Política y generaciones: ¿dónde están los jóvenes?

Una réplica a Enrique Krauze y a aquellos que juzgan las experiencias políticas de la actual generación de jóvenes mexicanos como “menos válidas” que las de las generaciones anteriores.

| Democracia

Se ha dicho que la juventud no es garantía de nada. Que los jóvenes, los de ayer y particularmente los de hoy, son entusiastas pero también irresponsables. Que la culpa es de ellos (porque no se organizan) y no de las élites, menos de las estructuras de poder. Que, si se organizan, no son como los de antes. Que si se quedan en casa, tal vez riendo frente a una pantalla, también demuestran que no son como los de antes. La superficialidad de los jóvenes de hoy es, pues, un lugar común que las generaciones pasadas parecerían reproducir una y otra vez.

Desde hace tiempo en su columna del Reforma, y particularmente en una reciente entrevista para la revista emeequis, Enrique Krauze se ha mostrado incómodo con la pretendida indiferencia de los jóvenes mexicanos ante el presente. Hay, dice, más indignación que propuestas. Mientras el sacrificio de las pasadas generaciones fue históricamente significativo y permitió la construcción de organismos públicos y la conquista de derechos –sigue su argumento–, la presente generación padece una frivolidad congénita: basta con entrar a una red como Twitter para confirmar que la burla y el insulto dominan sobre el debate “racional”. Los jóvenes mexicanos, comenta Krauze, han hecho del país una “borrachera de denuncias”.

Durante las marchas del año pasado, Krauze nos sugirió que de la protesta debería nacer un grupo de jóvenes con “ideas constructivas e iniciativas prácticas”, no solo para canalizar el enojo sino para cambiar la “historia”, como los jóvenes del 68 lo hicieron. A treinta años del terremoto de 1985, nos recordó de nuevo que, como ayer, los jóvenes deberían organizar la sociedad civil para asumir la “operación del país”. A un siglo de 1915, nos hizo notar que la generación de Gómez Morin, Cosío Villegas y Lombardo Toledano podía servir de ejemplo para que los “millennials” hagan algo constructivo por el México de hoy. De alguna manera los jóvenes de esta generación no “aparecen”.

La posición de Krauze resulta interesante porque enuncia ciertas representaciones que circulan profusamente en nuestra conversación pública. Más aún: revela dos formas de vivir y pensar la realidad, la de Enrique Krauze y su generación y la de los jóvenes de la actualidad. Esta posición, aunque popular, me parece debatible.


Cuando Enrique Krauze describe su ideal de joven, parece decidirse por un perfil unívoco: jóvenes, muchos jóvenes, con proyectos. Deben emerger, de los jóvenes, empresas u organizaciones visibles que presenten programas que compitan contra los programas actuales, o que propongan soluciones concretas para los grandes problemas. Krauze pide que los jóvenes participen en la “política”. Organizaciones racionales con proyectos racionales. Líderes para una democracia liberal.

Teóricamente, este liberalismo (desde el que Krauze asegura escribir) supone una región exclusiva para la “política”, una región poblada de instituciones, dinámicas y actores bien definidos. Casi se podría delimitar esa región: en esa parcela, bardada, está el poder, y en esta otra, la vida privada –la empresa, la cama, el ocio. Fácil de localizar, la “política”, por tanto, se puede estrechar, cuantificar. Está ahí y solo ahí: basta con no abrir el periódico para prescindir de ella. No es difícil imaginar la estrategia: para incidir políticamente en la realidad hay que participar entonces, estrictamente, en esa zona. La “política” liberal, si es, es solamente competencia: los políticos compiten (idealmente) con propuestas para ganar puestos públicos. Habiendo ganado, desde los organismos establecidos para ello, los políticos administran recursos, toman decisiones. La “política”: elecciones + administración. Los jóvenes, si pretenden hacer política, deben de incidir en esa región.

El liberalismo supone, además, un perfil institucional del líder. Alguien visible. Un emprendedor social anda desfajado y un político institucional con corbata y traje, pero ambos se muestran en la arena pública. Proponen desde ahí, compiten proyectos, intentan incidir en la “política”, porque desde ahí y solo ahí (dice el liberalismo) se regula a la sociedad. Los liberales tienen fe en que mediante el debate racional (mediante la competencia de proyectos) se llegará a un consenso. Si el político falla, el emprendedor social tendrá una mejor propuesta. Por ello, no es válida la “irracionalidad”. Las propuestas de disenso carecen de sentido (según el modelo) porque desestiman el debate racional. Cualquier postura desafecta con la realidad, antagónica, digamos, no tiene validez porque también carece de un programa que se pueda discutir públicamente.

