No se puede contra lo que no se puede: sesenta años de Pedro Páramo

Este ensayo vuelve al territorio narrativo de Juan Rulfo para descubrir ahí una serie de relatos –tan urgentes hoy como hace sesenta años– sobre el poder, el desaliento y la memoria.

| Literatura

Las palabras inaugurales de Juan Rulfo en la literatura están dominadas por la negación: “Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.” Se trata del párrafo inicial de “Nos han dado la tierra”, el primer cuento de El Llano en llamas (1953), publicado originalmente en 1945 en la revista Pan. El discurso se rehúsa a levantar la visión del escenario; dibuja lo que no existe. La naturaleza es un paraje árido en el que no hay verdor ni asideros para la vida: es una pura carencia, la anulación de su ser.

Los campesinos han peregrinado temiendo que “no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esa llanura rajada de grietas y de arroyos secos” que el gobierno, durante el reparto agrario, ha entregado para su cultivo. Es una concesión hipócrita, pues esa tierra no da sustento; no es maternal sino arisca, enemiga de tan desértica. La travesía parece terminar cuando los hombres descubren que hay un pueblo cerca; pero la señal de vida humana es, de hecho, animal: “Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza.”

Tengámoslo en mente: en la página primordial de las genialidades rulfianas lo que hay de los otros, apenas salvada una abundosa valla de negaciones, no es su presencia sino su olor, tan inasible como el humo y que, a la distancia, presumiría un benévolo rasgo de aliento.


Los asuntos de la destrucción

Ahí no hay vuelta de hoja: la nómina de hechos que se relatan en El Llano en llamas y Pedro Páramo (1955), las dos caras del universo literario de Rulfo, es todo menos esperanzadora: campesinos condenados al hambre por recibir tierras estériles, una familia arruinada luego de una inundación, niñas y adolescentes sin más futuro que prostituirse, migrantes baleados al cruzar un río, un militar que emplea a sus soldados para cobrar una vieja venganza familiar, la persecución y asesinato de un hombre que, a su vez, ha matado a una familia completa, un adolescente que viola y asesina sin que haya modos de ponerle un alto, un hombre enfermo que agoniza y muere en una peregrinación… En el mismo Pedro Páramo se discierne a un sociópata que, entre otras gracias, usa cuanto recurso tiene a la mano para despojar de tierra a sus vecinos y engendra hijos en quienes nunca repara.Rulfo es un ejemplo, como habría pocos, del artista para quien la materia de lo que trata, los asuntos de su narrativa, parecen insobornables. ¿Hay manera de imaginar un libro de Rulfo sobre la Alemania nazi o el imperio mexicano de Maximiliano de Habsburgo? Si bien no han faltado las lecturas míticas y metafísicas de Pedro Páramo (“Su visión de este mundo es, en realidad, visión deotro mundo”, escribió Octavio Paz en 1960), la medida de su vigencia como narrador se puede inquirir desde la naturaleza inmediata, local, de sus historias, y la sombría visión que las convoca.

Acá y allá se reportan luego casos –pocos– de ternura o afecto. Sin embargo, esos gestos se ven cuestionados o revertidos por la ironía dramática: en un caso de El Llano en llamas, el afecto se da a un animal (una gallina) y no a un ser humano; en otro ejemplo, extrañar a la familia propia no impidió a un hombre acabar con la ajena; en Pedro Páramo, una mujer que ansiaba ser madre y cuidar de un bebé se esmeró con malas mañas en conseguirle muchachas a un violador…

No solo tenemos, pues, un entorno seco y hostil. Si algo define a los seres humanos en la obra de Juan Rulfo es el carácter alevoso, mezquino, adversario de sus acciones.

Por eso, la esperanza que se saborea en el olor de los habitantes de un pueblo al abrir las páginas de El Llano en llamas no sobrevive al contacto, a los hechos: la mayor parte de los personajes de Rulfo viven en la miseria, sufren los excesos del poder y ellos mismos responden con intemperancia. Son estos dos libros, pues, un desfile de cuadros extremos de pobreza, violencia e injusticia en el campo jalisciense entre el Porfiriato y la Guerra Cristera, escritos por un autor nacido en los tiempos finales de la lucha revolucionaria (1917), huérfano en su niñez, testigo de brutalidades entre soldados y cristeros (1926-1929) y que se habría de dar a conocer (1953, 1955) en los momentos capitales del Milagro Mexicano, cumbre del autoritarismo presidencialista. Se comprende por qué su obra nace con un puñado de negaciones desde el primer renglón. Tanta insistencia en tocar esta cuerda nos llevaría a suponer que Rulfo es el fabulador maestro del fatalismo sin más.


