Pigmentomanía (primera entrega)

Los resultados del estudio de Movilidad Social Intergeneracional del INEGI y su comunicación mediática han levantado una ola de discusiones en torno a la pigmentocracia, ese concepto que parece explicar el racismo en México, pero que quizá lo complica. Federico Navarrete desmenuza sus implicaciones.

| Racismo

El día 16 de junio, Julio A. Santaella, director del Instituto Nacional de Geografía y Estadística, emitió el siguiente tuit, adelantando los resultados del estudio Módulo de Movilidad Social Intergeneracional (MMSI) realizado por su institución:

Este trino tan desafortunado pretendía difundir los hallazgos del estudio, pero la ausencia de cualquier matiz y el empleo incuestionable del verbo ser no hizo más que exhibir la inconsciente petulancia de quien no tiene la menor duda de pertenecer a la primera posición: un ejecutivo de piel clara, privilegiado de toda la vida, amigo de los amigos, particularmente de aquel que lo colocó en tan exaltada posición. Por ello, no es de sorprender que generara de inmediato una tormenta en las redes sociales, tan impacientes en los últimos tiempos ante las constantes expresiones de prepotencia de nuestras ineptas élites. Frente a las acusaciones de racismo el funcionario explicó con sinceridad ingenua que solo deseaba llamar la atención sobre la «triste realidad de nuestro país que estamos obligados a resolver».

El debate se polarizó de inmediato entre los que afirman que el estudio ha demostrado, por primera vez, la existencia del racismo en México y quienes la niegan de manera igualmente tajante. Más allá de las exageraciones de ambos campos, la solidez del trabajo parece fuera de cuestión. Tanto sus hallazgos, como la polémica serán discutidas en una entrega posterior, cuando analicemos el concepto de pigmentocracia.

Sin embargo, antes de pasar a esos temas grandes es necesario detenernos a pensar en algo mucho más elemental, y a la vez más problemático: la herramienta engañosamente simple que empleó el MMSI para «medir» el color de piel de los entrevistados.

Esta paleta de once colores de piel, numerados del más claro al más oscuro, fue desarrollada en 2008 por el Proyecto de Etnicidad y Raza en América Latina (PERLA; https://perla.princeton.edu), un equipo de investigadores de Estados Unidos, Brasil, Perú, Colombia y México, encabezados por Edward Tellez, la empleó para levantar encuestas acerca de la relación entre pigmentación y riqueza en esos cuatro últimos países. Ellos mismos relanzaron también el término pigmentocracia. En los últimos diez años tanto la escala de colores como esta palabra se han puesto de moda para discutir la realidad lacerante de la desigualdad y el racismo en América Latina, desatando una auténtica pigmentomanía.

La supuesta novedad de estos hallazgos y de esta herramienta de medición contrasta con la larga historia de la práctica de organizar los colores de la piel humana en jerarquía y utilizarlos para clasificar a las personas. Esta fue la práctica central de la ciencia racista que prevaleció en el mundo desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX.  Esos científicos también medían la forma de la cabeza y desarrollaron aparatos para hacerlo, como los que fueron descubiertos recientemente en un tesoro de objetos nazis en Argentina (http://cultura.elpais.com/cultura/2017/06/20/actualidad/1497940881_882632.html). Asimismo, fabricaron modelos de ojos humanos para medir el color de los iris, más un largo etcétera de herramientas más o menos escalofriantes para diferenciar y discriminar a las personas de la manera más objetiva y científica posible.

Hoy resulta fácil criticar el carácter científico de estas prácticas, pero no hay que olvidar que en su momento era considerado tan incontrovertible como el de la genética en la actualidad. El equipo de PERLA, se deslindó desde luego de estas formas racistas de antropometría y afirma haber inventado este instrumento de medición a partir de fotos de internet. Su herramienta ha sido retomada por el INEGI y otros estudios sociológicos, debido a la aparente facilidad que ofrece para cuantificar «objetivamente» el color de piel. Estoy seguro de que todos los académicos que la utilizan son sinceramente antirracistas y buscan, antes que nada, poder identificar la discriminación para combatirla mejor. No obstante, la genealogía racista de una práctica no se puede negar a base de buenas intenciones: la pretensión de intentar medir «científicamente» el color de la piel de las personas siempre corre el riesgo de inventar diferencia y establecer jerarquías.

Craneometría, siglos XIX-XX

La mejor evidencia de esto es que más allá de los círculos científicos, la paleta, o algo parecido, ha tenido un éxito muy diferente. En Facebook han surgido una constelación de páginas que utilizan una versión simplificada de la misma colocada en franjas horizontales, para hacer bromas abiertamente racistas y clasistas. La idea es asociar cada franja de color con el color de piel de un «grupo social» y con sus actitudes culturales, sus patrones de consumo, etcétera, etcétera… Me niego a reproducir aquí las bromas, así como a incluir vínculos a las páginas, pues no tienen nada de simpáticas, ni siquiera por la exhibición que hacen de la miseria intelectual de sus creadores. Basta decir que en todas ellas los colores más claros se asocian con ideales aspiracionales de vida y de consumo y los más oscuros con actitudes supuestamente vulgares y vergonzosas. Lo único llamativo en estos derroches de mediocridad humorística es que los autores de la broma siempre se imaginan en el extremo más claro y miran hacia abajo, con desprecio y sorna, a los que consideran más oscuros. Más racistas aún resultan las personas que pretenden colocarse más allá de la escala, afirmando que las bromas son hechas en realidad por morenos avergonzados de sí mismos.

