¿Qué socialismo?

A diferencia de los movimientos de derecha o los supuestos movimientos de izquierda, el verdadero socialismo y la verdadera socialdemocracia siempre están en construcción.

| Democracia

En el pasado no-tan-distante, cuando el teórico político Norberto Bobbio realizó por primera vez esta pregunta, era (o al menos así se ve hoy) relativamente fácil responder. Había dos opciones: la versión del socialismo que prevalecía en lo que podemos llamar el Este Largo, que se extendía desde Corea del Norte hasta Albania, atravesando la Unión Soviética, y la versión que prevalecía en el Oeste Corto, desde la república de Bonn hasta las islas británicas. Existían diferencias entre estos dos bloques, pero el socialismo del Este estaba marcado en todas partes por el autoritarismo con pretensiones totalitarias, y el socialismo del Oeste, ya fuera que sus protagonistas se llamaran reformistas o revolucionarios, era profundamente democrático. Había izquierdistas en el Oeste –que llamamos “stalinistas”– que defendían o disculpaban al socialismo del Este, pero la consideración más simple por la vida humana y la dignidad dictaba un compromiso con el socialismo del Oeste. La incansable defensa de Bobbio por la democracia, como la de los primeros editores de Dissent, expresaba este tipo de compromiso.

Hoy, ¿qué posibilidades tenemos? No existe nada parecido al socialismo del Este. Que ninguna persona seria se atreva a llamar “socialista” al actual régimen norcoreano es tal vez un signo de que el honor de la categoría ha sido restaurado parcialmente. Tampoco el nombre embona con el régimen chino, donde un partido leninista gobierna un país capitalista. Y, por supuesto, tampoco embona en Rusia, un país dirigido por una coalición de autócratas y capitalistas sin escrúpulos. En la Europa occidental, en contraste, uno podría decir que los socialistas, los socialdemócratas o los políticos laboristas se han impuesto; en efecto: ellos han ganado aún desde antes de la crisis del 2008, cuando los partidos de centro-derecha de toda Europa adoptaron muchas de sus políticas regulatorias y bienestaristas. Pero el socialismo del occidente de hoy es tan modesto que tampoco se le puede llamar revolucionario o reformista; se ha hecho convencional.

Déjenme describir este socialismo convencional –que es de todos modos, a pesar de su modestia, una conquista política importante. Después de este repaso podremos analizar, entonces, si la pregunta “¿Qué socialismo?” todavía tiene sentido. El socialismo de hoy –“socialdemocracia” es tal vez el término más correcto– combina tres características, cada una crucial para el valor total de la combinación.

(1) Es un régimen democrático, con competencia de partidos, un derecho a la oposición bien arraigado y una prensa libre bien formada. La dictadura de vanguardia es cosa del pasado, incluso como aspiración ideológica. El poder ejecutivo está limitado; la legislatura tiene el principio supremo; los jueces son independientes. Las elecciones son contiendas arduamente disputadas; cada ciudadano tiene el derecho a votar –y todos los votos son contados. La policía secreta no llega en medio de la noche a arrestar a los opositores y disidentes. Aunque necesitemos certificar algunas de estas afirmaciones, hay al menos algo de cierto en todas ellas. Estas afirmaciones describen a un régimen vastamente preferible a cualquier otra posibilidad. Las personas olvidan la dificultad que llevo llegar a este tipo de régimen, cuánto tomó la lucha por la democracia y cuántas personas arriesgaron su vida y carrera en este curso. Decir que la democracia parece rutinaria es siempre un juicio incorrecto –simplemente, así son las cosas.

