Riviera Maya:

sin derecho a la ciudad

Por Carlos Acuña y Salvador Medina

Fotos de Joaquín Espinosa

La Riviera Maya es un territorio dividido. Del lado de la playa están los grandes desarrollos turísticos; del otro, los asentamientos informales en donde viven los miles de trabajadores -muchos de ellos de origen maya- cuya labor es el motor de la industria turística. Esta discriminación deliberada tiene como resultado una negación del derecho a la ciudad, del goce de los beneficios que genera la mezcla de actividades económicas, vivienda y espacio público. Carlos Acuña y Salvador Medina recorrieron la carretera federal 307, desde Cancún hasta Carrillo Puerto, para registrar las consecuencias de vivir en uno y otro lado de este muro urbano.

Esta es una investigación conjunta entre PeriodismoCIDE y Horizontal.mx auspiciada por la Fundación W.K. Kellogg.

Colonia El Milagro

Cancún: Colonia El Milagro

Rafael Muñoz no puede dejar de sudar. Sentado bajo la sombra de un zapote, lleva la barriga al aire y bebe cerveza de una lata helada. Con todo, el sudor lo empapa. Son las tres de la tarde. Hace apenas unos días la Dirección de Salud de Quintana Roo recomendó a la población no salir a la calle a estas horas, pero la casa de Rafael, como casi todas en El Milagro, un asentamiento en la entrada de Cancún, no cuenta con aire acondicionado. Así que estar afuera o adentro da lo mismo.

De los 941 millones de pesos anuales que los hoteles de Cancún pagan por consumo de energía eléctrica, más de la mitad corresponde al uso de equipos de aire acondicionado. Y según la Comisión Federal de Electricidad (cfe), siete de cada diez hogares cuentan con un clima artificial. No es el caso de la mayoría de los habitantes de El Milagro. Construida en los márgenes de una larga avenida pavimentada a medias, a las orillas de un cenote, esta colonia es una hilera desordenada de casas en obra negra y palapas construidas con ramas de manglar; un sitio lleno de charcos sucios en mitad de la selva.

—Aquí hasta la electricidad es un lujo —dice Rafael, y señala con su bastón una caja de concreto que alberga unos 40 medidores eléctricos; desde allí, cientos de cables enmarañados se extienden por el cielo, sostenidos apenas por endebles ramas de ceiba que se pandean con peligro—. Los siete muretes que hay en la colonia no los puso el gobierno, nos costaron a todos. Pagamos 7,500 pesos por cada manzana. El problema es que los medidores son colectivos y el gasto mensual se divide en partes iguales. Estamos pagando, cada uno, unos 300 pesos al mes. Es un problemón porque, mire usted, hay palapas aquí con apenas un foco y un ventilador viejo.

Rafael se quita la cachucha para enjugarse la frente. Frente a él, dos albañiles preparan una mezcla de cemento y grava que servirá para construir un local a un costado de la carretera. Nacido en Michoacán, Rafael llegó a Cancún hace más de tres décadas a trabajar como taxista. Fue de los primeros en comprar un terreno en El Milagro, una de las muchas colonias irregulares que se levantan en las periferias de la ciudad. Miles de veracruzanos, tabasqueños y chiapanecos llegaron detrás de él, atraídos por el sueño tropical del progreso turístico: buenos sueldos, mejores propinas. Sin embargo, el modelo de desarrollo que experimentó la zona, condenó a todos ellos a un tipo de urbanización que les niega, de manera sistemática, el derecho a la ciudad.

La franja costera del Caribe mexicano en Quintana Roo, conocida como Cancún-Riviera Maya, es uno de los territorios que mayores cambios sociales ha sufrido a causa de un desarrollo urbano muy acelerado. Apenas en 1970, el estado contaba con sólo 88,000 habitantes; hoy más de un millón y medio de personas viven en la entidad. El crecimiento de la población fue impulsado por un conjunto de políticas gubernamentales que buscaron convertir un lugar aislado en uno de los polos de desarrollo turístico más importantes del país.

Según la Secretaría de Turismo de Quintana Roo, actualmente existen 931 hoteles, lo cual se traduce en un total de 88,280 habitaciones. Hay quien estima, empero, que el número podría ser mucho más grande debido a los centros de hospedaje no registrados. Sólo en el 2014, la entidad recibió a 12.2 millones de —73% extranjeros— que dejaron una derrama económica de 8,258 millones de dólares: ocho veces el presupuesto destinado al estado por el gobierno federal.

Si se mide el desarrollo de la región con ese tipo de cifras, el experimento turístico ha sido un triunfo. No obstante, el crecimiento de Cancún y las zonas aledañas ha significado también la segregación de las personas que construyen los hoteles y que trabajan en ellos.

—¿Sabe cuánto tiempo tengo sin ir a la playa? —pregunta Rafael mientras se abanica el rostro—. Por lo menos siete años. Mi vida ni siquiera es mediana, ¿a qué voy yo allá? El otro día pasé cerca de la zona hotelera, ya no me acordaba ni cómo era aquello. Otro planeta: todo muy bonito, luminoso. Yo entiendo, mire, que nosotros no formamos ni siquiera parte del municipio. Pero yo pago impuestos por mi negocio [un expendio de cervezas, en la entrada de El Milagro] y ese dinero jamás se usará para mejorar nada de esto. Rafael jadea mientras se abanica con un periódico viejo. Da un trago largo a su cerveza. Frente a él, los albañiles cargan costales de arena. También ellos sudan a chorros. En las últimas semanas, cuatro personas han muerto en Cancún, víctimas del golpe de calor. Tres de ellos eran albañiles.

Parque Las Palapas

Cancún: Parque Las Palapas

Es difícil visualizar hasta qué punto el descanso ajeno puede mantener ajetreada a tanta gente. Por las mañanas, si uno mira con atención, es posible ver a decenas, cientos de personas que corren con prisa, portando el uniforme bicolor de la agencia de viajes Best Day. Desde Cancún hasta Carrillo Puerto, un ejército entero compuesto por camaristas, meseros, cocineros, bar tenders, taxistas, fumigadores, fabricantes de camastros y palapas se enfila desde temprano a engrasar las vacaciones de los otros.

Esta noche, sin embargo, en el Parque de las Palapas difícilmente uno podría distinguir a un extranjero de un trabajador inmigrante o de uno de los pocos oriundos: este espacio es uno de los escasos reductos de todo el centro de Cancún que no parece orbitar alrededor del ocio ajeno. En el anfiteatro, ubicado en el centro de la plaza, un grupo de estudiantes de danza folclórica baila el jarabe tapatío; cantantes callejeros intentan animar a los comensales de los puestos de pupusas y marquesitas. Hay algodón de azúcar, aguas frescas, cervezas y familias enteras que, por fin, pueden administrar su propio tiempo libre.

