Pigmentomanía (segunda entrega)

Los resultados del estudio de Movilidad Social Intergeneracional del INEGI y su comunicación mediática han levantado una ola de discusiones en torno a la pigmentocracia, ese concepto que parece explicar el racismo en México, pero que quizá lo complica. Federico Navarrete desmenuza sus implicaciones.

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En 2006, el artista español Santiago Sierra hizo un «Estudio económico de la piel de los caraqueños». Para ello tomó fotografías en blanco y negro de diez personas que declararon no tener ingreso alguno, luego de diez personas que afirmaron ganar mil dólares y de diez más que presumieron tener un millón. Posteriormente determinó el tono gris promedio de cada uno de los tres grupos para crear una escala cromática que correlacionó con la información económica. La conclusión: el valor promedio del tono negro es -2,106 dólares, y el del tono blanco es de 11,548,415 dólares.

Este ejercicio constituye una denuncia frontal de la innegable vinculación de la desigualdad social venezolana con el color de piel, en otras palabras: la pigmentocracia caraqueña; una de las dimensiones sociales poco discutidas del enconado conflicto entre el régimen chavista y sus adversarios. Al mismo tiempo puede leerse como una sátira de los ejercicios de medición estadística elaborados con paletas de pigmentación.

En primer lugar muestra que la única forma rigurosa de colocar los colores de piel en una escala singular es medir su cantidad de luz en blanco y negro, ignorando deliberadamente la pluralidad de dimensiones del cromatismo. De manera similar, cualquier escala que organice la pigmentación de claro a oscuro tendrá que ignorar por fuerza las otras formas de definirla y agruparla que se practican en las distintas sociedades, de acuerdo con criterios culturales y sociales muy variados, a nombre de una pretendida pero engañosa universalidad.

Además, las fotos en gran formato de Sierra desdicen esta simplificación cromática, pues en ellas el «verdadero» color de la piel de los individuos se vuelve una calidad más entre los notables «accidentes» epidérmicos: incontables lunares, pecas, verrugas, mezquinos, manchas, arrugas, pliegues, vendajes y cicatrices que transforman las pieles realmente existentes en superficies heterogéneas, mapas de una historia individual que es imposible reducir a la simple dimensión cromática.

Por último, la pretensión de Sierra de medir el valor económico puro del color adquiere una dimensión casi paródica: una diferencia de 11,550,521 dólares entre ambos extremos cromáticos; un extremo que no existe en la realidad, pues nadie tiene en verdad un tono 100% blanco, ni negro. De esta manera el «Estudio» muestra de manera dramática la jerarquía de pigmentos de la sociedad venezolana y al mismo tiempo problematiza los modos en que la podemos medir.

En general, la obra de Sierra se caracteriza por exhibir sin tapujos las relaciones de poder de nuestro capitalismo globalizado y neoliberal y las que subyacen a la producción de las obras artísticas, sea que tatúe unidades de medida en las pieles de jineteras cubanas o que pague a sus modelos con paquetes de droga. En el caso, por ejemplo, de Contratación y ordenación de 30 trabajadores conforme a su color de piel (2002), me parece brutalmente iluminador el modo como alineó a los voluntarios contra la pared de una galería de arte, desnudos salvo por sus calzoncillos. Este line up artístico recrea a manera de performance la violencia de los procedimientos policiales de identificación, pero también de las prácticas antropométricas. Recuerda además imágenes icónicas del régimen del apartheid en Sudáfrica, donde los mineros eran colocados desnudos contra la pared para ser sometidos a las más brutales inspecciones corporales.

Contratación y ordenación de 30 trabajadores conforme a su color de piel, 2002, Santiago Sierra

En días recientes, tras la publicación del estudio de Movilidad Social del INEGI y en reacción a la polémica que se desató en las redes sociales, el científico/artista mexicano Adrián Santuario difundió en ‹medium.com› un experimento cibernético titulado «Cromatocracia: el Pantone® de los partidos políticos en México», en el que cuantificó los colores de piel de los quinientos diputadas y diputados mexicanos, agrupados por partido político. Como explica en una entrevista en El País, con este objetivo creó un programa de cómputo que buscaba fotos de los legisladores por medio de un algoritmo de reconocimiento facial desarrollado por el artista Rafael Lozano Hemmer, y luego analizó los pixeles de la piel de sus rostros y sus manos para determinar una tonalidad promedio. El resultado fue relacionado con la escala digital de colores de la marca Pantone. Así logró determinar la escala cromática de los representantes de las diferentes instituciones políticas, con el espíritu que explicó a El País: “Hubo muchas peleas sobre si todavía existe el racismo en México. Pensé en la forma en la que podía aportar algo al debate, con las herramientas a mi disposición”.

La razón por la que eligió a los diputados fue porque: “Se supone que son una muestra representativa de la población mexicana”. Sin embargo, los resultados fueron un tanto desconcertantes: “Creo que se podría confirmar lo que dice el INEGI, pero también me sorprendió que en el PAN, por ejemplo, hay más variedad de colores, pensé habría más güeros. También noté que en el PRI también hay un poco de todo”.

