Racismo y clase en Estados Unidos: Orgullo y prejuicio

La historia de Estados Unidos demuestra que frente al problema del racismo, la identidad nacional y supremací­a blanca siempre han estado por encima de la clase.

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En el fin de semana del Memorial Day (Día de las Fuerzas Armadas) fui parte de un equipo que representó a Dissent en un debate con dos editores del American Affairs, una nueva publicación que ha ganado notoriedad como el hogar intelectual del trumpismo. Ahora, faltando algunas semanas para celebrar [en Estados Unidos] el Día del Trabajo [que allá se celebra el primer lunes de septiembre][I], Julius Krein, editor de American Affairs, ha anunciado en el New York Times que ya no apoya más a Trump. Algunas reacciones a su comentario han sido admirables. (Peter Beinart, quien ha cometido enormes errores en público, lo ha llamado un «mea culpa genuinamente admirable»). Otras reacciones han sido menos aprobadoras («A la chingada todo lo que diga este tipo», tuiteó Spencer Ackerman).

Tan tentadora como la schadenfreude puede ser la explicación que Krein ha dado a su cambio de preferencias es más interesante —y más importante— que su historia personal. En nuestro debate con American Affairs la discusión principal fue si el rompimiento del consenso de los dos partidos sobre la inevitabilidad de la globalización y la magia de los mercados habría hecho posible nuevas alianzas entre la izquierda y la derecha. La posición de American Affairs fue un sí enfático. Cuales fueran nuestras diferencias, izquierda y derecha teníamos un enemigo en común: el capitalismo global sin cadenas. En la era de Trump, decían, los populistas de todas las persuasiones ideológicas podían lanzar una guerra multifrentes contra un establishment neoliberal en el nombre de un nacionalismo económico renovado.

El equipo Dissent fue más escéptico. La campaña de Donald Trump no había sido un simple ejercicio de nacionalismo económico, también había sido una demostración de nacionalismo blanco. Había buenas razones para pensar tal cosa. En Estados Unidos la identidad racial y la identidad nacional han estado unidas desde el principio. Eso no quiere decir que cada momento en el que se invoca a la nación es inherentemente racista —la Convención Democrática Nacional del verano pasado fue un festival de nacionalismo multirracial—, pero sí provee un antecedente histórico a nuestra política contemporánea que no puede ser ignorado.

Parece que después de los eventos del fin de semana pasado en Charlottesville (Virginia), Krein se ha adherido a nuestro punto de vista. Escribe Klein que los simpatizantes de Trump que marginalizan su uso del nacionalismo blanco «se estaban engañando a sí mismos». Aunque Trump siempre ha dicho que habla en nombre de la nación, solo ha podido «inflamar las fuerzas más nocivas de la división en nuestro país», empoderando a la derecha racista y minando de tajo el populismo de derecha que Krein intentaba apoyar.

Puede ser que Steve Bannon tenga pensamientos similares hoy. Al hablar con el editor de la publicación American Prospect, Bannon presentó su propio caso a favor de una asociación ideológica otrora improbable. Como la explica Kuttner, Bannon esperaba «dar batalla a los suaves (palomas, doves) en materia de comercio en la administración al tiempo que construía una coalición de duros (halcones, hawks) en materia comercial que incluyera a la izquierda y a la derecha».

Como el equipo de American Affairs en este verano, Bannon rápidamente dejó de lado a los nacionalistas blancos que han ganado la atención de los medios rápidamente después de Charlottesville. «Son un elemento extremo», dijo. Si los demócratas actuaran de manera inteligente, añadió, pronto se darían cuenta de tal realidad. «Si la izquierda está tan enfocada en cuestiones de raza e identidad, y nosotros apoyamos el nacionalismo económico, podemos acabar con los demócratas».

Si Bannon estuviera en lo correcto, entonces Trump estaría muy bien encaminado a forjar una coalición de la clase trabajadora que transformaría la política en Estados Unidos. Eso, insiste Bannon —al menos en entrevistas con la prensa mainstream— era su verdadera meta. «Si conseguimos lo que nos proponemos», dijo después de la victoria de Trump en noviembre, «obtendremos el 60 por ciento del voto blanco, y el 40 por ciento del voto afroamericano e hispánico y gobernaremos por cincuenta años». Hoy, el índice de aprobación de Trump es el más bajo de cualquier presidente en este punto de su primer mandato y Bannon se ha quedado sin empleo.

