¿Por qué me convertí en una socialista feminista?

Para repensar el Estado y las políticas redistributivas con mayor rigor, las preguntas sobre la igualdad se deben enriquecer de las experiencias políticas del feminismo.

| Feminismo

Me gustaría hablar, no del feminismo socialista, sino del socialismo feminista. Como estudiante en Oxford atestigüé directamente y participé en la primera conferencia del Movimiento de Liberación de las Mujeres celebrada en Ruskin College en 1970. Recuerdo que todo mi mundo se agitó. Porque mi visión del mundo, hasta ese punto, era demasiado jerárquica. Para las mujeres todo se trataba de escalar en la jerarquía: de estar ahí y de subir ahí.

La manera en la que el feminismo emergió en ese punto cambió esta visión completamente, porque el feminismo desafiaba esas jerarquías fundamentalmente.

Existía una caricatura que decía “¿Igualdad? Tenemos algo mejor”. Y esa era la idea: que no buscábamos la “igualdad de oportunidades”, o la igualdad dentro del sistema, sino buscábamos algo enteramente diferente, y estábamos experimentando en el proceso de crear esta alternativa radical en nuestras vidas diarias.

Al mismo tiempo, el feminismo era muy personal. Para cambiar el mundo, empezamos desde nuestra propia experiencia, así que teníamos esta inmensa confianza propia y un sentido de poder como resultado de las formas realmente íntimas de solidaridades creadas, especialmente, pero no solamente, por lo que llamábamos grupos de concienciación. Gracias a esto entendimos que el cambio empezaría desde nosotras.

La prefiguración –es decir: el trabajo en nuestras vidas diarias para concretar la transformación que queríamos– nos cambió conscientemente a nosotras mismas.

Aunque de niña yo había sido bastante masculina y escandalosa, en estas sesiones de la izquierda, como las que realizaba el grupo de Estudiantes Socialistas Revolucionarios de Oxford, me mostraba muy callada, algo que no podía entender. Esto era en parte por la presencia de los muchachos en el salón, algunos de los cuales me gustaban. De alguna manera, esto me convirtió en una persona demasiado callada e indecisa, lo que era extraño.

El feminismo, y compartir este predicamento con otras mujeres, me permitió entender las raíces de este sutil mecanismo y cómo cambiar las relaciones y la cultura que lo producían a través de la organización con otras mujeres. Políticamente, ese tiempo (y el espíritu del 68 seguía siendo realmente poderoso en el ambiente, así que era un gran tiempo) me había dado la confianza para seguir luchando y mantener el optimismo que viene de vislumbrar la posibilidad de formar parte de movimientos que abogan por cambios radicales.

Pese a que había sido educada como una liberal, para el 68 ya había rechazado el liberalismo. Concluí que si bien el liberalismo abogaba por la igualdad económica y social al igual que la libertad individual, no lo iba a lograr. Me di cuenta, con mucha claridad, que las políticas requeridas para avanzar decididamente hacia la igualdad, como los altos impuestos a las riquezas y los beneficios corporativos, tenían necesariamente que desafiar al capitalismo, y que los liberales por lo general no estaban preparados para esto.

Me volví una socialista, pero sabía que rechazaba tanto el modelo soviético como el socialismo fabiano y el de Harold Wilson. Estaba experimentando con un conocimiento que concebía que necesitábamos limitar al capitalismo, pero sin saber todavía qué era el socialismo.

Así que para mí la construcción del feminismo y la construcción del socialismo convergían y se fusionaban en mi mente. En retrospectiva, el feminismo me dotaba de las herramientas para trabajar hacia un nuevo tipo de socialismo.

Mencionaré dos o tres de estas “herramientas” que aprendí gracias al feminismo y hablaré de por qué hablo de un socialismo feminista. En el fondo, pienso que el socialismo feminista todavía no se ha concretado, ¡pero también pienso que es muy obvio!

Me sigue sorprendiendo el hecho de que todavía no se le da la importancia que merece el feminismo en el proceso de repensar el socialismo, y que la izquierda se ha estancada como es usual, cometiendo los errores de siempre, como si el feminismo no hubiera hecho otra cosa que “poner a las mujeres en la agenda”. Es cierto que las izquierdas adoptaron las políticas a favor de las mujeres, pero no han cumplido en realizar un replanteamiento fundamental del socialismo, que es lo que yo sentía que el feminismo nos estaba permitiendo hacer.

La primera herramienta es sobre el poder, la segunda sobre el conocimiento y la tercera sobre la relación entre el individuo y lo social. Lo que aprendí de la naturaleza transformativa del poder es que tenemos poder en un sentido cotidiano. Estamos implícitamente –y Betty Freidan ha hablado de esto– reproduciendo nuestra opresión como parejas sexuales, como madres, como trabajadoras –en todas las maneras posibles: por nuestra pasividad, por nuestra representación de nosotras mismas, etcétera. Nos enfrentamos a una decisión entre reproducir o rehusar –y el rehusar está solamente a un pequeño paso de la búsqueda de la transformación.

