Óscar Masotta: teorías que se suman

El argentino Óscar Masotta ejerció, sin elegirlo, de «pararrayos de la actualidad» en la Buenos Aires de los sesenta y setenta. Lector agudo de Roberto Arlt, practicante del «happening» y del psicoanálisis, reaparece en la curaduría de Ana Longoni para el MUAC.

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Tres

Óscar Masotta nace en 1930 en el seno de una familia de la clase media bonaerense. En la Escuela Normal conoce a Juan José Sebreli (1930), con quien comparte la fascinación por Les temps modernes, el cine y Jean-Paul Sartre. La carrera de Sebreli es meteórica: en 1951, con veintiún años, publica en la prestigiosa revista Sur (1931-1992). Tras el golpe de Estado de 1955 se exilia en Francia, pero vuelve a Argentina y funda, junto a Manuel Puig, Nestor Perlongher y Blas Matamoro, el Frente de Liberación Homosexual (1971-1976). La homofobia de la izquierda lo aleja del compromiso y se aboca a la sociología, la historia y la crítica cultural. Inscrito en la tradición de la lenta pero efectiva curvatura ideológica (e. g. Luis González de Alba), en 2015, Sebreli llama a votar por Mauricio Macri.

En 1953 Masotta y Sebreli se hacen amigos de Carlos Correas (1931-2000), pionero de la literatura gay argentina, quien en 1959 es condenado a seis meses de libertad condicional bajo el cargo de difusión de material obsceno por la publicación del cuento «La narración de la historia» en el número 14 de la revista Centro (1951-1959). Su primer libro, Kafka y su padre, aparece hasta 1983, y al año siguiente publica un libro de relatos de corte bisexual: Los reportajes de Félix Chaneton. Después un silencio de siete años seguido por La operación Masotta (cuando la muerte también fracasa), una biografía de su examigo, en la que es patente la imposibilidad de hablar de Masotta sin explicar el contexto en el que opera (y viceversa).

Masotta, el único heterosexual[I] y desempleado de los tres, nunca concluye sus estudios universitarios, pero con la pulsión extracurricular de Max Fischer, pinta, escribe poemas, publica artículos y un cuento en Centro, lee obsesivamente filosofía y revistas extranjeras, esboza novelas autobiográficas, organiza grupos de estudio y perfecciona su apariencia dandi. Con Sebreli y Correas intercambia lecturas, discute y va al cine, y como grupo se vinculan a la revista Contorno (1953-1959), que disiente del oficialismo de Sur.

El golpe de Estado los obliga a posicionarse: al carecer de identificación de clase con el peronismo se convierten en anti-antiperonistas, e inadvertidamente cometen el primer happening cuando, para provocar a la intelectualidad golpista, acuden al bar Cotto a repartir estampitas de Juan Domingo y Evita Perón.

En el número 7-8 (1956) de Contorno aparece «Sur o el antiperonismo colonialista» de Masotta, una crítica al beneplácito de Sur con el golpe. Paradójicamente, es su compromiso político, dirigido por un sartreanismo ultraortodoxo, lo que aleja a Masotta primero de Sebreli y Correas, y después del círculo de Contorno. El resto de la década publica ensayos estilísticamente deudores de Maurice Merleau-Ponty con los que intenta subvertir la lógica del canon argentino. Del periodo sobresalen los que siete años después integrarán casi la totalidad de su primer libro: Sexo y traición en Roberto Arlt (1965).

Masotta no es el primero en reivindicar a Arlt, pero su lectura se adelanta a desbancar clichés: los de la derecha, que recrimina la irregularidad estilística de su prosa, y los de la izquierda, ofendida porque las narraciones no se resuelven en una moraleja de realismo socialista.