Antes de la fundación de Cancún las ciudades turísticas del país eran algo más bien espontáneo. Cancún fue el primer destino creado y planificado completamente por el gobierno. A mediados de los sesenta el Banco de México se impuso la tarea de estudiar maneras de impulsar el desarrollo turístico del país. Impulsó entonces la creación del Fondo para la Promoción de la Infraestructura Turística (Infratur), un organismo cuya función sería apoyar las inversiones a largo plazo. Para 1969, el Banco de México propuso la creación de cinco nuevos centros turísticos: Ixtapa-Zihuatanejo, Los Cabos, Loreto, Bahías de Huatulco y Cancún.

Entonces esto era sólo un archipiélago cerca de una península pantanosa en pleno Caribe, un lugar lleno de mangles donde bullían los caimanes y las serpientes, un sitio deshabitado y sin infraestructura, pero que presumía una lengua de arena paradisiaca. Para convertirlo en el destino ideal fue necesario construir un aeropuerto internacional y una zona habitacional en tierra firme. Todo ello requirió, además de una planeación minuciosa, una inversión de cientos de millones de pesos por parte del Infratur. Tan sólo entre 1970 y 1971 se gastaron 30 millones de pesos y 5,000 trabajadores comenzaron a domar la selva.

En 1974 se inauguró el Hotel Bojórquez, el primero de todos. A su vez, la ciudad ya albergaba varios miles de habitantes que vivían, sobre todo, de la construcción. Planeada a partir de un urbanismo racional y funcionalista —la tendencia de aquellos años—, Cancún se proyectaba como una ciudad ideal en donde cada elemento cumpliera una función determinada dentro de la estructura de desarrollo. De esta forma, la zona hotelera sería la escenografía perfecta para captar recursos del turismo nacional y extranjero, mientras que el centro de la ciudad sería el lugar donde vivirían los trabajadores.

En términos económicos, el modelo resultó un éxito. A partir de los años ochenta comenzó una segunda etapa con un crédito del Banco Interamericano de Desarrollo (bid) por 20 millones de dólares. La promesa de nuevas oportunidades incrementó el flujo de migrantes. El turismo y el comercio se nutrieron de trabajadores de todo el país. La industria de la construcción echó mano de los grupos indígenas locales que ofrecían mano de obra barata y cuyos integrantes, ante la perspectiva de un mejor salario, comenzaron a abandonar sus labores agrícolas, su identidad cultural y sus comunidades rurales para integrarse a la vida urbana.

Tan sólo entre 1980 y 2010, Cancún aumentó en 25.79 veces su superficie; su población pasó de 47,000 habitantes a 677,000. Pero ese crecimiento fue muy desigual y provocó múltiples problemas. Lo que en un principio se pensó como una división funcional entre la zona turística y la zona habitacional, pronto se convirtió en un mecanismo de segregación cada vez más evidente y drástico. Los asentamientos informales alrededor de la ciudad, que siguen multiplicándose año con año, reflejarían el incómodo contraste entre la opulencia de los hoteles y la vulnerabilidad de las comunidades de trabajadores, que apenas cubren sus necesidades básicas, pero cuyo trabajo diario es el motor de los implacables engranes de la industria turística.

Playa Tortugas

Cancún: Playa Tortugas

En la última media hora siete personas han resbalado al pisar la lama del arrecife. El último fue un yucateco malencarado que desde hace seis meses trabaja como mesero en una fonda del centro de Cancún. Se fue de bruces sobre una de las rocas y dejó caer al agua las cuatro cervezas, el refresco y las frituras que cargaba dentro de una bolsa del Oxxo. Un delgado hilo de sangre escurre ahora desde su ceja izquierda, mientras intenta recuperar sus compras.

Es domingo en Playa Tortugas.

Este rincón pequeño y bullicioso es una de las ocho playas públicas de Cancún, quizás la más concurrida. El término “playa pública” parece una redundancia. En teoría, todas las playas del país son públicas y de libre acceso; sin embargo, en Cancún, como en gran parte de la Riviera Maya, se practica una política urbana que niega a sus habitantes el derecho de disfrutar sus paisajes naturales.

Si bien el gobierno mexicano posee la facultad de otorgar concesiones de las playas a los grupos empresariales, éstos tienen la obligación de respetar los primeros veinte metros de arena: la zona federal es considerada un espacio público que los particulares no debe invadir bajo ninguna circunstancia. Por eso, para lograr que gran parte de la costa sea de uso exclusivo para los turistas, se ha recurrido a otro tipo de estrategias. Muchos de los accesos públicos a la playa, por ejemplo, se ubican a grandes distancias unos de otros, lejos de las zonas habitacionales, y son auténticos caminos de terracería, lo cual dificulta llegar a pie. La población en condición de pobreza —alrededor del 36%— no suele ir a la playa, pues el solo costo del transporte público para toda una familia ya representa un golpe para sus finanzas. Más aún, y en contraste con los espacios destinados a los turistas donde abundan los elevadores, caminos iluminados y arbolados para brindar sombra, las playas públicas no cuentan siquiera con regaderas para que los visitantes se limpien la arena y la sal del mar. Una vez en la playa, los grandes desarrollos turísticos se apropian sutilmente de las costas colocando elementos de seguridad que acosan a todo aquel que no parezca turista, delimitando con obstáculos o señalizaciones su movilidad y obligándolos a pagar precios exagerados —el salario entero de un día para un trabajador de la construcción— por una cerveza o un refresco.

En Playa Tortugas, es el personal de los hoteles RIU Caribe y RIU Palace Península quienes suelen acosar a los vendedores ambulantes que osan cruzar hacia su territorio, o a los turistas locales que atraviesan sus jardines o usan sus camastros.

La ley asegura que los bañistas pueden pasear sin restricciones por todas las playas, pero en Playa Tortugas las instalaciones de Adventure Bay funcionan como una muralla que invade la zona federal e impide el paso por completo. Del 2013 al 2016, la Profepa reportó 12 denuncias contra hoteleros y restaurantes en zona de playas, acusados de obstruir el libre tránsito; de hecho, en algunas zonas de las Riviera Maya sólo se puede acceder a través de los hoteles; es como si se intentara proteger a los turistas extranjeros de las costumbres locales que, hoy, implican canciones de Juan Gabriel a todo volumen, micheladas tibias y ancianos que prefieren retozar inmóviles en camastros sucios —20 pesos la hora—, en lugar de aventurarse hacia la zona más linda de la playa, donde no podrían comprar ni una botella de agua, ni refugiarse en las palapas, ni usar un baño a menos que sean huéspedes de alguno de los gigantescos hoteles que se levantan frente al mar. Por si fuera poco, para llegar allí hay que sortear los jardines del hotel y cruzar por ese maldito arrecife en donde es tan fácil romperse un hueso.

