#SiMeMatan, ¿protestarás por mí?

Tras la aparición del cadáver de Lesvy Berlín Osorio en las instalaciones de la UNAM, miles de mujeres se autoconvocaron a una marcha en la Universidad, y a una acción colectiva en redes sociales: #SiMeMatan, exigiendo el esclarecimiento de la muerte de la joven y repudiando su revictimización.

| Género

Llevo varios días tratando de sentarme a escribir sobre una serie de incidentes que se han suscitado en estos últimos días, semanas, meses. He querido escribir acerca del terrible asesinato de Lesvy Berlín Osorio, del hashtag #SiMeMatan, de los dichos de Marcelino Perelló, de la vigilancia por parte de las «buenas conciencias» de las «buenas formas de protesta» que, por supuesto, no incluyen «actos vandálicos» y también de la tensa situación entre el Museo Memoria y Tolerancia y la artista dragqueen Mikonika Q Love. De alguna u otra manera todos estos son tópicos en los cuales el feminismo y el género se cuelan en la discusión acerca del espacio público, la política, la violencia, la vulnerabilidad, la protesta, la memoria y la tolerancia.

Y me disponía a comenzar a escribir cuando me encontré con la noticia de que el lunes 8 de mayo a las cuatro de la tarde se había encontrado otro cuerpo en Ciudad Universitaria, ahora el de un varón, en la parte más oriental del campus, conocida como La Cantera. Localizada en los linderos con Santo Domingo, es allí donde se alberga al Club Universidad Nacional A.C., y allí es donde se encontraba, desde hacía un mes, el cuerpo en descomposición de esta persona.

Escribir en este contexto es cosa difícil. No solo te rebasan las emociones de lo que vives, sino que te rebasa el devenir de una serie de acontecimientos en el que aún no se termina un duelo, una furia, una indignación o una sorpresa cuando ya se han abierto otras tantas emociones cuya reflexión y procesamiento no pueden ser instantáneas. Me pregunto qué clase de espanto, de angustia y de dolor se ha de vivir cuando no se sabe nada de un amigo, de un colega, de un hermano o de un familiar por el periodo de un mes; ¿qué clase de dolor le sigue al descubrirlo muerto y abandonado por un mes en la esquina más recóndita de Ciudad Universitaria?

Afortunadamente no lo sé y no deseo saberlo. No deseo participar de ese conocimiento, de esa experiencia. Me cimbra siquiera imaginarlo. Como me cimbró este hashtag #SiMeMatan, por la brutalidad inenarrable de la verosimilitud de algunos de los relatos que leí, por la clara certeza con la que navegamos en la cotidianidad sabiéndonos vulnerables, sabiéndonos también blancos de discriminaciones sistémicas, de violencias normalizadas, de indignidades que moran en el horizonte y que cada día nos parecen más habituales.

No me pareció, sin embargo, que ese hashtag nos presentara tanto a las mujeres como a los cuerpos no hegemónicos como esencialmente vulnerables y desprotegidos. Creo que reflejó la percatación que tenemos de las violencias que existen, y reflejó y gestó furia y duelo colectivos por Lesvy, pero también por la torpeza de la procuraduría capitalina al revictimizarla y por la lentitud de la respuesta de la propia Universidad. La emoción colectiva del duelo, de la furia, de la vulnerabilidad sirvió así de ariete, de arma, para levantar la voz y decir que no nos sentaremos a esperar a ser la próxima, a volvernos memoria si sobrevivimos a la injuria de unos medios que no pueden detenerse a pensar que los derechos nada tienen que ver con nuestros estilos de vida. Lesvy quizá haya sido políglota, pero incluso si no lo hubiera sido, seguiría siendo una mujer con derechos y cuyo estilo de vida, cualquiera que este haya sido, no puede bajo ninguna circunstancia ser tomado como justificación para minimizar la violencia con la que murió.

Hay que decirlo, lloramos todas las muertes porque, como decía Derrida: «cada vez única, el fin del mundo». Esto es, cada vida en su unicidad es un mundo. Y cada muerte es, por tanto, el fin de un mundo. Y no le resta dignidad ni duelo ni tragedia a las otras muertes llorar, enfurecerse y exigir que estas muertes violentas reciban especial atención, precisamente porque reconocemos lo terrible que representa cercenar una vida, adelantar lo que habrá de llegarnos a todas y todos pero que, esperamos, no llegue de forma inminente y no llegue con dolor. Y tampoco le resta dignidad ni duelo ni tragedia a ninguna muerte indignarnos y exigir que aquellas muertes que obedecen a violencias sistémicas, a injusticias recurrentes, a vejaciones constantes que se cometen con saña contra personas concretas en función de lo que representan, sean objeto de especial escrutinio. Que merezcan estas muertes, causadas por el odio feminicida o el odio ante minorías diversas, una atención especial no es más que poner el dedo sobre la llaga, ya que desmontar la violencia estructural requiere nombrarla, reconocerla y proceder ante ella como aquello que es: una recurrencia sistémica y no una serie de incidentes aislados.

