No tinc por: el miedo como ocasión de caer

Tras los atentados cometidos en Cataluña, Europa se enfrenta a reconocer al islam y sus profesantes como parte de su historia y de su cultura; de otro modo, la brecha solo se hará más grande.

| Internacional

I

Después del atentado en Barcelona del pasado 17 de agosto en el que murieron quince personas, la sociedad catalana reaccionó con el eslogan No tinc por! (No tengo miedo). La frase fue gritada por miles en un evento al que asistieron el rey Felipe VI; el presidente de Gobierno, Mariano Rajoy; el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont; y la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. Dos días después, en el encuentro del Barcelona contra Real Betis en el Camp Nou, la afición llenaría el estadio con el mismo grito.

La frase No tengo miedo puede ser leída como una afirmación del estilo de vida occidental amenazado por los terroristas —«¿se trata de demostrar el desprecio que les merece una cultura […] moralmente envilecida porque es obscena, sensual y corrompe a las mujeres otorgándoles los mismos derechos que a los hombres?», escribiría Vargas Llosa en un tono dialéctico para El País— pero, también, como un conjuro ante la amenaza interna: el brote de odio contra las comunidades musulmanas en España.

Ada Colau, el día posterior al ataque, diría que la ciudad no permitirá «que el racismo se instale entre nosotros. Barcelona seguirá siendo una ciudad de paz, democrática, orgullosa de su diversidad y convivencia. El miedo no prevalecerá». Pese a la advertencia, las redes visibilizan una afectividad distinta. En las conversaciones en distintos medios se pueden leer diversas protestas: desde los que piden mayores acciones por parte de las comunidades musulmanas, hasta los que acusan a las políticas de integración de poner en riesgo la identidad de España.

«Donde hay una población musulmana significativa, el yihadismo tiende a crecer», escribió un periodista sobre el ataque. De acuerdo con el Estudio Demográfico de la Población Musulmana elaborado por la Unión de Comunidades Islámicas de España (UCIDE) y el Observatorio Andalusí, el número de musulmanes en 2016 era cercano a los dos millones. Barcelona, al día de hoy, es el municipio con la mayor concentración de musulmanes en España.

Fue a partir de 2013 que Cataluña vio un incremento de su población musulmana. Según sus detractores, la política migratoria catalana favoreció iniciativas que beneficiaban la independencia lingüística y el separatismo —en la Ley de Consultas de 2014 se preveía que los inmigrantes con tres años de residencia pudieran votar (favorablemente, se piensa, hacia el independentismo)—.

II

Heinz Bude, en su libro La sociedad del miedo, menciona que «con la ampliación de la Unión Europea y con las rutas de refugiados a través del Mediterráneo […] ha surgido la imagen de una fortaleza que hay que defender frente a ‘intrusos’» (2014: 131).

En España, por ejemplo, se acusó a Cataluña de ser la comunidad con mayor riesgo de radicalización musulmana.

Si la islamofobia ya existía, después del ataque del pasado 17 de agosto el sentimiento antiislam creció: mezquitas en Sevilla, Tarragona y Logroño reportaron consignas pintadas en sus fachadas. En la Fundación Mezquita de Sevilla los letreros decían «Asesinos! Lo vais a pagar» o «Moro que reza, machete a la cabeza!». En Granada, un grupo de personas se reunieron a gritar consignas tales como «terroristas», «os financia Daesh» y «fuera de Europa».

Dice Bude: «En 2006, Hans Magnus Enzensberger hizo unas suposiciones sobre los ‘hombres del terror’ que, siendo los perdedores radicales de un proceso de selección de la sociedad a nivel mundial, se ven afligidos por una atormentadora sensación de agravio y de humillación que exige una grandiosa expresión de cólera» (2014: 133).

¿Son estos sentimientos de cólera e injusticia la única manera de explicar estos ataques? Frithjof Schuon, en su libro Comprender el Islam dice que «la vida del musulmán está atravesada de fórmulas». Dentro de estas fórmulas está la voluntad de Dios: «’Si Dios quiere’; con esta enunciación el musulmán reconoce su dependencia, su debilidad y su ignorancia ante Dios, y renuncia al mismo tiempo a toda pretensión pasional; es, esencialmente, la fórmula de la serenidad» (2009: 99).