(2) El mercado es materia de regulación estatal. En el despertar de la crisis de crédito y el posible colapso del sistema bancario, casi todo mundo acepta la necesidad de algún tipo de regulación. De hecho, el régimen regulatorio ya es bastante extenso; difícilmente existe algún aspecto de las relaciones del mercado que no esté sujeto a algún tipo de control público o supervisión. La oferta de dinero es determinada por autoridades públicas; las tasas de interés son reguladas; los depósitos de los bancos, asegurados; las industrias titubeantes, subsidiadas; el derecho de los trabajadores a organizarse, protegido formalmente. De nuevo, estos puntos necesitan evaluarse, especialmente en Estados Unidos; sigue siendo cierto, empero, que en todos los países de occidente la macroeconomía está determinada decisivamente por el poder estatal. Y esto también parece rutina. Los ideólogos de la extrema derecha, que prefieren una economía de mercado pura, y los ideólogos de la extrema izquierda, que anhelan un Plan Quinquenal, son igual de marginales. Dirigen sectas, no grandes partidos o movimientos.

(3) El Estado democrático es también un Estado de bienestar. En Estado Unidos, las prestaciones públicas son escasas y deficientes para los estándares europeos. Pero los estándares impuestos por Europa son los que los liberales estadounidenses y los izquierdistas aspiran a alcanzar. Alrededor de buena parte del espectro político occidental, está ahora comúnmente aceptado que el Estado debe proveer los servicios públicos de salud, educación, transporte, mayor cuidado al medio ambiente, seguridad para las personas de la tercera edad y provisiones básicas para las víctimas de la economía de mercado. También está bien aceptado que esta provisión debe ser, sobre todo, redistributiva –debe ser pagada por aquellos ciudadanos que más pueden pagar, en proporción a su habilidad, y debería beneficiar a aquellos que más lo necesitan.

Aceptar estos tres puntos no significa aceptar que estamos en la última etapa de la historia política. Todavía tenemos que discutir sobre la fuerza de nuestra democracia, sobre el alcance de la regulación del mercado (y la estructura interna de autoridad de las entidades que compiten en los mercados) y acerca de la organización y generosidad de un Estado de bienestar. Estos son argumentos importantes, y requieren difíciles batallas políticas que hombres y mujeres de la izquierda seguramente darán. Pero ¿es esto todo lo que hay? ¿Este es todo el alcance de nuestra política? Si sí, entonces la pregunta “¿Qué socialismo?” se traduce en “¿Qué grado de participación democrática, regulación de mercado y provisiones sociales necesitamos?” No estoy en contra de esta traducción. Hace mucho sentido, y desde aquí, algunos de nosotros podemos mostrar nuestra posición en cada uno de estos puntos. Podemos trabajar para crear una democracia radical, que puede involucrar, digamos, la descentralización de las funciones del gobierno y el empoderamiento de la sociedad civil. Podríamos insistir en un mercado pluralista, regulado fuerte y efectivamente, con diferentes tipos de empresas y una mano de obra altamente organizada, de tal manera que nos ponga lo más cerca posible de un escenario de completo empleo y de (lo que solíamos llamar) “democracia industrial”. Y podríamos exigir un Estado de bienestar que ayudara realmente a las personas en problemas y que nos permitiera avanzar rápidamente hacia una sociedad más igualitaria.


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Estas son, no cabe duda, ambiciones socialistas y socialdemócratas. Pero lo que distingue a los hombres y las mujeres de izquierda de cualquiera en otra parte del espectro político no son solamente estas ambiciones: son también, y quizá esto sea más importante, la historia que contamos sobre cómo se van a realizar. Recordemos la máxima de la Vieja Izquierda: “La liberación de la clase trabajadora debería ser el trabajo mismo de la clase trabajadora.” Al menos que la liberación sea auto-liberación, esto no funcionará; el trabajo no nos hará libres, en la praxis, en la vida diaria. Lo que es más importante, entonces, no es la realización final de la meta socialista, sino el proceso por el que estas metas se realizan. Me refiero a adoptar aquí una perspectiva sugerida por el gran “revisionista” Eduard Bernstein. Pensamos en el socialismo como una “meta final”, pero en lo que estamos en realidad enfocados, en lo que estamos en verdad comprometidos, es en los medios en los que trabajamos para alcanzar esa meta. Esta es nuestra más íntima y actual ambición. En realidad, el modelo de personas que nos gustaría ser no es la ciudadanía de un socialismo del futuro sino los activistas y militantes luchando para aproximarlo. Así que la pregunta “¿Qué socialismo?” debería entenderse en términos temporales: ¿socialismo-en-construcción o socialismo-al-final? Debemos elegir el socialismo-en-construcción para señalar nuestra creencia en lo que Sheri Berman llama, en su historia de la socialdemocracia, “la primacía de la política”.

