¿Qué hacemos cuando nos manifestamos?

En su más reciente libro, Judith Butler se pregunta qué sucede cuando los cuerpos se reúnen para manifestarse. A dos años de la conferencia que presentara en la UNAM, Miriam Jerade repasa conceptos de esta filósofa estadounidense en relación con movimientos sociales.

| Movimientos sociales

En un artículo anterior para Horizontal escribí sobre cómo Judith Butler presenta una ontología de la vulnerabilidad basada en la idea de vida como vida digna de duelo. Aquel artículo estaba inspirado en la conferencia que Butler impartió en la UNAM el 25 de marzo de 2015, en la cual hizo hincapié, no solo como una mención intelectual, en los actos de duelo colectivo por los 43 normalistas de Ayotzinapa; las dos conferencias que presentó en 2015 terminaron con un acto de resistencia: el conteo de los 43 para exigir justicia.

Muchos de nosotros salimos a las calles para manifestarnos por la desaparición de los normalistas; por ellos y por todos los desaparecidos en el país, por las fosas clandestinas que se han ido multiplicando, por los feminicidios, por el destino incierto y cruel de tantos migrantes sudamericanos, y muchos más horrores que no podría cubrir en un etcétera. Manifestarnos sobre todo para expresar la extrema precariedad de ciertas vidas que en nuestro país ni siquiera dan lugar a una investigación judicial que abra la posibilidad de hacer justicia por sus muertes o, de menos, a una búsqueda de sus cuerpos para que puedan ser enterrados. Esta terrible realidad se condensó en aquellas manifestaciones en la consigna «Fue el Estado», que señalaba la responsabilidad de este de garantizar las condiciones para proteger las vidas, pero también traducía la indignación ante la versión oficial de los hechos, mediante la que se intentaba delegar la responsabilidad de la violencia en el narco o, más específicamente, en los Guerreros Unidos, en el presidente municipal de Iguala —que era de un partido de la oposición—, y en la violencia como si fuera un actor independiente. Frente a esto, la consigna significaba, como lo apuntó Nora Rabotnikov, «el cuestionamiento a la capacidad del Estado para encuadrar legalmente la guerra contra el narco, la debilidad de la Justicia y la improvisación y desprolijidad de los procesos». Esta divisa se acompañaba de otra consigna: «Vivos se los llevaron, vivos los queremos», que expresaba la necesidad de traer de vuelta a los estudiantes o, de manera más realista, recuperar sus cuerpos para poder iniciar un proceso de duelo. Este, empero, no es el único evento que ha convocado a la movilización ciudadana: la sociedad civil también se ha congregado para exigir justicia por los feminicidios, los transfeminicidios, el asesinato de Javier Valdez a plena luz del día y sin culpables, que detonó la indignación ante el alto riesgo de ejercer el periodismo en México.

En su nuevo libro, Cuerpos aliados y lucha política. Hacia una teoría performativa de la asamblea,[I]  recientemente traducido y publicado por Paidós, Butler se pregunta qué pasa cuando nos reunimos para manifestar indignación o, mejor dicho, qué hacemos al manifestar; esto implica preguntarse qué hacemos políticamente cuando nos congregamos, lo que significa dejar de pensar lo político a partir de la probable respuesta de las instituciones o sus representantes. Es en este sentido que Butler propone pensar la asamblea en el espacio público desde una teoría performativa. Butler había ya reflexionado acerca de la naturaleza performativa del lenguaje, en Lenguaje, poder e identidad[II] analizaba el hecho de que podamos ser violentados por el lenguaje en el discurso de odio. Butler sostenía que se debe a que somos seres del lenguaje, pues nos construimos con él y este puede actuar sobre nosotros porque somos vulnerables.

Butler retoma allí la teoría de los actos del habla de John L. Austin, quien revolucionó la forma de concebir el lenguaje cuando en 1955[III] impartió una serie de conferencias en la Universidad de Harvard en las que argumentaba que si analizamos el lenguaje ordinario podemos dar cuenta de que no todos los enunciados describen o constatan, sino que existe un tipo de enunciados cuya enunciación es una acción. Así, cuando el juez o el cura enuncia «los declaro marido y mujer» dentro de un contexto específico, ese enunciado no es la descripción o la constatación de una boda: es el acto de unir a dos personas en matrimonio. Estos enunciados son actos del habla y no son juzgados como verdaderos o falsos, sino como efectivos o inefectivos.[IV] Los enunciados performativos o realizativos (performative utterances) se dividen, según Austin, en actos ilocucionarios: aquellos que responden a ciertas convenciones; en el caso de la boda es necesario que sea un juez civil o un ministro religioso y en un cierto contexto, mientras que si salgo a la calle a decirles a las personas «los declaro marido y mujer», esa enunciación no tiene ningún efecto. Los actos perlocucionarios, por su parte, son los que tienen un efecto sobre el receptor: por ejemplo, un insulto o un halago. Butler, sin embargo, hace una teoría de la performatividad que se diferencia de la teoría de Austin principalmente en dos aspectos: uno es que ella incluye al cuerpo –mientras que Austin se refiere nada más a enunciados–, es decir, a la materialidad y a la agencia del cuerpo. El otro aspecto por el que se distancia de Austin es que Butler argumenta que el discurso de odio tiene fuerza en virtud de una ruptura con el contexto, mientras que Austin es un contextualista que quiere mostrar que hay una agencia del lenguaje sin que esto implique un poder mágico; de hecho, la obra de Austin es una colección de infortunios escrita con mucho sentido del humor. Butler —siguiendo a Derrida— basa parte de la fuerza del acto del habla en su iterabilidad, es decir, en su capacidad de repetirse en distintos contextos, lo que le da una dimensión histórica a la performatividad; por ejemplo, los estereotipos y el discurso de odio en general funcionan como una cita cuya referencia es una historia de exclusión y violencia.

