Siete textos para repensar la práctica de caminar (y detenerse)

El acto de caminar no es pasivo: nos permite revitalizar el espacio público, reflexionar sobre la ciudad, tomar conciencia de nuestro cuerpo.

| Urbanismo

Octava selección de la serie "Siete".

En 1929, Georges Bataille escribió un breve ensayo dedicado al dedo gordo del pie. Más que la mano o la lengua (que nos regaló el lenguaje articulado), el dedo gordo del pie, escribió Bataille, es “la parte más humana del cuerpo”. El dedo gordo del pie nos permite andar erguidos, en dos patas. Aunque esto ha abierto un enorme horizonte al humano, reclamaba Bataille, actualmente el cuerpo se ha vuelto progresivamente algo que cuelga de nuestras cabezas y que prácticamente podemos ignorar mientras funcione más o menos bien. Caminamos erguidos en dos patas y construimos ciudades. Inventamos la rueda y el motor de combustión interna. Sentados, vemos, desde la ventana de la oficina o la del auto, la ciudad y el mundo allá afuera y allí abajo. Caminar nos devuelve cierta consciencia de todo eso, empezando por nuestro cuerpo, y nos obliga, literalmente, a poner los pies sobre la tierra.


1. “Dar un paseo”, de William Hazlitt.

En 1822, el escritor Británico William Hazlitt publicó su ensayo On Going a Journey. Hazlitt, que entonces tenía cuarenta y cuatro años, explica el placer y las implicaciones de caminar a solas por el campo. Para él, el caminar debía ser una actividad solitaria. “No veo la gracia de caminar y hablar al mismo tiempo”, escribió. El andar que describe Hazlitt no es la deriva urbana del flâneur que después elogiaron Baudelaire y luego Benjamin. Es una caminata emprendida en principio para alejarse de la ciudad, de los otros, pero, sobre todo, para alejarnos de nosotros mismos y de las mismas ideas de siempre: “cambiar de lugar modifica nuestras ideas –proponía– y, más aún, nuestras opiniones y sentimientos”.

2. “El paseante solitario y la ciudad”, de Rebecca Solnit.

En su libro Wanderlust: A History of Walking (2011), Rebecca Solnit dedica un capítulo a elogiar el anonimato que ofrecen las ciudades y la mejor manera de experimentarlo: caminar. Una ciudad, dice, “siempre contiene más de lo que cualquiera de sus habitantes pueda conocer, y una gran ciudad hace que lo desconocido y lo posible sean un acicate a la imaginación.” Solnit compara el lado más oscuro del andar callejero frente al rural y, sin embargo, hace del paseo en la ciudad algo más cercano a la caza y la recolección primitivas que un paseo por el campo.

3. “Andares de la ciudad” (capítulo VII de La invención de lo cotidiano), de Michel de Certeau.

El francés Michel de Certeau caracterizó en su libro La invención de lo cotidiano (1990) la diferencia entre los “mirones” y los “caminantes”. Vista desde la cima de un edificio alto –en este caso, una de las desaparecidas torres del World Trade Center en Manhattan–, que sirve de analogía a la distancia del planificador respecto a la urbe, la ciudad es “un simulacro teórico”, un cuadro cuya condición de posibilidad es “el olvido y el desconocimiento de la prácticas” de lo que ocurre a nivel de calle. Abajo, en cambio, los caminantes tienen otro conocimiento de la ciudad: el de los espacios que no se ven, sino que se recorren. Para de Certeau, la ciudad instaurada por el discurso utópico y urbanístico es esa vista desde lo lejos, desde arriba, que primero niega “la producción de un espacio propio”, con sus singularidades y especificidades, para sustituirlas con una ciudad cuantificable y que es posible administrar. De Certeau veía en el caminar a nivel urbano algo análogo al acto enunciativo (cuando el que habla hace suya una lengua): un acto político de apropiación.

4. Walkscapes: el andar como práctica estética (2002), de Francesco Careri.

Para el italiano Francesco Careri, en el principio está el caminar: “andar es un arte que contiene en su seno el menhir, la escultura, la arquitectura y el paisaje”. De las caminatas de los nómadas a las derivas urbanas de los situacionistas y del mapa de Badolina, un poblado paleolítico, a las obras de Richard Long, Careri recorre una historia en la que los monumentos y las ciudades no son, en principio, solo marcas de nuestros asentamientos sino, ante todo, guías para nuestros paseos. La ciudad, dice, “puede describirse desde el punto de vista estético-geométrico”, un mapa para ver, “pero también desde un punto de vista estético-experimental”, como un territorio a recorrer.

5. “Usos de las aceras” (primera parte de Muerte y vida de las grandes ciudades), de Jane Jacobs.

En su Vida y muerte de las grandes ciudades americanas (1961), Jane Jacobs habla de las aceras como algo más que un espacio de pura circulación. La acera complementa los usos de los edificios que la bordean y son, junto con las calles, dice, los “órganos más vitales” de la ciudad. La seguridad en un barrio y, en consecuencia, de la ciudad, depende en buena medida de la interacción social en la calle, de las relaciones que se establecen entre quienes viven en una zona y quienes la visitan. La vida callejera, dice Jacobs, “reúne a gente que no se relaciona de una forma íntima y privada y que, en la mayoría de los casos, no pretende llegar a hacerlo”.

6. Ciudades para la gente (2010), de Jan Gehl.

Para el arquitecto y urbanista danés Jan Gehl, la actividad principal de los peatones no es exclusivamente caminar de un lugar a otro: “pueden detenerse y cambiar de dirección sin mayor esfuerzo” y, además, pueden sentarse, pararse, correr, bailar, acostarse. Para Gehl, las actividades en el espacio abierto en las ciudades se pueden dividir en tres categorías: necesarias, opcionales y sociales. Antes de la aparición de los automóviles, esos tres tipos de actividades se daban de manera más libre: “si observamos una foto de hace 100 años –dice Gehl– vemos que los peatones se movían libremente, sin restricciones, en todas las direcciones.” El automóvil cambió eso y literalmente acorraló a las personas y peatones, “forzados a moverse pegados a los edificios, para terminar todos apretados sobre veredas que se hacían progresivamente más estrechas.” Pero, para Gehl, no basta con facilitar el movimiento de los peatones. Una buena ciudad será la que, además, tenga buenas condiciones en el espacio abierto para la permanencia de la gente.

7. La vida social de pequeños espacios urbanos (1988), de William H. Whyte.

En 1980 William H. Whyte publicó The social life of small urban spaces, libro que venía acompañado de un documental del mismo título. En el capítulo que dedica a la calle dice que los pequeños espacios son el ingrediente clave de una buena plaza. La calle no es vista solo como un espacio para la movilidad de coches y personas en las banquetas, sino como algo fundamental y necesario: el espacio donde inicia la conversación y la vida social y, por otro lado, también la vida comercial de la ciudad.

(Foto: cortesía de Sarah Joy.)

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