Repensando el populismo

Las obras de Chantal Mouffe y Ernesto Laclau se vuelven cada día más pertinentes e imprescindibles. En sus libros se encuentran las claves para entender los populismos contemporáneos y las formulas para transformar, desde la base, el estado de las cosas.

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Cuando estuve en España el pasado invierno con el objetivo de hacer investigación para un libro sobre populismo en Europa y América, la primera persona que entrevisté fue Fernando Román, un joven concejal de Manzanares, una ciudad en las afueras de Madrid. Fer, como le llaman, es miembro de Podemos, el nuevo partido de izquierda que quedó en las elecciones del pasado junio en tercer lugar, muy cerca del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y del Partido Popular (PP). Fer cargaba un libro, Construir pueblo (Icaria, 2015), que me recomendó leer si quería entender Podemos. Cuando visité la librería de Podemos en Madrid, altas pilas de Construir pueblo estaban colocadas en el centro de la mesa.

El libro consiste en un diálogo entre Íñigo Errejón, el jefe de estrategia de Podemos y politólogo en la Universidad Complutense de Madrid de 32 años, y Chantal Mouffe, una filósofa belga en sus setenta años que es catedrática en la Universidad de Westminster en Inglaterra. Mouffe es conocida por desarrollar la teoría de la democracia “agonista” –la democracia enraizada en el conflicto en vez del consenso– y por sus colaboraciones con Ernesto Laclau, su difunto esposo. Laclau, un filósofo argentino que enseñaba en la Universidad de Essex, desarrolló la teoría de populismo que Fer y otros líderes de Podemos conciben como la base de sus propias políticas y que Mouffe y Errejón discuten en Construir pueblo.

La influencia de Mouffe y Laclau no se limita a España. Yanis Varoufakis, exministro de Finanzas del gobierno presidido por el partido griego de izquierda, Syriza, y líder de un movimiento que busca reformar la Unión Europea, obtuvo su doctorado en Essex. Rena Dourou, la actual gobernadora de Atenas, y Foteini Vaki, un miembro del parlamento, también estudiaron en Essex directamente con Ernesto Laclau. Antes de su muerte en 2014, Laclau era también un consejero cercano de los presidentes argentinos Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, ambos del Partido Justicialista.

Laclau y Mouffe han ejercido esta influencia política a pesar de haber escrito trabajos que podrían hacer ver a La fenomenología del espíritu (1809) de Hegel como un trabajo escolar. Por ejemplo, este extracto de su obra maestra Hegemonía y estrategia socialista (1985):

Ahora bien, en una totalidad discursiva articulada, en la que todo elemento ocupa una posición diferencial –en nuestra terminología: en la que todo elemento ha sido reducido a momento de esa totalidad– toda identidad es relacional y dichas relaciones tienen un carácter necesario.

Parte de la obscuridad en la prosa se debe a la adopción de la jerga puesta en moda por Jacques Lacan y los posestructuralistas franceses. Pero es también el resultado de su intento por desprenderse de los dogmas sobre el socialismo y el populismo que habían nublado el debate político en Europa.

En Hegemonía y estrategia socialista, Laclau y Mouffe rechazaban lo que el sociólogo de izquierda C. Wright Mills llamaba “la metafísica del trabajo” –la creencia de que el socialismo o la socialdemocracia se generaría del choque inevitable entre la clase trabajadora y la clase capitalista. Luego Laclau, en La razón populista (FCE, 2005), desafió la visión –más común en Europa que en Estados Unidos– de que el populismo estaba predestinado por naturaleza a la ideología racista, nativista o proto-fascista de la derecha. Laclau y Mouffe en diversos ensayos ayudaron a explicar, en efecto, por qué Podemos y el Frente Nacional de Francia y las campañas de Bernie Sanders y Donald Trump podían ser llamados, acertadamente, populistas. Además, presentaban al populismo de izquierda como el sucesor apropiado de las políticas del viejo socialismo, la socialdemocracia y los partidos obreros.

