No todos los populismos son como el de Donald Trump

No existe solamente un tipo de populismo –ni todos los populismos tienen una configuración similar. Por ejemplo: el populismo de Donald Trump, simbólica y materialmente, es diferente al de López Obrador.

| Democracia

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De un tiempo para acá, diversos intelectuales se han esforzado en advertir los peligros del populismo, representado en México por Andrés Manuel López Obrador, y aunque sus argumentos suelen ser anticuados y esencialistas, no han dejado de repetirlos (ver, por ejemplo, la última entrevista de Enrique Krauze en el El País). Esta advertencia también se ha vuelto muy popular entre los políticos mexicanos, como el ex presidente Vicente Fox, que incluso ha llegado al grado de insinuar que López Obrador es igual de peligroso que Donald Trump. Al respecto, cabe decir que no existe un solo tipo de populismo y no todos los populismos son iguales, en consecuencia, no todos los populismos son como el del magnate estadounidense Donald Trump.

Comenzaré por lo primordial: cuando hablamos de populismo nos referimos a un fenómeno político sin una ideología característica (puede ser de izquierda o derecha), que hace un reclamo a la democracia existente a través de un discurso moral, sostenido por un liderazgo fuerte y carismático, con el que se construye la polarización entre “el pueblo” y la élite; y que puede derivar en formas democráticas o antidemocráticas (para ahondar más al respecto recomiendo el trabajo de Ramírez y este otro que elaboramos conjuntamente). A esto hay que sumarle que el populismo parte de la idea de que las políticas deben ser la expresión de la voluntad general, es decir, la voluntad del pueblo, y no del interés particular de alguna minoría privilegiada. Por tanto, el populismo se construye a partir de tres elementos claves: pueblo, élite y voluntad general.[1]

Ahora bien, si todo populismo surge como reclamo a la democracia existente, ¿cómo es posible saber si es democrático o no? Yo me adscribo a la propuesta de Mudde y Rovira y sugiero que una de las formas de conocer el núcleo democrático o antidemocrático del populismo es analizar la manera en la que se construyen los límites entre “el pueblo” y “los otros”, y cuáles son las políticas que emergen de la voluntad general. ¿Realmente podemos decir que Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador describen de la misma forma al pueblo? ¿Acaso el Make America Great Again puede compararse con la “Revolución Ciudadana” de Rafael Correa o el “Vivir Bien” de Evo Morales? A mí me parece que no: al contrario, el populismo de Trump es mucho más parecido al populismo radical de extrema derecha europea, como el de Marine Le Pen y el Frente Nacional francés, o al de Pauline Hanson del One Nation australiano. Para sustentar esta afirmación basta con echarle un vistazo a la forma en la que construyen al pueblo y la voluntad general. Todo esto a partir de dos dimensiones: una simbólica y otra material.


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La dimensión simbólica

Esta dimensión da cuenta de la forma en la que se construyen los límites del pueblo, esto es, la manera en que se define qué conjunto está legitimado para articular la voluntad general contra el interés particular de unos cuantos. Esto es esencial, pues es lo que define el núcleo del fenómeno populista: dependiendo de quiénes conforman el nosotros y quiénes a los otros es que sabremos la dirección en la que “debería” proceder la democracia. No es lo mismo que la democracia existente no funcione porque ha excluido a ciertos grupos en beneficio de una élite (pienso en los sectores indígenas reivindicados por Evo Morales o la España plurinacional de Podemos), a que el error sea que la élite ha permitido su existencia en detrimento de una mayoría “natural” (los gitanos “criminales” en Europa o los migrantes asiáticos en Australia).