Los críticos de Trump y Bannon han adoptado una explicación sencilla de su fallo. De acuerdo con el editor de Buzzfeed Ben Smith, el problema puede ser resumido a una palabra: raza. «Bannon se ha convertido en la última figura política estadounidense en pensar que una política basada en la clase es posible», escribe Smith, «y al mismo tiempo ha fallado en darse cuenta de que la única cosa que hace realmente excepcional a la política en Estados Unidos: su profunda división racial». Estados Unidos nunca ha desarrollado un partido social-demócrata en forma debido a que en este país «la raza ha derrotado a la clase», siempre.

El pesimismo en lo que dice Smith suena a sabiduría, exceptuando que, como todas las declaraciones sobre la historia que dependen de una variable, es una sobresimplificación radical del caso. Los investigadores y activistas han debatido este problema al menos desde 1906 desde que el sociólogo alemán Werner Sombart famosamente preguntó, «¿por qué no hay socialismo en los Estados Unidos?». La diversidad racial de la clase trabajadora estadounidense ha sido una respuesta popular, pero al mismo tiempo ha sido el éxito del capitalismo estadounidense; la falta de feudalismo; la importancia del federalismo; el tamaño del país; la temprana llegada del sufragio universal masculino; los múltiples puntos de veto construidos desde la Constitución para el ejercicio del gobierno nacional; la durabilidad del sistema bipartidista; el hecho de que los estadounidenses nacidos en la parte más baja de la escala social podían, de vez en cuando, subir hasta la cima; y la brutalidad de la represión a los socialistas estadounidense (que existieron, aunque en números insuficientes para dominar un partido político importante).

El historiador Eric Foner ha ofrecido una respuesta más plausible que da a cada factor un rol potencial, pero va más allá en búsqueda de una interpretación más profunda. «La política de masas, la cultura de masas, y el consumo masivo llegaron a Estados Unidos antes que a Europa», Foner dijo en un ensayo clásico de 1984. Esta alineación de elementos implicó que «los socialistas estadounidense fueron los primeros en enfrentar el dilema de cómo definir una política socialista en una democracia capitalista».

Hoy, una generación entera de socialistas estadounidenses está batallando con la misma pregunta. Para llegar a una mejor respuesta que nuestros predecesores, debemos empezar por reconocer la fuerza detrás del fatalismo racial que mueve al serio diagnóstico de Smith —y luego tenemos que llegar más allá de él—. La noción de que el racismo es un pecado original que condena cualquier intento de política de clase es la versión trumpiana de la convicción igualmente cortoplacista de la era Obama de que Estados Unidos había entrado en una etapa posracial.

La raza no es un hecho sempiterno en la vida estadounidense. Como todo lo que importa en la vida de la sociedad, la raza tiene una historia. Las identidades raciales han cambiado a lo largo del tiempo, y del mismo modo ha cambiado el poder de las llamadas al racismo. Las coaliciones multirraciales dieron fuerza al Nuevo Trato (New Deal) y a la Gran Sociedad (Great Society) —y también pusieron a Barack Obama en la Casa Blanca—. El legado estadounidense de opresión racial es una carga que todos hemos de llevar, pero no es una sentencia de muerte, ni tampoco las categorías de clase y raza están aisladas de cada una en contenedores al vacío, como pretende mucha de la discusión alrededor de estos temas.

Estos asuntos han estado en mi mente estos días, y no solo debido a Charlottesville. Hace unas semanas me convertí en padre. Si las proyecciones demográficas son precisas, Estados Unidos se convertirá en un país mayoría-minoría antes de que mi hijo cumpla treinta años. Él será una de las razones de tal cambio. Yo soy blanco. Mi esposa, cuya familia viene del sureste indio, no lo es. El cálculo racial que los nacionalistas blancos quieren imponer me hace un traidor a mi raza, y a mi hijo lo hace una pérdida al equipo de casa.

De regreso al debate con American Affairs, dije que el más grande reto que enfrenta mi generación es la construcción de una democracia decentemente igualitaria y multirracial, que de forma ideal no incinerara al planeta. De manera contraria al romance que American Affairs mantuvo con Trump, esa creencia ha sido lo suficientemente fuerte para perdurar todo este verano. Un país mayoría-minoría es un país en el que las elecciones no pueden ser ganadas atrayendo al racismo blanco, y al mismo tiempo, es un país en el que los radicales con una visión política lo bastante capaz puede sobreponerse a las divisiones que han sido usadas para separarnos. La historia nos da suficiente razón para pensar que no lo lograremos. Pero cuando miro la cara de mi hijo recuerdo algo más poderoso que el peso del pasado: la posibilidad de algo nuevo.

 

[I] Nota del traductor


* Traducción: Manuel A. Bautista González

Artículo originalmente publicado en Dissent.

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