Ernesto Laclau estudió historia y dio clases en la Universidad de Buenos Aires; en este tiempo, ingresó al Partido Socialista de la Izquierda Nacional. En 1969, fue a Oxford a estudiar por invitación del historiador marxista Eric Hobsbawn. Se doctoró en Essex en 1977 y, con Argentina bajo la junta militar, se unió a la facultad de la Universidad de Essex. Mouffe, nacida en Charleroi, Bélgica, en 1943, estudió en Lovaina, París y Essex, y, antes de unirse a la Universidad de Westminster, dio clases en Bogotá y París. Ella y Laclau se casaron en 1975.

Ambos pertenecían inicialmente a la izquierda marxista. Eran cercanos al filósofo y miembro del Partido Comunista francés Louis Althusser, con el que había estudiado Mouffe. Pero cada uno, a su manera, terminó cuestionando la ortodoxia marxista. En el caso de Laclau, el cuestionamiento empezó por su fascinación con el populismo de la Argentina de Juan Perón; en el de Mouffe, por su experiencia como docente en América Latina y su participación en el movimiento feminista británico, cuyos objetivos no podían ser definidos por la lucha de clases o la conquista del socialismo. En Hegemonía y estrategia socialista, estudiaron las deficiencias históricas de las estrategias socialistas y desarrollaron una teoría que ahora se clasifica como “post-marxista”.

Cuando Laclau y Mouffe publicaron Hegemonía y estrategia socialista en 1985, existían todavía grupos socialistas y facciones dentro de los mayores partidos obreros y socialdemócratas de Europa que pretendían abolir el capitalismo. Y los partidos todavía no habían abrazado una “tercera vía” que renunciara a cualquier atisbo del socialismo. Además, existían muchos movimientos sociales que emergieron de la Nueva Izquierda. Laclau y Mouffe se propusieron mostrar cómo la izquierda explícitamente socialista se había extraviado casi por un siglo y desarrollar una nueva estrategia para una “democracia radical” que incorporara a los nuevos movimientos sociales.

Para Laclau y Mouffe, el problema con la izquierda socialista empezó con el Partido Socialdemócrata de Alemania, que era el partido socialista dominante en Europa antes de la Primera Guerra Mundial. Su líder teórico era Karl Kautsky. La teoría de la revolución de Kautsky, derivada de la de Marx y Engels, asumía que la etapa capitalista de la historia era impulsada por la lucha entre una siempre en expansión clase trabajadora y una pequeña, pero enormemente poderosa, clase capitalista. Eventualmente, la clase trabajadora, al enfrentar el empobrecimiento y el caos de las crisis económicas crecientes, tomaría por asalto el Estado y establecería una sociedad socialista. El rol de los revolucionarios, Kautsky y sus camaradas creían, era guiar esta ola de la historia.

Como Laclau y Mouffe recuentan, Vladimir Lenin rechazó esta teoría de la revolución. Lenin aceptó que el desarrollo de la clase trabajadora era esencial para una revolución socialista, pero sostenía que, antes que ésta se volviera una mayoría, la insurrección de un partido socialista –que representara los intereses de la clase trabajadora, así como los de los campesinos– podría tomar el poder. El modelo de la revolución de Kautsky estaba inspirado en el determinismo económico; el de Lenin, en el ejemplo de los jacobinos franceses.

Pero, como Laclau y Mouffe notaron, ambas teorías no trajeron los resultados deseados. El modelo Krautsky indujo una pasividad que permitió el militarismo de Guillermo II de Alemania y el ascenso de Mussolini y Hitler. El partido de Lenin, que buscaba “la dictadura del proletariado”, degeneró en una dictadura de partido, y luego en una dictadura de un solo individuo: Joseph Stalin.