El problema de esta visión liberal de la “política” es, ciertamente, su estrechez. Cancela otras opciones. Supone que la inmovilidad y el silencio, por ejemplo, no tienen una implicación política pues la única manera de incidir en la convivencia es presentarse en la arena electoral. Esta visión de lo público simplifica las fórmulas para intervenir en la realidad. Peor: acumula los problemas políticos en un espacio reducido, al margen de los actores privados; permite entender ciertos comportamientos públicos pero no todas las prácticas políticas ni todas las formas y estructuras del poder.

Esta visión deja de lado, además, cualquier tipo de incidencia importante desde el arte. En este modelo, el arte solo es admisible como obra decorativa, una colección de ornamentos que no intervienen seriamente en la realidad (el arte, por definición, es lo que no compite). Se desdeña el arte como hecho político, el arte como zona para codificar nuevos adversarios políticos.

Deja de lado también todo tipo de disidencia. Porque, según el juicio liberal, la denuncia es irrelevante frente a la política pública. (La “política” exige que estemos ahí.) Al liberalismo se le dificulta apreciar expresiones de afectos políticos que, prescindiendo de las instituciones de debate racional, crean sus propios lenguajes, sus propios espacios; expresiones que no niegan las instituciones políticas sino que exploran, políticamente, en otros límites. En un mercado de proyectos regulados por la “razón” y la técnica, el experto tiene una posición privilegiada. De alguna manera, como explica Slavoj Žižek, para los liberales las protestas que defienden un proyecto no-técnico o exigen modificar el “contexto que determina el funcionamiento de las cosas” son percibidas como “penosos restos de la ‘edad de la ideología’” ( En defensa de la intolerancia, p.35).

En realidad, se cierra a la posibilidad de que los movimientos o sujetos políticos sin programas claros puedan tener efectos democratizadores.


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A diferencia de los liberales, para la teórica política Chantal Mouffe la dimensión constitutiva de toda sociedad (la esencia de lo “político”, no de la “política”) es una zona de antagonismo, un campo en conflicto (En torno a lo político 2007). Ahí las soluciones no pueden ser “racionales” (técnicas) porque todo conflicto implica la operación de decidir entre una alternativa u otra. La solución, entonces, nunca es el consenso, sino la decisión entre el interés de un “ellos” o un “nosotros”. Partiendo de lo anterior, como en el populismo de Ernesto Laclau, las sociedades humanas, entradas en conflicto, constituyen “enemigos”. El cambio político sería, así, resultado de esos choques antagónicos (preferiblemente hegemónicos), que a su vez no amenazan sino vigorizan el régimen democrático. Por tanto, la sociedad democrática, argumenta Mouffe, debe comprender esta dimensión antagónica y generar lo que ella denomina “instituciones agonistas”, instituciones que permitan que el desenlace del conflicto no sea la erradicación del enemigo. Los oponentes deben reconocer, mutuamente, su legitimidad.

A la luz del antagonismo de Mouffe, quizá podamos releer el 2012. Para intentar hablar de las tensiones entre la generación actual y las pasadas es necesario, creo, volver al movimiento estudiantil de ese año porque, independientemente de su agenda, fue tema común. Agradó aquí, desagradó allá. #YoSoy132 nació de un hashtag y murió (como organización) después de las elecciones. Aunque hoy es anécdota, a partir de él, es cierto, se han originado algunos grupos de la sociedad civil que siguen en activo. Después de años, se formó un sujeto colectivo urbano cuyo futuro generó expectativa. También crítica y escepticismo. ¿Qué era esa masa de estudiantes? ¿Por qué tomaba ese tipo de decisiones? La principal crítica se dirigió, en su momento, a su comportamiento y a sus declaraciones, de alguna manera contradictorias. Dos ejemplos.

Leo Zuckermann escribió una breve nota, meses después de las elecciones de aquel año, en la que hacía un repaso cualitativo del movimiento para concluir que fue inferior al del 68. Las demandas del 68 eran “aterrizadas”; las del movimiento #Yosoy132, “etéreas”. Los líderes de ayer, responsables; los de 2012, irresponsables. Julio Patán escribió, en Letras Libres, una nota parecida. El movimiento, decía, estaba lleno de alarmantes contradicciones (era “bipolar”) y tanto algunas de sus propuestas como su interpretación del sesgo mediático a favor del candidato del PRI se acercaban “a distancia de gancho al hígado” al movimiento del candidato de las izquierdas, López Obrador. No era un movimiento, escribió, con propuestas claras.