El valor crítico del desaliento

Lo cierto es que, salvo algún punto de parodia y de farsa, en Rulfo no hay medias tintas ni concesiones: en sus pueblos abundan los desheredados. Y son víctimas llevadas a la penuria por una trinidad de enemigos: la naturaleza, el gobierno, la familia.

A una tierra avara, cuando no intempestivamente destructora, que priva a los campesinos de un alimento seguro y un sentido elemental de abrigo, ha de aunarse el abandono de las instituciones del Estado. En El Llano en llamas el gobierno se manifiesta como una fuerza distante y cruel que aparece de cuando en cuando para expoliar, detener a un fugitivo, levar, condenar al hambre. “¿Dices que el gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al gobierno? […] También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre del gobierno”, contestan al maestro fuereño los habitantes de un pueblo perdido en la lejanía y el desvalimiento, en “Luvina”. Este maestro, la voz predominante en el cuento de El Llano en llamasque muestra mayor afinidad en su atmósfera con la de Pedro Páramo, es acaso el representante más humano del poder que hallamos en Rulfo, y de manera reveladora es un individuo envejecido antes de tiempo, decepcionado y roto, sin energías ni esperanzas.

En Pedro Páramo su equivalente sería un sacerdote –el otro perfil del magisterio para el México campesino–, el padre Rentería, quien ejerce los cascarones de la potestad religiosa mientras malvive entre la indignación y la impotencia ante Pedro Páramo, el terrateniente que ejerce, él sí, el dominio real de una forma despótica y quien compra a la ley cuando es necesario, si no es que él mismo la crea con sus excesos: “¿Cuáles leyes, Fulgor? La ley de ahora en adelante la vamos a hacer nosotros.”

Ese cacique es el hombre a quien Juan Preciado, según cuenta en la primera página, busca en el poblado de Comala. Su madre antes de morir le ha impuesto la tarea de obligarlo a la restitución de lo expoliado: “Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.” Él hizo la promesa mas no pensaba cumplirla. “Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo.”

Lo anterior ha hecho suponer a más de uno que Pedro Páramo es el relato de Telémaco vuelto a contar, la historia de un hombre en busca de sus raíces paternas. Pero la odisea de Juan Preciado apenas si se despliega; no se conoce su vida previa, ni se publica cómo la falta de un padre le habría lisiado la existencia desde la infancia, de un modo tal que la confrontación con la fantasmal Comala que su padre dominó y destruyó lo enfile a algún modo de anagnórisis. Digamos que el parentesco le entrega no una herencia en tierras o dinero sino el papel del testigo que reúne los declaraciones de las víctimas de su padre.

En El Llano en llamas hay una versión más vehemente del hijo sin padre; en él se aprecia, aunque de forma sumaria, el conflicto por su condición. Es el coronel de “¡Diles que no me maten!”. Como una justificación de la venganza que está a punto de llevar a cabo, el militar cuenta: “Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.” La diferencia entre el coronel y Juan Preciado no es de difícil discernimiento: uno vive y el segundo –lo sabremos después– está muerto, y un muerto no sufre ya por rémoras psicológicas. Eso sí: en la primera página de la novela ha señalado sus sueños e ilusiones; como en el arranque de El Llano en llamas, se nombra aquí la esperanza (“la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo”), palabra que no se sostiene a como se van versando las gestas de pillaje y traición que nacieron de la voluntad del padre desconocido.

Según se reporta, el cacique ha regado en efecto de hijos la provincia, si bien solo se destacan los nombres y sucedidos de tres de ellos. Todo esto para apuntar que, en primer término, Pedro Páramo es menos una novela sobre la búsqueda del padre que sobre los crímenes cometidos por un poderoso que funge como un padre comunitario. Jorge Ruffinelli relaciona por eso los rasgos del mando político en el orbe rulfiano con la figura del padre: “El estado-Padre no es viable sino como una excusa para las propias clases dominantes… indios, mestizos pobres, el gran sector mayoritario de México, obtienen así del gobierno a un padre que los abandona aunque viva en la promesa de la protección. El paternalismo estatal es una forma del padre todopoderoso renuente a atender a sus hijos más necesitados.”