Para Laclau y Mouffe, Antonio Gramsci fue el primer teórico que comprendió el fracaso de ambos modelos. Gramsci, un comunista italiano que murió en una de las prisiones de Mussolini, insistía en que el partido debía establecer un “bloque histórico” compuesto por el campesinado del sur de Italia y la clase trabajadora del norte de Italia. Rechazaba el jacobinismo de Lenin. El socialismo necesitaría una “guerra de posición” en que un partido socialista o comunista lograra la hegemonía al establecer contra-instituciones y una contra-cosmovisión a las que prevalecían bajo el capitalismo. La clase capitalista, Gramsci argumentaba, no solo disfrutaba del monopolio de la fuerza, sino del monopolio de la persuasión, y tenía, por tanto, que ser desafiada en este último frente.

En Hegemonía y estrategia socialista, Laclau y Mouffe incorporaron las ideas de hegemonía, lucha por la posición y bloque histórico de Gramsci. Pero rechazaron la idea residual de la primacía política de la clase trabajadora a la que el filósofo italiano todavía se adhería. En vez, la pareja argumentaba que la izquierda debería de construir un bloque histórico a partir de diversas clases –los trabajadores de cuello blanco y de cuello azul, así como el pequeño sector empresarial– y diferentes luchas (que incluían el feminismo, la ecología, los movimientos en contra del racismo y la guerra) que no se pueden resumir a una sola lucha entre clases.

Manifestación del partido Podemos en Madrid, "La marcha del cambio". Vista de la calle de Alcalá desde Cibeles.

Marcha en apoyo de Podemos (Madrid, España).

También rechazaron el marco base de la teoría de la historia de Marx. Rechazaron el supuesto de que la intención de abolir el capitalismo y establecer el socialismo era, y seguiría siendo, la fuerza que impulsaba el cambio histórico. En vez, argumentaban que los ideales de la democracia, la libertad y la igualdad, articulados por la Revolución Francesa, proveían un marco –ellos usaban el término “imaginario”– para una política de izquierda que extendiera la lucha por la democracia del ámbito político al económico y social. No rechazaban las políticas anticapitalistas que buscaban el “fin de las relaciones de producción capitalistas” sino las veían simplemente como una “dimensión” de las demandas de los movimientos sociales en la lucha de un bloque histórico por la “democracia radical”.

En Construir pueblo, Mouffe resume esta idea:

Nuestro principal planteamiento era que debíamos reformular el “proyecto socialista” en términos de una radicalización de la democracia. Eso nos permitía romper simultáneamente tanto con la tradición jacobina como con el determinismo económico; porque no puedes hablar de radicalización de la democracia sin reconocer que existen diferentes formas de subordinación que podrían originar diferentes antagonismos, y que todas estas luchas no podían ser vistas simplemente como la expresión de la explotación capitalista.

Al describir lo que la “democracia radical” era, y cómo se podía alcanzar, Laclau y Mouffe recurrieron a reiterar su rechazo de la vieja estrategia socialista. El último capítulo de Hegemonía y estrategia socialista es, en gran parte, una red de abstracciones. Si la lucha por el socialismo y en contra de la clase capitalista ya no eran el principio unificador de los movimientos de izquierda, ¿qué tomaría su lugar? ¿Los defensores de la democracia radical cómo se definirían a sí mismos y cómo definirían a sus adversarios? Al responder estas preguntas y desarrollar una política que contrarrestara el giro en los partido obreros y socialdemócratas hacia la “tercera vía”, Laclau y Mouffe adoptaron la idea del populismo de izquierda en Europa incluso antes de que esos partidos y movimiento populistas se formaran en Grecia, Italia y España.

En Estados Unidos, el término “populista”, utilizado desde 1891, ha servido para catalogar a movimientos y candidatos de izquierda y de derecha –desde el original Partido del Pueblo de la última década del siglo XIX hasta Huey Long y el padre Charles Edward Coughlin, pasando por Ross Perot, Pat Buchanan, Bernie Sanders y Donald Trump. En América Latina, la categoría está relacionada íntimamente con la izquierda no-marxista de Juan Perón y Hugo Chávez. Pero en Europa occidental el término “populista” ha sido utilizado principalmente en una manera peyorativa para referir a los llamados demagógicos de los partidos de la derecha que, según sus detractores, se aprovechan de la ignorancia del público y de los resentimientos étnicos y religiosos.

