¿Quién es Monsieur Macron?

Emmanuel Macron se presenta, ante los franceses y la opinión mundial, como una fuerza joven, progresista y liberal cuya victoria significaría un triunfo por partida doble: contra el populismo xenofóbico de Trump y la destrucción de la Unión Europea, encarnada en Le Pen. ¿Es Macron la respuesta?

| Internacional

El 10 de diciembre del 2016, frente a una multitud aglomerada en el centro de exposiciones Puerta de Versalles en París, Emmanuel Macron lanzó una pregunta: “¿Están listos para transformar a Francia?”. La multitud respondió que sí. Y es la primera vez, desde la fundación de la Quinta República en 1958, que un candidato ajeno al duopolio partidista francés tiene oportunidades de ganar la presidencia, de soplar aire nuevo al amodorrado arreglo tradicional.

La elección presidencial francesa de abril promete ser una continuación a la serie de resultados electorales sorprendentes del año pasado. Actualmente, de acuerdo con la mayoría de las predicciones, el resultado de los comicios se habrá de definir entre dos candidatos que han basado su plataforma electoral sobre su supuesto carácter de outsiders independientes al sistema de partidos francés: Marine Le Pen, del xenofóbico y euroescéptico Frente Nacional, y Emmanuel Macron, quien fundó su propio partido En Marche!. Por la importancia simbólica de esta nación como lugar de origen del liberalismo contemporáneo y su relevancia para la estabilidad del arreglo supranacional europeo, las implicaciones de una victoria de Marine Le Pen —la ultraderechista partidaria de la destrucción de la Unión Europea, contraria a la inmigración y enemiga del multiculturalismo— parecerían casi tan preocupantes como el triunfo de Donald Trump, que Le Pen celebró como la independencia del pueblo estadounidense frente a las élites.

Así, la mayoría de las voces alrededor del mundo parecerían preferir que venza Macron, quien se presenta como una fuerza joven, progresista y liberal cuya victoria significaría un triunfo por partida doble: frenaría el populismo xenofóbico de Trump y el Brexit, personificado en Le Pen, y revitalizaría el aturdido sistema francés. Según varias encuestas, si ambos candidatos pasaran a la segunda vuelta, sería Macron quien ganaría, por lo que valdría la pena analizar su candidatura y su propuesta para Francia bajo un lente que supere la visión superficial que lo presenta como la opción por defecto o el bálsamo para salvar a Europa del populismo trumpiano. Aunque el futuro presidente francés se presenta como una alternativa real al tradicional bipartidismo francés, su trayectoria, sus aliados y sus valores políticos desacreditan este discurso, dejándolo en una estrategia para capitalizar el creciente descontento de la población francesa.


Trayectoria personal

En Amiens, el candidato francés creció en el seno de una familia privilegiada de médicos hasta que partió a París para terminar la preparatoria en el Liceo Henri IV. En el barrio latino, este liceo es afamado por formar a los estudiantes que alimentan a las más prestigiosas universidades de París. A pesar de ser una institución pública, sus procesos de selección excluyentes reafirman desigualdades de origen. Los concursos se basan en el análisis de dossiers en los que los internados en el extranjero, el conocimiento de múltiples idiomas, las clases extracurriculares y las asesorías privadas se encuentran entre los elementos más valorados: recursos accesibles únicamente a una minoría privilegiada económica y culturalmente.

Al finalizar la preparatoria, Macron siguió el camino predestinado para un miembro de su clase social: primero estudió filosofía en Nanterre, después política en Sciences Po, para finalmente graduarse de la Escuela Nacional de Administración (ENA). Precisamente, este establecimiento educativo forma a la crema y nata de la tecnocracia francesa, aquella de la cual ahora Macron busca separarse discursivamente para capitalizar en términos electorales el alto descontento con la burocracia. La formación académica de Macron muestra su innegable pertenencia a la nobleza de Estado: la élite que legitima su dominación política y económica mediante una narrativa meritocrática apuntalada por su paso por instituciones educativas prestigiosas y exclusivas.

Después de la ENA, Macron alcanzó la mayor ambición posible para sus alumnos: integrarse a la Inspección General de Finanzas. En las últimas décadas este organismo descentralizado, el cual no cuenta con más de 220 miembros, todos provenientes de las mismas escuelas, ha funcionado como órgano auditor encargado de reestructurar al Estado francés mediante reformas neoliberales —donde los criterios de eficiencia y eficacia priman sobre cualquier otro valor social— destinadas a expandir los campos de acción del mercado.

