Populismo no es sinónimo de antidemocracia

Existe un lugar común repetido hasta el cansancio: que los movimientos populistas (o casi cualquier movimiento popular) acabarán con las instituciones democráticas. Se trata, sin embargo, de un planteamiento sin sustento empírico o teórico.

y | Democracia

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En el número de marzo de la revista Nexos, Gustavo Rivera Loret de Mola publicó un ensayo sobre el populismo, cuya conclusión es que dicho fenómeno solo puede derivar en antidemocracia. Por sus características, nos parece que el texto es parte de una ofensiva ideológica dispersa que advierte sobre los peligros de una eventual victoria de Andrés Manuel López Obrador. En este texto, AMLO, igual que cualquier otro populista –de izquierda o de derecha, con el programa que fuera–, dañaría gravemente nuestras instituciones democráticas, dando lugar a un régimen autoritario. El texto es poco riguroso en su argumentación y por ello cae en equívocos. Aquí lo examinamos y refutamos, primero en el plano argumental y luego con datos.

Nos parece que, al principio, el ensayo, aunque claramente sesgado, no abandona los cauces de la realidad. En esto estamos de acuerdo en lo esencial: el populismo puede entenderse como una estrategia política –Rivera se adscribe a la propuesta de politólogos como Ludolfo Paramio o Kurt Weyland– y, para comprenderse bien, debemos renunciar a asociarlo con una doctrina económica (ha habido populistas de izquierda y de derecha, neoliberales e intervencionistas).

La propuesta de caracterización que presenta Rivera es más o menos adecuada teóricamente, pues pone sobre la mesa rasgos que sí están presentes en los populismos, pero es una definición claramente incompleta. Es imprecisa y carece de elementos distintivos que le den fuerza. Según Rivera, el populismo sería:

[…] 1) una estrategia política, 2) caracterizada por el posicionamiento de un liderazgo personal en una masa heterogénea de seguidores 3) a través de vínculos directos o cuasidirectos que suelen desplazar a los partidos políticos, y que, en el plano simbólico, 4) suelen estrecharse a través de a) mítines masivos, b) discursos inacabables en radio y televisión y, en años recientes, c) interacción directa en las redes sociales.

Estos elementos están presentes en muchos populismos, es cierto, pero también en cualquier fenómeno de liderazgo masivo, independientemente del discurso que sostenga. Unos fenómenos persistentemente calificados de populistas no entrarían en dicha caracterización (¿Andrés Manuel López Obrador ha tenido “discursos inacabables en radio y televisión” o “interacción directa en redes sociales”?), mientras, si relajáramos mínimamente los criterios, otros movimientos, dudosamente populistas, cabrían en el canasto tejido por Rivera: Javier Sicilia y el Movimiento por la Paz, por ejemplo, o el liderazgo que tuvo el subcomandante Marcos.

Uno de nosotros propuso previamente una caracterización del populismo que puede consultarse en este medio. Creemos que al hablar de populismo no puede dejarse de lado el antielitismo, el discurso moral y la identidad-otredad polarizante, así como el reclamo a la democracia realmente existente.

Después de este punto, el ensayo de Rivera da un salto ideológico. Partiendo de la premisa de que el populismo es un fenómeno político (que “se coloca en la esfera del dominio”) y “no es una forma de distribuir riqueza o hacer justicia”, el autor deduce que todo populismo pretende “ejercer el poder trascendiendo la ‘rigidez’ del Estado democrático de derecho, el descrédito de los partidos políticos y la ineficacia de las instituciones” electorales.

Aunque el mecanismo por el cual su razonamiento llegó a ese punto no se hace explícito –lo que ya hace que el argumento desmerezca– podemos revisar los elementos mencionados uno por uno: a) es evidente que los populistas pretenden diferenciarse del descrédito de los partidos políticos tradicionales, dado que las crisis de representación suelen ser condiciones para la emergencia de fenómenos populistas; b) no es tan claro que trascender la ineficacia de las instituciones electorales sea una demanda propia de los populistas (basta un vistazo a las sesiones de consejo general del Instituto Nacional Electoral para darse cuenta de que esta impugnación corresponde a todos los partidos en tiempos electorales); pero c) lo que no puede acreditarse de ninguna manera es que los populistas quieran ejercer, necesariamente, el poder “trascendiendo la ‘rigidez’ del Estado democrático de derecho”, es decir, que quieran imponer, en todos los casos, un régimen autoritario.