Arlt, que bien puede ser leído como el puente porteño entre Dostoyevski y el existencialismo francés, fascina a Masotta cuando descubre que las tramas arltianas aparentemente amorales representan el infernal callejón sin salida que es pertenecer a la clase media. En Arlt, los actos de maldad gratuita (Silvio Astier quemando a un pordiosero o delatando al Rengo, en El juguete rabioso; las humillaciones de Remo Erdosain y el asesinato de la Coja en Los siete locos y Los lanzallamas) son reivindicaciones de la individualidad (las únicas factibles) y desplazamientos alienados de la ira; entre el crimen de Meursault y la humillación de Liza a manos del hombre del subsuelo.

Más que resumir la lectura que hace Masotta de Arlt, me interesa señalar que sin esos ensayos habría sido distinto el tono de las que, al menos para mi generación, son hoy las lecturas fundamentales sobre Arlt: Respiración artificial (1980) de Ricardo Piglia, el prefacio de Julio Cortázar a las Obras completas (1981) y «Derivas de la pesada» (2004) de Roberto Bolaño (a su vez subsidiaria de la de Cortázar).

Si en este punto Masotta hubiese dejado de escribir, podría concluirse que algo hubo de accidental en su habilidad para convertir sus opiniones en fundamentos (visibles o secretos) de los debates. Pero en la década de los sesenta Masotta afianza y explicita su voluntad de actuar como aduana de las vanguardias teóricas y artísticas de Estados Unidos y Europa, y se convierte en receptor, intérprete y reformulador del estructuralismo y las teorías de la información, y de paso expande su marxismo-vía-Sartre. Obseso de actualidad, ensaya uniones, traslados y bifurcaciones de las teorías.


Uno: él mismo

En 1958 Masotta obtiene un puesto de trabajo en la rectoría de la Universidad de Buenos Aires (en el que permanece nominalmente hasta 1964) y se casa. En 1959 muere su padre, un empleado bancario no del todo conforme con que su hijo recién tenga ingresos y siga una carrera (por lo menos) impredecible. En 1960 Sartre publica Crítica de la razón dialéctica y Masotta lo estudia para ser uno de sus primeros comentaristas. Después sufre una crisis psiquiátrica que aleja a sus amigos y que provoca que lo abandone su esposa.

Reaparece en 1961 fuera de los círculos literarios: en las escenas de las artes visuales, el psicoanálisis y la psicodelia de Buenos Aires. En 1962 publica «Seis intentos frustrados de escribir sobre Arlt», un ajuste de cuentas con la recepción argentina de Arlt que será el epílogo de su primer libro. En 1964 dicta su primera conferencia sobre psicoanálisis lacaniano (su tema dominante la siguiente década, última de su vida), cofunda el Centro Superior de Arte de la Universidad de Buenos Aires e inicia su producción como ensayista y creador de arte contemporáneo.

En 1965, quizá su año más fértil, escribe el grueso de sus libros El pop art (1965), Happenings (1967) y Conciencia y estructura (1968). En el primero considera al pop como un arte de la semántica, frente a su antecesor, el surrealismo, que es un arte de la metáfora. Su tesis sobre la repetición de la imagen en Warhol es persuasiva, así como la designación de René Magritte como puente entre el surrealismo y el pop, pero su mayor valor es la documentación y el estudio de los imagineros argentinos, movimiento paralelo al pop. Happenings reúne ensayos, registros, documentos y una carta de Octavio Paz acerca de esa disciplina emergente que Masotta practicaría en 1966. Conciencia y estructura es un compendio de sus ensayos, polémicas y el registro de su actividad como happenista; incluye «Yo cometí un happening», en el que responde a las críticas de la izquierda que señala al happening como arte no-revolucionario.

