¿Qué vidas merecen ser lloradas?

A raíz de los atentados de París, el riesgo de caer en una espiral de deshumanización obliga a prestar atención tanto a las historias de las víctimas como a los gestos de ese otro que está siendo estigmatizado.

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Annus horribilis

El primer mensaje de los atentados terroristas perpetrados la noche del viernes 13 de noviembre es la repetición. El ensañamiento yihadista hizo que millones de personas en el mundo se llevaran las manos a la cabeza y mascullaran simultáneamente: otra vez París. Ensañar —del latín insania— tiene que ver con la furia, con la crueldad, con la locura. También con el cebarse.

Hay algo en el simple volver a acontecer que inquieta e irrita. Como explica Gilles Deleuze, la repetición no es la generalidad. Se distingue de ella. Repetir es comportarse contra la ley: “Desde todo punto de vista, la repetición es la transgresión.”[1] El hecho es que, once meses después del atentado a la redacción del semanario Charlie Hebdo en París, la opinión pública mundial volvió a conmoverse con una matanza perfectamente planificada por el terrorismo islamista.

Como es conocido, esta vez las víctimas no fueron una docena de periodistas de un medio de comunicación previamente amenazado, sino 130 personas comunes y corrientes. Anónimas. Esta vez, la operación fue orquestada y reivindicada por el Estado Islámico (EI) como una venganza por la participación de Francia en los bombardeos contra sus feudos en Siria e Irak.

Como era previsible, la respuesta inmediata del gobierno francés y sus aliados ha sido el uso de la fuerza militar. Las fronteras de los países amenazados se han reforzado y se ha intensificado una amplia cooperación internacional en materia de inteligencia policial. La cuestión es que esta clase de estrategia, común desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington, no parece haber solucionado el problema de la inseguridad de los países europeos ni la radicalización de ciertas minorías en el mundo musulmán. De hecho, no son pocos los teóricos —empezando por Noam Chomsky— que piensan que la funesta invasión a Irak favoreció el ascenso del EI. 


Los fanáticos del choque

El terrorismo es una forma de violencia política particular. Se distingue porque no solo busca desestabilizar a un régimen determinado, sino generar un clima de miedo y ansiedad entre la población civil. Desde Hannah Arendt sabemos que la violencia política, siendo instrumental por naturaleza, es también racional en la medida en que resulta eficaz para alcanzar el fin que debe justificarla. Es racional en cuanto persigue metas a corto plazo que pueden servir para dramatizar ciertas reivindicaciones y llevarlas a la primera línea de la atención pública.[2]

Las diferencias ideológicas y coyunturales entre los grupos que suelen calificarse como terroristas son enormes. Aun así, expertos como Martha Crenshaw suelen subrayar algunas características comunes. Entre ellas destaca un hecho: en la violencia terrorista el efecto psicológico suele jugar un papel más importante que el número de víctimas o el daño causado a los recursos materiales del enemigo. Para Crenshaw, la violencia del terrorismo comunica siempre un mensaje político. Quizá las bajas humanas de un atentado sean mínimas, pero estas representan a un grupo o público más amplio cuya reacción psicológica es estimada por los terroristas en sus cálculos.[3]

En la lógica del terrorismo importan el eco, la reacción, la amenaza. Las víctimas y lugares seleccionados son un símbolo que representa al Enemigo. Por eso cada víctima de un atentado terrorista debe ser leída o interpretada en relación con algo más: una ocupación, o la publicación de una caricatura de Mahoma, por ejemplo. En este sentido, como insiste Crenshaw, no se debe pasar por alto que el terrorismo es un fenómeno político consistente en atentar contra las víctimas, no en su calidad de individuos, sino en tanto representantes de una colectividad.[4]

La masacre del viernes 13 en París es el enésimo ejemplo de cómo se convierte a un ciudadano cualquiera —un vendedor de cerveza del estadio de Saint Denis, una pareja alargando un café cortado en la terraza de un bar del distrito 10 o un adolescente que mueve la cabeza al ritmo de una banda en el Bataclan— en una víctima potencial por el simple hecho de ser tomados como representantes de “Francia” o “lo Impío”.

En estos tiempos en que suenan los tambores de guerra, esta clase de generalización y reducción del otro es campo fértil para la violencia, el racismo y la xenofobia —un pésimo augurio cuando se vive paralelamente la crisis migratoria más importante desde la Segunda Guerra Mundial. Si lo que está en juego es la defensa de la libertad de expresión, la igualdad ante la ley, la tolerancia religiosa y otros valores claves de la vida democrática, habría que hacer todo lo posible por alejarnos de esa lógica sombría que reduce y señala al extranjero o al diferente como una fuente de riesgo o contaminación.

Desconsuela pensar que la reacción a la masacre de París está engrasando las ruedas al fanatismo religioso. Desde esa noche, hemos sido testigos de cómo los discursos conservadores —en la línea del socorrido relato del choque de civilizaciones de Samuel Huntington— están politizando una tragedia mayúscula para sacar réditos electorales y cultivar un clima islamofóbico y antiinmigrante en una opinión pública atemorizada e iracunda.

Hay sucesos y palabras que recuerdan momentos muy oscuros del siglo XX. El incendio de campos de refugiados en Calais, Usedom o Ljungby; la aparición de mantas antiinmigrantes en Quebec; la agresión a una mujer con hiyab en el metro de Londres o el escuchar cómo algunos aspirantes republicanos a la presidencia de los Estados Unidos no tienen reparos en calificar a los refugiados sirios como “perros rabiosos” o proponer el registro masivo de musulmanes —todos estos episodios traen a la mente el fantasma del fascismo que asoló Europa.