Aquí hay una doble trampa. La primera es que se juzga que los populistas siempre aparecen allí donde hay un “estado democrático de derecho”. Veamos: ¿llegó Néstor Kirchner a gobernar un régimen democrático? ¿Lo hizo Evo Morales? ¿Podrá decirse que si López Obrador gana llegará a gobernar un “Estado democrático de derecho”? Ya juzgará el lector, pero nos parece difícil. La segunda trampa es que el autor jamás dice qué tiene que ver el matiz que introduce –la pertenencia del populismo a la esfera (política) del “dominio” y no a la de la “distribución”– con la presunta voluntad de los populistas de “trascender” la presunta rigidez del presunto estado democrático de derecho.

Rivera tiene una intuición. Le damos una pista sobre la conexión que busca: el populismo no solo es una forma de relación política, sino que suele hacer un reclamo a la democracia realmente existente, por lo que puede aspirar –por un lado– a “regenerarla”, “renovarla”, “reemplazarla por una verdadera”; o bien, por otro, en casos desafortunados, “combatirla”. Es decir, o el populismo es democratizador (si el argumento es: esto no es una democracia y hay que construir una verdadera que incluya a los excluidos), o bien, es antidemocrático (si su impulso proviene de decir que las cosas están mal justo por culpa de la democracia que ha incluido a quienes no debía, como inmigrantes, mexicanos, etc.). Solo para las ideologías esencialistas hay finales predeterminados. Hay pruebas, sin embargo, de que la cosa no es tan fácil. ¿De dónde desprende Rivera esa antidemocracia inminente? No lo sabemos.

Ahora, otro salto. En cierto punto del texto, el populismo deja de ser considerado como una estrategia –es decir, una selección de medios que permitan conseguir ciertos fines y que, entonces, hipotéticamente cualquiera podría realizar– para convertirse en una característica sustancial de un cierto tipo de personas. Dicha característica mental de los líderes populistas ayudaría a fijar el sólido mecanismo causal mediante el cual se convierten en amenazantes antidemócratas en todos los casos. Según Rivera, por estar “convencidos de la importancia de su liderazgo personal”, los populistas procuran:

[…] el fortalecimiento del Poder Ejecutivo a través de decretos y ataques a la oposición; el debilitamiento del Poder Legislativo a través de mayorías impuestas o artificiales; el sometimiento del Poder Judicial a través de la nominación de jueces a modo; la promoción de la reelección indefinida […]; la erosión de las protecciones institucionales contra los abusos de poder y la construcción de una narrativa donde la democracia liberal es uno de los instrumentos de control.

No se pierda de vista que Rivera sigue en un plano de explicación general. Los populistas, de llegar al poder, dañarían inequívocamente el “estado democrático de derecho”, solo dependiendo de su destreza para hacerlo, de sus recursos para corromper y de su disposición a la violencia; o sea, populistas los hay, según la definición de Rivera, muy malos y malos a secas.

De este punto, Rivera pasa a ejemplificar sus hipótesis con el gobierno de Hugo Chávez y dice que sus epígonos serían Kirchner, Correa, Morales. Como se verá abajo, al hacerlo, pone la carreta delante de los bueyes. De hecho, puede considerarse que el chavismo es un caso atípico entre los populismos latinoamericanos.

El autor cierra con un argumento muy forzado, que parece hecho para dar un cariz de imparcialidad al argumento. Rumbo a 2018, hay una amenaza populista a la democracia. Bien puede ser un populismo bronco, moreno o tricolor. Decimos que el argumento es forzado, sobre todo, porque se refiere a un PRI –que le hablaría a sus sectores masivos a través de la televisión, para mover a México– que ya no existe. Al PRI más elitista, al actual, Rivera le cuelga el sambenito “populista” para no enfocarse tan evidentemente en el temido López Obrador.