El nuestro es un socialismo “participativo”, por lo que la historia que tenemos que contar es sobre partidos, uniones, movimientos, asociaciones y organizaciones no-gubernamentales de diferentes índoles y sobre sus activistas y militantes, que están comprometidos políticamente con la izquierda. Pero el impacto total de esta historia requiere otra historia –una historia sobre el mundo político que verdaderamente habitamos. Ya dije que la democracia, la regulación y las provisiones sociales son comunes en occidente. Pero esto también significa que son el objeto de cierto tipo de presión adversa, que no es tan convencional como sí es “natural”. En cada organización política y en cada Estado y sociedad existe una tendencia constante hacia el autoritarismo y la jerarquía. Robert Michels escribió sobre esta tendencia hace tiempo, casi al mismo tiempo que Bernstein estaba escribiendo con referencia a los mismos eventos históricos y las mismas experiencias políticas. Quisiera generalizar para cubrir un rango más amplio de eventos y experiencias. En la ausencia de fuerzas compensatorias, el poderoso se vuelve más poderoso y el rico más rico, y esto lo que está pasando en todas partes, todo el tiempo. La explicación de esta tendencia “natural” es sencilla: aquellos que ya poseen poder y riqueza también poseen los medios para defender e incrementar su poder y riqueza –ellos controlan los recursos, los instrumentos y las agencias para hacer más y más a partir de la que ya tienen.

Todo esto es cierto a pesar de y en la cara de la democracia, la regulación y las provisiones sociales. Consideren la amplitud de las desigualdades contemporáneas, el constante engrandecimiento del poder ejecutivo (como en el caso de la administración de Bush después de los ataques del 11 de septiembre), la creciente independencia de los reguladores económicos del control democrático (el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio), y la desviación hacia el clientelismo y la dependencia en todos los Estados de bienestar modernos. Pero mi argumento requiere un análisis más general de esta tendencia “natural” –un análisis que incorpore todos sus distintos aspectos. Así que consideremos su forma común, que se manifiesta más claramente cuando la derecha está en el poder, aunque podría contar una historia distinta de la misma historia en otros tiempos también. Esta es la historia.


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Aquellos que tienen poder político lo utilizan para aumentar su propia posición y el bienestar de sus amigos y aliados, reprimiendo y excluyendo a grupos que podrían proveer una base social para crear una oposición –subordinados de todo tipo, trabajadores, mujeres, inmigrantes, minorías raciales y religiosas– y complaciendo y marginalizando a la intelligentsia. Para mantener su dominio, ellos buscan “poder después del poder”, como escribió hace mucho Hobbes, fortaleciendo a la franja ejecutiva, construyendo un ejército, creando unidades secretas de policías, corrompiendo el servicio civil, imponiendo límites a la libertad de expresión. Desalientan y cooptan a los líderes opositores o encuentran medios más o menos legales de represión. Retribuyen a sus partidarios financieros con franquicias, licencias, inmunidades, monopolios y contratos –y aún más significativamente, con la asistencia de agencias estatales, superan competencias, resisten a los sindicatos, evaden la regulación medioambiental y de protección civil, y mucho más. Algunas veces, hacen esto en el contexto de una emergencia declarada; a menudo, logran maniobrar su poder dentro de los límites constitucionales. Lo logran en un periodo corto de tiempo o, si son astutos, gradual e incrementalmente, para que en verdad parezca una tendencia “natural”.