De algún modo, la noción de performatividad ya estaba supuesta en la teoría queer, pues si el género es una construcción cultural e histórica, buena parte de su presentación es performativa (que en inglés tiene también la referencia a la performance como actuación en un escenario); lo que no quiere decir que el género sea un mero disfraz. No obstante, Butler veía sobre todo en el movimiento drag una posibilidad de jugar con la representación del género. Si bien en obras anteriores, y particularmente en Lenguaje, poder e identidad, la performatividad estaba más bien pensada desde el sujeto y su vulnerabilidad lingüística, en Cuerpos aliados y lucha política… Butler se pregunta por la performatividad de los cuerpos que se congregan y reivindican una causa.

Butler comienza a escribir acerca de estos temas a partir de los eventos en la Plaza Tahrir (El Cairo), el momento más memorable de la conocida Primavera árabe iniciada en Túnez en diciembre de 2010, y propone repensar la noción del espacio en la teoría performativa de la asamblea. Butler afirma que el espacio público no solo es la plaza arquitectónicamente diseñada para tener espacios democráticos, sino que se produce de manera performativa, esto es: se construye con la acción. Los cuerpos producen el espacio público en el sentido de que la acción reconfigura el espacio. Butler retoma los análisis de Hannah Arendt, quien también había pensado la acción y el espacio público sobre todo como espacio de aparición;[V] Arendt hacía referencia principalmente al ágora o la plaza pública como emblema de la democracia griega, sin embargo, Butler recuerda que esos espacios siempre fueron delimitados para la aparición de unos y el borramiento de otros, mientras que el espacio público en el sentido performativo puede crear las condiciones de visibilidad y así romper con los marcos de exclusión, como cuando los indocumentados salen a la calle a manifestarse por sus derechos. Esto implica, explica Butler siguiendo el concepto nuda vida de Giorgio Agamben, que los indigentes y los marginados no son extra-políticos o pre-políticos por el hecho de estar fuera de las estructuras políticas establecidas y legítimas; ellos forman parte de lo político en esos juegos de poder que producen la subalternidad. Butler ya había presentado en obras anteriores como Vida precaria. El poder del duelo y la violencia[VI] y en Marcos de guerra. Las vidas lloradas,[VII] una reflexión en torno a la precariedad de la vida tanto ontológica como político-económica y una teoría del reconocimiento en la que «aparecer», en el sentido de Arendt, implica ser reconocido social y políticamente, o más precisamente, ser reconocido como una vida digna de ser llorada. En esta línea, cuando manifestamos también patentamos que la esfera de la supervivencia es parte intrínseca de la política, nos indignamos contra la designación desigual del valor de la vida según la distribución de los bienes básicos. El movimiento Occuppy Wall Street en Estados Unidos manifestaba la indignación ante las políticas neoliberales, y ha sido secundado por otros movimientos de indignados en distintas capitales del mundo contra la violencia económica y su globalización en la esfera política, así como contra la denegación de su violencia en el discurso de los movimientos naturales del mercado.

Uno de los aspectos más interesantes del planteamiento de Butler, y que diverge del de Arendt, es que la performatividad pensada desde la materialidad de los cuerpos borra la diferencia entre la esfera pública y la privada –que tradicionalmente también han sido relacionadas con lo masculino y lo femenino, este último como un cuerpo extranjero, infantil y pre-político–. Pero Butler retoma de Arendt la noción del espacio público como espacio de la pluralidad, es decir, ese espacio que se construye «entre» singularidades –que son irremplazables, pero que se suman en la asamblea cuando la manifestación toma la calle, un barrio o las plazas–.

Butler destaca el hecho de que algunas manifestaciones crean relaciones nuevas entre los distintos actores, relaciones más horizontales o de distribución del trabajo. Hay manifestaciones que están más enfrentadas a la violencia de Estado que otras, como ocurre hoy en Caracas, en donde población civil se enfrenta al ejército. También es importante pensar lo que implica manifestarse en distintos lugares; quizá para el contexto desde donde piensa Butler sería impensable tomar una carretera o una vía pública con la facilidad con la que se hace en México o tendría consecuencias legales importantes.

Si bien se trata de pensar la performatividad de la asamblea, es imposible no preguntarse más por la fuerza simbólica que por la efectividad de los distintos movimientos civiles. Hay movimientos que marcan más el discurso político de un país que otros, quizás el 15-M para la política española fue más decisivo que la toma de Reforma en 2006 en México. En este sentido, también valdría pensar de dónde proviene esta fuerza simbólica, hasta dónde puede llegar la agencia performativa de un movimiento, qué es lo que hace que convoquen, qué función desempeñan los medios de comunicación para propagar esta fuerza.

Butler nos invita, pues, a pensar de nuevo lo común y lo que significa actuar entre muchos.


[I] El título del original en inglés es Notes Toward a Performative Theory of Assembly , Harvard University Press, 2015.

[II] Excitable speech: A Politics of the Performative, Nueva York, Routledge, 1997.

[III] J. L. Austin, How to do things with words. The William James Lectures delivered at Harvard University in 1955, Nueva York, Oxford University Press, 1962.

[IV] La versión en inglés de Austin se traduce generalmente como afortunados (felicitous) y desafortunados (infelicitous).

[V] Véase La condición humana.

[VI] Precarious Life / The Powers of Mourning and Violence (Nueva York, Verso, 2004). Traducción al español  (Barcelona, Paidós, 2006).

[VII] Frames of War: When Is Life Grievable (Londres, Nueva York,  Verso, 2009) Traducción al español: (Barcelona, Paidós, 2010.)

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