcalde corrupto. Por estar donde hay que estar. Esos son los que consiguen la mayor parte de la información, los que marcan, los que detectan, los que tiran, casi siempre, tendencia. En el Intercontinental o en la oficina nunca te van a degollar. La referencia a los muertos de quien cree que el periodismo lo mataron aquellos a los que alguien llama amateurs es ofensiva. De arcabuzazo. Digna de que el florete de Alatriste atraviese a quien ose. Si los degollados en Siria murieron de precariedad –que no, que no, que no es cierto, murieron en la guerra por estar demasiado cerca– aunque alguien haya osado escribirlo así, entonces quienes los asesinaron fueron los jefes de los medios. Y en ese giro lógico, en ese ejemplo miserable, se cae toda la argumentación de ese texto que dice al periodismo lo mataron los amateurs.

Pijos y gilipollas los hay en todas partes. En los asientos caros hay muchos más. Y los corifeos que señalan la paja en el ojo ajeno y amplifican la gilipollez como si fuera definitoria de algo, merecen sambenito por mentir ameritando así su canonjía.

No. Seamos serios. Matar el periodismo es considerar la sección de internacional de un diario la traducción del contenido de otro diario, apuesta mucho más barata que crear una sección de internacional. Traducir en vez de producir. Fusilar a las agencias en vez de enviar corresponsales porque sale más barato. No contar el hambre en Guatemala porque no es noticia, pero que cada derbi Madrid-Barcelona siga siendo, más que noticia, avalancha. Que no se viaje a las esquinas del continente pero que en una rueda de prensa en el centro de la ciudad haya 30 fotógrafos tomando la misma imagen. Que la crisis ha provocado miles de despidos pero no ha tocado los sueldos de los directivos. Que los redactores redacten transcribiendo vídeos de los camarógrafos porque pueden pasarse un año sentados en la redacción sin moverse de la silla. Que cuando un diario decide pagarle a un redactor el 30 por ciento de lo que ha costado producir una nota, la noche antes sus jefes han invitado a cenar a una fuente política gastando el doble de dinero a cambio de un chisme interesado. Que para entrar en un diario haya que pagar un master que casi solo los pijos pueden pagar. El periodismo se mata por arriba. Todo eso pasa porque lo deciden los editores, los jefes. Y nadie más. Los dueños de los medios de producción y sus capataces. Nunca los jornaleros que se emplean a peonada. No son los amateurs los que hacen todo eso.

Peor aún, en otro formato de asesinato periodístico. Los editores, los jefes, son quienes deciden no verificar fuentes y publicar, algo tan de hoy en día. ¿Queremos hablar de quien mata al periodismo? En el caso de Nadia, esa niña con una enfermedad rara y su padre estafador recaudando dinero y curando dolencias en cuevas de Afganistán que ha ocupado cientos de minutos y miles de palabras en la prensa española ¿es el periodista que se come todo lo que le dicen el único responsable de la muerte del periodismo, que lo es, o lo es el medio que no le ha puesto un editor que le verifique la nota? ¿Alguien ha preguntado al medio por los mecanismos que terminan con la confianza del lector, que pasan por recortar personal hasta terminar con la edición? No. Linchemos al reportero, fácil y barato. A la hoguera con él. Editorial con “perdón, me equivoqué, no volverá a pasar”. Y todo resuelto. Como Borbón que abdica. En comportamiento monárquico, que nada tiene que ver con la asunción de responsabilidades propia de las sociedades democráticas.

El periodismo viaja en bus por las noches, duerme en colchones en casa de amigos y trabaja pidiendo prestado, tardando seis meses en cobrar, tirando de la herencia que le dejó su abuela o con el dinero que ahorró en su trabajo anterior. Y es feliz, aunque se queje, porque cree que el periodismo es servicio público y no poder. Ese periodismo está más vivo que nunca y existe pese a los medios, pese a la prensa, pese a los canales. Existe por militancia y activismo, por vocación, por sentido del deber. Si el periodismo no ha muerto es porque no se deja matar por quienes toman las decisiones y muestra una resiliencia encomiable.

Hablo por experiencia propia. Por mí y mis compañeros, que hacían y hacen bodas, sí, para un día con ese dinero, una cámara prestada, sin chaleco y sin un dólar en la bolsa, salir a mostrarle al mundo Sirte, Alepo o San Salvador. Que han regresado con un Pulitzer o siguen haciendo bodas. Todos con la cabeza alta y la conciencia limpia. Sin un contrato y que no pisarán un despacho nunca. Hablo porque cuando éramos freelancers, amateurs, diría alguno desde la cómoda oficina, estábamos en medio del jaleo y nadie compraba nada. Y aprendimos que alguien de su misma cómoda oficina llegaría un mes después o no llegaría nunca. Y esos, los mismos, nos dicen qué hacer. Su voluntad de dar lecciones es inaceptable.

En 2008 Israel comenzó a bombardear la Franja de Gaza. Era navidad y los profesionales estaban de vacaciones o bloqueados por Israel al otro lado de la valla. No podían entrar de manera ilegal en Gaza por mar, como hice yo, amateur, mientras los israelíes nos disparaban, porque perderían su visa (importante criterio para el periodismo). Fue la operación Plomo Fundido. Murieron 1200 personas y se bombardearon con fósforo blanco las instalaciones de Naciones Unidas y los hospitales de la Cruz Roja. Cobré, por tres semanas de trabajo contando ese tipo de situaciones, si mal no recuerdo, 1000 euros. Que me llamen amateur. Se llenaron la boca. Aun me rebota en los oídos. Amateur, Amateur. Hice periodismo. Mientras los profesionales lo veían por televisión. De esas tres semanas a pérdida pero cumpliendo con algún servicio público salieron luego encargos bien pagados para un año. En la empresa, a veces se invierte y se pierde dinero para ganarlo luego. Y en el periodismo, siempre, se cuenta la historia primero y luego ya se cuadrará el balance.

El mundo está lleno de freaks e idealistas. Pero nunca son ellos los representativos ni los responsables de nada. Son solo las notas de color. Ni los amateurs ni los freelancers ni los periodistas mataron al periodismo, en manos de editores y propietarios de medios. Defender esa tesis me hace pensar en los campesinos que se rompían el lomo cultivando el trigo con el que se cocinaban los pasteles de María Antonieta. Solo faltaría que ahora alguien omitiera que eso terminó por provocar un revolución de tráfico atascado frente a la guillotina y se atreviera a reescribir la historia para defender que, en realidad, los campesinos fueron los culpables de los retortijones de la reina después de engullir hasta la saciedad.

El gilipollas sube al escenario cuando el empresario le ve beneficio a que el espectáculo sea ese. El tomatazo al empresario. No disparen al pianista. Nunca. Eso es de mercenarios, arribistas y lameculos.

(Foto: cortesía de Xosé Castro Roig.)

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