Sean Penn y “El Chapo”: la función social del periodismo

La entrevista de Sean Penn a Joaquín Guzmán Loera ha despertado algunas viejas discusiones sobre el papel ético del periodismo.

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Una activista recibe una notificación cifrada para comunicarse con ella. El siguiente mensaje recibido, de una persona sin identidad, revela la forma de operación de los programas de vigilancia masiva que emplea el gobierno de Estados Unidos. Desconcertada, Laura Poitras decide contactar a Glenn Greenwald, abogado y columnista del periódico The Guardian. Después de varias semanas de intercambios con la fuente desconocida, acuerdan una cita personal en Hong Kong; ahí los espera Edward Snowden, un excontratista de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA), para entregarles miles de documentos clasificados que prueban la violación sistemática de la privacidad de millones de personas inocentes por parte de los gobiernos y corporaciones digitales. Rápidamente entrevistan a Snowden –quien para entonces ya era prófugo de la justicia– y publican la nota. Desde entonces la conversación pública alrededor del Estado y sus sistemas de “inteligencia” (el programa PRISM, pese a haber fichado a miles de personas, no logró interceptar a un solo criminal) ha cambiado para siempre.

La historia de Kate del Castillo y Sean Penn es similar. Como Greenwald y Poitras, ninguno de los dos es periodista. Vía mensajes cifrados e intermediarios, la actriz y empresaria entró en comunicación con Joaquín “El Chapo” Guzmán y, tras su más reciente fuga, logró involucrar al actor para conocer al capo en su escondite en la sierra.

La diferencia entre ambos casos radica en las consecuencias de esos encuentros. Mientras el reporte Greenwald-Poitras tiene un altísimo rigor periodístico, la crónica de Penn es bastante sosa, aunque no deja de ser interesante. La similitud más clara ha sido la reacción ante la publicación del documento: centrados exclusivamente en el mensajero, se olvida por completo el mensaje.


Valor periodístico

¿Tiene valor periodístico una entrevista con un fugitivo de la justicia? Depende de quién sea el fugitivo y qué relevancia tenga su voz para los hechos relatados –que en principio deberán tener importancia pública. El periodismo tiene la misión esencial de interpretar la realidad para, a través de los medios de comunicación, contribuir al entendimiento de las personas. Es una profesión basada en el ejercicio de un derecho, la libertad de expresión, que contiene dos dimensiones claras: la de poder difundir información y la de poder conseguirla. Sin ambas dimensiones, el derecho está incompleto.

¿Acceder a información sobre un narcotraficante, incluso a su voz, ayuda al mejor entendimiento de la lucha contra las drogas? ¿Es importante conocer el entramado político-criminal que permite la existencia de sujetos como Guzmán Loera? Sí. En un país desangrado por la guerra contra el narcotráfico, el periodismo no ha ofrecido grandes respuestas para el mejor entendimiento del fenómeno: en parte porque los periodistas de investigación están fuera de las redacciones de los medios nacionales, en parte porque los periodistas locales que cubrían el narco han sido asesinados. Algunos medios centrados en las víctimas (un caso notable es Nuestra Aparente Rendición) han logrado revertir el maremoto de jerga militar y boletines oficiales. Darle voz a los criminales, aunque puede resultar chocante, también es útil para entender su mirada. El problema aquí radica en que no importa cuánto oficio tenga (o no) el entrevistador. Aquel que se encuentra marginado del acceso a voz siempre usará al medio como vehículo de ciertos mensajes que pueden carecer de valor. Lo mismo Penn-Guzmán que Scherer-Zambada.

Difícilmente se puede decir que Penn no tenga algo de oficio. En 1987, por ejemplo, entrevistó a Charles Bukowski. A mitad de la guerra contra el terrorismo, Penn acudió como cronista a Irán, y su cuaderno de viaje fue publicado por The Chronicle de San Francisco. Y en 2008 publicó su delirio bolivariano, que incluye conversaciones con Obama, los Castro y Chávez en The Nation. (En The Columbia Journalism Review, su editor en el San Francisco Chronicle, David Wiegand, ha hablado del proceso de editar a Penn: de acuerdo con él, el actor tiene buen ojo como reportero y se fija en detalles y matices interesantes.)

En el caso de lo publicado en la revista Rolling Stone, lo más interesante resulta la crónica del proceso para llegar a Joaquín Guzmán Loera. Deja algunas imágenes alarmantes cuando afirma que en los retenes militares se reverencia al hijo de Guzmán. Del mismo modo en la crónica también parece que no son pocos los agentes gubernamentales que participan para que la vida en Sinaloa sea en parte cogobernada con los barones de la droga. A un periodista curioso la declaración de Guzmán sobre su deseo de invertir en el sector energético ya lo traería de cabeza. Con todo, el estilo de Penn está lleno de vicios del viejo-nuevo periodismo gringo, centrado en la primera persona –a ratos parece que la crónica habla más de Penn que de su sujeto de estudio.