El Crucero

Cancún: El Crucero

Quien vive en Cancún y quiere conseguir trabajo en la construcción viene a El Crucero, una suerte de parque rodeado de centros comerciales, donde se encuentran dos de las carreteras más concurridas del estado —la 307, que va hacia Tulum, y la Costera del Golfo, que va hacia Mérida. El sonido de los motores, las bocinas de taxis y los camiones de carga, constituye un rumor de fondo que jamás se apaga.

Aquí, alrededor del pequeño quiosco del parque, sentados en las jardineras enanas y buscando siempre la escasa sombra de las palmeras, suelen concentrarse trabajadores en espera de que contratistas los recluten para alguna obra. Hace tiempo los salarios eran, por lo menos, suficientes para que los trabajadores trajeran a sus familias desde sus estados de origen o para organizar comunidades enteras que migraban hacia esta zona. Hoy la situación ha cambiado.

La construcción es la actividad más socorrida por buena parte de los migrantes, quienes suelen provenir de comunidades marginadas y contar con escolaridad mínima. Durante el auge del desarrollo hotelero e inmobiliario, cuando Cancún y la Riviera Maya se expandían de manera explosiva, fue posible generar empleos casi para cualquiera, estuviese o no calificado. Esto permitió a diversas comunidades crear asociaciones comunales y vecinales para conseguir trabajo, vivienda y mejoras de infraestructura a su alrededor. Conforme el ritmo se ha ido acelerando y la población crece, las nuevas olas de migrantes se insertan en condiciones laborales cada vez más precarias y se enfrentan a una segregación socioespacial aún más drástica.

Las condiciones para trabajar en los grandes desarrollos turísticos se han vuelto muy demandantes en los últimos años. Por ejemplo: un buen jardinero que no requiera estar en contacto directo con el turismo podrá permanecer en el trabajo indefinidamente —si es que consigue empleo—, pero el personal que trata con los turistas es juzgado siempre por su apariencia y, en tales casos, la edad es un factor determinante: a partir de los 35 años conservar un empleo o conseguir uno nuevo comienza a complicarse. Incluso en las tiendas de artesanías se procura contratar mujeres indígenas jóvenes para que vistan trajes tradicionales, y así aumentar el atractivo del folclor.

En el caso de los trabajadores de la construcción, la situación es cada vez más crítica. Con suerte, en Cancún un albañil puede ganar hasta 500 pesos al día; pero pueden pasar meses antes de que logre conseguir un trabajo; tampoco es raro que, ante la urgencia de los trabajadores por emplearse, los contratistas condicionen el pago a no más de 300 pesos por una jornada de 10 horas. Conforme se baja por el mapa, los sueldos también descienden: en la zona sur del estado un trabajador de la construcción difícilmente puede ganar más de 150 pesos al día. Es por eso que El Crucero se ha ganado una mala fama: cuando la temporada de construcción acaba, a principios de año por ejemplo, es común que los mismos albañiles asalten a los transeúntes o a sus mismos compañeros, en un intento desesperado por llevar algo de dinero a casa.

Colonia Alfredo V. Bonfil

Cancún: Colonia Alfredo V. Bonfil

Esta mañana, en la plaza de la colonia Alfredo V. Bonfil, un grupo de ancianos baila en el traspatio de una iglesia mientras un ciego entona canciones de Juan Gabriel —otra vez Juan Gabriel— en la puerta de una rosticería.

En el plan original de Cancún, la colonia Alfredo V. Bonfil fue concebida como un ejido que permitiera abastecer a la ciudad de productos agrícolas. Incluso se invitó a campesinos del norte del país, especialmente de Durango; lo cual explica el palenque que ocupa una cuadra entera detrás del Comisariado Ejidal: un edificio adornado con dos gallos de pelea en sus muros y un alacrán de hierro en la puerta. La producción agrícola nunca prosperó y los ejidatarios comenzaron a vender los terrenos. El resultado es un asentamiento informal casi tan grande como Tulum —15,000 habitantes—, en donde el mismo trazo de las calles, así como las actividades económicas y la convivencia de distintas clases sociales en un mismo espacio son un ejemplo de cómo la sociedad puede construir, por sí misma, un hábitat más amable para sus habitantes.

En el centro de la colonia hay una gran plaza con un quiosco, una iglesia, escuelas, biblioteca, un pequeño tianguis en el que se venden sombreros norteños, ropa usada y discos piratas de música de banda. Incluso el palenque, con su alacrán de hierro en la entrada, parece remitir a lo que entendemos por el centro histórico de una ciudad, con calles ortogonales, poco tráfico y una diversidad de actividades que le permiten a Bonfil no depender de forma exclusiva de la actividad turística. —¿Sabes por qué me gusta venir a la Bonfil? —pregunta el dueño de una pequeña lavandería industrial, proveniente de Mazatlán, Sinaloa—. Porque éste es el único lugar de Cancún donde uno encuentra todavía tacos esquineros, callejeros; en ningún otro lugar uno encuentra comida decente y barata los domingos por la mañana. Cancún es horrible, te lo digo yo que llevo ya cinco años aquí. Es un gran lugar para vacacionar, sí, la pura party; pero vivir aquí es un infierno: todo es caro, todo es aburrido.

Carretera Federal 307

Carretera Federal 307

—La vida en los hoteles es bien extraña —dice de pronto Fede, un taxista joven y dicharachero que hace todavía dos años trabajaba en el hotel Nizuc, uno de los más exclusivos de Cancún—. Si yo te contara las cosas que vi allí adentro...

—¿Tanto así?

—No te imaginas, hermano.

Estamos en la carretera federal 307: 366 kilómetros de asfalto que se imponen sobre selvas, lagunas y manglares y que, como una columna vertebral, articulan todo el corredor turístico de la Riviera Maya. Por la ventana desfilan pórticos enormes y suntuosos que anuncian la entrada a los hoteles de lujo; algunos presumen fuentes monumentales, otros imitan la arquitectura maya con ingenuidad kitsch.

Los planes de desarrollo turístico no quedaron circunscritos a Cancún. Desde su fundación existió un flujo de turistas que solían quedarse en el pueblo pesquero de Playa del Carmen para visitar la isla de Cozumel y la zona arqueológica de Tulum. La promoción de esta zona para el turismo internacional comenzó con el fideicomiso Caleta Xel-Ha y del Caribe (Fidecaribe), que impulsó en 1985 el corredor Cancún-Tulum y cuyo principal eje es esta carretera. Más de 60% de la población total de Quintana Roo (70%, si contamos a Isla Mujeres y Cozumel) vive en alguna ramificación de esta vía por la que gente como Fede circula todos los días.

—¿Tú cuánto ganabas en el hotel? —le pregunto.