El mejor texto del libro, y mejor texto de Masotta en general, es «Roberto Arlt, yo mismo», leído en la presentación de Sexo y traición en Roberto Arlt. Inicia como análisis de lo que ha cambiado en los siete años que van de la concepción del libro a su publicación, y un tono humorístico y confesional lo conduce a revisar su vida de clasemediero educado que atraviesa una crisis de la que lo salva el psicoanálisis. Masotta, que compartía tragedia de clase con los personajes de Arlt, fue una persona buena, y si la naturaleza teórica y militante de su obra en ocasiones lo disimula, la lectura de «Roberto Arlt, yo mismo» no deja dudas. A veces pienso que se trata de una de las confesiones más luminosas y verdaderas del alma del hombre bajo el capitalismo; otras intento ser prudente y ubicarla junto a los textos herederos del Cortázar más autobiográfico, sin embargo, su alta gradación ética y estética me suscitan las comparaciones más estrambóticas: de la Respuesta a Sor Filotea a «What lured Hemingway to Ketchum?» y las reflexiones de David Foster Wallace sobre la depresión.


Los otros

Su siguiente libro, La historieta en el mundo moderno (1970), es el resultado del último tema artístico en el que se interesa. Masotta muere en Barcelona en 1979, a los cuarenta y nueve años y con una hija de dos, dedicado de lleno a los estudios lacanianos. Otros Masotta se me escapan, y no faltará quien pueda hacer un esbozo más justo y completo de sus aportaciones a temas que lo obsesionaron y apenas menciono. Sus nexos y puntos de convergencia estética con Osvaldo Lamborghini (1940-1985), cuya vida puede leerse como un reverso de la de Masotta, es otro asunto del que no se ha dicho la última palabra.

El teórico que buscaba comprender la semántica del arte acabó convertido en metáfora, y eso provoca el equívoco más recurrente en torno a Masotta: la disyuntiva entre considerarlo un adelantado a su tiempo o emblema de su época, cuando no puede ser ninguna de las dos cosas, pues sus textos no son proféticos ni típicos en ningún contexto. Otro peligro interpretativo: creernos Masotta por complicidad ideológica, cuando medio siglo de repetición multimedia ha suavizado la aridez técnica con la que Masotta conoció sus fuentes.

Por lo menos hasta 1970 Masotta practica una estrategia que casi nadie elige, aunque todo el mundo puede proponérsela: convertirse en el pararrayos de la actualidad. Pero la versatilidad para adaptarse a nuevos esquemas teóricos no garantiza la posteridad tanto como la dispersión. Prueba de ello es que haya pasado más de una década desde que la curadora Ana Longoni iniciara el rescate de los textos sobre arte de Masotta, que funcionan como eje de la exposición Óscar Masotta: la teoría como acción del MUAC.

Mientras haya mundo y quien lo comente, permanece la apuesta de intentar ser Masotta. Primer paso: dejar de leer a Masotta. Es técnicamente más fácil emularlo es un mundo hiperconectado que haber sido Masotta; lo invariable es la incertidumbre y el vértigo de lo nuevo.


[I] Que en el Buenos Aires de los cincuenta tus dos mejores amigos sean homosexuales (y esos amigos se convierten en figuras señeras de la cultura gay nacional) basta para entrar al Panteón LGBT, sin embargo, vale indagar el alcance y la conveniencia de ese liberalismo: «Óscar profería una de esas fórmulas: ‘Seremos inteligentísimos, cancherísimos, bellísimos y crudelísimos’; yo agregaba: ‘Y putísimos’, y Óscar sonreía. Jamás sobrevino algo ‘objetivamente’ homosexual entre él y yo. Ocurría […] que éramos bastante semejantes como para desearnos. Por lo demás, Óscar ‒que era frescamente apetecible‒ sabía aprovecharse, sin perder su castidad viril, de los homosexuales que lo rondaban; trataba con benevolencia esas prácticas mías. Una vez, sin embargo, que le conté una aventura medianamente sucia y yo me burlé de uno de los involucrados, Óscar reaccionó muy éticamente recriminándome y esclareciéndome que se trataba de ‘un hombre’, ‘¡un hombre!’. Pero el enojo fue efímero; únicamente quedaron cicatrices en él y en mí». Carlos Correas, La operación Masotta (cuando la muerte también fracasa). Buenos Aires: Catálogo Editora, 1991, pp. 10-11.

 

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