En el fondo, la idea del odio islamista hacia occidente nos ayuda a entender los ataques, pero ¿qué tal que no hay odio sino una apática serenidad? El creyente es responsable de sus actos ante Dios y nadie más.

Existe otra posibilidad. Enzensberger anota: «resulta llamativo que sean poquísimos los terroristas que proceden de un entorno ortodoxo. […] Muchos elementos apuntan a que la devoción de los terroristas no es demasiado profunda» (2007: 58).

Si la vida religiosa no es «profunda», ¿qué es lo que genera la radicalización? En primer lugar, habría que entender que la mayoría de los ataques han sido cometidos por jóvenes de segunda generación y ascendencia musulmana que habitan en Europa. Tahar Ben Jelloun, escritor marroquí, opina en El Islam que da miedo que «la escasa cultura, escasa formación y una familia desestructurada» (2015: 59) son situaciones idóneas para ser reclutados por un extremista.

Si la marginalización provee el escenario idóneo, Enzensberger añade una pieza clave: una narrativa revanchista cargada de un sentimiento enorme de injusticia.[I]

«Para muchos musulmanes, el error principal de Occidente radica en su política de doble rasero en el conflicto entre Israel y Palestina. Con razón o sin ella, los inmigrantes y, en particular, sus hijos […], se indignan cada vez que los países europeos toman partido sistemáticamente por Israel. Se trata de una realidad comprobada. Lo viven como una injusticia» (Jelloun, 2015: 70).  En este caldo de cultivo, interpretar el Corán de forma literal permite justificar estos ataques.

En ambos casos, la perspectiva es desalentadora en tanto que resulta incomprensible. Raquel Rull, quien trabajó con varios de los terroristas como educadora social de Ripoll, escribiría en una carta abierta: «¿Cómo puede ser Younes[II]? Me tiemblan los dedos, no he visto a nadie tan responsable como tú».

III

«El terrorismo islamista es hoy día el peor enemigo de la civilización. Está detrás de los peores crímenes de los últimos años en Europa», remata Vargas Llosa en el mismo artículo para El País. Falla en decir, sin embargo, que el musulmán es el otro, pero es también ahora una parte de Europa.

Como tal, es necesario, por un lado, establecer mecanismos que permitan criticar a este otro sin caer en el eurocentrismo o la islamofobia, pero que al mismo tiempo sirvan para reformularlo. «Los extremistas se nutren de unos textos islámicos que llaman a la violencia, como ocurría en otras religiones, y que forman parte de otro contexto […]. Todos los responsables […] deben declarar esos textos inadaptados, desfasados e inaplicables» (Jelloun, 2015: 53).

Por el otro lado, Europa necesita separar al islam de aquellos estereotipos de crueldad, atraso o barbarie, y a la vez establecer mejores mecanismos de integración económica y social para los musulmanes que eviten la brecha cultural que se vive.

Bajo esta perspectiva, No tinc por! es, entonces, una negación de Europa misma: el islam es ahora una parte fundamental de sus tradiciones y su historia.

Bude cuenta una historia ocurrida en Alemania en la que Tuncay Acar, promotor cultural, hijo de un inmigrante turco en Múnich, «sintió vergüenza cuando oyó hablar de un proyecto artístico consistente en que un ‘hombre proveniente de una familia de inmigrantes’ tenía que guiar a un espectador por un ‘barrio marcado por la inmigración’. ‘¡Ese barrio es también vuestro, maldita sea! […] ¡Es su país, su ciudad, su historia!’».

Repensar Europa en estos términos tal vez ayude a capacitar a las personas para el diálogo y quizá funcione como una catarsis similar a ese recorrido por un barrio de inmigrantes en Múnich.


[I] Entre las pruebas están las cicatrices coloniales –Argelia y Túnez, por ejemplo– y las invasiones estadounidenses en la región, así como la situación del pueblo palestino en Medio Oriente.

[II] El conductor de la camioneta que embistió La Rambla, abatido a tiros en Sant Sadurní D’Anoia.

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