—Unos 1,800 pesos a la semana. Más o menos —responde—. Pero mira, una vez llegó Luis Miguel. Usaba la habitación más cara el señor: 120,000 pesos la noche o algo así le cobraban. Imagínate. Ahí estaba el bisne. Porque estos señores gastan miles de pesos y a ti te tocaba la propina, el 15 por ciento.

Debajo de un puente vehicular, a la altura de Puerto Morelos, se alcanzan a ver docenas y docenas de bicicletas encadenadas a los señalamientos de tránsito y a los postes de luz. Según Fede pertenecen todas a los trabajadores que llegan pedaleando desde sus casas hasta este punto, donde son recogidos por el transporte oficial de los hoteles, que los lleva hasta la playa.

Esto se repite en prácticamente todos los poblados de la Riviera Maya. Si uno transita por la carretera federal y quiere llegar a la costa —a los hoteles y a los restaurantes— hay que virar al oriente. Los “pueblos de apoyo”, esos poblados y ciudades grises donde los trabajadores hacen sus vidas, se levantan siempre en dirección contraria, hacia el interior de la península: lejos de los turistas. Este sistema que separa de un tajo los poblados de apoyo de la ciudad en donde los turistas pasean, ha sido denominado como sistema de “ciudades gemelas”. La colonia Alfredo V. Bonfil y Ciudad Cancún son las ciudades gemelas de Cancún; la colonia J. Zetina Gasca es la ciudad gemela de Puerto Morelos; Pueblo Aventuras la de Puerto Aventuras; la colonia Ejidal es el espejo distorsionado de Playa del Carmen y Playacar, y el propio Tulum ha diferenciado ya su territorio al destinar la costa al desarrollo hotelero y mantener en el interior a su población local.

La carretera federal tiene, así, dos funciones contradictorias: por un lado vincula a las ciudades y los poblados, por el otro segrega a sus habitantes. Lo queramos o no, el diseño de nuestras ciudades condiciona las posibilidades de nuestra existencia y esta rotunda división del territorio en la Riviera Maya no es casual: obedece a un sistema que intenta controlar la riqueza generada por el turismo, sin hacer partícipe a la población local. En el caso de Playa del Carmen esta barrera fue reforzada con la construcción de un segundo piso para favorecer de este modo el paso rápido de los automóviles a lo largo de la Riviera Maya, sin importar que se incremente la segmentación de la ciudad. Mientras el transporte público intraurbano y entre las ciudades es cubierto por pequeñas Vans, en taxi —me entero demasiado tarde— un viaje de 30 minutos puede costar hasta 500 pesos. Aunque siempre es preferible, me dice Fede, cobrar en dólares.

Colonia Joaquín Zetina Gasca

PUERTO MORELOS: Colonia Joaquín Zetina Gasca

Apenas Jorge salió de la escuela Simón Bolívar, tomó una de las camionetas Van que lo llevan a su casa en Villas Morelos. De lunes a viernes hace este mismo recorrido, solo, de ida y vuelta, pues sus padres trabajan toda la mañana y toda la tarde en los hoteles de Puerto Morelos. Por eso, aunque tiene la orden de ir de inmediato a casa, prefiere desviar su camino y sentarse durante horas en un cibercafé de la Avenida J. Zetina Gasca y jugar en cualquiera de las consolas disponibles.

Puerto Morelos es un sitio con una historia más antigua que Cancún. Treinta y tres kilómetros al sur, separado de la carretera federal por un gigantesco manglar atestado de cocodrilos y a mitad de camino hacia Playa del Carmen, desde el siglo xix aquí se embarcaban las mercancías producidas en las haciendas del interior de la selva: maderas finas, chicle, tabaco, canela.

Antes del desarrollo que representó la fundación de Cancún y la Riviera Maya, difícilmente vivían más de cien personas en esta zona. El año pasado, cuando Puerto Morelos se constituyó oficialmente como municipio, se contabilizaron más de 30,000 habitantes, la mayoría de los cuales habita en comunidades alejadas dentro de la selva o en la colonia Joaquín Zetina Gasca, el pueblo de apoyo del puerto.

Ajeno a todo esto, en el cibercafé, Jorge se dispone a jugar Grand Theft Auto V. Toma los controles de la consola e interpreta a un ladrón de bancos que participa en una serie de robos y asesinatos.

—Róbate ese carro —le aconseja uno de los niños que esperan su turno para usar la consola—. Róbatelo, róbatelo.

A lo largo de toda la Riviera Maya es común ver a niños como Jorge que caminan solos sobre las orillas de la carretera federal 307. Avanzan con la mochila al hombro, los ojos fijos en el suelo, mientras los autos corren sin freno a su lado. Por su tendencia a cargar las llaves de su casa en un cordón colgado del cuello, en Quintana Roo han sido bautizados con un apodo que, por lo menos, genera curiosidad: “los niños llave”. Hijos de migrantes, sin una red familiar que pueda cuidar de ellos mientras sus padres trabajan en hoteles o restaurantes, pasan largas temporadas sin la compañía de un adulto; algunos vagan a la deriva por las calles aunque la mayoría viven encerrados en sus casas y cuartos, siempre con las llaves de casa colgando del cuello por si requieren salir. Las tragedias son inevitables: en el 2012, según el comandante Miguel Rodríguez, coordinador del Heroico Cuerpo de Bomberos de Cancún, hubo por lo menos 40 casos de incendios provocados por niños que se habían quedado en casa solos, mientras sus padres trabajaban. Esto solamente en el municipio de Benito Juárez. Los incendios eran frecuentes en las colonias irregulares, donde las casas son en realidad palapas construidas con palma de chit y materiales flamables.

—Atendíamos era por lo menos un caso por semana —recuerda el comandante Rodríguez—, sucedía en casas donde los padres no tenían dinero para pagar por una guardería o por alguien que se hiciera cargo.

Desde hace tres años, el cuerpo de bomberos implementó en todas las escuelas públicas y privadas de Cancún la campaña "Mis primeros pasos en la prevención de incendios".Desde entonces, el número de incendios provocados por menores de edad se ha reducido drásticamente pero es inevitable que, de tanto en tanto, la tragedia se repita. El 16 de agosto pasado, en la región 95 de Cancún, un niño de seis años fue rescatado por los vecinos poco antes de que el fuego consumiera su casa. Estaba solo, bajo llave.

Además de ser víctimas fáciles de abuso sexual, robos, secuestros o accidentes, según los Centros de Integración Juvenil es común que muchos adolescentes que crecen en estas condiciones se integren a pandillas o a grupos delictivos. Según cifras del 2012, 1068 jóvenes entre 12 y 17 años fueron atendidos en el Programa de Atención Integral para la Reincorporación de Menores Infractores (Pairemi), por problemas de drogas y violencia desmedida; según datos de la Secretaría Municipal de Seguridad Pública, tan sólo en Cancún operan actualmente 70 pandillas, conformadas por alrededor de 3,000 jóvenes menores de edad en su mayoría.