La tendencia es natural en este sentido –en el que es, al menos, parcialmente inmune a mecanismos y arreglos constitucionales; puede ser detenida temporalmente (como pensamos que se ha hecho en Washington hoy) pero no detenida totalmente. La oposición a esta tendencia es también natural, pero mientras que esta tendencia es constante, la oposición es esporádica. Podemos pensar en la actividad de los militantes anti-autoritarismo y anti-jerarquías como un “trabajo constante”, pero el trabajo es exitoso solo cuando produce destellos de militancia masiva –movilizaciones, levantamientos, insurgencias. El engrandecimiento del poder y la riqueza solo puede ser detenido –o más realísticamente, interrumpido– e invertido parcialmente, por una oposición masiva. Las victorias democráticas son posibles, pero necesitan ser reiterativas, porque el engrandecimiento del poder y la riqueza es continuo. Mi argumento aquí se vincula con el de los rebeldes del siglo XVIII, que escribieron: “La vigilancia eterna es el precio de la libertad.” De igual manera: “La insurgencia repetida es el precio de la igualdad.”

Uso la palabra “insurgencia” para describir fenómenos como los movimientos obreros de los treinta, que desafiaron la autoridad del capital; los movimientos por los derechos civiles de los sesenta, que desafiaron las jerarquías raciales; los feminismos de los setenta, que lucharon en contra de la jerarquía de género. A pesar de que las conquistas de estos movimientos se quedaron lejos de las ambiciones de sus militantes, sí tuvieron éxito en cambiar la distribución del poder y la riqueza en Estados Unidos. Contrarrestaron la tendencia del “poder después del poder”, y cambiaron el balance de fuerzas de pequeñas pero significantes maneras. Y al sumar trabajadores y al inscribir derechos civiles y equidad de género en las leyes, pusieron obstáculos importantes en contra de la continuación de la tendencia “natural”. Yo sospecho que la segunda serie de obstáculos será (y ha sido) más efectiva que la primera. En una sociedad capitalista, las inequidades de raza y género probablemente no sean necesarias para la existencia de un orden jerárquico, pero el dominio del capital sobre la mano de obra ciertamente lo es –de ahí su claro restablecimiento en las últimas tres décadas. Así que lo que era cierto en los treintas es cierto ahora: las inequidades en la sociedad estadounidense no encontrarán un remedio si escasean las nuevas insurgencias. Esta verdad crítica está ya manifiesta en la lucha de la administración de Obama por fortalecer el Estado de bienestar y detener el flujo hacia una desigualdad cada vez mayor. Sin un movimiento popular detrás de esto, existen límites severos en lo que el presidente y sus asesores pueden conseguir –y los trece millones de correos recolectados durante la campaña tipo movimiento no constituyen, de hecho, un movimiento.

Pero no es cierto, como todos lo sabemos, que toda insurgencia sirve a la causa de la democracia y la igualdad. ¿Qué de las insurgencias de derecha, populistas y anti-inmigrantes, que también (algunas veces) desafían a los gobiernos autoritarios y a las élites arrogantes? ¿Y qué de las revoluciones, las grandes insurgencias históricas en el mundo, algunas que han producido, al fin, regímenes terroristas y tiránicos? No tiene sentido celebrar cada levantamiento popular. El socialismo-en-construcción depende de militantes y activistas comprometidos con los valores socialistas y socialdemócratas. Esto significa estar comprometido con la democracia y también con la igualdad. Y porque la tendencia hacia el autoritarismo y la jerarquía está también presente en las organizaciones de la izquierda, estos compromisos están siendo continuamente evaluados y necesitan ser regularmente reafirmados. Las insurgencias periódicas son también necesarias dentro de los sindicatos y dentro de los partidos socialistas y socialdemócratas.

Los insurgentes democráticos e igualitarios, donde sea que emerjan, son nuestros camaradas. Ellos son los hacedores del socialismo-en-construcción, y su trabajo nunca tiene fin. Déjenme hago una descripción igual de general como en la que describí el engrandecimiento de los poderosos y ricos.

