¿Qué hará México frente a Donald Trump?

En lugar de aprovechar el descontento interno en su negociación con el proximo gobierno estadounidense, y de coordinarse con los aliados potenciales de la causa mexicana en Estados Unidos, el gobierno de Enrique Peña Nieto ha nombrado un canciller a modo para Trump.

| República

¿Cuál es el plan de México frente a Donald Trump? ¿Cómo se está preparando el gobierno mexicano para los cambios que la nueva Casa Blanca ha prometido en política fronteriza, migratoria y comercial?


Desenrollando la alfombra roja

Las dos decisiones más importantes en esta materia han sido, por decir lo menos, desconcertantes. La primera, en agosto, fue invitar a Donald Trump a México cuando aún era candidato y contestar a la hostilidad de su discurso anti-mexicano con gestos de conciliación y buena voluntad. Los resultados no fueron buenos.

Trump, lejos de moderarse, aprovechó la ocasión para hacer como si el presidente de México avalara sus posiciones. Así, por ejemplo, en el discurso que pronunció en Phoenix la misma noche que volvió de su reunión con Peña Nieto, Trump aseguró:

Acabo de regresar de una muy importante y especial junta con el presidente de México, un hombre que me agrada y que respeto mucho. […] Construiremos un gran muro a lo largo de la frontera sur. Y México pagará por el muro. Cien por ciento. Ellos no lo saben todavía, pero pagarán el muro. Y son grandes personas y grandes líderes, pero tendrán que pagar por el muro. Usaremos la mejor tecnología, que incluirá sensores arriba y abajo del muro, para los túneles. Torres, supervisión aérea y personal para complementar el muro, para encontrar y desmantelar túneles y mantener afuera a la delincuencia organizada y, ¿saben qué?, México va a trabajar con nosotros. De verdad lo creo. México trabajará con nosotros.

En la opinión pública mexicana, el episodio produjo un amplio y generalizado rechazo: el 81% de los mexicanos estuvo en desacuerdo con la visita de Trump (Reforma); a más del 88% la visita de Trump le generó sentimientos negativos (Consulta Mitofsky); y el 74% se sintió ofendido de que el gobierno mexicano invitara a Trump a México (El Universal).

Finalmente, el escándalo terminó provocando que el artífice de la invitación, Luis Videgaray, hombre de confianza del presidente Peña Nieto desde sus tiempos como gobernador del Estado de México (2005-2011) pero cuya reputación pública había quedado muy dañada por un escándalo de conflicto de interés, tuviera finalmente que abandonar su puesto como Secretario de Hacienda.

La segunda decisión, hace apenas unos días, fue destituir a la secretaria de Relaciones Exteriores, Claudia Ruíz Massieu, que llevaba escasos dieciséis meses al frente de la diplomacia mexicana. Durante los últimos meses, Ruíz Massieu se había mostrado un poco más renuente a contemporizar con Trump. Pero en la víspera de la toma de posesión de Donald Trump, Peña Nieto decidió poner en su lugar a… Luis Videgaray.

Dado que el nuevo canciller ha reconocido abiertamente que carece de experiencia diplomática, en la prensa se ha especulado mucho que la supuesta relación entre Videgaray y Jared Kuschner, el yerno de Trump, es su principal “credencial” para hacerse cargo de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Algunos comentaristas no descartan la posibilidad de que su aparente reivindicación política lo ubique como el preferido del presidente Peña Nieto para la candidatura presidencial del PRI en 2018.


¿Por qué no jugar un “juego a dos niveles”?

¿Qué está pasando? ¿Qué significa esto para México, a pocos días de la inauguración de la presidencia de Donald Trump?

Para empezar, significa que el gobierno mexicano no considera necesario corregir el rumbo ni reclutar nuevos cuadros para recuperar algo de la credibilidad que ha perdido, tanto en el ámbito doméstico como en el internacional.

En en un momento tan delicado, cuando México más requiere del talento y la experiencia de los mejores hombres y mujeres de su servicio exterior, este nombramiento no deja lugar a dudas: Luis Videgaray es la respuesta mexicana frente a Donald Trump. El hombre es la política.

La designación de Videgaray indica, además, que el gobierno mexicano desperdicia la oportunidad de aprovechar diplomáticamente el rechazo que suscita la figura de Trump en México para mejorar la fuerza relativa de Los Pinos, el palacio presidencial de Mexico, frente a la Casa Blanca.

Como lo explicó Robert Putnam en su clásico estudio sobre la diplomacia, la política doméstica e internacional pueden interactuar en un un “juego a dos niveles”. Así como las presiones externas pueden servir para impulsar políticas en el ámbito interno, las presiones internas también son susceptibles de ser utilizadas por los gobiernos nacionales para fortalecerse en sus negociaciones con el exterior.

En ese sentido, Peña Nieto pudo haber aprovechado el profundo repudio que genera la figura de Trump entre los mexicanos para traducirlo en un límite muy creíble respecto a lo que México puede o no puede aceptar de los Estados Unidos. Pero no lo ha hecho. Al nombrar a alguien tan amigable para su contraparte estadounidense, y tan repudiado por la opinión pública en México, el gobierno mexicano renuncia a sacarle partido al descontento interno y, al hacerlo, se pone a sí mismo en una posición de mayor vulnerabilidad.

Finalmente, está el tema de las llamados “públicos de la política exterior”. Al reiterar que su decisión es colaborar y no confrontar, Peña Nieto le da la espalda a multitud de aliados potenciales de la causa mexicana en Estados Unidos. Por ejemplo, a las iglesias, a las ciudades y a las universidades que están defendiendo a los inmigrantes indocumentados. O a los estados fronterizos cuyas economías locales están profundamente integradas con la mexicana; a las industrias, cuyas cadenas de producción se colapsarían sin el TLC, y a las comunidades y asociaciones locales que envían remesas al territorio mexicano. México podría coordinarse con esos actores para velar por los intereses compartidos y dar la batalla contra la agenda anti-inmigrante y anti-TLC de Trump.

Foto: Bria Webb/Reuters.

Pero lejos de multiplicar vínculos y tejer alianzas que apuntalen la resistencia, el gobierno de Peña Nieto parece empeñado en aislarse, en rendirse. En hacer como si el único público de la política exterior mexicana hacia Estados Unidos fuera una persona: Donald Trump.

La amenaza que el nuevo presidente estadounidense representa para México es –o podría ser– una extraordinaria plataforma para ejercer liderazgo político. Con todo, dadas las desconcertantes decisiones del presidente Peña Nieto hasta ahora, uno no puede dejar de preguntarse: ¿para quién está gobernando el gobierno mexicano?


Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

Foto principal: Tomas Bravo (Reuters).

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