Pigmentomanía (tercera entrega)

Los resultados del estudio de Movilidad Social Intergeneracional hecho por el INEGI y su comunicación mediática han levantado una ola de discusiones en torno a la pigmentocracia, ese concepto que parece explicar el racismo en México, pero que quizá lo complica. Federico Navarrate desmenuza sus implicaciones.

| Racismo

¿Existe en México una verdadera «pigmentocracia»?, es decir, ¿un régimen social en que el color de piel es el factor determinante de la condición socioeconómica, del acceso a los servicios públicos y a los espacios privados, del reconocimiento del ascenso social y del prestigio? En otras palabras, ¿será cierto que en nuestro país «las personas con piel más clara son directores, jefes o profesionistas mientras que las de piel más oscura son artesanos, operadores o de apoyo»?

Las respuestas a esta pregunta han ocupado las mentes y las plumas de numerosos periodistas, economistas e historiadores en las últimas semanas. David Páramo negó de manera tajante la existencia del racismo en México, señalando que incontables casos individuales desmentían la afirmación del director del INEGI. Por otro lado, José Ignacio Lanzagorta saludó el estudio de Movilidad Social de los Mexicanos como la conformación inédita e incontrovertible de la existencia de una discriminación sistémica por color en nuestro país. Sin duda, el reciente estudio del INEGI ha confirmado los hallazgos de los estudios de PERLA y del sociólogo Santiago Villarreal llevados a cabo unos años antes. La correlación entre color de piel y condición socioeconómica existe, lo que nos toca hacer es tratar de comprenderla más allá de la pigmentomanía.

Páramo tiene razón en afirmar que la formulación tajante de los resultados es falsa: todos conocemos personas de piel más oscura en posiciones destacadas en la vida social y profesional de México y también personas de piel clara que ocupan puestos menos prestigiosos. Por otra parte, atribuir al color de piel de personas particulares su pertenencia a las posiciones más encumbradas de la sociedad parece exagerado e incluso injusto. Que yo sepa ni la UNAM ni el ITAM, dos instituciones educativas muy demandadas como puertas de entrada a las élites de este país, incluyen criterios fenotípicos para seleccionar a sus candidatos en sus exámenes de admisión. Quiero creer que los mejores doctores, abogados e ingenieros de México lo son por sus talentos y su dedicación y no por el color de sus ojos.  Lo mismo considero que la encumbrada posición de nuestros mirreyes corporativos y de nuestros gobernantes que solo han venido a aprender no se debe tanto a su aspecto físico, pero sí  sobre todo a sus conexiones familiares, a sus compadrazgos y amistades, a las redes de complicidad que han logrado tejer tras años de esfuerzos, incluso tal vez a algo parecido al mérito, aunque den pocas muestras de ello. El ámbito social donde parece imperar una auténtica pigmentocracia es el de la publicidad y la televisión: en las pantallas y los espectaculares la blancura «natural» —o sintética— sí adquiere un valor mayor que cualquier otro talento o capacidad. Pero incluso ahí, detrás de las pantallas, los aspectos físicos de los operadores de cámara, de los productores, de los guionistas y de los creativos son también más diversos.

Dicho esto, tampoco podemos sostener que nuestra vida social es «indiferente al color» o color blind, como se dice en Estados Unidos, o afirmar que no hay discriminación porque todos somos mestizos, un argumento que suelen esgrimir los miembros de nuestras élites para tranquilizar su propia conciencia.

Tanto en México como en los demás países de América Latina el color de piel es utilizado de manera común y generalizada como indicio para determinar la posición socioeconómica de las personas. En otras palabras, cuando queremos colocar en la jerarquía social a alguien que encontramos en la calle, que conocemos en el trabajo o en el antro, recurrimos a su pigmentación como un elemento importante de nuestra evaluación. Sin embargo, este valor cromático nunca se lee solo, ni de acuerdo con una paleta objetiva, pues se combina con otros elementos, como la forma de hablar y de vestir, las formas de comportarse, las identidades étnicas y los infinitos marcadores de clase social. Estos elementos influyen aun en nuestra percepción del mismo pigmento: una persona de clase más alta nos parecerá más blanca y viceversa. También percibimos el color de piel de manera diferente según los contextos sociales: el cadenero del antro y el «castinero» de una agencia de publicidad serán más sensibles a los tonos epidérmicos que los maestros de nuestras escuelas y universidades y que los médicos de los hospitales, o al menos eso quiero creer. Los ejecutivos morenos de un banco quizá no reúnan los requisitos de blancura para aparecer en las páginas de sociales, como le reveló un fotógrafo a Mario Arriagada, pero me atrevo a esperar que su color de piel no será un obstáculo para promoverlos en su empresa.