Durante su tiempo en esta Inspección, Macron formó parte de la Comisión Attali —presidida por Jacques Attali, economista favorito del liderazgo político francés, saltimbanqui de lealtades dudosas, imbuido en el halo del experto técnico— que el presidente Nicolas Sarkozy creó para “relanzar la economía”. En su reporte final se proponían medidas directas del recetario neoliberal como reducir el tamaño de la administración pública, minimizar los controles fiscales al sector financiero, liberalizar las regulaciones urbanas para permitir el establecimiento de grandes centros comerciales, evaluar constantemente a profesores del servicio público, y eliminar protecciones ambientalistas. Esta etapa fue decisiva para la carrera política de Macron, pues le permitió establecer relaciones con líderes del sector financiero y la tecnocracia, así como confirmar su adscripción al programa político hegemónico: entonces, aprendió que su lugar al interior de la crème de la crème dependía de poner a la libertad económica por encima de cualquier derecho o protección colectiva.

Si Macron parecía especialmente interesado en beneficiar al sector privado era porque este organismo funciona como puerta giratoria entre la alta burocracia, los conglomerados financieros y las firmas de consultoría. Así, en septiembre del 2008, Macron obtuvo un puesto en Rothschild & Cie, uno de los bancos más importantes en Francia, dedicado a la administración de inversiones multimillonarias. Años después, para alcanzar altos puestos en el gobierno del socialista Hollande, Macron habría de justificar esta decisión argumentando que la victoria presidencial de Sarkozy, a quien no tuvo empacho de aconsejar antes, lo empujó a abandonar el sector público y convertirse en banquero. Esta “difícil decisión” habría de suponerle grandes recompensas: en el año 2012 dirigió la adquisición de la rama de alimentos para niños de Pfizer por parte de Nestlé por 8,000 millones de euros, cuyos dividendos habrían de convertir a Macron en millonario.

En 2012, Macron también decidió unirse al equipo del candidato del Partido Socialista, Hollande, para las elecciones presidenciales como uno de sus principales consejeros económicos. Paradójicamente, su primer acercamiento se dio gracias a su participación en la comisión económica de Sarkozy: su mentor Jacques Attali, ahora convertido en economista de izquierda, le recomienda su contratación al candidato Hollande. Así, el millonario Macron, ocultando bajo el tapete sus lealtades de derecha y formación elitista, unía fuerzas con un candidato cuya propuesta económica se basaba en el establecimiento de impuestos progresivos, de hasta 75% a quienes tuvieran ingresos superiores al millón de euros anuales.

Durante la presidencia de Hollande, Macron escalaría rápidamente posiciones para pasar de secretario general adjunto del Eliseo hasta ministro de Economía, Industria y Estadística en 2014 gracias a la recomendación del primer ministro Manuel Valls. Esta trayectoria parecería de absoluto travestismo político e ideológico —pasar de asistente de Sarkozy y hombre de negocios a principal consejero económico de un presidente socialista— en la dicotomía política francesa. Sin embargo, en las últimas décadas las principales diferencias entre los dos partidos, el Socialista y la Unión por un Movimiento Popular, se han vuelto de forma más que de fondo: ambos se han desplazado hacia la ideología hegemónica de globalización, liberalización económica y liderazgo tecnocrático. Mucha de esta convergencia se debe a las presiones del proyecto europeo que, desde su advenimiento, ha estado orientado hacia el libre mercado de crecimiento empresarial y gobernado por el conocimiento técnico por encima de la voluntad democrática. Así, el primer gobierno del Partido Socialista en Francia, aquel de Miterrand, comenzó con las “100 propuestas para Francia, que habrían de llevar al país hacia el socialismo” y culminó con el “giro de rigor” de 1983: para permanecer dentro de las condiciones impuestas por el Sistema Económico Europeo, Miterrand solo podía emprender políticas públicas de austeridad y libre mercado.