El espesor político del padre no se reduce a esa lectura, pues el núcleo de la devastación va más lejos, y llega a la vulneración definitiva de los vínculos familiares. Conviene resaltar un hecho: el mismo país de raíz católica y usanza corporativa en que se exaltan los valores familiares como naturalmente benignos e imprescindibles para la cohesión social ha dado origen a un par de obras maestras, justamente vistas como joyas de la imaginación literaria, en las que una de las derivas medulares es la destrucción de la familia. Cada ser humano es aquí posible víctima o verdugo de los suyos. Lo más común es el desentendimiento, pero también la agresión. No es difícil vincular el retrato de una tierra estéril con la presencia de parientes negados o incapaces de surtir de atenciones y recursos a los hijos: “Nadie te hará daño nunca, hijo. Estoy aquí para protegerte. Por eso nací antes que tú y mis huesos se endurecieron primero que los tuyos”, había prometido a su hijo uno de los personajes de “El hombre”, pero no estuvo a la altura de su compromiso y el niño fue asesinado.

Ejemplos más desmedidos los hay: el hombre que traiciona a su hermano al acostarse con la cuñada y confabularse con ella para lanzarlo a la muerte (“Talpa”), el odio visceral de un padre contra su hijo (“La herencia de Matilde Arcángel”), el embaucador que asesina a su amigo y suegro (“Anacleto Morones”), el rechazo de un padre a ayudar a la familia de su hijo, que quiere irse de mojado (“Paso del Norte”), el rompimiento de los vínculos del compadrazgo, tan sagrados como los de la familia en la visión católica (“¡Diles que no me maten!”). Y desde el umbral de Pedro Páramo la voz de una madre insta al hijo a cobrarse los agravios y las negligencias del padre…

Lo que se vuelve emblemático en los dos libros de Rulfo es que exhiben cómo la destrucción de la familia tiene repercusiones severas más allá del hogar. El individuo se halla inerme ante las tropelías de la autoridad y la naturaleza inclemente debido a la precariedad o pérdida de sus lazos de sangre. No se trata de una reivindicación de signo religioso, sino de una condición psicológica. Como explicó la investigadora Mary Ainsworth con el concepto de “base segura”, precedente de la “teoría del apego” de John Bowlby, el niño requiere de consuelo y protección activa en el hogar, y no solo de alimento, para forjar el temple de confianza y seguridad que le permite, al crecer, la exploración del entorno y la resolución de los dilemas de la supervivencia en la intemperie. No son pocos los ejemplos de seres sin lazos en los dos libros de Rulfo; tan solo en Pedro Páramo destacan las mujeres que reciben y hablan con Juan Preciado (Eduviges Dyada, Damiana Cisneros, Dorotea). Lo más drástico es que, como sucede en el imaginario de grandes capas de la población mexicana hoy en día, El Llano y Comala son sociedades en que la desprotección está normalizada. El resultado es el desamparo colectivo. Como apunta Jean Franco en un extraordinario ensayo sobre la obra de Rulfo, “las verdaderas relaciones humanas se rigen por una norma de explotación e interés según el cual los más débiles son aplastados por los más fuertes. La crueldad e injusticia se encuentran… mitificadas o disculpadas porque la gente percibe su situación de acuerdo con una moralidad inhumana”.

Si un peso político sigue teniendo la escritura de Rulfo, está en la exposición del desaliento radical de un país regido por la “moralidad inhumana”, que llevaría a mitificar o disculpar un estado de cosas en que hoy predominan, como si fueran un elemento inalterable del paisaje, la desigualdad, la impunidad y la corrupción. “No se puede contra lo que no se puede”, alega un personaje de “Nos han dado la tierra”, y ese díctum recorre las páginas de Rulfo –y el ánimo de millones de mexicanos de la actualidad– con mayor fuerza que el olor inicial de la esperanza. Pero, más que un esencialismo de la condición mexicana, más que la Weltanschuung pesimista de un escritor lastimado por su infancia de privación y orfandad, el fatalismo habría de ser visto como la secuela de procesos sociales en que las élites han expoliado a los pobres, los han orillado a sufrir las agresiones de una naturaleza inhóspita y una criminalidad imparable, propiciando que esas orfandades terminan por internarse en la psique, para la que se vuelve natural el deterioro de los tejidos familiares. Listo: he aquí un círculo vicioso que anula desde su fuente cualquier modo de rebelión o de cambio.