Influenciado por el populismo de América Latina y la historia de Estados Unidos, Laclau pretendía en La razón populista rebatir el uso común que tenía el término en Europa. “El progreso en el entendimiento del populismo requiere –escribió– salvarlo de su posición marginal dentro del discurso de las ciencias sociales. […] El populismo no solo ha sido degradado: ha sido también denigrado.”

Laclau analizó el populismo como una lógica política que podía ser utilizada por la izquierda, la derecha y el centro. Una forma de discurso político, en vez de una adhesión específica por la clase, la ideología o el tipo de sociedad, que establece un conflicto entre un underdog y un “poder”, que es definido por tipos específicos de demandas que crean una “frontera” política entre éstos.

Un tipo de demandas sigue lo que Laclau llama la “lógica de diferencia”: son las demandas eminentemente negociables entre un partido o un movimiento y los poderes-que-son y que no necesariamente están ligadas a otras demandas. Por ejemplo, en el caso estadounidense, un grupo de votantes podría demandar que las hipotecas estudiantiles federales se reduzcan y que la Ley de Cuidado de Salud Asequible cubra la adquisición de aparatos auditivos. Estas demandas podrían negociarse y no necesariamente establecen barreras políticas intransitables.

Otro tipo sigue lo que Laclau llama una “lógica de equivalencia”: son las demandas no utópicas pero que de todos modos probablemente serán rechazadas por los poderes-que-son. Una de esas demandas, siguiendo el caso estadounidense, podría ser la demanda de Bernie Sanders por un aumento del salario mínimo nacional a $15 dólares por hora o la de Medicare para todos o, por otro lado, las de Donald Trump, como el levantamiento del muro que pagaría México o el impuesto a los bienes de fábricas de compañías que se han movido de Estados Unidos a países con mano de obra más barata. Este tipo de demandas, si se agrupan, ya sea en la izquierda o en la derecha, crean una “frontera” –un espacio aparentemente intransitable– entre el underdog y el poder. Se vuelven en la base para un desafío populista a la autoridad. Lo que “crea las condiciones para una ruptura populista –escribió Laclau– es una situación en que coexisten una pluralidad de demandas insatisfechas y la inhabilidad creciente del sistema institucional para absorberlas diferencialmente.”

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Marcha en apoyo de Bernie Sanders, precandidato presidencial del partido demócrata.

No existe contenido pre-ordenado entre el underdog y el “poder”. El underdog, que por lo general se alza en nombre del “pueblo”, puede representar a la clase media sitiada, a la clase trabajadora, a los pobres, a los franceses “nativos” o a los estadounidenses cristianos. De igual manera, el “poder” puede representar al “poder monetario”, “Wall Street”, “Londres” o un duopolio de dos partidos políticos, uno de centro-izquierda y uno de centro-derecha, como es el caso de Francia, Grecia y España. Para el Tea Party estadounidense, por ejemplo, la élite se identificaba primeramente con los liberales y el gobierno y luego con los republicanos traicioneros. Tampoco, para esta articulación, tiene que haber una exigencia o causas específicas. Estas pueden ser: terminar con la inmigración, reformar el financiamiento de las campañas o abandonar la Unión Europea y el euro.

Según Laclau, lo que permite mantener unida la coalición del underdog es una serie de demandas específicas que representan un gran final. Laclau cita el caso del movimiento Solidaridad en Polonia, cuya llamada por los derechos de los trabajadores en principios de los ochenta se pronunciaba por la demanda mayor de la independencia nacional que ni el gobierno comunista polaco ni la Unión Soviética estaban preparados para satisfacer. En el caso de la campaña de Trump, una muralla en la frontera entre México y Estados Unidos tiene esa función; para Sanders, se trataba de la “revolución política”. Un líder carismático –como lo son Lech Walesa, Marine Le Pen y Ross Perot– que defienda estas demandas en nombre del “pueblo” puede servir como un punto adicional de unificación, al tiempo que se mantienen unidas coaliciones heterogenias que no necesariamente apoyan todas las demandas que el partido o el candidato realizan.