Jorge, el niño que juega Grand Theft Auto desde hace dos horas, tiene sólo siete años.

—¿Qué quieres ser cuando seas grande?

—Administrador de empresas —responde Jorge, sin dudarlo y sin soltar el control del juego.

—¿Y por qué eso?

—Porque mi papá dice que tengo que estudiar, para no terminar como él y ganar buen dinero.

—¿A qué se dedica tu papá?

—Es recepcionista en un hotel de Puerto...

Jorge se sobresalta de pronto y comienza a apretar botones sin tregua. En la pantalla, el protagonista vacía una metralleta contra unos policías que lo han acorralado.

—Jorge, ¿sabes lo que es un administrador de empresas?

—Alguien que tiene una empresa suya, ¿no?

Quinta Avenida

PLAYA DEL CARMEN: Quinta Avenida

La Quinta Avenida de Playa del Carmen bien podría describirse como una plaza comercial distribuida a lo largo de toda una calle. Se trata de una amplia calzada donde los pequeños puestos de artesanías, los restaurantes y los pequeños comercios, poco a poco han cedido el paso a grandes centros comerciales, restaurantes gourmet, tiendas de lencería, relojerías, joyerías, spa y tiendas de artesanía huichol manejadas por comerciantes suizos.

Playa del Carmen ha tenido el crecimiento más explosivo de la Riviera Maya: en 1980 la habitaban sólo 737 personas; 20 años después, la cifra había crecido hasta casi 150,000. Consecuencia directa del desarrollo exacerbado de Cancún, existió siempre un flujo de turistas que en su camino a las ruinas arqueológicas de Tulum o a la isla de Cozumel solían hacer parada en estas playas. Pero eso no explica que, de cero hectáreas urbanizadas, Playa del Carmen pasara a tener más de 3,000 para el 2010: el crecimiento urbano más rápido de toda América Latina.

Cuatro décadas después de la fundación de Cancún, Quintana Roo era ya el estado que más migrantes acogía: más de la mitad de su población total provenía de otras entidades. Pero a finales de los años noventa, el crecimiento y el desarrollo de Cancún habían comenzado a estancarse. No sucedió lo mismo con el resto de la Riviera Maya. Al notar que con el cambio de siglo se habían transformado también los hábitos y las necesidades de los turistas, las grandes cadenas hoteleras decidieron cambiar sus estrategias. Con respaldo del gobierno mexicano, la inversión extranjera comenzó a construir complejos tipo Resort y All inclusive en donde, además del servicio de hospedaje y restaurante, se ofrecían actividades deportivas, centros de masaje, casinos, etc. Este cambio representó un éxito rotundo: comenzaba la era de los spring breakers.

Playa del Carmen es uno de los mejores ejemplos. Sus desarrollos son enclaves económicos en donde se le brinda al turista todas las comodidades, alimentos y distracciones posibles para evitar que salga a la ciudad. Algunos de estos desarrollos han comenzado a ofrecer además artesanías y tours a los cenotes o a las ruinas arqueológicas, con la finalidad de evitar todo tipo de intermediarios y captar la derrama de dinero que, de lo contrario, terminaría en manos de las pequeñas empresas locales. Pese a eso, la cantidad de turistas que caminan por la Quinta Avenida es un ejemplo de que los turistas, además de playa y paseos minuciosamente agendados, buscan también la experiencia compleja e impredecible que puede brindar una ciudad. No obstante que las grandes cadenas comerciales dominan esta calle, aquí aún es posible convivir con los artesanos locales que se instalan a ras de tierra a vender pulseras bordadas a mano, o encontrar comida típica en algún restaurante fuera de los desarrollos hoteleros.

Colonia Luis Donaldo Colosio

PLAYA DEL CARMEN: Colonia Luis Donaldo Colosio

Un corte de cabello puede cambiarlo todo. Antonio Santizo se mira en el espejo. Parece otra persona: un hombre nuevo. Por primera vez en toda la tarde se atreve a mostrar sus dientes en una sonrisa. Hace todavía una hora, no obstante, Santizo no podía parar de llorar.

—No sea maricón, primo —se burló Guzmán, el regio regordete y tatuado con el que comparte cuarto, apenas vio que las lágrimas, otra vez, le escurrían por las mejillas.

—Antes di que sigo vivo.

Compartían la rebaba de una caguama vacía, ambos volcados sobre una banca callejera en el último extremo de la Quinta Avenida, allí donde Playa del Carmen pierde su glamour y se convierte en la colonia Colosio: el único asentamiento informal de toda la Riviera Maya localizado a orillas de la playa; una colonia fundada en 1994, apenas una semana después del asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio, cuando el ex gobernador de Quintana Roo Mario Villanueva —preso en Estados Unidos, acusado de vínculos con narcotráfico y lavado de dinero— permitió que un centenar de familias afiliadas al PRI invadieran estos predios que, a la fecha, siguen sin regularizarse.

Con el tiempo, la colonia Colosio quedó atrapada entre el crecimiento de Playa del Carmen y el desarrollo amurallado del Grand Coral. Pero aquí el ambiente recuerda a las periferias de las grandes ciudades del país. La gente camina debajo de las banquetas, entre cantinas, pequeños supermercados y puestos callejeros que hacen de la vida un bullicio por lo menos reconocible. Y es por esa misma personalidad barrial, por su carácter urbano y su independencia del turismo, que la colonia vive hoy un proceso voraz de gentrificación y el interés en ella por parte de las grandes inmobiliarias es cada vez más grande.

Inconsciente de todo esto, inconsciente de todo aquello que no fuera su propio dolor, Santizo seguía llorando. Ayudante de cocina en El Abrevadero, un bar con música en vivo en pleno centro de Playa del Carmen, Santizo descansa los lunes. Pero la única manera de descansar bajo este calor tremendo es sentarse debajo de la sombra más amable y alcoholizarse hasta que el sueño llegue.

—Acá no hay nada. Ni casa, ni familia, ni nada.

—Estamos nosotros —le dijo Guzmán y le puso la caguama en la mano.

Es cierto. Desde que llegó a Playa del Carmen, hace sólo diez meses, Santizo ha tenido que aguantar cada noche los ronquidos de Guzmán y los gritos de un mesero yucateco que siempre tiene pesadillas. No sabe bien cómo terminó aquí: él solía sembrar frijol en Comitán, Chiapas; trabajó después en algunas maquiladoras de la región hasta que decidió renunciar. Un vecino le dijo que en Playa del Carmen podría conseguir un trabajo mejor pagado. Hoy gana 700 pesos semanales —apenas 100 pesos más que en su último trabajo en Chiapas—, de los cuales tiene que descontar el pago de su renta compartida. Le quedan 350 pesos para gastar en comida y, por supuesto, en alcohol.