Este (mal) humor racista merece ser ignorado, salvo porque revela que en los países de América toda escala de colores de piel construye de manera inevitable una jerarquía social. El mismo problema es evidente en el dilema central enfrentado por quienes emplean la paleta de PERLA en sus estudios científicos: ¿el instrumento debe ser aplicado por el encuestador o debe ser aplicado por los propios encuestados?

La primera opción fue la preferida por el equipo de PERLA que entrenó a sus encuestadores a emplear la escala cromática de la manera más objetiva posible. Se decidió incluso que la asignación del color de cada persona debía hacerse solo a partir de la observación de la piel de la parte interna del antebrazo, que es la que menos expuesta está al sol. De esta manera se establecería el «verdadero» color de piel de cada entrevistado, sin tener en cuenta si su rostro había sido quemado por el sol por llevar a cabo trabajos manuales a la intemperie (como operadores o de apoyo, diría el presidente del INEGI) o si se había palidecido por trabajar bajo la luz fluorescente de una oficina. La pretensión de determinar el color original de la piel del color resultante de la vida en sociedad me parece innecesaria y falaz, pues lo que importa en nuestras sociedades es lo segundo, no lo primero. Además, la asignación externa se parece demasiado a las procedimientos de los científicos racistas de antaño, que catalogaban racialmente a las personas sin preguntarles su opinión al respecto. Para colmo,  tampoco alcanza la preciada objetividad, pues como admitieron algunos de los científicos de PERLA, a la hora de colocar a sus encuestados en la escala cromática los encuestadores de manera inevitable consideraron otros factores, como posición social, forma de vestir y de hablar. En suma, la paleta no puede ser un instrumento inequívoco de medición externa.

La autoasignación, estrategia elegida por el estudio del INEGI, libra los dilemas morales del primer método, pero se encalla en otros problemas. En primer lugar, como sugieren las bromas, lo más probable es que las personas tienden a asignarse un color más claro del que tienen «en verdad», es decir, del que los otros les asignarían de acuerdo con sus observaciones y (pre)juicios sociales. Cómo nos recordaron los insensibles 140 caracteres de Santaella, el privilegio social en México se asocia de manera incuestionable con la piel blanca y por ello todos nos sabemos, nos imaginamos o nos deseamos más claritos. La tendencia es más fuerte en los estratos altos de la sociedad, integrados precisamente por personas que han logrado blanquearse socialmente. En otras palabras, los que están arriba son blancos porque están arriba y viceversa. Como su dinerito les ha costado, tenderán a exagerar su blancura en una encuesta como esta, a menos que quieran «darse baños de pueblo». En uno u otro caso, la utilización de la paleta por asignación propia no será objetiva, sino que reflejará las desigualdades sociales y exagerará las diferencias cromáticas.

En lo que a mí respecta, si me pidieran colocarme en uno de los 10 colores de PERLA tendría serios problemas visuales para traducir la manera siempre dinámica en que percibo mi color de piel en una posición única en el escalafón. Además me resistiría a examinarme el antebrazo para encontrar mi verdadero color porque ese sería, en todo caso, asunto de mi dermatólogo. Tal vez me acordaría que cuando nací era «no tan morenito» y me movería a los espectros más claros, o a lo mejor me dejaría llevar mi filiación indigenista y me desplazaría a los más oscuros. La verdad, en este momento, me inclino por el color 3 no porque quiera pasar por blanco, sino porque lo identifico con la Pantera Rosa y su envidiable ambigüedad de raza y de género. El punto es que mi decisión no sería ingenua, ni unívoca, sino implicaría una toma de posición social, una decisión sobre cómo me veo y cómo quiero que me vean.

En suma, como ha demostrado ya Mónica Moreno Figueroa [https://www.youtube.com/embed/A9zAsou7Id0], el color de la piel en México y en América Latina no es nunca un asunto meramente epidérmico, sino un tema estético y cosmético, social y político: el entrecruzamiento siempre cambiante y muchas veces discordante entre las identidades y las pretensiones de las personas y las miradas, discriminaciones y categorizaciones de quienes los rodean [http://horizontal.mx/alfabeto-racista-mexicano-1/]. Y esas son dimensiones que ninguna paleta cromática puede suprimir y menos aún medir de manera precisa. En este terreno resbaloso y polémico, buscar la objetividad no es solo imposible, sino peligroso.

En la próxima entrega discutiremos varios proyectos artísticos que exhiben las ambigüedades y los riesgos de las clasificaciones cromáticas.

Artículos relacionados