La debilidad política y la pobreza material son condiciones comunes y de larga duración; hombres y mujeres viven bajo esas condiciones sin ninguna oposición pública; se quejan solamente entre ellos, más o menos en la misma manera en que se quejan de la vejez o el clima. Su sufrimiento parece inevitable; así es el mundo. Pero de repente algo pasa –un fracaso militar, un colapso económico, una rebelión en alguna parte, un incidente menor (como un insulto burocrático o un hecho de brutalidad policiaca), que se vuelve un foco de tensión– y las personas empiezan a hablar excitadamente entre ellas –y luego empiezan a organizarse. Las autoridades siempre señalan que los “agitadores externos” son los responsables de los disturbios repentinos. Y hay algo de verdad en este señalamiento: los organizadores de los sindicatos, reclutados de los pequeños partidos socialistas y comunistas, jugaron un papel crítico en el movimiento obrero estadounidense de los treinta. Los radicales y trabajadores por los derechos civiles del norte bajaron apresurados al sur en los sesenta y ayudaron a galvanizar la resistencia en contra del sistema de segregación. Las mujeres militantes de la Nueva Izquierda, decepcionadas de sus contrapartes masculinos, ayudaron a despertar la conciencia entre las mujeres que no eran para nada de izquierda. Pero los agitadores externos no hubieran tenido la oportunidad de nada (para usar una metáfora de la Vieja Izquierda) si no estuvieran en un mar de descontento popular.


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Lo más remarcable de este “momento del movimiento” no es el trabajo de los externos sino el de los locales –los trabajadores en las plantas de autopartes y acero, por ejemplo, o los estudiantes negros, los miembros de la iglesia baptista alrededor de todo el sur o las amas de casa “ordinarias”. Hombres y mujeres que habían estado pasivos, desconectados y, tal vez, temerosos de cualquier actividad pública; hombres y mujeres que se enfocaban exclusivamente en sus familias, luchando por manejar las condiciones adversas; estas mismas personas, de repente, empiezan a aparecer en juntas, se levantaban y discuten, aceptan trabajar en los comités –y resulta que tienen talentos y capacidades que ni sabían que tenían. Resignados a sus condiciones de subordinación, parecían inarticulados, hasta faltos de inteligencia. En el movimiento, sin embargo, al hablar enfrente de todos, organizar demostraciones, negociar con la policía, recaudar dinero, diseñar pancartas y posters, al discutir sobre el “mensaje” del próximo folletín, tendiendo la mano a amigos que se retraían, parecen hombres y mujeres altamente competentes. Las relaciones que desarrollan entre ellos y en los procedimientos de toma de decisiones en los que trabajan, para ellos, prefiguran la sociedad que nosotros (los socialistas y los socialdemócratas) esperamos crear.

Las insurgencias de izquierda tienen la forma general que acabo de describir, y yo creo que son diferentes, si no es que completamente diferentes, de los levantamientos populistas de derecha y de la “supuesta” izquierda, como los que lideró Juan Perón en Argentina y Hugo Chávez en Venezuela, y de las versiones politizadas de fanatismo religioso, como la Revolución iraní. Todos estos levantamientos tienden a enfocarse rápidamente en el Mayor o en el Líder Supremo. Pero esta diferencia tiene que articularse y los compromisos democráticos de la izquierda tienen que ser defendidos. Las movilizaciones masivas organizadas por los partidos fascistas o los fanatismos religiosos podrían parecerse mucho a las movilizaciones masivas organizadas por los partidos socialistas y los sindicatos. Personas en las calles, marchando, gritando, moviendo sus puños. Son los pobres y los desposeídos, audaces de repente, enfrentando a la autoridad establecida por mucho tiempo. Podrían estar siguiendo a un führer o a un ayatollah; o podrían estar siguiendo a los líderes que son responsables dentro de las políticas internas de un partido o sindicato. Podrían estar siguiéndolo ciegamente o podrían estar comprometidos con el programa de su movimiento. Podrían estar siendo movilizados solamente para la marcha o podrían estar siendo movilizados a juntas y comités, aun después de la marcha. Ellos podrían estar siendo conducidos por su odio a los “enemigos del pueblo” o a los herejes e infieles, o podrían ser conducidos por la esperanza en hacer de este un espacio más atractivo, un tiempo mejor. Estas son diferencias críticas y, si no insistimos en ellas, si dejamos que las movilizaciones disfrazadas nos burlen, no existirá el socialismo-en-construcción.