El cuarto donde duerme —unos doce metros cuadrados, tres colchones en el suelo, camisas blancas que cuelgan arrugadas de la pared, la luz ruinosa de un foco— está ubicado en el último extremo de la Quinta Avenida, no muy lejos de los bares, los restaurantes y las tiendas departamentales de Playa del Carmen; aunque la diferencia es clara: el viento empuja papeles y bolsas de plástico; la colonia Colosio no parece estar en los mapas de los camiones recolectores, hace semanas que no se aparecen por aquí. Cáscaras de fruta y huesos de pollo se pudren en cada esquina. Las moscas redundan en la mugre.

—Esto es la Colosio, esta basura en todas partes.

Santizo se había ya despedido de Guzmán y caminaba por las calles solas. En algún momento señaló las azoteas de las casas en donde varios grupos de hombres gastaban su tedio en beber una cerveza tras otra. Después palpó su cara, como si recuperara la conciencia e intentara reconocerse: los pómulos flacos, el bigote delgado, los pelos ralos de sus mejillas.

—Hace tres meses que no me pelo —me confesó mientras se quitaba la cachucha y se alborotaba el cabello—. ¿Me pichas un corte en la estética?

No entendí. Me pareció mejor idea invitarle una cena decente, incluso otra cerveza. Pero él insistió en ir a la peluquería.

A veces un corte de pelo puede decidirlo todo.

Ahora, renovado y sonriente, recién afeitado, Santizo me toma del hombro y dice que ahora sí, que le invite una cerveza, la última, por favor. La última.

Comunidad de Leona Vicario

PLAYA DEL CARMEN: Comunidad de Leona Vicario

En Quintana Roo sobran motivos para matarse: una discusión de pareja, una crisis económica, la soledad, la canícula; cualquier cosa puede ser la coartada perfecta.

—Por veinte pesos se llega a suicidar la gente aquí, hasta porque tu madre te mandó a dormir temprano —dice el doctor Alfonso Quiroz, el “suicidólogo” especialista del Centro Integral de Salud Mental de Quintana Roo.

—¿Y un corte de pelo?

—Cualquier cosa, en serio. Pero, mira, ése es sólo el motivo que gatilla, que desencadena el suicidio. Los factores que predisponen al sujeto suicida son otros: la baja autoestima, la ausencia de certeza sobre su futuro, la falta de afecto.

Hoy es 10 de septiembre, Día Mundial Para la Prevención del Suicidio, y el doctor Quiroz ha participado toda la semana en actividades informativas y preventivas. Esta mañana, junto con un pequeño grupo de psicólogas y psiquiatras, se ha dedicado a contarles cuentos sobre jirafas y rinocerontes a niños de siete y ochos años en la escuela primaria Simón Bolívar, dentro de la comunidad de Leona Vicario, una comunidad con no más de 7,000 habitantes, fundada sobre una de las primeras haciendas chicleras de la península. A 45 kilómetros de Cancún y a media hora de Puerto Morelos, hacia dentro de la península, actualmente es una de las pocas poblaciones agrícolas de este lado del estado; un puñado de calles estrechas donde los bicitaxis circulan en todas direcciones. Algunos paquetes turísticos la incluyen como destino tanto por su importancia histórica como por la cantidad de cenotes escondidos en sus alrededores. En comunidades como ésta, alejadas del enorme flujo económico que representa el turismo, pero en constante contacto con él, es común escuchar de jóvenes que deciden, un día, colgarse de un árbol, de un puente o del techo de su casa.

—Antes que el arma de fuego y el veneno, en México el método más usado es la horca —explica el doctor Quiroz—. Pero en esta península, por motivos culturales, y recordemos que los mayas tienen su propia diosa del suicidio, el ahorcamiento tiene una característica especial: la hamaca. Aquí usan las hamacas para colgarse.

Quintana Roo se ha mantenido en los niveles más altos de suicidio en México desde hace décadas, al lado de Campeche y Aguascalientes. Se trata de la tercera causa de muerte entre los varones, la primera entre las mujeres: tan sólo en el 2013, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (inegi) registró al menos 140 suicidios en el estado, alrededor de 10 personas por cada 100,000 habitantes, una cifra que sería suficiente —según los términos de la Organización Mundial de la Salud (oms)— para considerar el suicidio como una epidemia en esta zona. Y la cifra casi no varía a lo largo de los años.

El 2 de enero del 2016, en la madrugada, un joven de 22 años se colgó de un árbol dentro de su casa en la colonia Colosio. Ése fue sólo el primer caso del año. Unas horas después, en la misma colonia, la policía evitó que una mujer alcoholizada se lanzara desde el segundo piso de su casa. El 2 de marzo, Jean Francoise, un canadiense de 46 años se colgó de una escalera en la colonia Tres Reyes, Cancún. También en Cancún, el 9 de junio, un adolescente de 17 años, se ahorcó con un hamaquero. El 3 de septiembre pasado, una mujer subió a la azotea del Hospital General de Playa del Carmen y amenazó con lanzarse si las enfermeras no le permitían hablar con su jefe. Cada semana hay por lo menos un caso.

Quintana Roo, según la Encuesta Nacional de Adicciones, tiene uno de los más altos índices de alcoholismo (12.% de dependencia en los hombres), drogadicción (94.6% en marihuana; 44.7% en cocaína; 27.4% en crack), todos por encima de la media nacional. A esto se suman otros problemas como la violencia de género (62 feminicidios entre el 2011 y 2015, tan sólo en Cancún y Solidaridad), mientras que las condiciones de trabajo son cada vez más extenuantes y precarias. La población indígena, por ejemplo, se enfrenta a una pérdida de identidad cultural que se acentúa progresivamente. Entre los más marginados, la prostitución y el alcoholismo son prácticas recurrentes y no es extraño que 86% de los suicidios sucedan bajo los efectos del alcohol. Esto, aunado a problemas más profundos como la desigualdad, el desempleo o el hacinamiento de las familias y los trabajadores, crean una tensión por demás propicia para que la cabeza de cualquiera haga corto circuito.

—De cualquiera, sí. En Chetumal se suicidan muchos extranjeros —precisa el doctor Quiroz—. Pasa que invierten todo su dinero en una empresa, de pronto lo pierden todo y, por una razón u otra, porque están lejos de su familia o porque no tienen certezas sobre el futuro de sus negocios, toman esa decisión.

—El suicidio entonces no es un asunto exclusivo de las clases marginadas.