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El populismo, repetimos, puede ser democratizador o antidemocrático. La complejidad del fenómeno, simplificada por los prejuicios de Rivera, puede analizarse con datos. Compartimos algunas conclusiones.

  1. La calidad de la democracia medida según estándares del liberalismo mejoró en Argentina, Ecuador y Bolivia. No hay tal desmantelamiento de “Estado democrático de derecho” sino su emergencia, aun con una estética diferente a la liberal.

De acuerdo al Índice de Desarrollo Democrático (IDD-LAT), realizado de manera ininterrumpida desde 2002 por la fundación Konrad Adenauer y Politat.com, que mide el desarrollo de la democracia en la región a partir de cuatro dimensiones (derechos políticos y libertades civiles, calidad institucional y eficiencia política, capacidad para generar políticas que aseguren bienestar) y que clasifica a los países del 0 (muy malo) al 10 (muy bueno)[1] la evolución democrática de tres de los cuatro países populistas hasta 2015 (Argentina, Bolivia, Ecuador y Venezuela) ha sido positiva.[2] En Argentina, Néstor Kirchner recibió al país con un promedio de 3.9 y, para 2015, último año del gobierno de Cristina Fernández, llegó al 5.8.[3] Mientras tanto, Evo Morales y Rafael Correa recibieron sus países con un promedio de 3.5 y 2.2 respectivamente, dentro del bajo desarrollo democrático, y, para 2015, alcanzaron el desarrollo medio con promedios de 4.7 y 4.9. Por otro parte, el desempeño democrático de los antipopulistas mexicanos no es destacable. Desde la creación del índice, México siempre había estado dentro de los países con desarrollo medio, e incluso en 2009 alcanzó un promedio de 6.4. No obstante, desde entonces ha sufrido una caída estrepitosa: en 2015 tuvo un promedio de 4.3 que lo colocó en la categoría de bajo desarrollo democrático. El único país que comparte la tendencia a la baja de México es Venezuela.

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Tabla 1. Fuente: elaboración propia con datos del IDD-LAT.
  1. El populismo no disminuye necesariamente los derechos y libertades. México disminuyó sus libertades políticas desde el gobierno que nos salvó de “la amenaza populista”, mientras que Argentina las mejoró en el periodo de los Kirchner.

Véase Freedom in the World, un índice elaborado por Freedom House –organización estadounidense cercana a la derecha liberal, cuya intención es fomentar la libertad en todo el mundo desde 1941[4]– que mide el grado de libertad de 195 países a partir de dos dimensiones (derechos políticos y libertades civiles), de las que obtiene un promedio total (del 1 al 7) para determinar si los países son libres (1-2), parcialmente libres (3-4-5), no libres (6) o “the worst of the worst” (7);[5] la evolución del grado de libertad en los países con gobiernos populistas es bastante divergente. Néstor Kirchner recibió al país con un promedio de 3; hoy Argentina cuenta con uno de 2.[6] Por otra parte, Ecuador y Bolivia no han mostrado cambios al respecto, pues desde la llegada de Evo Morales y Rafael Correa a la presidencia se han mantenido en un promedio de 3. De nuevo, Venezuela es el peor caso: su promedio pasó de 3.5 a 5.

La democracia de las elites de nuestro país tiene saldos nada halagüeños. Para 2006 México se encontraba dentro de los países libres con un promedio de 2, pero desde entonces ha tenido un retroceso paulatino, situándose hoy en día entre los países parcialmente libres con un promedio de 3. Tomando en cuenta esto, ¿cómo ha cambiado la situación en nuestro país en comparación con la de los países populistas de América Latina? En la Tabla 2 podemos observar la evolución de cada país en cuanto a las categorías de Freedom House. Como muestra la tabla, México comenzó a disminuir su nivel de derechos políticos en 2012 y de libertades civiles en 2009.

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Tabla 2. Elaboración propia con datos de Freedom in the World.
  1. No hay una relación inminente entre populismo y fortalecimiento antidemocrático del poder ejecutivo.