Para ejemplificar lo anterior se puede contrastar el populismo de Evo Morales, en Bolivia, con el de la líder del One Nation Party de Australia, Pauline Hanson. En el caso de Morales, el pueblo no sólo está compuesto por la gente pobre, afectada por las políticas neoliberales y privatizadoras de la élite, sino también por todos los que han sufrido, desde siempre, cualquier tipo de exclusión cultural y racial. El presidente boliviano define al pueblo como un conjunto en el que caben tanto los pobres como las diferentes naciones indígenas de su país, tal y como puede leerse en su discurso en la ONU del 19 de septiembre de 2006:

“…estamos convencidos que la forma de privatizar los servicios básicos es la mejor forma de violar los derechos humanos […] vengo a expresar ese sentimiento por la humanidad de los pueblos, de mi pueblo, vengo a expresar el sufrimiento, producto de una marginación, de una exclusión […] Nosotros estamos en la etapa de cómo refundar Bolivia, para unir a los bolivianos, para integrarnos mejor todavía, todos los sectores, regiones de mi país, no para vengarnos con nadie, aunque hemos sido sometidos a una discriminación: Refundar Bolivia sobre todo para acabar con ese desprecio, el del odio a los pueblos”.

Mientras tanto, en Australia, Pauline Hanson entiende al pueblo como el conjunto de “australianos comunes y ordinarios” (mainstream australians and the grassroots), que han sido perjudicados por el “racismo a la inversa” de la élite, la cual ha ayudado a indígenas australianos y migrantes asiáticos a costa suya. Según Hanson, la voz del pueblo (el eslogan de su partido en 2013 fue The voice of the people) es la del australiano anglosajón, compuesto por el pequeño empresario, granjero y trabajador manual, que ha sido afectado por la globalización, el libre mercado y la compensación de las minorías.[2] En palabras suyas, las políticas “interculturales” realizadas por la élite “solo favorecen al 2% de la población y atentan contra los valores, las leyes y la cultura que unen a los australianos”.[3]

Como puede verse, el populismo de Hanson dista mucho de parecerse al de Morales: mientras que éste último construye los límites entre el pueblo a partir de la inclusión de diferentes sectores sociales que han sido marginados en distintos sentidos, la líder australiana lo hace mediante la exclusión xenófoba de minorías que han causado los problemas de un pueblo constituido por un sector específico. En este sentido, el populismo de Donald Trump es mucho más similar al de Pauline Hanson. El excéntrico magnate construye un pueblo estadounidense nativo, que históricamente no existe, mediante la exaltación de “los valores norteamericanos”, el idioma nacional y la xenofobia. Bajo el lema de “Hacer a América grande de nuevo” y el discurso de “en Estados Unidos se habla inglés, no español”, Trump configura la noción de pueblo: este está constituido por aquellos ciudadanos que con su esfuerzo y trabajo lo han hecho grande, fuerte y grandioso, pero que, gracias a la globalización, el libre mercado y las migraciones, han venido a menos. Ante tal problema es necesario desplazar a la élite irresponsable que ha acabado con el sueño americano con sus políticas económicas y permisivas que han favorecido a que algunas minorías crezcan a costa de los estadunidenses: “¿cómo gente que solo cruza la frontera puede tener residencia en los Estados Unidos?, se ha preguntado Trump. Además se han hecho populares sus declaraciones xenófobas: [los mexicanos] “nos están enviando sus problemas, traen drogas, son violadores”. El populismo de Trump es profundamente excluyente.


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La dimensión material

Por otra parte, la dimensión material da cuenta de la dirección en la que deben ir las políticas sociales. A partir de la construcción previa de pueblo, es posible establecer cuál es la voluntad general y cómo deben ser las políticas del gobierno. En este caso, al igual que en la dimensión anterior, no es lo mismo el deber ser de la política gubernamental cuando se parte de un conjunto diverso que de uno específico. Esta idea puede ilustrarse con los casos europeos de Pablo Iglesias (Podemos) y Marine Le Pen (Frente Nacional).

En el caso del líder de Podemos es evidente que la concepción plural del pueblo deriva en políticas que favorecen a la inclusión de minorías marginadas por la élite. Sustentándose en la idea de que el pueblo se constituye por la gente decente y que España es la suma de una serie de identidades asimétricas, plurinacionales y plurilingüísticas, el partido morado propone, a la par de políticas económicas favorables para los desahuciados y la población en paro, una reformulación territorial, y si bien hace público su deseo por la permanencia de Cataluña en España, apoya la libre autodeterminación. Esta idea va de la mano con la noción de un “gobierno con su gente” que sostuvieron durante la breve legislatura que comenzó en enero, en donde el número dos del partido, Íñigo Errejón, tomó protesta como diputado hablando en catalán. Lo mismo sucede a nivel supranacional: Pablo Iglesias ha criticado, más de una vez, el actuar de la Unión Europea respecto al tema de los refugiados.