Así que ahí estaba este sentido de poder que se encuentra dentro de nosotros y en nuestra capacidad para transformar las relaciones sociales gracias a nuestro propio papel, en la vida diaria. Esto me ayudó a esclarecer los motivos por los que rechacé las llamadas relaciones leninistas del poder estatal y el poder del partido, y la concepción fabiana del poder que dice que el Estado es el que entrega concesiones y políticas y que el poder nunca viene de nosotros mismos.

Esto me llevó a adentrarme en el trabajo de personas que habían caracterizado las diferentes formas de poder –por ejemplo, de diferentes maneras, John Holloway, Steven Lukes y Roy Bhaskar. Existe el poder como dominación, que puede efectivamente ser en lo que pensamos cuando pensamos en el gobierno –hay que tomar el poder primero y luego usar las palancas del gobierno para administrar políticas. Algunas veces a esto se le conoce como “poder sobre”.

Luego existe el poder como una capacidad transformativa: el poder para cambiar las cosas, para hacer cosas. Usualmente llamado “poder para”. Este era el tipo de poder que el movimiento de las mujeres estaba demostrando –el poder y la capacidad transformativa– y creo que sigue siendo una categoría útil. El movimiento Occupy Wall Street y el de los indignados en España se trataron, en gran parte, acerca de esta capacidad transformativa. Ellos han estado en las aceras, han estado creando un diferente tipo de sociedad, demostrando un diferente tipo de sociedad en su práctica diaria.

También me influyó el movimiento sindicalista y su alternativa más radical: cuando no estaban simplemente rechazando los despidos y las clausuras al ocupar las fábricas, sino diciendo “nosotros también tenemos habilidades, habilidades prácticas que pueden ser la base de nuevos y diferentes tipos de producción”. Ellos querían productos socialmente útiles en lugar de misiles, por ejemplo, o trabajar hacia la transformación de la industria en una economía de bajo consumo de carbón.

El reconocimiento de la capacidad transformadora que se encuentra en la mayoría de la población cambia completamente la naturaleza del socialismo, que por mucho tiempo ha estado basado exclusivamente en la idea del “poder sobre” –esperando a que se capturen los medios de poder sobre la producción, sobre los recursos, para entregarlos de manera paternalista, sin el reconocimiento del poder que las personas tienen, en realidad, como su capacidad para rechazar y para cambiar. Esta idea anacrónica del socialismo no reconoce la dependencia que existe entre las estructuras de poder existentes y las personas como seres informados y creativos.

Segundamente, el conocimiento. Lo que aprendí de los grupos de concienciación y de los delegados sindicales –que, aunque eran mayoritariamente hombres, eran interesantes de todos modos– fue la importancia de los diferentes tipos de conocimiento. Los partidos socialistas más tradicionales, ya fueran leninistas o fabianistas, creían en el liderazgo intelectual. (Beatrice Webb hizo la sentencia clásica del fabianismo: “aunque el hombre promedio puede describir el problema, no puede proveer la solución; para esto se necesitan expertos profesionales.)

El conocimiento era entendido tradicionalmente de una estrechísima y científica manera: comprendía leyes que explicaban las correlaciones entre causas y efectos, y que estas tenían que codificarse, centralizarse, para luego, a través de un aparato central, proveer las bases de una planeación científica.

En los grupos de concienciación de los movimientos feministas, sin embargo, por lo general se contaban, por ejemplo, chismes –es decir: se experimentaban con formas de conocimiento que no eran reconocidas, conocimiento de emociones y de las experiencias diarias, sí, pero que terminaban produciendo políticas concretas: clínicas especializadas para mujeres, un largo rango de proyectos educativos, centros para crisis por violaciones. Todo tipo de centros para mujeres.

Estas son políticas que fueron desarrolladas gracias a mujeres que, de hecho, compartían sus experiencias y problemas particulares en una manera que estaba vinculada con su conocimiento práctico de las cosas. Similarmente, los delegados sindicales radicales no estaban escribiendo largos ensayos basados en leyes científicas, sino estaban diseñando productos alternativos. Ambos grupos reconocían que su conocimiento era tácito, práctico, pero que, no obstante y justo por eso, podía ser compartido y hecho explícito a través de la práctica, y por tanto socializado.

Alguna vez –perdón por mis pecados– leí a Hayek, y fue muy impactante, porque él estaba escribiendo precisamente sobre el “conocimiento tácito”, sobre “las cosas que sabemos pero no podemos decir”; y decía que, si bien el conocimiento era constituido por el individuo, solamente podía ser coordinado a través de los movimientos espontáneos del mercado. ¡Utilizaba una noción de conocimiento práctico como piedra fundacional de su teoría de neoliberalismo!

