Prescindamos de las élites: Respuesta a Rodríguez Kuri (4)

El ensayo de Ariel Rodríguez Kuri “Las élites en México: un déficit de honor”, publicado el pasado viernes, generó una intensa controversia entre nuestros lectores y colaboradores. Hoy publicamos cuatro reacciones razonadas. Esta es la cuarta.

| Élites

Cualquier texto tiene el poder de construir mundos deseables en sus líneas. En ellas se edifican utopías y distopías. Bajo esta luz, el breve ensayo de Ariel Rodríguez Kuri “Las élites en México: un déficit de honor” resulta ser un interesante objeto de análisis.

Rodríguez Kuri crea un mundo de nostalgia. Asumiendo como inevitable la desigualdad que da origen a la existencia de cualquier élite, sus ojos se posan sobre la moral: en la inasible idea del honor. Este, si bien nunca es definido de forma clara, se advierte como un valor aristócrata, propio de antiguos griegos y romanos y de los mitificados Padres Fundadores de los Estados Unidos.

Cifrar la posibilidad de una república fuerte en los valores autoimpuestos de una élite ilustrada de este tipo introduce numerosos espacios para la crítica. Primero, normaliza las relaciones de dominación y desigualdad asumiendo que el cambio necesario no es uno que produzca equidad, sino que modere la expresión de la diferencia: una acción cosmética. Segundo, construye como ideales a élites que prosperaron en repúblicas de definiciones estrechísimas: regímenes que, a la par de la explotación económica, construyeron relaciones de dominación basadas en la raza y el género. Tercero, construye una noción reducida de lo público en la que las élites son fuente del bien común, convirtiéndose en un patriciado que necesitaríamos, aun sin saberlo ni desearlo.

Los primeros dos puntos están estrechamente ligados. Rodríguez Kuri supone que el mundo solo puede ser tal y como se nos presenta actualmente. No hay lugar para la equidad. En el texto solo quedan llamados a la moderación de la élite, a pasar de la ostentación a la discreción y del cinismo a la magnanimidad. De esto dependería la conjura del fantasma de la lucha de clases, uno que no se explora pero repta en el texto, tal y como lo hace en nuestra cotidianidad. Así, la élite debería asumir el honor como una forma de presentarse como una figura necesaria, como digna heredera de algún despotismo ilustrado que hemos imaginado a través de los libros de texto y de la añoranza porfirista.

La selección de los ejemplos en el texto no puede ser fortuita. La República romana y el primer Estados Unidos fueron sistemas en los que la democracia era solo para algunos. La prosperidad de la élite, entonces y ahora, se fundamentaba en la dominación violentísima de masas esclavizadas (cosa que queda fuera de la brevísima discusión sobre la acumulación originaria, que también puede conceptualizarse como acumulación por desposesión, siempre violenta).

La herencia de esos sistemas de exclusión y radical opresión persiste hasta hoy. Por ejemplo: las profundas diferencias creadas a través de la dominación económica y racial del esclavismo estadounidense siguen manifestándose en la marginación económica y política de la mayor parte de los afroamericanos en aquel país. Las altísimas tasas de reclusión carcelaria de este grupo sociodemográfico, Ferguson, Eric Garner y Travyon Martin son solo algunas muestras de la estrecha noción de bien común en la que Rodríguez Kuri parece basarse.

Así, la añoranza de las élites honorables pareciera ocultar que ese valor fundamental no puede ser para todos ni de todos. La idea de lo público construida en el texto es una que continúa excluyendo. La riqueza y el poder, lejos de ser repartidos, se concentran en un grupo definido que se convierte en benefactor paternal de los desposeídos, los aspiracionistas y todos los que han nacido ajenos a los privilegiados que pueden ejercer el honor como política pública.

Esta idea y práctica de lo público no queda completamente sujeta a la fuerza de las instituciones. Surgiría previamente, de un acuerdo tácito entre los oligarcas, de un comportamiento privado que se vuelve fiscalizable por decisión de quienes lo ejercen. Las élites producen bienes públicos por su bondad y su decisión unilateral. La soberanía reside esencial y originariamente en los ricos.

Mucho menos existe espacio para explorar las ideas y prácticas de equidad radical que pueden introducirse desde el pensamiento crítico. El honor, como valor aristocrático, excluye la posibilidad de la igualdad, la solidaridad y la reciprocidad como nociones que guíen la idea de la acción colectiva o del Estado.

El texto oculta la concentración de la riqueza y del poder político en escasas e interrelacionadas manos. Parece confundir las divisiones entre facciones de la clase dominante –los oligarcas del dinero y de la política, menciona– con la ausencia de un grupo coherente, honorable: algo que no pareciera sostenerse en nuestra realidad. Por ello, la petición va dirigida a los oligarcas: conviértanse en una élite ilustrada, en un patriciado bondadoso, en un explotador deseable. Susurra a sus oídos: sean honorables o desaparezcan.

Propongo, en cambio, que olvidemos el honor aristocrático. Prescindamos de las élites. Desechemos la dádiva paternalista.

Coloquemos en su lugar la construcción colectiva de un régimen que, en la equidad, produzca solidaridad, respeto y reciprocidad. Un mundo deseable que se edifique no solo en un texto, sino en el empoderamiento cotidiano del subalterno. Uno en el que el bien común se produzca horizontalmente, a pesar de las élites que no deseamos y no necesitamos.

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