Si la capitulación de Miterrand frente al naciente consenso europeo abrió la puerta a la reestructuración neoliberal de Francia, las presiones de la Unión Europea sobre la presidencia de Hollande destruyeron la utopía de Francia como Estado de bienestar y punta de lanza europea frente al proyecto económico hegemónico. Durante sus cinco años de gobierno, viró rápidamente de promesas de justicia social influidas por economistas como Piketty, hacia políticas neoliberales justificadas mediante la supuesta objetividad tecnocrática de sus altos funcionarios. Macron como ministro de Economía contribuyó a esta convergencia neoliberal. La ley Macron, que se promulgó por decreto para superar la oposición en la Asamblea Nacional, contemplaba la eliminación de derechos laborales importantes como las restricciones para trabajar los domingos o en horarios nocturnos, la privatización de la industria armamentística y los servicios aeroportuarios, así como la flexibilización de regulaciones ambientales. Mucho de este proyecto provenía del reciclaje selectivo de la Comisión Attali de Sarkozy, antítesis de las promesas de Hollande. Aunque Macron trató de justificar esta ley con una retórica de lucha contra industriales rentistas, el principio ideológico de todas las medidas era, como apuntó Martine Bulard: “siempre menos: menos Estado, menos protección social, menos derechos sindicales, menos regulaciones a las empresas, menos control público”.

Al grupo tecnocrático que Macron y Valls lideraban en el Eliseo no solo se le pueden atribuir las decisiones de neoliberalización económica, sino también las respuestas ante los atentados yihadistas en París: la islamofobia, disfrazada de laicidad selectiva, en la prohibición del velo; el estado de excepción permanente que permite la represión política; y la profundización del terrorismo de Estado francés en Oriente Medio. La metamorfosis del gobierno de Hollande se volvió insostenible: sus meses finales se han caracterizado por protestas masivas contra la ley El Khomri (ministra de trabajo cercana a Valls y Macron), que proponía modificar el código laboral para permitir la flexibilización contractual; por represión policial ante el resurgimiento de tensiones étnicas en la periferia parisina; por la ruptura de su partido al interior de la Asamblea Nacional; y por el apabullante rechazo al presidente —solamente 4% de los franceses se sienten satisfechos con su administración.


Proyecto político

Previendo la incompetencia del Partido Socialista en las elecciones presidenciales del 2017 y la atracción de la transgresión para un electorado sumido en el descontento, Macron lanzó su movimiento político personal “¡En Marcha!” en abril de 2016, como plataforma trans-partidista, “al mismo tiempo de derecha y de izquierda”, centrado sobre el crecimiento económico emprendedor y la reinvención francesa. Aunque por esas fechas aún permanecía en el gobierno, comienza a distanciarse ideológicamente de su partido, llegando a declarar: “la no honestidad me obliga a reconocer que no soy socialista”. Así, Macron construyó una narrativa capaz de complacer todos los frentes de descontento: el fracaso absoluto de la presidencia de Hollande, la creciente irrelevancia de las etiquetas de izquierda o derecha por la profunda cercanía tecnocrática de ambos partidos y la parálisis económica caracterizada por desempleo juvenil y altas desigualdades regionales. Finalmente, su lema: “¡Redescubrir el espíritu de conquista francés!” es un guiño nostálgico a todos aquellos que, frente a la creciente globalización y los cambios drásticos de la modernidad, se cuestionan la relevancia de su país, la importancia de su identidad y las perspectivas de su devenir histórico. Mediante la negación de cualquier ideología, el discurso de ¡En Marcha! aglutina valores contradictorios con el objetivo de atrapar a todo votante posible.

Este discurso superficial permite ocultar la convicción de Macron por continuar el proyecto al que ha sido leal a lo largo de su carrera. Si al presentar su programa prometió “¡Construir una Francia nueva!”, tras desgranar las propuestas se torna evidente el objetivo de continuar con la vieja Francia neoliberal: la de Sarkozy y Hollande, de liberalización económica como única respuesta, de primacía de la seguridad y exclusión de la diferencia. Macron busca “liberar el trabajo y el espíritu de empresa” reduciendo las cotizaciones sociales de las empresas, debilitando a los sindicatos e individualizando las negociaciones contractuales para permitir acuerdos que superen las 35 horas legalmente permitidas. Además, retoma el discurso de miedo a la amenaza terrorista, para fortalecer las capacidades coercitivas del Estado con 10,000 policías y gendarmes adicionales, para imponer leyes de tolerancia cero hacia crímenes menores, para construir nuevas prisiones, para centralizar las funciones de inteligencia y para contratar 5,000 guardias antiinmigrantes. Finalmente, promete radicalizar la defensa de la laicidad, cerrar lugares de culto y acelerar las respuestas de asilo para “expulsar sin demora” a quienes no lo obtengan.

