Queer, cuir y las sexualidades periféricas en México

¿Cuáles son las limitantes del uso activista de la palabra queer en México? ¿Qué términos debemos utilizar para generar un amplio movimiento de sexualidades periféricas?

| Género

Las sexualidades periféricas o las sexualidades disidentes son aquellas que caen fuera de las normas socioculturales de la sexualidad.[1] En las teorías anglosajonas de género y sexualidad, estas sexualidades periféricas son comúnmente significadas por el término queer o el acrónimo LGBTTQ (Lesbiana, Gay, Bisexual, Transgénero, Transexual y Queer); también a veces se definen como sexualidades no-normativas. Sin embargo, desde que el debate sobre el matrimonio igualitario ha sido promovido, sobre todo en México, Estados Unidos y Canadá, por muchas organizaciones e individuos LGBTTQ con el fin de asimilar derechos civiles y jurídicos y privilegios económicos dentro de las mismas normas heteronormativas de identidad de género, el término “no-normativo” ya no define necesariamente a grupos o a individuos de sexualidades periféricas o disidentes, sino más bien a grupos o individuos homonormativos. La expectativa de grupos e individuos homonormativos por introducirse en este marco propone, a su vez, una jerarquía de dignidad, valor y de representación frente las personas transexuales, transgénero, bisexuales o intersexuadas que no siguen o no pueden seguir las normas heteronormativas.[2] De este modo, el término sexualidades “no-normativas” parece ya no ser viable como un término que designe a las sexualidades que no se consideran parte de las normas sociales y culturales aceptadas y validadas.

Por otro lado, el término queer ha demostrado ser muy útil en la conversación académica y activista norteamericana. Durante la década los noventa, el término queer fue utilizado conscientemente por académicos y activistas en los Estados Unidos, sobre todo, como un acto performativo, como un arma política para reapropiarse de la denigración que acompañaba a este término. El término queer es un sinónimo de extraño o raro, pero, al contrario de estos términos, queer tenía una connotación más dura: implicaba una castración y una degradación del sujeto muy similar a llamarle a un mexicano “chili gut” o a un negro con la palabra “n”. Durante los noventa, fue reapropiado en la teoría queer y el activismo queer, y el término empezó a funcionar como una forma de auto-designación que intenta sacar la identidad sexual de los binarios. Queer puede designar a gays, lesbianas, transexuales, homosexuales y heterosexuales también. Pero queer puede abarcar una identidad heterosexual –y esto es lo importante– solo si hay un posicionamiento crítico en su enunciación, es decir, si existe una intención consciente para evitar la heteronormatividad. Queer es utilizado por los sujetos para auto-identificase, para establecer una salida tanto de la heteronormatividad como de la homonormatividad.

El cambio semántico de este término –que pasó de ser un insulto a ser un instrumento de empoderamiento y resistencia– inició en los noventa gracias al activismo político en contra de las identidades sexuales binarias. Para los primeros años de este siglo, la identidad queer se volvió parte de la movilización basada en la identidad genérica y sexual: se agregó una “Q” al acrónimo LGBT. Grupos activistas en Estados Unidos como Queer Nation, Act Up, Radical Furies o Lesbian Avangers, entre otros, comenzaron a socializar el uso de este término para ampliar la crítica social y política de género, mediante la distribución de información y manifiestos como Queers read this (distribuido por Queer Nation) y I want a dyke for president (escrito por la artista Zoe Leonard en 1992 y distribuido por su entonces colectivo Fierce Pussy) en marchas del orgullo gay.

La primera conferencia sobre teoría queer tuvo lugar en 1990 en la Universidad de California en Santa Cruz y fue organizada por Teresa de Lauretis. Aunque en su momento fue considerada como un evento “provocador”, tan solo cuatro años más tarde el término se convirtió en sinónimo de gay y, a decir de la misma de Lauretis, “en una criatura conceptualmente vacía de la industria editorial” gracias a series de televisión por cable como Queer as Folk o Queer Eye for the Straight Eye.

En la academia anglosajona, el cambio de los estudios gays y lésbicos a la teoría queer responde al cambio en la discusión de género a la sexualidad. Eve Sedgwick fue una de las pioneras en la transformación de esta discusión. En la introducción de su libro Tendencies (1993), Sedgwick propuso este cambio teórico como una promesa de acción política: se debía pasar, escribía, de una lucha contra la opresión por motivos de orientación o preferencia sexual (que se centraba en las personas) a un análisis serio de las relaciones de poder.

En Epistemology of the Closet (1991), Sedgwick ya prometía autodefinirse como queer pues esta categoría acababa con las dudas, pero sobre todo porque también era una forma de resistencia frente a la autoridad moral y ética que muchas veces las identidades heteronormativas imponen sobre los que se salían de ésta. El acto de habla de salir del clóset –enunciar “soy gay”– regularmente traía respuestas de las autoridades morales heterosexuales –“¿Estás seguro? Tal vez es una fase”–, una experiencia vivida regularmente por muchos gays y lesbianas en su continuo proceso de “coming out”. Parafraseando a Sedgwick, queer es algo que finalmente uno/a puede decir de uno/a mismo/a; queer es lo que soy ahora y cómo me describo a mí mismo/a.