Para Laclau y Mouffe, el populismo es la forma que debe tomar un desafío de la izquierda al statu quo. “Creo –sostiene Mouffe en Construir pueblo– que los proyectos contemporáneos que pretendan radicalizar la democracia requieren del desarrollo de un populismo de izquierda.” Eso requiere de la construcción de una nueva identidad política. Como lo señala el título del libro de Errejón y Mouffe, en lugar de solamente representar una formación histórica preexistente como la clase trabajadora o una sola causa como el feminismo o la ecología, la izquierda debe “construir un pueblo”. “Cualquier unificación populista toma lugar en un terreno social radicalmente heterogéneo”, escribió Laclau en La razón populista.

Para Podemos y los otros populismos europeos de izquierda, el tema unificante ha sido el fin de la austeridad. Las demandas para acabar con la austeridad han creado una “frontera” entre la gente común y la élite y han diferenciado a Podemos en España y el Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo en Italia de los partidos de centro-izquierda y centro-derecha predominantes que se han adherido para impulsar el recorte de sus presupuestos y el incremento de los impuestos desde la Troika del Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y la Comisión Europea. Pero el maquillaje, los objetivos, los temas y los liderazgos de esta coalición cambia conforme a las circunstancias históricas. La política, para Laclau y Mouffe, es un ámbito de contingencia deliberada, no de necesidad predeterminada.

Entre el rechazo a la “la metafísica del trabajo” de Hegemonía y estrategia socialista y la adhesión de Laclau y Mouffe al populismo de izquierda, existen dos cambios importantes: uno implícito, el otro ya reconocido. El primero es el abandono del objetivo marxista de acabar con las relaciones capitalistas de producción, incluso como una “dimensión” del populismo de izquierda. En Construir pueblo ya ni se menciona el “fin del capitalismo” como un objetivo de la estrategia populista. Esto está bien, ya que, desde el colapso del socialismo soviético, no existe una concepción clara de cómo se vería una economía socialista no-capitalista o marxista, y cómo funcionaría exitosamente.

Segundamente, Laclau y Mouffe –Mouffe en particular– han revalorado el rol de las socialdemocracias post-Segunda Guerra Mundial que crearon y desarrollaron los Estados de bienestar de Europa Occidental. En Hegemonía y estrategia socialista, había algo de criticismo a estas socialdemocracias. Habían sido, como sus regímenes marxistas predecesores, “clasistas” –subordinando todos los problemas a los de la clase trabajadora y sin reconocer el importante rol de los movimientos sociales de la Nueva Izquierda. Pero en ese tiempo, Laclau y Mouffe creían que la Europa Occidental estaba lista para superar la socialdemocracia y adoptar la alternativa radical que ellos proponían. No anticiparon el triunfo total del neoliberalismo que enfatizaba las virtudes del capitalismo de libre mercado y la búsqueda de un consenso entre la centro-izquierda y la centro-derecha.

“Cuando escribimos Hegemonía y estrategia socialista pretendíamos criticar la socialdemocracia porque era incapaz de comprender e incorporar los nuevos movimientos sociales y porque se había hecho demasiado burocrática”, declaró Mouffe en una entrevista en 2011. “No esperábamos el fin de la hegemonía de la socialdemocracia y el principio de la hegemonía del neoliberalismo. Todavía abogo por el proyecto de una democracia radical, pero ya no estamos en una etapa de ofensivas. Estamos forzados a defender los derechos que nos quedan, no solo los derechos sociales sino incluso los civiles.” Reiteró este punto en Construir pueblo: “En 1985 dijimos que ‘necesitábamos radicalizar la democracia’; antes de radicalizarla, ahora necesitamos restaurar la democracia; nos encontramos históricamente ante un reto mucho mayor.”


Este ensayo fue publicado originalmente en Dissent.

Traducción del inglés: Jorge Cano.

Fotos: cortesía de Michael FleshmanBarcex y Paulann Egelhoff.

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