El programa de Macron cuenta con la aprobación de destacados miembros de la élite. Desde el lanzamiento de ¡En Marcha!, los medios le han dado cobertura favorable ayudándole a borrar su pasado para reforzar su atractivo antisistema. Entre sus aliados se encuentran Pierre Bergé, accionista mayoritario del grupo Le Monde, y Patrick Drahi, accionista mayoritario de Altice, la segunda empresa de telecomunicaciones más grande de Francia, a quien Macron benefició durante su tiempo en el Eliseo. Pierre Gattaz, director del Medef, la organización patronal más importante del país, respalda su proyecto económico. Dentro de la política lo apoyan su mentor Attali, Alain Minc —otro asesor de Sarkozy y de grandes empresarios como François Pinault— y miembros del Partido Socialista, quienes dieron la espalda a su candidato Benoît Hamon por ser “radical”.

De entrada, estos apoyos sumirían a su gobierno en dudas sobre posibles conflictos de interés. ¡En Marche! no cuenta con financiamiento público, por lo que su campaña ha dependido únicamente de importantes contribuciones privadas. Las donaciones anónimas han sobrepasado los seis millones de euros, superando la cantidad de fondos públicos disponibles para el resto de los candidatos. Aunque Macron se ha negado a develar la fuente de estas contribuciones, algunos han salido del anonimato, entre ellos Pierre Nanterme, el director ejecutivo de Accenture, una empresa multimillonaria de consultoría. Por el pasado de Macron, no resultaría descabellado suponer que muchos de sus donantes comparten el mismo perfil: provienen de la élite capitalista de Francia, el círculo de contactos más desarrollado de Macron, el candidato antisistema.


Macron: ¿la respuesta?

Aunque la multitud diga que sí, Macron no está listo para transformar a Francia, ni le interesa. A pesar de su estrategia electoral antisistema y transpartidista, en realidad su discurso no marca un punto de quiebre con el pasado francés. Al contrario, esta narrativa busca ocultar su intención de profundizar las instituciones políticas y sociales que sostienen al status quo de capitalismo globalizado. Ningún proyecto político es ajeno a valores e ideologías, mucho menos la tecnocracia como cientificidad objetiva que propone Macron. Su propuesta es la continuación de un proyecto neoliberal que ha dominado las políticas públicas de los gobiernos franceses en las últimas décadas —centrado sobre el rechazo al Estado como ente burocrático demasiado grande, ostentoso e ineficiente—, mientras que su trayectoria personal lo acerca a las élites que tradicionalmente han dominado el sistema político y económico francés.

A pesar de las dudas que pudiera generar Macron, muchos defenderán su candidatura como la única oposición posible frente a Marine Le Pen. Sin embargo, este planteamiento de pragmática electoral podría tener resultados tan desastrosos como el apoyo a Hilary Clinton como única opción viable ante Trump en el 2016. Para ganar en la segunda vuelta, Macron habría de contar con el apoyo de la izquierda partidista francesa, lo que implicaría un desplazamiento aún mayor hacia el centro del Partido Socialista. Aunque a corto plazo impediría el triunfo del populismo de ultraderecha, la colusión de la izquierda partidista con la tecnocracia elitista sería incapaz de apaciguar los deseos de cambio de muchos franceses que seguirían perdiendo su calidad de vida por la continuación de políticas de desregulación, privatización y austeridad. Así, a futuro, la izquierda partidista de Francia se volvería una opción irrelevante, aliada formal de la élite en el poder, como antes sucedió con el Nuevo Partido Laborista de Tony Blair y los Nuevos Demócratas de Bill Clinton que, al abandonar a las poblaciones marginadas que les necesitaban, facilitaron el camino para el Brexit y Trump. En lugar de esta tercera vía, “ni de izquierda ni de derecha”, la única vía para vencer a la amenaza de ultraderecha también pasa por una radicalización de la izquierda como opción política partidaria de la verdadera redistribución, la defensa sin tregua del medio ambiente y la representación absoluta de las mayorías damnificadas por el proyecto hegemónico.

 

 

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