Ética periodística

¿Es ético entrevistar a un personaje como Guzmán y publicar un texto como este? Depende. En 1998 John Miller, periodista de la cadena de televisión ABC, viajó clandestinamente a la frontera de Pakistán y Afganistán para entrevistar al “hombre más peligroso del mundo”, Osama Bin Laden. Los casos de Penn y Miller son muy parecidos: ambos estuvieron incomunicados, con pocas posibilidades de grabar o escribir (lo que no queda más que apelar a la buena fe de la subjetividad) y con largos, vagos y sinuosos caminos para llegar a sus sujetos. En aquel momento, Bin Laden no era el temido terrorista post 9/11, y Miller y la revista Esquire –el medio que publicó la historia en febrero de 1999– decidieron que el proyecto valía el riesgo.

Lo primero es preguntarnos si es legal entrevistar a estos sujetos. Como se ha explicado, el periodismo está basado en el ejercicio del derecho a la libertad de expresión. De ahí que, por ejemplo, en Estados Unidos la primera enmienda otorgue privilegios a los periodistas para proteger sus fuentes. Las llamadas “leyes escudo”, vigentes en 41 estados de la Unión Americana, protegen a los periodistas en su derecho de no revelar sus fuentes e incluso de no ser citados para ello. En el artículo de Penn, “Espinoza” y “El Alto” son dos poderosas fuentes que se mantienen en anonimato a lo largo del texto. En el caso Bartnicki vs. Vopper, la Suprema Corte de Estados Unidos, de acuerdo con la primera enmienda, resolvió que en el interés de asegurar noticias, y para fomentar un debate robusto y desinhibido sobre los asuntos públicos, se debe proteger a los medios de comunicación por publicar información de interés público que saben que se obtuvo ilegalmente por una fuente, siempre y cuando no se obstruya a la justicia. Incluso en casos como el de Penn, quien no está acreditado formalmente como periodista, se extiende este privilegio constitucional.

En el consultorio ético de la Fundación Nuevo Periodismo, Javier Darío Restrepo contesta sobre las condiciones que los fugitivos de la justicia le imponen a los periodistas:

El ciudadano común, y a veces las mismas autoridades, entienden el acceso del periodista a delincuentes o subversivos, como una forma de complicidad con ellos porque, infieren, el periodista conoce su ubicación y accede hasta ellos. La realidad es otra: el delincuente o subversivo que quieren informar a través de la prensa, buscan al periodista. No es este quien los encuentra, sino ellos quienes aparecen ante el periodista, y es él quien debe decidir qué se publica, no el delincuente.

Pero aun si el periodista conoce el lugar en que fue hecha la entrevista y puede ubicarlo, no debe participar ese conocimiento a las autoridades, porque la confianza de otras fuentes en el periodista se vería disminuida, y esa disminución de la confianza de las fuentes va en perjuicio del derecho de la ciudadanía a tener información de calidad, que es la que garantiza el libre acceso de la prensa a las fuentes. Si el oficio de las autoridades es ubicar y capturar a los delincuentes, la del periodista es mantener bien informada a la ciudadanía, dos tareas que no tienen por qué interferirse.


La función social del periodismo

El texto de Sean Penn despierta algunas viejas discusiones alrededor de la función social del periodismo. En primer lugar, la idea de ampliar el campo para los “no-periodistas” (como Greenwald, Poitras y Penn) es urgente; hoy todos las personas tienen la capacidad de informar lo que sucede a través de internet; la función de los editores (o curadores) tiene cada vez más importancia para elegir la información entre infinitas posibilidades. Penn quizá tuvo un mal editor, pero su ejercicio debe estar protegido legalmente y ser reconocido públicamente.

En segundo lugar, nos refiere a nuestro propio periodismo. ¿Qué sabemos hoy de Joaquín Guzmán que no hubiésemos sabido antes? ¿Qué y cómo estamos cubriendo la sangrienta guerra contra las drogas? Los intentos más logrados para conocer la vida de Guzmán se encuentran en los libros. Anabel Hernández, Alejandro Almazán, Diego Enrique Osorno, Rafael Rodríguez Castañeda, Malcom Beith, José Reveles o Don Winslow han tratado de explicar al personaje, sus complicidades con altas esferas del poder, el funcionamiento del cártel de Sinaloa, su logística operativa y sus alianzas políticas. Sin embargo, en los medios masivos y concentrados, la televisión y los diarios, la explicación de la realidad compleja se hace a través de los boletines oficiales y con la única agenda simplificadora de demonizar a unos malos y presentar héroes oficiales.

Por último, es inquietante pensar en lo que sostiene Joaquín Guzmán en la entrevista cuando dice que incluso sin él el tráfico de drogas (y su sangriento legado) continuará. Debería ser una llamada de atención para repensar todo el esquema punitivo contra las drogas y el pánico moral de una guerra inducida por los Estados nacionales.

(Foto: Rolling Stone.)

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