Peeple: la fantasía del individuo cuantificable

¿Por qué son tan populares las aplicaciones (como Peeple) que permiten calificar a otras personas?

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Peeple, la aplicación que nadie pidió, ya está en la App Store de Estados Unidos y Canadá. Hagamos el ejercicio de tomarnos en serio su slogan trágico “Character is Destiny” para analizar la trayectoria de la compañía hasta ahora. Peeple se describe en su página como una aplicación que ayuda a la gestión de la reputación personal en línea. Y he aquí lo irónico de su destino: desde que se anunció el año pasado, no ha podido hacer otra cosa que gestionar su propia reputación, arruinada en el momento en que una de sus cofundadoras declaró en el Washington Post que Peeple era el “Yelp para las personas”. Si el destino de la aplicación es cargar con una pobre reputación, ya sabemos qué pensar de su carácter.

Las declaraciones desafortunadas no terminaron ahí, pues sus cofundadoras también dijeron que Peeple era como si Facebook, LinkedIn y Tinder hubieran tenido un bebé. Como los personajes de las tragedias, las palabras de las fundadoras forjan el destino de su descendencia.

Peeple ha sido criticada principalmente, y con razón, por crear un entorno excepcional para el ciberbullying y por proveer las herramientas para evaluar a personas como si fueran restaurantes. Con pocas y asertivas palabras se ha dicho que Peeple es cruel, estúpida e innecesaria. Rachel Kramer Bussel de Salon apunta que la idea de un mundo donde reseñas formalizadas de personas son más valiosas que la interacción humana habla de la tristeza de nuestra comunicación.

Aunque comparto esa tristeza, me parece que cuando la crítica a este tipo de redes sociales parte de la distinción entre el mundo en línea y el mundo “real”, señalando la deshumanización del primero, inventa e idealiza un mundo real que se escondería detrás de la frivolidad ilusoria del virtual. Si bien la interacción humana presencial sucede en otro plano que la interacción en las redes sociales, y una es irreductible a la otra, no creo que ambas interacciones sean independientes.

Hoy, el mundo real es difícilmente inteligible si no contamos con la realidad que aporta el mundo virtual. Por ello, una crítica a este tipo de redes sociales que cuantifican y estandarizan nuestro valor como personas es una crítica más amplia a la cultura y al sistema social que la promueve. Desde este punto de vista, la creación de Peeple y la discusión que ha surgido en torno a ella, arrojan luz sobre las formas problemáticas en que aparecen en nuestra cultura las búsquedas de transparencia y validación individual.

La idea de que uno debe procurar la transparencia, ante uno mismo y ante los demás, puede remontarse a la filosofía de la ilustración y la emergencia de un sujeto moderno. Hoy parece existir, por un lado, una insistencia en la transparencia de las instancias de gobierno, de las empresas y de las personas y, por otro, una creciente sospecha de la posibilidad de lograrla. La inadecuación entre la realidad producida por los medios de comunicación, incluidas las redes sociales, y las realidades que vivimos contribuyen a esta impresión de opacidad.

Por ejemplo, descubrir en la interacción cara a cara que una persona no coincide con su perfil de Facebook, ya sea físicamente o por sus cualidades, nos conduce a la conclusión de que Facebook no fomenta la transparencia sino la autopromoción. Pero, al mismo tiempo, las personas que no están en LinkedIn, Facebook u otras redes sociales son vistas como poco transparentes, como si tuvieran algo que ocultar. Se ha reportado de empresas en EU que no contratan candidatos cuyos perfiles en redes sociales no estén a la vista de todos.

Así, las redes sociales cargan con la mala conciencia de prometer transparencia a sus usuarios, mientras que proveen las herramientas para inventar personalidades atractivas.

Peeple, al recurrir a los comentarios de otros para evaluar a una persona, se justifica en una visión idealizada de la “opinión pública” como última referencia de la responsabilidad y de las cualidades de una persona. Es cierto que todos estamos sujetos a las opiniones, positivas y negativas, de los demás, pero la última palabra sobre nuestra forma de ser no se reduce a las calificaciones de otros en un muro de una red social.

Por la manera en que funciona la opinión pública, de hecho, no hay una última palabra. Incluso la información estadística que publican los periódicos y que “representa” a la opinión pública puede someterse a examen, resultando siempre en nuevos veredictos emitidos por la opinión pública. Con más razón, una persona no puede quedar fijada en su perfil de una red social.

Y aquí entra el problema de la validación. pregunta: ¿por qué alguien se inscribiría voluntariamente a un foro más donde se pide la validación de las masas? La popularidad de la aplicación está por verse. Su potencial “revolucionario” –como predeciblemente lo describen– es dudoso. Pero su misma existencia subraya la importancia de la pregunta: ¿qué dice de nuestra cultura que nos sometamos a nosotros y a los demás a estas pruebas de “carácter” (por otra parte, el uso que hacen de este concepto es demasiado vago)?

En la página de Peeple dice que la aplicación propone una nueva moneda: “el carácter”. Armado de las recomendaciones de otros –añaden– puedes utilizar el nuevo valor a tu favor para tener mejores oportunidades de trabajo, citas, relaciones y contactos. Esta monetización de nuestras relaciones ­–aunque el dinero sea el “carácter” y no dinero de verdad– habla de hasta qué grado hemos creído que las personas valen de acuerdo a cómo se desempeñan en la vida social, como si esto, además, dependiera completamente de su voluntad y no de sus circunstancias sociales.

Es decir, el problema de enfatizar el valor de las personas de acuerdo a sus desempeños o su “carácter” es que reproduce la mentira del individualismo y la autorrealización que sostiene que todos podemos lograr todo, si tan solo nos lo proponemos. También, de algún modo, borra las diferencias y la diversidad humana, pues propone solo tres tipos de relaciones –“románticas”, “personales” y “profesionales”– y usa para todas las personas los mismos instrumentos de evaluación.

Aunque muchas personas tienen acceso a internet y la aplicación es gratis, la realidad de las redes sociales también responde a la realidad del mundo real, y en ella, las relaciones interpersonales están atravesadas por diferencias de raza, género, creencias y clase.

Ya sea que se defienda la transparencia y democratización de las redes sociales o la complejidad de las relaciones humanas en el mundo real, ambos planos se proyectan el uno sobre el otro y los problemas de uno aparecen, bajo cierta forma, en el otro. Peeple, ignorando los problemas que surgen tanto de la supuesta transparencia y validez que proporcionan las redes, como de la complejidad y diversidad de los humanos, opta por otra vía, una donde las diferencias están en el nivel en que nos situamos en la escala de evaluación de los otros.

Al parecer, cuando apenas estaba arrancando la idea para Peeple, las cofundadoras eran constantemente abordadas por la pregunta “es una broma, ¿verdad?”. La respuesta era, como sabemos, que no. Pero quizás esta pregunta también vaya a formar parte de su destino: quizás, al final, Peeple se convierta en una broma.

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