—El contraste genera una baja autoestima, por supuesto. Imagina que trabajas en un hotel con piso de mármol, aire acondicionado todo el tiempo, manjares que tú no puedes tocar y luego llegas a tu casa, que es una palapa de piso de tierra... eso puede afectar muchísimo. Pero el fenómeno es complejo; las personas necesitan un equilibrio. Demasiado afecto, demasiada certeza sobre de futuro, un exceso de autoestima también puede representar un problema. Una persona sin límites también puede estar predispuesta a una conducta suicida., un exceso de autoestima también puede representar un problema. Una persona sin límites también puede estar predispuesta a una conducta suicida.

Monumento de Gonzalo Guerrero

Akumal: monumento de Gonzalo Guerrero

Nu'ukul t'aan k'ab: así se pronuncia teléfono celular en maya. Fernando Gamboa piensa en eso mientras revisa el suyo. Cada vez es más difícil encontrar personas con quien hablar maya en estos días, dice mientras envía un mensaje al grupo de Whats'App “Todos juntos por Akumal”. Quiere saber quién hará hoy la vigilancia en la playa.

—¿Vigilancia? —pregunto.

—Tuvimos que designar a gente del pueblo para que haga guardias toda la noche —explica—. Pescadores, trabajadores y familias vienen a cuidar la costa. Hay gente en el pueblo que tiene miedo de que nos cierren el acceso a la playa.

Además de ser una de las playas más bellas de toda la Riviera Maya, Akumal es el primer destino turístico de la zona. El lugar fue “descubierto” en 1958 por Pablo Bush Romero, un empresario automotriz que ocupaba su tiempo libre en buscar tesoros perdidos en el Caribe y en cazar tigres en India; fue él quien imaginó que estas costas de arena blanca podían convertirse en un destino turístico y decidió comprar miles de hectáreas de lo que entonces eran sólo plantaciones cocoteras.

Hoy Akumal es una reserva natural protegida; lugar de descanso de tres tipos de tortugas en peligro de extinción; muchas de sus aguas son de acceso restringido. A pesar de todo, los hoteles cercanos a la costa llegan a albergar más de 4,000 personas al día en esta zona de la bahía. Sin drenaje sanitario ni fosas sépticas que operen bajo rigurosa supervisión, es inevitable que sus aguas negras terminen en el mar o en los manglares cercanos.

Pero ése es sólo uno de los muchos problemas que afectan este lugar.

Sin dejar de manotear para alejar a los mosquitos —las ocho de la noche es su hora más voraz—, Fernando Gamboa señala una figura de bronce en la entrada de la playa. Se trata del monumento a Gonzalo Guerrero: el soldado español que, después de naufragar cerca de esta costa en 1511, luego de ser capturado por las tribus mayas y vendido como esclavo, adoptó la cultura indígena y se convirtió en uno de los líderes militares más importantes de la zona.

La estatua —una representación de Guerrero y la princesa Zazil, acompañados por sus tres hijos; una suerte de homenaje al primer mestizaje de América—, hoy recibe a los visitantes a ras de tierra. Todavía en febrero pasado las figuras de bronce se elevaban sobre un monolito de piedra que se encontraba en el único acceso público a la playa, bloqueándolo. Fue el 15 de febrero, después de una marcha que terminó en golpes y bombas molotov, cuando lancheros y habitantes del pueblo derribaron la estatua con una soga y destruyeron el montículo con maquinaria pesada.

El conflicto es antiguo. Mantener abierto el acceso público a la playa —la ventana al mar— ha costado dinero, golpes, meses de litigios. La batalla campal —que terminó en el incendio de la delegación del pueblo y de varias patrullas— es el incidente más fresco de una lucha que intenta detener la segmentación deliberada del espacio público en la Riviera Maya.

Hasta hace poco, en Akumal los servicios ecoturísticos eran monopolizados por una asociación civil: el Centro Ukana I Akumal A.C., representado por el Centro Ecológico Akumal (cea), un edificio custodiado por siete guardias de seguridad que esta noche se pasean sobre la arena con armas de alto calibre. Los presidentes de la asociación son también los dos principales hoteleros de esta costa: Carlos Ortiz, primo del ex presidente Carlos Salinas de Gortari e hijo del secretario de Hacienda de las administraciones de Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz; y Laura Bush, hija de Pablo Bush Romero, quien, para evitar que las tierras de su padre fueran expropiadas decidió fundar esta asociación civil de corte ecológico.

Y aunque el acceso público es propiedad federal —desde los años setenta, así consta en mapas y planos de cabildo—, el cea ha cambiado su ubicación a conveniencia y de manera ilegal, haciéndolo cada vez más estrecho. A principios de este año decidió, sin más, cerrarlo definitivamente con el plan de cobrar la entrada a la playa.

—¿No te parece una estupidez que usen el monumento de Gonzalo Guerrero para negarle el paso a la gente? —pregunta don Fernando quien, junto con un puñado de pobladores y trabajadores de Akumal, han protagonizado bloqueos y marchas desde principios de año—. Exaltan el primer mestizaje de América, pero usan ese monumento para mantenernos, a nosotros los mayas, lejos de los turistas, de los extranjeros. Lo que quieren es que no podamos rentar snorkels, ni ofrecer paseos, ni entrar a la playa, salvo como empleados suyos, del cea. Todo con el pretexto del ecologismo, claro, aunque son sus hoteles los que más contaminan el agua.

Ciudad Chemuyil

Akumal: Ciudad Chemuyil

José Fernando Vázquez, El Jefe, llegó hace 40 años a Akumal para trabajar como mesero en el único restaurante que entonces existía en la bahía. Eran tiempos distintos: entonces las palapas de los trabajadores convivían sin problema con las cabañas donde se hospedaban los turistas. —Fue después del huracán Roxana que aceptamos trazar el pueblo de este lado de la carretera federal —dice El Jefe, que hoy dirige la organización Todos Juntos por Akumal que ha encabezado las protestas por el acceso a la playa—. Pero Laura Bush tenía otros planes. No le gustó que el pueblo estuviera tan cerca de sus hoteles y mandó a hacer Ciudad Chemuyil. A los trabajadores les dijeron entonces: “te damos un lote en Chemuyil, pero tienes que dejar tu casa”. Y si no aceptaban, los liquidaban. Siempre han querido controlar el acceso a la costa y a quien vive cerca de ella.

Ciudad Chemuyil es lo que técnicamente se denomina un “pueblo de apoyo”, uno de esos pequeños asentamientos urbanos repartidos desde Cancún hasta Tulum, que funcionan como dormitorios para los trabajadores; uno de los tantos desarrollos habitacionales planeado por Inmobiliaria CADU, una de las grandes “vivienderas” que desde la segunda parte de la década pasada dominan el mercado local. Se trata de viviendas de interés social, en casas solas o en edificios de departamentos, diseñadas en serie y sin pensar en un hábitat urbano; desarrollos que se encuentran siempre del otro lado de la carretera, alejados de los núcleos de trabajo y de las ciudades consolidadas, con poco comercio de barrio, amurallados, sin conexión entre ellos, sin plazas, iglesias o escuelas; ciudades dormitorio que, por sus características, pueden convertirse en pocos años en guetos.