Por un lado, existen ejemplos recientes de que antipopulistas pueden gobernar por decreto y manipular al poder judicial: el argentino Macri, por ejemplo, en el primer tramo de su mandato, ha emitido 29 decretos y nombrado a dos magistrados de la Suprema Corte. Por otro, pueden encontrarse casos como el populismo de Nueva Delhi, donde Arvind Kejriwal y el Partido del Hombre Común (Aad Aadmi Party) gobiernan bajo las normas del parlamentarismo. Aunque después de 49 días de gobierno su propuesta de crear un organismo de carácter independiente que persiguiera los casos de corrupción fue rechazada por los partidos tradicionales –lo que causó que Kejriwal renunciara al cargo de primer ministro de la capital–, un año después se volvieron a convocar elecciones, y ésta vez ganó la mayoría necesaria para poder emitir la ley. Actuando contra todos los supuestos de los antipopulistas, en diciembre del año pasado se aprobó la ley de lucha contra la corrupción (JanLokpal Bill Dehli). Se trata de un populismo que construye un “Estado democrático de derecho”, sin favorecer ni el presidencialismo ni la antidemocracia –algo imposible para Rivera Loret de Mola.

También recomendamos la lectura del trabajo de Mercedes García Montero,[7] en el que muestra, después de considerar 14 variables institucionales y las constituciones creadas durante los gobiernos populistas que comentamos, que Panamá, Brasil, Colombia y Ecuador son los países en los que el presidente tiene más control sobre el poder legislativo, mientras que Venezuela y Bolivia son de los países con menor control presidencial. De nuevo queda en evidencia que el populismo no es el causante de las altas atribuciones del ejecutivo ni de su control sobre el legislativo.

Al final de cuentas, las gestiones de los antipopulistas Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto han resultado peores para la democracia de México, como demuestran los índices, que las de tres de los gobiernos populistas de América Latina para sus respectivos países. Los gobiernos que nos salvaron de la amenaza populista en 2006, y que hoy nos advierten de ella, han derivado en un régimen pluralista autoritario, con bajo desarrollo democrático y un retroceso de derechos políticos y libertades civiles, mientras que Argentina, Bolivia y Ecuador, que fueron seducidos por la “tentación populista”, han mejorado su desarrollo democrático y no han dado pasos hacia atrás en cuanto a libertades. En síntesis, Rivera –como antes Bartra y Aguilar Camín– intenta dar soporte a una andanada ideológica muy rudimentaria, fácilmente desmontable incluso siguiendo los cánones indizados del liberalismo. Muchas letras se ahorrarían si fueran sinceros en su mensaje, ya muy conocido: Andrés Manuel López Obrador es un peligro para México. La verdad es que intentan asustar con el petate del muerto, perpetuar una democracia vacía y viciada.

(Fotos: cortesía de Eneas De Troya y Hersson Piratoba.)


Notas

[1] El estudio toma como base tres ejes de análisis (institucionalidad del régimen, desempeño del sistema democrático y esfuerzos para alcanzar fines socialmente consensuados que le dan sentido a la democracia) y 20 variables de medición.

[2] Consideramos a Argentina como país con gobierno populista, porque el último año del que tenemos datos es 2015, año en el que Cristina Fernández aún era presidenta.

[3] De aquí en adelante, todos los datos utilizados son tomados del Índice de Desarrollo Democrático para América Latina. Para consultarlos directamente se puede acceder a la siguiente página web.

[4]La organización está compuesta por empresarios, ex funcionarios públicos, escritores, académicos, periodistas y diversas organizaciones no gubernamentales. Para conocer más sobre Freedom House y sus orígenes revisar el sitio oficial.

[5]Se puede acceder a la metodología del índice aquí.

[6] Al igual que con el anterior índice, de ahora en adelante todos los datos son tomados del índice Freedom in the world. Para ahondar en estos datos visitar su sitio web.

[7] Mercedes García Montero, Presidentes y Parlamentos: ¿quién controla la actividad legislativa en América Latina? (España, Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas, 2009).

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