No obstante las críticas, lo más singular del movimiento fue la claridad de sus enemigos: Televisa y Enrique Peña Nieto. Una claridad que nació de un antagonismo generacional: en contra de los viejos medios y en contra de la vieja política. Los sectores más conservadores exigieron al movimiento (en lo político) un programa y (en lo moral) “congruencia”. En una palabra: racionalidad. Se le pedían modales a un sujeto colectivo que apenas emergía. (Enrique Krauze propuso a los jóvenes, incluso, la creación de un partido político.) El trance en que el movimiento juvenil se volvió inflexible –cuando encontró en el candidato del PRI al enemigo– no debió ser, como se llegó a leer, un motivo de preocupación. Todo lo contrario: fue su momento más interesante, el de mayor intensidad democrática.

El antagonismo nos permite notar incidencias políticas que el liberalismo clásico desdeña. Vistos con otro lente, gestos como la denuncia, la oposición inflexible, el enfrentar esa necesidad del consenso y la armonía, adquieren un tono mayor: sin ser “constructivos” –como quisieran los liberales– son acciones vitales para la democracia: son ejercicios que permiten incidir en lo “político”, en los valores de nuestra convivencia.

Dice Enrique Krauze en la entrevista a emeequis:

¿En qué quedo el Yo Soy 132? Le voy a decir: en la frivolidad de la denuncia. Yo sé que se sienten muy chichos: “¡Ya le mentamos la madre a Peña Nieto!”. ¿Por qué no hacen una asociación cívica, un partido? ¿No les gusta la realidad? Dejen de culpar a los sesentones, a los setentones. Incorpórense y hagan un nuevo partido. […]

Me parece que simplifica. El programa Sin Filtro, en este sentido, ofrece una metáfora formidable. Como se sabe, su creación fue una salida empresarial a un problema político: Televisa por fin abría sus puertas a los jóvenes, incluso a aquellos que simpatizaban con el movimiento. Polémico desde el primer promocional, algunos celebraron su aparición como un “triunfo histórico de los universitarios en su relación con el gigante televisivo mexicano”, mientras otros, más sensatos, señalaron que la intención del proyecto era distorsionar los reclamos del movimiento. La dinámica del programa es la de un foro en que universitarios tienen debates “racionales” sobre el rumbo del país. Cada semana se tocan temas nuevos, coyunturales, los temas en boga de “política” institucional: reformas, declaraciones, noticias. Los invitados son jóvenes de diferentes partidos, de diferentes posturas. Debaten, discuten, celebran los temas públicos. ¿El resultado? Política e intelectualmente, es uno de los proyectos más irrelevantes de mi generación.


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Otra divergencia surge de la clasificación de nuestro régimen. La democracia, dice el relato liberal, se conquistó en 1997, con la pérdida de la mayoría priista en la Cámara Baja. Suponen las pasadas generaciones que vivimos hoy en esa fase histórica, y que por ello hay que agradecer, en cierta medida, la ruptura del monopolio autoritario. No solo eso: porque no vivimos el cénit del monopolio autoritario, sugieren, no podemos criticar el presente, que es más amable. Todavía aquella generación de jóvenes que vivió la alternancia política, a principios de siglo, puede hablar de optimismo. Ciertamente les tocó vivir en un momento en que parecería que las instituciones erigidas en la transición controlarían los poderes públicos. El México de 2003, se pudo imaginar, era un México mejor que el de, por ejemplo, 1994. Pensaron y trabajaron en un país en que la “transparencia” se concebía, por fin, como una realidad. Mi generación, por el contrario, vive en el desencanto: le tocó vivir el sinsentido calderonista y ver el regreso del PRI. No puede compartir el optimismo ni el mismo diagnóstico de las generaciones anteriores. Necesidad generacional: agrietar esa historia (casi oficial) de la transición democrática.

Lo que hereda mi generación es lo procedimental de la democracia liberal, sin igualdad. Nuestro extraño híbrido permite la competencia política a la vez que la ilegalidad y la corrupción. (Para nuestro Estado, que incorpora la ilegalidad pero mantiene las formas escénicas de una democracia, Sergio González Rodríguez ha propuesto el término a-legal: el Estado “democrático” que –en tanto corrupto– se niega a sí mismo [Campo de guerra, p. 21].) Desde luego ha habido importantes logros en cuanto a libertades (particularmente en la ciudad de México), pero esto no oculta que, después de la transición (¿conviene llamarla de una vez su transición?), la desigualdad es la misma, las élites son las mismas. La impunidad, digámoslo así, sigue siendo hegemónica. Podríamos incluso llegar a decir que “La propiedad privada de las funciones públicas” (1986), aquel ensayo de Gabriel Zaid, es un texto vigente todavía hoy –la residencia blanca del presidente nos lo recuerda. Más llamativo, más real: mi generación ha visto imágenes de violencia (cercanísimas, locales) como ninguna otra desde la Revolución.

