Respuesta a mis críticos (con algunas coincidencias)

El ensayo de Ariel Rodríguez Kuri “Las élites en México: un déficit de honor” generó una intensa controversia entre nuestros lectores y colaboradores. La semana pasada publicamos cuatro reacciones razonadas al texto. Ahora publicamos la respuesta de Rodríguez Kuri a estas reacciones.

| Élites

Sostengo que hay un déficit de honor en las élites mexicanas contemporáneas. Esta afirmación suscitó respuestas de colegas que matizan, enriquecen y colocan en cierta perspectiva histórica la afirmación como tal (Pablo Piccato); dudan de su pertinencia para el análisis de la vida pública en estos momentos (Roberto Breña); o rechazan de plano mi asunción simple y llana de que en toda sociedad humana existen élites (Alejandro de Coss).

Las objeciones de Alejandro de Coss a mi texto son peligrosas en cualquier discusión sobre la equidad, la vida pública y la construcción de un nuevo republicanismo. Esto es así porque su crítica es abiertamente escatológica. El horizonte de sociedades indiferenciadas, idénticas a sí mismas, donde lo horizontal y lo vertical no existan, constituye el infierno de la (y perdón por el vocablo) mismisidad interminable. En ese camino advirtamos los peligros: la sociedad (y la cultura) son sistemas de diferencias. La identidad absoluta nos mataría a todos, como sabemos por René Girard en La violencia y lo sagrado. No pongo en duda el derecho a imaginar utopías, pero prefiero que nos embarquemos en la aventura de imaginar programas políticos. Un programa de izquierda para la República se basa en dos tendencias problemáticas, encontradas, pero obligadas a reconciliaciones siempre provisionales: 1) la asunción de las diferencias, los pliegues, y la pluralidad intrínseca de la sociedad y la cultura; y 2) la universalización de ciertos valores y prácticas públicas.

Aceptar la existencia de élites no “normaliza” la desigualdad. Todo sistema social produce élites (que son producto de la riqueza material, el conocimiento, la capacidad de fuego, el manejo de los símbolos religiosos). Lo que aduje en mi breve ensayo es otra cosa: que las élites mexicanas, en general, no traspasan su definición estadística. De hecho, y parafraseando aRodrigo Negrete, se han “plebeyizado”, es decir, mimetizado con unos valores y prácticas que el cinismo criollo (burgués) presenta como idiosincráticos, “culturales”.

No se conoce ninguna tecnología social para suprimir a las élites, salvo el genocidio (un voluntarismo enloquecido que acaba generando sus propias élites ideológicas y operativas, por cierto). En cambio, se conocen experiencias donde las élites, en una mezcla de choques externos e insurgencia local, han reconocido, asumido e incluso generado otros patrones de comportamiento. Véase la impresionante argumentación de Thomas Piketty (El capital en el siglo XXI) sobre la disminución de la desigualdad salarial y patrimonial en las sociedades europeas occidentales y estadunidense a partir de la primera Guerra Mundial y hasta la década de 1970, al rematar los Treinta Gloriosos: paréntesis único en la historia del capitalismo, del capital, y quizá de las sociedades humanas. En ese lapso unas élites económicas azoradas y asustadas por dos guerras mundiales, la conscripción de millones de pobres en ejércitos modernos, la derrota de los fascismos (que en todos los casos patrocinaron), el prestigio de sindicatos y partidos comunistas, se plegaron al programa del Estado benefactor. Ese es uno de los momentos culminantes en la historia de la civilización, el más equitativo, el más justo.

Pero el sueño ha terminado, la desigualdad vuelve a aumentar en Estados Unidos y Europa desde hace tres décadas. Hablemos desde la historia: la compresión de la desigualdad, el control de élites que se debocaron en la lujuria de los derivados y demás ¿exigirá de grandes guerras internacionales, de guerras civiles, de esos choques apocalípticos que, según Piketty, contribuyeron durante 70 años a igualar una parte del mundo? La pregunta, para México, no es retórica: las grandes conmociones sociopolíticas igualan, porque movilizan a miles y quizá millones de personas, y obligan a nuevos pactos. Pero cuestan —y también a las élites.

