Notas sobre Charlottesville

Lo ocurrido tras la manifestación en pro de la «supremací­a blanca» y la nutrida presencia de grupos neonazis en Charlottesville, EUA, pone de nuevo a la libertad de expresión en el centro del debate.

| Racismo

El daño no es de ayer

Una de las primeras reacciones tras conocerse el desenlace de las marchas nazis en Charlottesville fue la sorpresa. «No somos este país» parecía ser el mensaje más repetido en las redes sociales. Como si el racismo en Estados Unidos hubiese sido inventado hace unos días y su historia no se fundara en la opresión de blancos hacia negros, latinos, nativos y LGBTTTIQ. La retórica del «nuevo descubrimiento» nos obliga a pensar en la ceguera generalizada de una sociedad históricamente racista y cuya nueva época, en parte, es resultado del fracaso de la izquierda en su lucha por la transformación social.

La segunda reacción al crimen de odio contra Heather Heyer fue la indignación. En tan solo siete meses Donald Trump parece haber logrado una contrarrevolución cultural en Estados Unidos, como le parecía a la propia Heyer, quien tuiteó que si no estábamos indignados es que no estábamos entendiendo. La democracia se ha vuelto en contra de una sociedad que la promueve a toda costa —incluyendo muertes y guerra— en todo el mundo.

La época ha obligado a que sectores sociales antes desorganizados se organicen; una de sus manifestaciones más visibles son los grupos antifascistas, «antifas», cuyas estrategias incluyen políticas de acción directa. Además, se comienza a formar un antifascismo más cotidiano. En su núcleo, la política antifascista trata de negarles a los fascistas una plataforma en la sociedad para promover su política. Esto se puede hacer enfrentándolos físicamente cuando se presentan en público, ejercer presión para cancelar sus eventos, cerrar sus sitios web, robar sus periódicos, etcétera. En el corazón del ethos antifascista anida un rechazo a la noción liberal clásica de tolerancia.


Grupo de manifestantes en contra de nacionalistas blancos, Charlottesville, Virginia, EUA, 12 de agosto. Reuters

¿Un asunto de libertad de expresión?

En Estados Unidos, Charlottesville se ha planteado, entre otras cosas, como un problema de libertad de expresión. Las expresiones fascistas han encontrado un camino mucho más fructífero en la conversación pública y eso ha llevado al crecimiento de las manifestaciones de violencia. En primer lugar, vale la pena decir que para analizar este punto debemos separar las acciones del discurso, el derecho al discurso de su contenido y la posición moral que se tiene frente a este.

El problema es que los derechos son derechos. Algunos creen que prohibir ciertos discursos evitaría la violencia, pero palabras y acciones son cosas diferentes. Ciertamente algunas de las personas que militan las peores ideas son también autores de violencia, sin embargo, las leyes que criminalizan el discurso extienden —en una especie de operación alquímica— la culpabilidad de hacer con la de simplemente pensar.

Hay una enorme brecha entre defender el derecho de alguien a hablar y defender lo que está diciendo. Aquí digo una obviedad: la libertad de expresión no es el habla sin consecuencias. Los discursos ignorantes, desagradables y brutales merecen las críticas que reciben. Aquellos que protestaban por la remoción de la estatua tenían todo el derecho a ser escuchados, por muy ridículos que fueran sus argumentos y creencias. Las sociedades han estado en constante tensión por este asunto: Alemania, España, Argentina o Chile han practicado estrategias distintas para lidiar con la arquitectura de sus pasados fascistas, nazistas o dictatoriales; que en EUA esta sea la última batalla de los liberales parece una tarea muy menor frente a la empresa que se avecina.

También debería ser claro (aunque a menudo no lo es) que defender los derechos de alguien no es lo mismo que defender sus acciones. Ni siquiera es algo tan mínimo como la complicidad. La manera en cómo habilitamos a ciertos actores para controlar un discurso se puede volver en nuestra contra. A propósito, Glenn Greenwald lanza estas preguntas: ¿cómo puede alguien creer que el neonazismo o la supremacía blanca desaparecerán en Estados Unidos, o incluso se debilitarán, si el Estado lo suprime a la fuerza? ¿No es evidente que sucederá exactamente lo contrario: al convertirlos en mártires de la libertad de expresión no harán más que fortalecerlos y hacerlos más sujetos de empatía?

La noción general es que el ascenso de Trump habilitó desde el gobierno discursos existentes (y legales) en Estados Unidos que ponen en peligro las relaciones democráticas. Esto es cierto, no obstante, no está de más preguntarse con Pierre Bourdieu lo siguiente: ¿cuáles son las condiciones sociales que vuelven posible la eficacia de las palabras? La respuesta no es demasiado compleja, basta con que existan personas que se crean las palabras. Esa creencia no viene de la nada.

Como lo he planteado en otros textos, quizá vale la pena repensar por completo el derecho a la libertad de expresión (y los derechos humanos en general: hoy ningún régimen podría ser compatible con ellos) en una época en la que los Estados nacionales no son los únicos que detentan el poder, las corporaciones regulan el discurso de miles de millones en internet y los fundamentos de la prensa del siglo XX (objetividad y verdad) están en quiebra.


Pegarle a un nazi

El conflicto principal es político e irreductible. Para rechazar los equívocos de Trump sobre los «muchos lados», debemos tomar uno. La elección debería ser obvia: el lado antinazi. Ese es apenas el comienzo de la disputa política por los símbolos y el poder. La violencia del discurso neoliberal ha desplazado todas las categorías de su significado: hoy una guerra no es una guerra, un golpe de Estado es democrático, creer en el estado de bienestar es imposible, los nazis son «solo» de la alt-right, y el despojo de amplios sectores sociales es algo casi invisible.

Las estrategias políticas de la izquierda para vencer al nazismo deben trascenderse y pensarse de nuevo por completo (de momento el epicentro de resistencia está en la comedia tipo Saturday Night Live o en Katy Perry). En las redes sociales ha revivido toda una serie de imágenes, que van desde el Capitán América hasta algún programa cómico actual, que sugieren que es una buena idea pegarle a un nazi. También se han implementado, de manera correcta y necesaria, estrategias de señalamiento como la cuenta de tuiter @YesYoureRacist, sin embargo, ya han fallado y causado perjuicio a personas que nada tienen que ver con los nazis. Resulta un poco paradójico querer acabar con la violencia y controlar el discurso al tiempo que se pretende destruir a un grupo nocivo a golpes y con propaganda.

Slavoj Žižek sugiere la violencia pasiva en lugar de los golpes: «Algo sucede cuando se mueve a la violencia física. No estoy diciendo que debemos saludar a todos, abrazarlos. Se debe ser brutal en un nivel diferente. Actuar de tal manera que incluso golpearlo, incluso abofetearlo es demasiado, una forma de conocimiento». Un neogandhismo puede ser la mejor arma contra el neonazismo.

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