Existen también izquierdistas disfrazados: los líderes de partidos de vanguardias o sectas, que afirman creer en la rendición de cuentas democrática, en las reuniones y comités, en la igualdad y la inclusión –pero todo esto, ellos dicen, hay que dejarlo para el futuro dorado. Lo que es necesario ahora, en medio de la crisis y las luchas, es su liderazgo y la obediencia incuestionable a ellos. Ellos saben lo que es necesario, aunque las masas deban ser engañadas u obligadas a seguirlos. Así como a las clases bajas se les enseñó cuál era su lugar en el viejo orden, así ahora ellas tienen que aprender su lugar en el nuevo –y los dos aprendizajes no son tan diferentes como deberían ser.

El vanguardismo alguna vez diferenció el socialismo del Este del socialismo del Oeste. Hoy en día se encuentra largamente desacreditado en la izquierda, si bien ha sido adoptado totalmente por fanáticos religiosos y organizaciones terroristas de todo tipo. También sobrevive (de una forma esotérica) entre algunos académicos izquierdistas, y se manifiesta en la adopción de un “discurso” que solo es comprensible para una pequeña élite de conocedores. En política, cualquier pretensión de conocimiento esotérico es peligrosa. Necesitamos estar listos para escuchar a quienes saben –y luego podremos discutir, entre nosotros, lo que queremos escuchar. Pero el espectáculo de masas de hombres y mujeres marchando pero no discutiendo nunca debe ser confundido con las insurgencias socialistas o democráticas.

“La tarea de la intelligentsia –escribió Lenin en alguna parte– es lograr que los líderes de la intelligentsia sean innecesarios.” Lenin, obviamente, creyó que los líderes como él eran necesarios en ese momento, pero que un día ya no lo serían. Pero me importa el “ahora”. ¿Los líderes como Lenin son necesarios para el socialismo-en-construcción? La respuesta tiene que ser “no”, aun cuando muchos líderes insurgentes han sido y serán intelectuales. Regresemos a los tres ejemplos de movimientos que propuse anteriormente: John L. Lewis, que lideró a los mineros y luego el Congreso de Organizaciones Industriales en los treinta, no era un intelectual; Martin Luther King Jr., el más importante líder del movimiento por los derechos civiles de los sesenta, ciertamente lo era; Betty Friedan, líder de la Segunda Ola del feminismo, es una figura intermedia. Algunos otros líderes obreros y feministas provenían de la intelligentsia; otros pastores bautistas, no. Pero lo importante es que, en cualquier insurgencia genuina de izquierda, los intelectuales no son los líderes porque ellos tienen un conocimiento especial –como el conocimiento de Lenin sobre la dirección necesaria del desarrollo histórico. Ellos son líderes, si son líderes, porque son persuasivos y enérgicos, porque son modelos de compromiso y activismo. “Si quieres influir a otras personas –escribió Marx en uno de mis pasajes favoritos de los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844– debes ser una persona que genere realmente un efecto estimulante y esperanzador en los otros.” En una sociedad democrática, no existe otro recurso para influir. Y este hecho –que no existe otro recurso– sustenta la igualdad democrática.