Tal y como Sedgwick lo advierte, el acto del habla performativo en el proceso de la salida del clóset es inestable, variable, impredecible y, sobre todo, cambia de contexto a contexto. Así, enunciar el acto perfomativo anglosajón “I’m queer“ dentro del contexto del lenguaje castellano no es y no representa lo mismo, y no podrá interpelar al sujeto de la misma forma y con el mismo poder en México que como lo hace en el mundo angloparlante. Al enunciar en México el acto performativo “Soy queer” o bien “Soy cuir” (como suena fonéticamente) no estoy disidiendo ni revelándome de una cultura que asume autoridad sobre las identidades lésbico-gays. Estoy enunciando un acto de habla limitado: estoy enunciado un anglicismo que solo es reconocible para aquellos con el poder de movilidad, con el capital cultural y con el conocimiento académico necesarios para estar familiarizados con lo que el término queer representa para la academia y el activismo anglosajón. La brecha entre el activismo y la academia continúa definiendo estas diferencias. En América Latina en general, el término queer –su importancia y su significado lingüístico, intelectual y político– se ha utilizado sobre todo dentro de la academia –y ese mundo es muy pequeño.

En este sentido, en el marco del proyecto Mesas de Diálogo, Judith Butler señaló la importancia de cuestionar si el término queer es o no una importación norteamericana como la cadena McDonalds y de no poner todos los significados en un solo término. Asimismo, para Brad Epps, como lo describe en “Retos, riesgos, pautas y promesas de la teoría queer” , la circulación del término queer en contextos hispanohablantes no refleja su “peso lingüístico”.

Mientras tanto, académicas en México y América Latina siguen debatiendo cómo traducir el término queer. Por ejemplo, Echeverría traduce queer como “raro” o “bizarro”, en un intento de reapropiar un término de otra manera denigrante, porque “raro” es un término que se ha utilizado en forma despectiva para nombrar a las sexualidades periféricas en México. Sin embargo, este término no ha funcionado totalmente y “raro”, de todos los posibles términos ofensivos para las sexualidades periféricas, es uno de los menos despectivos. Aunque es uno de los más traducibles a lo largo de toda América Latina, en la mayoría de casos denota la feminización de los hombres. Los “raritos”, escribió Monsiváis, son los “más excéntricos de aquellos que han cometido el pecado irremisible: asimilarse a la conducta del género vencido para siempre: las mujeres”. Sin embargo, “raro” no sugiere una ruptura de los estándares heteronormativos y homonormativos.

En América Latina, como respuesta crítica por decolonizar el término, académicas y activistas han optado por escribirlo en español, como suena fonéticamente: cuir. Esto representa un intento muy válido, pero la resistencia en el desplazamiento de esta enunciación es a partir de un término aprendido en relación al queer anglosajón.

Ni queer ni cuir tienen un sentido cultural local. Tanto para los grupos académicos como para los activistas, el termino queer es un anglicismo. El sujeto que enuncia, desde la academia o el activismo, el acto performativo “Soy queer” o “ Soy cuir” revela una posición de privilegio –en México, por lo general, asociado con la “blancura”– porque manifiesta el acceso a educación y capital cultural. Así, este acto de habla performativo en México es inseparable, además de la identidad de género y sexual, de la clase y, en cierto sentido y por tanto, de la tonalidad de piel. La identidad queer no está constituida, entonces, a partir de un mismo acto performativo en Estados Unidos y Canadá como en México o América Latina.

Ahora bien, me gustaría dejar claro que, más que defender la puridad de los términos, con este análisis estoy argumentando que en México la iterabilidad del término queer es limitada, así como su poder de citacionalidad que deriva en su potencial político y su capacidad para socializarse y reiterarse. Estoy sugiriendo movernos de la expectativa de que un término, tal como queer, y su lucha por resistirlo como cuir, contenga toda una discusión acerca de la subjetividad y los procesos de subjetivación.

Más que centrarnos en una discusión sobre cómo traducir de mejor manera el término queer en un contexto cultural diferente al de su origen, el debate en México y América Latina gana más si nos concentramos en cómo adoptar las principales teorías performativas de género y sexo y, más que nada, en cómo adaptarlas a diferentes contextos culturales. ¿Cómo se puede adoptar y adaptar la teoría y la metodología queer, teniendo en cuenta su colonialismo cultural e intelectual, sin privar a la academia de América Latina de una poderosa fuente política de movilización? Me inquieta también esta pregunta en estos momentos históricos: ¿cómo generamos y utilizamos términos para un movimiento de solidaridad transnacional de sexualidades periféricas?

(Foto: cortesía de r2hox.)


Este ensayo es el último de una serie de textos para Horizontal que explora los vocablos propios de la homosexualidad en México –como “maricón”, “puñal”, “joto” y “de ambiente”–, así como las diferencias entre queer/cuir y sexualidades periféricas, y travesti, transvestite e identidades transgénero y transexuales.


Referencias

[1] Figari, Carlos. Eróticas de la disidencia en América Latina: Brasil, siglos XVII al XX (2009).

[2] Duggan, Lisa. The Twilight of Equality?: Neoliberalism, Cultural Politics, and the Attack on Democracy (2003). Jasbir, Puar. Terrorist Assemblages: Homonationalism in Queer Times (2007).

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