Ya mencioné que lo que aprendimos en los movimientos sociales fue que no se trata de decidir entre conocimiento científico o conocimiento práctico y que, más importante, el conocimiento “práctico” no es esencialmente “individual”, como Hayek insistía. Los movimientos sociales, y particularmente el movimiento feminista, descubrieron y generaron conocimiento tácito como un conocimiento que se podía compartir y socializar. Esto es lo que estábamos haciendo. Las relaciones eran claves.

¿Cuáles eran las relaciones que eran necesarias para hacer esto? El conocimiento práctico necesitaba socializarse para convertirse en la base de un nuevo tipo de planeación, necesitaba también permitir ver más allá, al tiempo que seguir siendo constantemente experimental y responsivo hacia lo que se va descubriendo. Entender el poder como una capacidad y como un tipo de dominación y aceptar tanto el conocimiento práctico y tácito como el científico permite entender de una manera completamente diferente al socialismo.

La tercera herramienta tiene que ver con la relación entre el individuo y lo social. El movimiento feminista se trataba sobre la realización individual; estábamos ahí como individuos, por nuestro propio dolor personal, nuestra propia opresión y nuestros propios sentimientos; pero entendimos rápidamente que de ninguna manera podríamos reconocer nuestro potencial como mujeres sin un movimiento social, sin poder –producido, muchas veces, por la alianza con otros movimientos sociales–, sin cambiar las estructuras que subyacen esas opresivas relaciones sociales.

Hoy, las nuevas formas de organización que emergen de las nuevas políticas, particularmente en la acción directa, con su énfasis en la horizontalidad y el consenso, son muy emocionantes. Pero algunas veces se expresan –particularmente por hombres jóvenes– ¡como si fueran completamente nuevas! Ahora bien, no estábamos utilizando exactamente el mismo lenguaje sobre redes, pero nuestros primeros grupos de mujeres eran, en sí, redes, y estaban entonces conectadas. Estábamos explorando en una manera práctica y de raíz estas interconectadas formas de organización.

No quiero ser la persona diciendo “¡nosotras supimos eso antes!” pero: ¿hace la diferencia que algunos de estos conocimientos e innovaciones se originaran en un movimiento de liberación, un movimiento que estuvo formado por la experiencia de luchar por la emancipación en contra de una forma de jerarquía particularmente íntima y socialmente arraigada?

¿Cómo podemos prestar atención a las condiciones que producen esas reflexiones que las personas tienen durante la lucha?

Otra pregunta es sobre cómo combinar el poder-como-capacidad-de-transformación con el poder-como-dominación. En el movimiento feminista intentamos ganar recursos públicos para centros de cuidados de niños, para centros de crisis por violaciones, en fin, para centros de mujeres. Todo esto vino de ejercitar el poder-como-capacidad-de-transformación, pero también necesitábamos recursos públicos, y sentíamos que teníamos derecho a ellos. En palabras de un libro muy influyente, habíamos trabajado en y contra el Estado, para defender y extender sus poderes redistributivos, su proyección social y su capacidad de “crear espacios”, pero al mismo tiempo transformamos radicalmente cómo y con quién y a través de quién estos recursos públicos eran implementados y administrados.

En el Greater London Council, donde trabajaba bajo las órdenes de Ken Livingstone, hicimos de esto un principio fundamental. El Estado no iba a darnos todas estas facilidades. Ni las obtendríamos del mercado (porque el mercado carece de valores como la solidaridad y de métricas no monetarias de beneficio público: todo en el mercado capitalista es sobre maximizar las ganancias). Pero sí designamos recursos a “grupos de transformación”: a grupos de mujeres de diferentes tipos, por ejemplo. Y sí trabajamos “en y contra” el mercado a través del Greater London Enterprise Board y nuestro trabajo con cooperativas.

Similarmente, ahora, cuando los partidos que tienen sus raíces en los movimientos sociales como Podemos y Syriza están buscando el poder sobre el Estado, ¿qué podemos aprender de la experiencia del socialismo feminista en y contra el Estado? ¿Fue un callejón sin salida? ¿Fuimos emasculadas o incorporadas?

¿O existía la posibilidad de crear un diferente tipo de Estado –trascendiendo la dicotomía usual entre “mayor o menor Estado”– que no se había concebido porque el socialismo feminista no había sido lo suficiente profundo o porque había sido derrotado y detenido por Thatcher y el embate neoliberal?


Este artículo fue publicado originalmente en openDemocracy y Jacobin.

Traducción del inglés: Jorge Cano.

Foto: cortesía de JOLIEN BRANDS.

Artículos relacionados