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He tratado de describir el carácter político y moral del socialismo-en-construcción. Quiero centrarme ahora en su ubicación social. Los políticos socialistas, socialdemócratas y laboristas (y en Estados Unidos, los políticos liberales) por supuesto que participan y deberían participar en los gobiernos. Algunas veces llegan al poder como el resultado de una insurgencia; otras, y existen muchos ejemplos, sus gobiernos permiten que las insurgencias sean posibles. La elección de Franklin Roosevelt en 1932 abrió el camino al movimiento obrero y la elección de John F. Kennedy en 1960 creo el espacio político necesario para que el movimiento por los derechos civiles creciera –y también todo el resto del radicalismo de los sesenta y los setenta. Pero, algunas veces, todo lo que los socialistas-de-oficina o los liberales-de-oficina tienen permitido es frenar el engrandecimiento “natural” del poder y la riqueza (y algunas veces ni siquiera eso).

El verdadero hogar del socialismo-en-construcción no es el gobierno; es el espacio político que existe fuera del gobierno, que es solo, en el mejor de los tiempos, protegido y expandido por los amigables oficinistas. No obstante, la mayoría de las veces, los militantes y activistas tienen que crearlo y defenderlo por su cuenta. El espacio está siempre en disputa y el espacio de la disputa es la sociedad civil.

La sociedad civil, como el Estado mismo, es un ámbito de desigualdad, gracias a la cual los poderosos ganan más poder y los ricos más dinero. Cada asociación civil, cada grupo de hombres y mujeres, es también una movilización de recursos: mientras más recursos aporten sus miembros, más fuerte será el grupo. Mientras más fuerte sea el grupo, será más capaz de aumentar el impacto de los recursos que recauda. Mientras mayor sea su impacto, mejor es la tarifa de sus miembros. Esta es una historia obvia, pero no es toda la historia. La sociedad civil es simultáneamente un espacio de oportunidad para los activistas democráticos e igualitarios –porque las cantidades también son un recurso, a las que se les puede dar una forma organizacional para desarrollarlas y mejorarlas. Y las cantidades son, obviamente, los recursos de los muchos. Quiero celebrar a las organizaciones que trabajan para hacer esos recursos efectivos. Algunas de estas son pequeñas organizaciones, pero están abiertas a la expansión cuando el tiempo sea el correcto.

Hace más de medio siglo, el teórico social británico A. D. Lindsay describió a las congregaciones protestantes “disidentes” de la Inglaterra del siglo XVIII y XIX como escuelas de la democracia. Eran eso, pero tenían un valor intrínseco así como uno instrumental –y esto es verdad hoy para todas las asociaciones de la sociedad civil que empleen la energía y el idealismo de sus miembros. Es probablemente cierto para el gran número de estos miembros que sus actividades más satisfactorias, aquellas en las que tienen más probabilidad de trabajar de cerca con otras personas, producen algo valioso, y se reconocen a ellos mismos en este logro, y toman su lugar en los sindicatos y movimientos, en los partidos, en las iglesias y en las organizaciones de ayuda mutua –todo esto, se entiende, en la sociedad civil, no en el Estado. Por supuesto, solo algunos de estos miembros son socialistas o socialdemócratas (o “liberales”, para el caso estadounidense), pero virtualmente todos los socialistas o socialdemócratas son miembros, porque la política de izquierda requiere reciprocidad y cooperación.

También requiere batallas políticas. Yo supongo que todas las asociaciones en la sociedad civil compiten entre ellas –por atención, por miembros, por dinero. El conflicto es omnipresente en la sociedad civil. Pero las asociaciones socialistas y socialdemócratas (y liberales, para el caso estadounidense) participan en un tipo particular de conflicto. Son oposicionistas en personaje, aun cuando muchos de sus amigos trabajan en gobierno, y a lo que se oponen, contra lo que luchan, es el engrandecimiento del poder y la riqueza.