No es, por supuesto, que el valor de estos libros se halle en la nómina atroz de crímenes y vejaciones. Pero el valor crítico del pesimismo que hay en sus fabulaciones lo veo en convertir la lectura en un revulsivo incómodo. Al extremar las notas del tremendismo y la tribulación moral, las voces que narran hacen posible no el contagio de una postración sin regreso sino el cuestionamiento de las raíces de tanta violencia y miseria. Las preguntas no están menos vivas ahora que hace sesenta años: ¿cómo es posible la dignidad para un pueblo reiteradamente despojado? ¿Hay manera de curar el envilecimiento al que a tantos lleva una vida en permanente lógica de supervivencia? ¿De qué forma aspirar a la justicia cuando el poder mismo es el origen de las atrocidades?


Los ecos viscerales

En medio del fatalismo hay una salvedad. En un pueblo sin esperanza no habría lugar para el ejercicio de la memoria, y en cambio los habitantes de El Llano y de Comala sí se permiten hablar.

En el tomo de cuentos, el contexto de sus testimonios tiene a menudo un cariz imperioso. Desde un joven con retraso que a través de la palabra aleja el miedo de irse al infierno (“Macario”) o un hombre condenado a muerte que quiere que su hijo interceda por él (“¡Diles que no me maten!”), hasta declarantes que ante un juez temen por su libertad (“El hombre”, “En la madrugada”) o un anciano que espera escuchar la voz de su hijo indicándole la cercanía de un pueblo (“No oyes ladrar los perros”), los personajes saben que mucho depende de sus palabras, y que el discurso forma parte de la urgencia misma de la acción.

Pedro Páramo incluye también una variedad de voces, salvo que casi todas hablan desde la muerte. En un estudio muy preciso de la estructura de esta novela, Emir Rodríguez Monegal señala cómo el autor despliega y alterna dos recursos: el monólogo (“ya sea interior o silente, ya exterior, incrustado en un diálogo”) y la narración directa en tercera persona. Aunque mucho más se puede elucidar en este punto, resalto que, fuera de los monólogos de Dolores Preciado, Susana San Juan y el propio Pedro Páramo –quienes, aún vivos, refieren de manera nostálgica escenas de un pasado anterior al poder y la decadencia–, buena parte de los “testimonios” provienen de personajes en la órbita de Pedro Páramo, quienes se expresan con desesperanza en un presente detenido por la muerte. Destaco el hecho de que el autor es clemente con los humillados y ofendidos: aunque ya muertos, les recupera la voz (“Este pueblo está lleno de ecos”, advierte Damiana). Sus parlamentos –algunos de ellos son retazos de diálogos congelados en una casa o una calle desierta de Comala– acusan poco de la reflexión y se nutren mucho más visceralmente de las emociones; entran aquí los recuerdos de las apetencias de la carne y los resabios de la frustración. Son estos murmullos los que abren la estructura de la novela, y la llevan al pasado a mostrar las escenas del ascenso de Pedro Páramo.

Significativamente, en contraste, el autor no da esa misma licencia a Pedro Páramo, cuya vida es contada por un narrador omnisciente –fincado en el punto de vista de sus subalternos–, que de manera lacónica hace ver las pautas de su devenir autoritario. Solo se le cede la palabra cuando habla de su derrota: ahí no habla el alma en pena del terrateniente que justificaría sus hechos sino el frustrado amante, en vida, de Susana San Juan. Este hilo de la trama, un vestigio de romanticismo gótico (como han señalado varios comentaristas), acaso sea la única real debilidad de la obra; es una suerte de agujero negro que habría buscado exhibir una fisura emocional del protagonista pero que más bien lo congela en una postura hierática –se la vive inmutable en la contemplación de la esquiva locura de su amada–, en una faceta de menor contundencia dramática que la de sus precedentes, el turbulento Heathcliff de Cumbres borrascosas (1847), de Emily Brontë, o el brutal Paulo Honório, de São Bernardo (1934), de Graciliano Ramos. Hay, con todo, un giro vitalmente político en la estructura narrativa: en el más allá, en la eternidad de la muerte a la que ha llegado Juan Preciado, se escuchan las voces y los gritos, las conversaciones y murmullos de numerosos hombres y mujeres, todos ellos muertos –pobres, torturados, locos, indefensos–, y ninguna de estas almas en pena es la del cacique. Su poder tiene un límite: el de la palabra que sobrevive y desenmascara sus crímenes.

Así, a diferencia de lo que pasa hoy en el sistema político y los medios de comunicación, en Rulfo los pobres fijan el conocimiento de la historia. Dando un paso más: Pedro Páramo no es la historia de los abusos de un cacique; tan vigorosa y urgente como hace seis décadas, es una novela sobre cómo las víctimas relatan los delitos del poderoso.

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