Pese a ello, pudo concluir que el partido más blanco de todos era el Verde y que en Morena y el PRD se encontraba el mayor número de personas de piel oscura.

El ejercicio cibernético tiene al menos el mérito de abrir la reflexión en torno a la representación social. Santuario combina dos definiciones diferentes del término: la representación política, los diputados son legalmente representantes del electorado mexicano que los eligió; y la representación estadística, los quinientos mujeres y hombres que conforman la Cámara constituyen o no una muestra representativa del color de piel de los ciento veinte millones de mexicanas y mexicanos.

En ambos casos, el vínculo entre la parte y el todo se revela muy endeble. El desprestigio de los legisladores y la muy baja estima de que gozan entre la población son muestras de que no han sabido, ni querido siquiera, fungir como auténticos representantes políticos de esta, particularmente los partidos que obtienen sus curules por medio de convenios de coalición. En cuanto a la representación estadística, queda más que claro que este medio millar de personas no son una muestra relevante de la población mexicana, ni por su género —pues hay mucho menos mujeres que hombres—, ni por su nivel económico —pues son claramente más ricos que el resto de los ciudadanos—, ni por su extracción social —pues no necesariamente provienen de los estratos sociales más numerosos—, ni por su identidad cultural —pues hay una clara escasez de indígenas y otros grupos «minoritarios»—.

A decir verdad, el resultado más notorio de este ejercicio es la confirmación de que el color de la epidermis de los diputados es su atributo menos interesante. En vez de revelar que los legisladores Verdes tienen los tonos más blancos de piel, importaría mucho más discutir su falta de compromiso con los temas ecologistas que debería defender su partido, su propensión a la venta de votos y a las componendas políticas más turbias. Lo mismo vale para todos los demás partidos. En realidad, la forma de conocer los verdaderos «colores» de nuestros diputados sería retomar la propuesta que ha circulado en Estados Unidos y obligarlos a usar trajes con los logotipos de las compañías y corporaciones con las que tienen conflictos de interés: así sabríamos quiénes pertenecen a Televisa, o al sindicato de Pemex, al SNTE o a Telmex, etc., etc., etc. Me temo que el problema sería que demasiados de esos letreros comenzarían con el nombre «Cartel de…».

En su proyecto actual, titulado El México desconocido, Yutsil Cruz cuestiona frontalmente la identificación entre color de piel e identidad personal.

El México desconocido, Yutsil Cruz

La artista interviene el celebérrimo retrato de Porfirio Díaz elaborado por Carl Lumholtz para su libro del mismo nombre cubriendo su rostro con un conjunto de grandes pixeles que reproducen los siete colores de piel de la población indígena mexicana definidos en 1902 por el antropólogo físico Frederick Starr, y publicados en su libro The physical characters of the Indians of Southern Mexico, lo que podríamos considerar la versión original de las paletas cromáticas. Al pie del retrato, cita una frase del escritor estadounidense Lothrop Stoddard, que es un elogio equívoco de nuestro dictador: «Díaz pensó como un blanco, a pesar de ser mestizo». Como nos informa Wikipedia, Stoddard, miembro del Klu Klux Klan, activista contra la emigración hacia Estados Unidos de personas de piel oscura y convencido antiislamista, fue autor de un libro muy popular en la época, cuyo título resuena ominoso en el presente: The Rising Tide of Color Against White World-Supremacy.

A lo largo de su carrera Yutsil Cruz ha explorado crítica e imaginativamente, utilizando una variedad de lenguajes plásticos, la compleja interacción entre los discursos científicos sobre la raza y el cuerpo humano y las representaciones artísticas y populares de la etnicidad en México. Este montage desmonta con eficacia las operaciones mentales y sociales que subyacen en la utilización de las paletas cromáticas. Díaz, patrocinador original de la ideología del mestizaje, esa gran cruzada de blanqueamiento de la población mexicana, no puede ser reducido a la dimensión única de su solo color de piel, pues como afirmó Stoppard, era un hombre que hizo un gran esfuerzo para dejar atrás su origen y modificar su identidad. Su blanqueamiento físico, evidente en sus retratos a lo largo de las décadas, y cultural, evidente en su trayectoria política, sigue siendo un paradigma para los mestizos en ascenso social. ¿Cuántos de nosotros no mereceríamos ser retratados con un mosaico cromático como el suyo en justa recompensa a nuestros esfuerzos culturales y cosméticos por «mejorar la raza»? Me imagino que un día nuestro presidente o nuestro canciller se sentirían muy orgullosos de escribir al pie de su retrato oficial, o de una portada de la revista Time, una frase equivalente de Donald Trump, auténtico sucesor espiritual de Stoppard: «No era un ‘bad hombre’, pese a ser mexicano».

El retrato pixeleado de Cruz, el estudio económico de Sierra y el ejercicio cibernético de Santuario muestran, cada uno a su manera, los peligros de las paletas cromáticas.

En la siguiente y última entrega discutiré las dimensiones sociales de la pigmentocracia y el peligro de que la actual pigmentomanía nos lleve a resucitar el espectro de las razas en nuestra vida social.

En la foto: Estudio económico de la piel de los caraqueños, 2006, Santiago Sierra

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