Los anarquistas y los comunistas hablan, o solían hablar, de abandonar el poder y la riqueza –literalmente, para que nadie nunca ejerza el poder sobre nadie y para que nadie sea, después de la abolición del mercado, capaz de “hacer” más dinero que alguien más. Los socialistas y socialdemócratas, en contraste, creen en los usos del poder, siempre y cuando sea limitado y delegado democráticamente; además de que han llegado a creer en la capacidad del mercado para coordinar la actividad económica, mientras que esté sujeto al control democrático. Algunos podrían decir que estos representan compromisos con el diablo, pero yo no lo creo. Son compromisos con los deseos de la mayoría de las personas: con hombres y personas que quieren mayor influencia en su comunidad, o que quieren ser reconocidos como líderes en su partido, su sindicato o su iglesia, o que quieren una mejor casa o más vacaciones o una vida más confortable junto a sus familias. En el pasado, la izquierda ha adoptado usualmente un tipo de ascetismo en lo referente a bienes y contribuciones como estas –una moderación remarcablemente parecida a la de las religiones puritanas. El ascetismo en el poder, ya sea secular o religioso, regularmente produce políticas extremadamente coercitivas. Los compromisos que hemos hecho son buenos compromisos –y también moralmente necesarios– y ofrecen mayores probabilidades de que seremos acompañados, cuando el tiempo sea correcto, por un largo número de colegas. Hacen posible que ayudemos y participemos en insurgencias, como las de los trabajadores, los derechos civiles y los movimientos feministas, que no son totalizantes y apocalípticas, que alcanzan algo pero no todo.

Es mejor satisfacer los deseos humanos, aunque seamos entonces requeridos por nuestros compromisos igualitarios a luchar en contra de los hombres y mujeres que desean más de lo que deberían tener. Si existen asociaciones civiles, existirán personas que quieran controlar sus actividades; si existe un Estado, existirán políticos que pretendan un poder tiránico; si existe un mercado, existirán los buscadores de monopolios, los operadores internos, los financieros fraudulentos, los capitalistas ladrones, los dueños de talleres precarizados y los CEOs sin escrúpulos. Y todas estas personas se juntaran para formar algo como (así la solíamos llamar) una clase dirigente. El objetivo de nuestras asociaciones y los activistas es determinar los límites de lo que esta clase puede hacer –y preparar el camino para las insurgencias que interrumpan su afianzamiento.

Cada insurgencia es un pequeño avance hacia la sociedad de nuestros sueños. Algunas veces los pequeños avances se acumulan, como en la historia de la socialdemocracia: dos pasos adelante y uno hacia atrás. Algunas veces, como todos lo sabemos, lo que sucede se parece más a la fórmula inversa: un paso adelante y dos atrás. Las cosas mejoran para algunas personas en algunas partes; los grupos perseguidos, explotados y oprimidos aprenden a protegerse y realmente ganan protección efectiva. Algunas de estas victorias son permanentes; algunas no. Necesitamos defender la democracia, la regulación y el Estado de bienestar contra la erosión constantes y la captura adversa; algunas veces lo logramos, otras no. Si bien el trabajo es continuo, los beneficios llegan la mayoría de las veces en borbotones intermitentes. Pero las bondades están tanto en el trabajo como en los beneficios –así que no importa si el trabajo sigue ininterrumpidamente, como de hecho lo hace. Es un trabajo importante y útil por su reciprocidad, por los talentos y capacidades que congrega y por el valor moral que representa. Ese trabajo es el socialismo-en-construcción, y ese es el único tipo de socialismo que llegaremos a conocer.

Ninguna teoría sobre el fin de la historia concuerda con nuestra experiencia política. La idea del determinismo histórico, como la idea de la predestinación divina, está perdida entre nosotros. No tenemos certezas sobre el futuro. En vez, hemos aprendido la enseñanza del comentario de Kafka a la historia bíblica de la muerte de Moisés: “No porque su vida haya sido muy corta Moisés no llegó [a la tierra prometida], sino porque tuvo una vida humana.”


Este ensayo fue publicado originalmente en Dissent.

Traducción del inglés: Jorge Cano.

Fotos: cortesía de r2hoxBelén MessinaVíctor Manuel Espinosa y  Thomas Hawk.

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