Recientemente escribió Jesús Silva-Herzog Márquez: “Mientras más se nos habla de progresos, de reformas para poner a México al día, más ostentoso es nuestro medievalismo”. Naufragamos en la “intemperie de la violencia” y nos preguntamos por la naturaleza de nuestro Estado, es decir, los problemas institucionales de nuestro presente son nuevamente los del siglo XIX. ¿Enumero lo lúgubre? Hago notar la fábrica de la denuncia. Si el contexto es tal, la denuncia está cargada de significado. No es una frivolidad que esta generación haya salido “muy buena” para la denuncia.

Hace dos años Krauze se involucró en un debate generacional. A su artículo “La poca memoria” –que invitaba a los jóvenes a recordar el sistema autoritario para celebrar el cambio político que desembocó en una democracia “llena de defectos, limitaciones, manipulaciones”, pero democracia al fin–, Ricardo y Juan Pablo Espinosa respondieron con un texto que hacía hincapié en algunos de los males olvidados por el optimismo de Krauze, como los 75 periodistas asesinados de 2000 a 2013, el crimen organizado y los poderes fácticos. Es un debate que sintetiza estas dos formas de vivir y pensar el presente. Considero, al menos, que estas dos frases de “La poca memoria” son (hoy) impublicables:

En México –concluí– no hay falta de libertades sino, en todo caso, un exceso de ellas. La ciudad de México es una de las más libres del mundo.

Queda, por otro lado, internet. Para Krauze (como para otros autores de su generación) internet también tendría que ser una plaza pública, un foro de debate liberal, un espacio de discusión “racional”. Hace unos años nos hizo notar, con alarma, cómo en “un rincón de esa cantina [i.e. internet] hay unos sicarios con pistolas verbales”. Nuestro lenguaje, entre insultos y expresiones fáciles, se “degrada”, escribió. Cuesta trabajo notar que en la red –en ese aparente bosque de ocio y apatía– se configuran y reconfiguran a diario identidades y subjetividades comunes –sonidos, diseños, palabras– sin la necesidad de una academia o la aprobación de un jurado. Una red –como elogia Michel Serres– que, a diferencia de otras virtualidades abstractas del pasado (la patria, la familia, la iglesia), no exige ninguna forma de sacrificio carnal, al tiempo que favorece la creación de nuevos lazos y comunidades políticas descentralizadas. Más que una “cantina”, es un espacio virtual donde se ironiza sobre toda jerarquía: un espacio político al margen de las dinámicas solemnes de la “política” institucional.

Cuando Krauze habla del ejemplo de Gómez Morín y la generación de 1915 parece lamentar que, en vez de tener una generación ubicable de tecnócratas, se tenga en la red a una multitud, insubordinada, de bits. No entiende adónde se han ido los “conductores”, los “líderes”; no parecería entender por qué hay tantas voces, por qué todos opinan, y de pronto tan indignadamente. Parece(n) extrañar ciertas jerarquías, la presencia de algunos “decentes” que, como en el pasado, nos digan por dónde caminar, qué hacer.


Previendo el mañana, no es difícil imaginar nuevas muestras de indignación promovidas por nuevas generaciones de jóvenes. Es de esperar (ante los consensos y ante los magros productos de esos consensos), además de propuestas políticas convencionales (leyes, reformas) o programas concretos, más indignación y nuevos antagonismos, lo cual no es lamentable. No solo eso: en otro nivel, mientras el relato de la democracia continúe tan lleno de certezas, es de esperar más preguntas y relecturas, nuevas intervenciones en los lugares comunes del lenguaje de la transición.

Tal vez a esta generación no se le vaya a valorar por lo que edifique sino por la búsqueda de nuevas formas de entender e intervenir en la realidad, por su ejercicio de la disidencia: disidencia ante discursos heredados, disidencia ante ciertas jerarquías. Los jóvenes de hoy no responden como los jóvenes de ayer –el “ideal” de los jóvenes de ayer– sencillamente porque el tiempo es otro.


(Crédito de imágenes: curiousflux.)

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