No nos disparen: “Freetown Sound”, de Blood Orange

El nuevo disco de Blood Orange propone una estampa compleja del racismo estadounidense y de la dificultad para forjar una identidad propia en un mundo violento.

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En la madrugada del martes, en la ciudad de Baton Rouge, Luisiana, dos policías blancos mataron a Alton Sterling, un hombre negro de 37 años que vendía discos en frente de un supermercado y que supuestamente había amenazado con un arma a otra persona. Un video aterrador, en un minuto, capturó la secuencia de la riña: después de no atender las instrucciones de los policías, Sterling fue embestido violentamente; una vez en el suelo, los oficiales lo dominaron (uno se colocó encima de él y el otro paralizó, con la rodilla, su brazo izquierdo); de repente, alguien anunció que Sterling estaba armado; uno de los policías reaccionó, desenfundó su pistola y, con sangre fría –pocos centímetros separaban la boca de la pistola del sometido–, disparó en repetidas ocasiones al pecho y la cara de Sterling, que se encontraba, si no dócil, completamente inmóvil. El miércoles Philando Castile, también afroamericano, falleció en un altercado similar –recibió un disparo de un policía blanco en el momento en que iba a sacar su cartera, en su propio coche. Ambas muertes se suman a la cifra de más de cien afroamericanos que han muerto por disparos de policía en Estado Unidos este 2016 (según el conteo de The Guardian, en 2015 fueron 306 víctimas).

A dos años de las protestas de Ferguson, a tres años del inicio del movimiento político Black Lives Matter, la brutalidad de los casos de Sterling y Castile han vuelto a encender el debate sobre el racismo y la violencia policiaca. Lejos de ser hechos aislados, estos son el producto de un problema estructural: sí existen disparidades en cómo se utiliza y contra quiénes la fuerza pública en Estados Unidos. Estas tensiones se han manifestado como tema, por supuesto, previsiblemente en el Hip Hop. Hace unos meses, Beyonce, sin ser el epítome de la marginalidad, se robó el show de medio tiempo del Super Bowl 50 con la presentación de “Formation”, una de las canciones del año, y un atuendo inspirado en la vestimenta del grupo Black Panther. Por su parte, Kendrick Lamar cantó en los últimos Grammy vestido de reo –con una hoguera de escenario. Otros dos videos del 2015 resumieron el conflicto racial con ironía: “Señorita” de Vince Staples y “Close Your Eyes” de Run The Jewels.

El panorama temático del Hip Hop se está poblando de policías y armas, de violencia e indignación; ante tiempos aciagos, la música popular está respondiendo con himnos de resistencia (“Alright” de Kendrick Lamar, por ejemplo, se ha vuelto un cántico recurrente para los activistas). En esta tendencia se inscribe Freetown Sound, el tercer álbum de Blood Orange, proyecto solista de Devonté Hynes. Heredero de las atmósferas sonoras de Janet Jackson, Prince y Sade, Hynes ha sabido crear un sonido actual, propio, pero plagado de nostalgia. Si en sus pasadas obras Hynes exploró la soledad y el amor en un mundo de continuos cambios, Freetown Sound, por decirlo de algún modo, es su obra más pública: un intento ambicioso por representar el presente político y los conflictos de raza y género. Dedicado al 99%, Freetown Sound se trata entonces, como declaró Hynes en una entrevista, de entender, del racismo a la configuración de la identidad, “la raíz de las cosas, musical y líricamente”.

Más que un diario personal, Freetown Sound es un extenso catálogo de referencias. En las 17 canciones que lo componen se pueden escuchar, aquí y allá, fragmentos de “For Colored Girls (The Missy Elliott Poem)” de Ashlee Haze, del documental Black Is… Black Ain’t, al escritor Ta-Nehisi Coates hablando a cerca de la importancia de la vestimenta como método de defensa frente al mundo, el famoso alegato de Venus Xtravaganza del documental Paris Is Burning (1990) sobre la prostitución, frases de Vince Staples, coros de De La Soul. Este ejercicio es un repaso de la educación estética, un saludo a las influencias políticas en materia racial. Con ánimo de sentir el 2016, en palabras de Hua Hsu, “estos fragmentos le dan a Freetown Sound un sentido de espacio y un sentimiento de la historia. Es un disco en la misma manera que es un ensayo, una colección de voces al servicio de un argumento”.

Por otro lado, no es una casualidad que los intereses líricos de Devonté Hynes sean, en buena parte, obsesiones físicas: modas, cuerpos, actitudes. En una palabra, el estilo, el diseño de sí. Los comentarios de Geraldo Rivera sobre el asesinato de Trayvon Martin demuestran que hoy en día la forma de vestir sigue siendo una cuestión de supervivencia. La vestimenta, más que un signo de la personalidad, es una estrategia. No un ornato: un posicionamiento ético de nuestro cuerpo frente al entorno político. Como argumenta Boris Groys:

En una sociedad en la que el diseño ha ocupado el lugar de la religión, el diseño de sí se vuelve un credo. Al diseñarse a sí mismo y al entorno, uno declara de alguna manera su fe en ciertos valores, actitudes, programas e ideologías. De acuerdo con este credo, uno es juzgado por la sociedad y este juicio puede, por cierto, ser negativo e incluso amenazar la vida y el bienestar de la persona involucrada. Por lo tanto, el diseño moderno pertenece no tanto a un contexto económico como a uno político.

En el país de Donald Trump la identidad es una cuestión trascendental. Los momentos más íntimos de las letras de Hynes son los más públicos: se sirve de las inseguridades personales para entender los prejuicios más comunes (como en la brillante “Chance”); se involucra en sus odios para detectar las fuentes estructurales de estos. Freetown Sound no es un disco íntimo en el sentido de que no pretende revelarnos los trasfondos de un cantante neoyorquino, sino en Devonte Hynes las implicaciones de la cotidianidad de la violencia en 2016.

A la memoria de Sandra Bland y de todas las víctimas del sesgo racial del sistema de justicia estadounidense, Hynes escribió el año pasado “Sandra’s Smile”, que empieza con un alegato contra la opresión: “Quien te enseñó a respirar, luego se llevó tu discurso”. Nos quitan la voz y restringen nuestra identidad, increpa Hynes. El coro de “Hands Up” captura el momento actual:

Are you sleeping with the lights on baby?

(Hands up, get up, hands up, get up)

Keep your hood off when you’re walking cause they

(Hands up, get up, hands up, get up)

Trying not to be obsessed with your heyday

(Hands up, get up, hands up, get up)

Sure enough they’re gonna take your body

(Hands up, get up, hands up, get up)

Con Freetown Sound, un bellísimo ensayo sobre los subsuelos de la violencia, Devonté Hynes apunta una conclusión universal sobre aquello que las élites llaman “civilización”: la democracia liberal seguirá siendo letra muerta mientras los policías puedan disparar –de Luisiana a Nochixtlán– a los ciudadanos por su forma de vestir y su color de piel (for being and dressing too hood).


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