En lugar de caer en una nueva cruzada nosotros contra ellos, habría que preguntarse la razón de que tantos jóvenes que nacen y crecen en la periferia de las grandes ciudades europeas estén siendo reclutados por las redes del fundamentalismo religioso. Solo hace falta leer la biografía de Hasna Aitboulahcen y otros presuntos terroristas implicados en los atentados de París para intuir que ese semillero no cesará hasta que se combata la exclusión, la desigualdad y el resentimiento de miles de jóvenes que crecen en los márgenes del bienestar europeo.


La política del duelo

Nunca dejará de sorprender esa mezcla de horror y morbo que suscita un atentado suicida. Especialmente si es ejecutado en una ciudad tan emblemática para la cultura occidental como París. En cualquier caso, no se puede pasar por alto que esa brutal escenificación de violencia ha terminado eclipsando muchos otros actos de barbarie cometidos por ISIS a lo largo del año. Y es que, en lo que va de 2015, son más de 750 personas las que han perdido la vida en atentados revindicados en Asia, África y Europa por esa misma organización yihadista.

A diez días de los atentados, habría que hacer una pausa y pensar qué clase de condiciones hacen posible que las 130 víctimas mortales de París conmocionen más que los 224 muertos en Al Arish, Egipto; los 102 de Ankara; los 38 de Sousse, Túnez; los 35 de Jalalabad o los 43 hombres y mujeres que perdieron la vida —tan solo un día antes de los sucesos de la capital francesa— en un doble atentado suicida al sur de Beirut. Si algo deja en claro el “Todos somos París” es el enorme contraste en la distribución del duelo en el mundo.

Desde una perspectiva ético-política es relevante pensar por qué la merma de ciertas vidas humanas provoca tanto horror, mientras otras muertes parecen condenadas a la más absoluta indiferencia. Esta clase de invisibilidad des-vela la profunda incapacidad e indisposición que tenemos para reconocer plenamente el sufrimiento de poblaciones enteras por el simple hecho de que no comparten nuestra religión, ideología, color de piel o nacionalidad —empezando por los miles de inmigrantes sirios que viajan hacia Europa porque están huyendo del propio EI.

Tiene razón Judith Butler: al lado de la violencia política hay una violencia epistémica que hace que el dolor y la humillación de millones de personas en el mundo no sean reconocidas ni tomadas en consideración. Si esto fuera de otra manera, estas vidas concretas serían percibidas y aprehendidas como vidas merecedoras de duelo. No exagera cuando insiste que, bajo este marco diferencial, hay millones de sujetos que no son completamente reconocibles como sujetos y que hay vidas que no son del todo reconocidas como vidas:

Una buena manera de plantear la cuestión de quiénes somos “nosotros” en estos tiempos de guerra es preguntando qué vidas se consideran valiosas y merecedoras de ser lloradas, y qué vidas no. Podríamos entender la guerra como eso que distingue a las poblaciones según sean objeto o no de duelo. Una vida que no es merecedora de ser llorada es una vida que no puede ser objeto de duelo porque nunca ha vivido, es decir, nunca ha contado como una vida en realidad.[5]

Los marcos de guerra no solo establecen lo que debe ser visto, sino qué vidas importan y deben ser objeto de nuestra comprensión y compasión: qué vidas perdidas o dañadas merecen ser honradas. El riesgo que hoy se tiene de caer en una espiral de deshumanización y barbarie nos obliga a prestar atención tanto a las historias de vida de las víctimas, como a los gestos de ese otro que está siendo estigmatizado por los fervientes discursos discriminatorios.

Pienso en Hamid Dabashi, un profesor musulmán de literatura comparada de la Universidad de Columbia, que estos días expresó en Al Jazeera sus condolencias al pueblo francés por la muerte de tanta gente inocente y que no ha dudado en denunciar a esas bandas criminales que se reúnen bajo la bandera del Estado Islámico. Como ese profesor, son millones de hombres y mujeres en el mundo que hoy en día se preguntan si se les permitirá expresar su solidaridad a las familias de esas víctimas —y las de India, Afganistán, Paquistan, Iraq, Siria o Turquía— en tanto que musulmanes.

Pienso en Antoine Leiris, un periodista francés que perdió a su esposa en los atentados de París. El mismo día en que fue a reconocer su cuerpo escribió una carta abierta que empezaba así: “El viernes por la noche robaron la vida de un ser de excepción, el amor de mi vida, la madre de mi hijo, pero no tendrán mi odio (…) Responder al odio con la ira sería ceder a la misma ignorancia que hizo de ustedes lo que son”.

Sé bien que estas y otras historias concretas son una trinchera modesta frente a la enormidad de lo que nos está cayendo encima. Pero son importantes e insustituibles. Como Walter Benjamin, habría que coleccionar esas citas pequeñas, fragmentos de vida minúsculos. Reivindicar el derecho a pasear por la ciudad y sus pasajes. Perderse felizmente entre la multitud. Vivir sin miedo.


Referencias

[1] Gilles Deleuze, Diferencia y repetición, Buenos Aires, Amorrortu, 2002, p. 23

[2] Hannah Arendt, Sobre la violencia, México, Joaquín Mortíz, 1970, p. 70.

[3] Martha Crenshaw, “The Causes of Terrorism”, en Comparative Politics, vol. 13, núm. 4. (Jul, 1981), 379.

[4] Citado en Josep Ramoneda, Contra la indiferencia, Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores, Barcelona, 2010, p. 130.

[5] Judith Butler, Marcos de guerra. Las vidas lloradas., Barcelona, Paidós, 2010, p. 64.


(Foto: cortesía de Bianca Dagheti.)

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