Reconocer que la generación de élites es parte del proceso social, económico y político no es el problema de fondo. El asunto esencial es la calidad, la nomenclatura, el control democrático de las élites. Tal es la tarea de la izquierda republicana. De hecho, esta tarea tiene implicaciones intelectuales: ¿lo hacemos desde los lenguajes y conceptos posmodernos o nos apropiamos, en lo que cabe, del pensamiento clásico (en sentido amplio) de la filosofía política? Roberto Breña acierta cuando señala que el honor es tema de las monarquías y la virtud, de las repúblicas, según Montesquieu. En mis propios términos esas precisiones eran básicas.

Pero yerra Breña cuando supone que basta el término “honradez” para discutir lo que planteo en el ensayo. Yerra cuando afirma que la ley es suficiente para resolver el problema de la anemia ética de las élites mexicanas. En ambos casos, por insuficiencia (y no por la lógica del argumento). La honradez no agota, ni por mucho, el asunto del honor. La ley se intersecta con el asunto del honor, pero no lo agota. La honradez tiende a ser un atributo de los privados; es la actitud del que no roba ni saca provecho (incluso siendo un funcionario del Estado); se agradece, pero no basta. El honor moviliza las imaginerías más amplias donde se reúnen “el fenómeno subjetivo” de la autoestima y “la reputación (un producto de la esfera pública)”, Piccato dixit, y con razón. Debemos revalorar no solo el significado sino el peso específico de las palabras, sus evocaciones y promesas.

Disiento, aunque no radicalmente, de Breña y Piccato ante los peligros del anacronismo. Reconozco que el término “honor” debería tener concreción histórica y que la palabra modificó sus significados a la par que evolucionó la República liberal en México, por ejemplo. Pero no será ni el primer ni el último concepto que modifique sus significados y adquiera otro peso específico cuando acaecen rupturas en los órdenes políticos. “Representación”, “ciudadanía”, “conscripción”, “individuo”, “voto”, etc., han modificado sus connotaciones y adquirido otras a lo largo de la historia moderna y contemporánea. Y está ampliamente probada por la historiografía la apropiación de las clases populares de términos, conceptos y prácticas pergeñadas originalmente por las élites para sus propios fines. Pero, en todo caso, lo que propongo es que nosotros dotemos al honor de una nueva y subversiva relevancia a la hora de imaginar programas políticos. En ese ensayo me interesaba menos la arqueología que la prospectiva.

Entiendo las objeciones a la idea de patriciado. Mis críticos parecen coincidir en que hay más mito que realidad en esa experiencia de las repúblicas clásicas, y que incluso en Estados Unidos el modelo se agotó en cuanto nació. Pero los mitos importan, y mucho. Ojalá hubiese otra manera de expresar el aspecto más simple y a la vez más preocupante de la realidad mexicana: tenemos oligarcas que no son patricios; oligarcas sin otros códigos para la vida pública que no sea el marketing. Me gustaría pensar en patriciados a la manera del papel jugado por algunos intelectuales públicos (el más relevante, Octavio Paz) en ciertas circunstancias y periodos. Esos intelectuales generaron conversaciones, críticas, ideas, conceptos, códigos de comportamiento. Pero de las élites económicas y políticas hemos recibido poco. Tienen agendas, pero raras veces tienen preguntas abiertas, códigos de comportamiento, compromisos explícitos más allá de sus intereses gremiales. Pero como la suma de los intereses privados no hace una esfera pública, solo tenemos oligarcas, élites sin patriciado.

Entiendo que el honor puede tener una importante carga de género. Como muestra Piccato en su réplica, las mujeres estaban excluidas de los mecanismos vigentes para proteger y resarcir el honor durante el Porfiriato. Eran mujeres privadas en la misma lógica —pero en sentido inverso— que los hombres eran públicos en un duelo. Dicho de otra forma, el único acceso de las mujeres al honor era mantener su privacidad, su no-publicidad. De acuerdo. La pregunta que desprendo del alegato de Pablo es entonces ¿cómo es el honor de las mujeres hoy en día? Para resolver esta pregunta ¿debe pesar más el género que la clase? Cuando Angélica Rivera, esposa del presidente de la República, defendió en noviembre de 2014 la posesión y el usufructo de dos mansiones contiguas en Las Lomas, utilizó palabras como “honorabilidad”, “integridad”, “trabajo”. Era una defensa que hacía, dijo ella, una mujer que no tenía obligación de hacerlo pues no era funcionaria pública. Pero el video fue producido en las oficinas del presidente, y transmitido a nivel nacional por Televisa. En ese video hay género, sí, pero hay más clase social, más poder, más oligarquía.


(Ariel Rodríguez Kuri es profesor-investigador del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México.)

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