Además, y esto es clave, todos nosotros conocemos bien estas formas de lectura del pigmento y las manipulamos de manera más o menos deliberada. Como han demostrado los estudios de Mónica Moreno, las mujeres se blanquean para hacerse hermosas y para ascender socialmente. Parafraseando el ofensivo refrán, «la mona» sabe que la seda sí puede transformarla, junto con los tintes de cabello, las cirugías plásticas y las modas importadas.

Los estudios estadísticos basados en las paletas de color de piel pueden darnos una imagen general de este sistema, pero nada más. En primer lugar, corren el riesgo de volver estática y rígida una realidad dinámica, plural y contradictoria. En segundo lugar, no explican nada en sí mismos, pues una correlación entre pigmento y posición social poco significa hasta que podamos comprender los mecanismos causales efectivos que han producido esta estratificación por color de piel a lo largo del tiempo.

¿Se trata de una herencia de las divisiones de castas de tiempos coloniales, como sostenía Alejandro Lipschutz, el inventor del concepto pigmentocracia en 1944? ¿Es un legado de la definición exclusiva de la ciudadanía impuesta por los liberales en el siglo XIX que obligó a la mayoría de la población a blanquearse cultural, y también epidérmicamente, para participar en la vida nacional? ¿Se trata del lado oscuro, o más bien blanqueador, de la ideología del mestizaje que pretendió siempre clarificar a los indios y evitar a toda costa el oscurecimiento de los blancos? ¿Será la excrecencia contemporánea de la cultura de consumo globalizada y su idolatría de la blancura y del racismo implacable de nuestros medios de discriminación… perdón, de comunicación? Tras siglos en que el ascenso a las élites ha pasado por «mejorar la raza», ¿cuál es la relación entre la blancura social y la blancura física? Antes de afirmar que en México existe una pigmentocracia deberíamos intentar responder estas preguntas.

Por otro lado, si queremos comprender cómo se mantiene la estratificación por color de piel en el presente debemos identificar los mecanismos concretos que la hacen operar. El economista Raymundo Campos ha mostrado que en solicitudes de empleo las mujeres con piel más blanca tienen un poco de ventaja sobre las más morenas, pero en verdad no es tanta y el estudio no encontró un sesgo similar en el caso de los varones. El libro de Eugenia Iturriaga sobre Mérida, Yucatán, Las élites de la ciudad blanca, y las encuestas de Rosario Aguilar en la Ciudad de México han mostrado que mucha gente asocia tener la piel blanca con ser respetable, honesto y exitoso, y la piel más oscura con lo contrario. ¿De qué manera influyen estos prejuicios en nuestra vida social, en el modo como decidimos nuestros votos o elegimos a nuestros amigos o parejas?

Pintura de casta, Colectivo Zunga, Colombia, 2012 [performance]

Mientras no conozcamos mejor los mecanismos y las prácticas que trasladan de manera efectiva el color de piel a estatus social, y viceversa, puede resultar prematuro e incluso peligroso aislar ese factor de las demás formas sociales de diferenciación y discriminación. Las paletas cromáticas pueden exagerar y confirmar los prejuicios que imperan en nuestra sociedad, pese a los propósitos antidiscriminatarios de quienes las utilizan. El hecho mismo de que los resultados de estos estudios parezcan confirmar nuestro sentido común es otra razón para ser cuidadosos a la hora de interpretarlos.

Un peligro particularmente grave, señalado con oportunidad por la red INTEGRA —un colectivo de académicos comprometidos en la lucha contra el racismo— y por Olivia Gall en un artículo exhaustivo en Nexos, es establecer asociaciones entre las evaluaciones de color de piel, por definición cambiantes e inexactas, y las imaginarias identidades raciales, siempre inseparables del racismo. Ambos textos criticaron la forma como el estudio del INEGI confunde el color de piel, las categorías étnicas y geográficas —como indígena o africano o asiático—, y el concepto mal definido y siempre peligroso de raza.

En una sociedad racista como la nuestra, practicante de una multidiscriminación implacable, todos los que queremos estudiar y combatir estas prácticas, para intentar reducir la lacerante desigualdad social que acentúan, tenemos la responsabilidad de cuidar que nuestros estudios y nuestras palabras no terminen por confirmarlas y fortalecerlas. Y en este terreno las buenas intenciones no son lo único que cuenta.

 

En la imagen de portada: Pintura de casta, Colectivo Zunga, Colombia, 2012, [performance]

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