Basta caminar unos minutos por las calles de Ciudad Chemuyil para entender la disputa de los pobladores de Akumal con los dueños del cea. Aunque el pueblo de Akumal es la ciudad gemela del puerto, su cercanía con los hoteles y la insistencia de los pobladores en ofrecer todo tipo de servicios —desde comida hasta tours— ha convertido a sus habitantes en un problema para los empresarios del cea. Por eso es que los complejos hoteleros de la zona orillan a sus trabajadores a mudarse a estas casas enanas e idénticas, construidas en serie sobre terrenos de no más de 50 metros cuadrados.

—Es horrible Chemuyil —dice El Jefe Vázquez dejando escapar un suspiro bronco—. Los que quedamos en Akumal, los que decidimos no depender de los hoteles, somos los que hacemos los bloqueos y las protestas. Pero parece que todo es inútil.

Un par de días después de esta charla, el 28 de agosto pasado, los regidores decidieron de manera unánime revocar el documento de certificación de medidas y colindancias que permitió al cea bloquear el paso hacia la playa. Se ordenó que se abriera de inmediato la ventana al mar y que se usara la fuerza pública en caso de ser necesario. Pero muchos temen que la batalla por Akumal aún no haya terminado.

Casa Cenote

TANKAH: Casa Cenote

Dos ojos rasgados sobre una escalonada nariz: Pedro Canché parece recién salido de un códice maya. Ahora, después de nadar durante 40 minutos en las aguas límpidas de Tankah —una pequeña playa entre Chemuyil y Tulum, en donde una red de cenotes subterráneos encuentran su salida al mar—, Pedro se despoja del snorkel y de las aletas con una sonrisa que hace lucir su cara todavía más redonda. El suyo será uno de los pocos rostros, con rasgos marcadamente indígenas, que veré pasearse tranquilamente por las playas de la Riviera Maya sin usar el uniforme de un hotel.

—La gente me pregunta siempre por qué no hay poblaciones mayas cerca de la playa: “¿es qué a los mayas no les gusta el mar?” —ríe divertido de la ingenuidad —. La gente no sabe nada de nosotros. Piensan que los mayas de esta región están extintos sólo porque no vivimos en la costa. Nos han negado a las poblaciones mayas tener acceso a la playa desde hace décadas y todavía se atreven a decirme: “¿Sabes nadar? Yo pensé que a los mayas no les gustaba el mar”.

A mediados del 2014, Pedro fue acusado de “sabotaje” por el gobierno de Roberto Borge. Su “delito” fue grabar con su teléfono celular un enfrentamiento entre la policía antimotines y manifestantes mayas del municipio de Carrillo Puerto, quienes denunciaban el aumento de tarifas en el servicio de agua potable. Pedro Canché es periodista. Por ejercer su oficio y compartir la información con corresponsales de medios nacionales pasó nueve meses en la cárcel.

En materia de libertad de prensa, Quintana Roo es uno de los estados peor calificados en el país, sólo superado por Veracruz y la Ciudad de México.

—Mi tío y mi padre llegaron a poseer tierras en Akumal y en Tulum; se las arrebataron cuando comenzaron los desarrollos hoteleros —explica Pedro—. Pasa que a los mayas de Quintana Roo nos quieren arrebatar todo: desde las tierras hasta el derecho a pasear por ellas. Y cuando uno se queja de esa situación, te quitan también la libertad.

FELIPE CARRILLO PUERTO: mercado

FELIPE CARRILLO PUERTO: mercado

Además de la etnia maya, en Quintana Roo viven comunidades de origen tsotsil, chol, tzeltal, nahua, zapoteco y zoque. Cuarenta y cuatro por ciento de los habitantes del estado son de origen indígena, un porcentaje sólo superado por Oaxaca, Yucatán y Campeche. Pero en el municipio de Felipe Carrillo Puerto, por lo menos 92% de sus habitantes se considera indígena y una simple caminata por sus calles es suficiente para entender que los mayas que aparecen en las fachadas de los hoteles en Cancún, en las estatuas presentes en los parques de Playa del Carmen o en los folletos de las agencias de viajes de Tulum, viven aquí, lejos de la playa y aislados por una selva inconmensurable.

Después de seis días de visitar zonas turísticas, pueblos de apoyo y colonias irregulares por toda la Riviera Maya, las calles de Felipe Carrillo Puerto se revelan como un escenario completamente opuesto: hay comida típica por doquier, de las radios brotan ritmos tropicales y avisos de las estaciones comunitarias, el mercado está lleno de productos cosechados en las comunidades cercanas y las mujeres —todas de escasa estatura y piel morena, con esa típica nariz aguileña, ojos almendrados y remarcados pómulos— lucen sus vestidos tradicionales, sin ese aire artificial del folclor cuando se exhibe ante la mirada extranjera.

En la narrativa de la nación mexicana exaltamos el mestizaje y la diversidad cultural que generó la mezcla de razas e idiosincrasias, pero nos olvidamos que la conquista fue un proceso que duró siglos y que, todavía a principios del xx, los indios yaquis luchaban contra los hacendados criollos en Sonora. En San Cristóbal de las Casas, Chiapas, todavía durante los años sesenta, los indígenas aún debían bajarse de la acera e inclinarse ante los blancos.

La Guerra de Castas que libraron los pueblos mayas contra el ejército mexicano duró hasta 1901. Más de 250,000 indígenas perdieron la vida en un conflicto que se extendió durante cinco décadas.

Fue aquí, en Carrillo Puerto, en el interior de la selva, donde los mayas se replegaron con el fin de evitar una masacre luego de que el ejército yucateco tomara sus cuarteles cercanos a la costa. Protegidos por la vegetación tupida y superando a sus enemigos en número, los mayas resistieron décadas; para derrotarlos, Porfirio Díaz se vio obligado a pactar una alianza con el gobierno de Inglaterra, quien abastecía de armas a los poblaciones mayas de Centroamérica.

—¿Sabes por qué aguantaron tanto los mayas? —pregunta Canché con una sonrisa franca mientras bebe agua de guanábana de un vaso repleto de hielos—. Porque sabían que los blancos y los mestizos no pueden caminar más de media hora bajo el sol de esta selva. Más de cien años después, seguimos pagando las consecuencias de refugiarnos aquí: ningún pueblo maya de Quintana Roo tiene ya una ventana al mar. Ninguno.

Créditos

Texto: Carlos Acuña y Salvador Medina
Edición de Carlos Bravo Regidor, Homero Campa y Guillermo Osorno
Fotos: Joaquin Espinosa
Diseño: Aura Cultura
Programación: Alucina