Mientras tanto, el populismo de Marine Le Pen, aunque parte de una configuración similar a la de Iglesias (el sentido común y la gente decente), tiene un poderoso ensalzamiento del patriotismo francés y la religión católica, que deriva en propuestas ciertamente excluyentes. Por ejemplo, para solucionar el problema de la inmigración que “azota al pueblo francés”, ha propuesto, por un lado, “una lucha sin cuartel en contra de la migración ilegal” basándose en un “fuerte control de las fronteras, el cuestionamiento del espacio Schengen y la expulsión automática de todos los ilegales del país”; y por el otro, la partida paulatina de extranjeros legales “que ya no tienen justificada su permanencia en el país”. A su vez, propone una reforma al código de nacionalidad francesa, bajo el pretexto de que ser francés es un honor, y que para obtener tal beneficio debería ser necesario que todo ciudadano “comprobara la existencia prolongada y pacífica en el territorio, el dominio pleno de la lengua francesa y se aprobara un examen de conocimientos”.[4]

Al igual que en la comparación de Hanson y Morales, en el caso de Iglesias y Le Pen es posible ver dos tipos de populismo: por un lado, Iglesias propone una serie de políticas que favorecen a la pluralidad de la que está conformada el pueblo, mientras que en el de Le Pen, al contrario, propone limitar los canales que pudieran modificar al “pueblo originario”. Nuevamente, el populismo de Trump se parece más al segundo: la política migratoria de Trump parte de la idea de que Estados Unidos “es el único país que basa su política migratoria en las necesidades de las demás naciones”, lo cual, definitivamente, tiene que cambiar. Para ello no solo propone la ya multicitada construcción del muro en la frontera de México y Estados Unidos (que por cierto debe pagar el gobierno mexicano), sino también “la abolición de la nacionalidad por nacimiento de hijos de extranjeros en el territorio nacional” y el endurecimiento de la contratación de extranjeros, legales o no, “en aras de reconstruir la clase media estadounidense que ha sido destruida por los migrantes”.[5]

Como puede verse, Donald Trump forma parte de un corte específico de populismo, el cual, contrariamente a otro y a pesar de tener los elementos de pueblo, élite y voluntad general, tiene un núcleo antidemocrático. Esto quiere decir, como se ha acreditado en otros espacios, que el populismo es un fenómeno que no puede generalizarse y que debe de ser analizado de acuerdo a su coyuntura específica.

En conclusión, tanto los intelectuales del régimen como los políticos mexicanos deben ponerse de acuerdo: o el populismo de Andrés Manuel López Obrador se parece al de Evo Morales y Pablo Iglesias o al de Pauline Hanson, Marine Le Pen y Donald Trump; pero no puede parecerse a los dos. Unos tienen un núcleo democrático e incluyente, y los otros tienen uno antidemocrático y excluyente. Al final, cada vez que hay una nueva avanzada antipopulista, lo único que demuestran es su desconocimiento teórico y empírico del tema y su obsesión por una estrategia anticuada: la defensa de la democracia de élites de nuestro país se basa en repetir, a ver si les sale otra vez, que Andrés Manuel López Obrador es un peligro para México. El problema para ellos es que la realidad nacional se ha cansado de demostrar lo contrario.

(Fotos: cortesía de Gage SkidmoreSylke Ibach y Sebastian Ilari.)


Referencias

[1] Mudde, Cas. Populist Radical Right Parties in Europe (Cambridge University, 2007).

[2] Moffit, Benjamin.” Contemporary Populism and The People in the Asia-Pacific Region: Thaksin Shinawatra and Pauline Hanson”, en The promise and Perils of Populism (Kentucky University, 2015).

[3] Revisar los mensajes oficiales en la web oficial del One Nation Party.

[4] Revisar el programa del Frente Nacional disponible en su web oficial.

[5] El programa de gobierno de Trump está disponible en su web oficial.

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