Me sorprendió la coexistencia de ese duelo, de esa rabia y furia feministas con una suerte de prurito bien intencionado —pero totalmente extraviado en sus estándares morales— que buscó resistirse a la etiqueta de feminicidio. Que acusó también a las voces feministas de anticipadas, de diletantes, de encarnar el menosprecio a la violencia que sufren los hombres y, finalmente, de desplegar una violencia ante la materialidad de las instituciones.

Hay que decirlo de frente. Lo dijo muy bien Estefanía Vela, todo el tiempo hablamos de las violencias vividas por los varones, por los cuerpos hegemónicos. Esa violencia no tiene adjetivos, no tiene calificaciones: le llamamos violencia y marchamos con furia y dolor contra ella. Hablar de violencia de género no es inaugurar una suerte de chovinismo mujeril, sino que es nombrar y hacer visible a aquella violencia que se dirige a las mujeres por el simple hecho de serlo. No se pretende que los otros dolores sean menos terribles y horrendos, no es esta una medición del sufrimiento ni de la injusticia. Sí implica, eso sí, un agravante porque implica un crimen motivado por el desprecio, por el odio, por la reducción de la Otra a una mera instancia de género que, desde la misoginia más exacerbada, se juzga despreciable.

Todo crimen violento hacia una mujer debe investigarse como feminicidio, incluso si termina por mostrarse que no lo fue; pero en principio la regla rectora estipula que debemos partir de allí porque reconocemos la sistematicidad y recurrencia de las violencias patriarcales. Porque, finalmente, si nos preocupan las violencias ante las materialidades de las instituciones pero no así las violencias ante las materialidades de los cuerpos, entonces simplemente hemos deshumanizado a las mujeres y hemos humanizado a las instituciones; hemos puesto de cabeza nuestras intuiciones morales.

Y es un reto hacer que este punto se entienda. Hace apenas unos días un alumno me dijo que si bien reconocía la legitimidad del feminismo, no comprendía dos cosas de este. Por un lado, porque rebasaba la esfera de lo político en un sentido tradicional y se adentraba y politizaba la razón, la emoción, el conocimiento, etcétera. Por otro lado, él sentía que nos dividía, que el feminismo nos separaba a hombres y mujeres y hacía imposible pelear contra iniquidades compartidas.

Tuve que responderle que precisamente el feminismo politizaba todo porque la iniquidad rebasa la esfera del espacio público-político. Le dije que pedirnos a las mujeres y a los cuerpos no hegemónicos que dejáramos de lado nuestra lucha, nuestras demandas específicas, era pedirnos un sacrificio, era entregarnos en sacrificio con la promesa de un futuro al cual no tendremos acceso porque para entonces ya no estaremos vivas. Si solo sabemos luchar contra iniquidades compartidas, entonces no sabemos luchar, entonces no hemos entendido nada. No sabemos nada de empatía ni de justicia. Si el feminismo politiza la cotidianidad, la razón, la emoción, la familia, etcétera, es porque pone sobre la mesa el acto sacrificial que consiste en pedirnos a las mujeres que supeditemos, una vez más, nuestros cuerpos, luchas e intereses «por mor del bienestar colectivo»; es volver a entregarnos a la visión de la madre abnegada, solamente que ahora en la esfera de la política. Y pedirnos eso no es construir un frente unificado por la justicia sino que, por el contrario, es defender el status quo del patriarcado apelando a una unidad que racionaliza las asimetrías.

Explicar esto no debiera ser tan complicado. El ejercicio de empatía puede justamente movilizar esa perspectiva, esa mirada que provee de entendimiento y que nos permite una acción colectiva incluso si no todas y todos vivimos lo mismo. De allí la importancia de un #SiMeMatan que imagina la propia muerte, pero también nos sitúa dentro de violencias estructurales y con ello nos hermana con otros actos de imaginación narrados por otros sujetos que igualmente se sitúan en esta violencia para resistirla.

Y ese ejercicio debería ser el eje de las discusiones en el espacio público, incluyendo ese espacio público que son las redes sociales. Pero por alguna extrañísima razón afloran voces que defienden lo indefendible. Los comentarios de Perelló fueron terribles y hubo, sin embargo, quien lo defendió, a pesar de su cínica ignorancia de la ley. A pesar de que su posición silencia la experiencia de las mujeres. Bajo la excusa de la libertad de palabra y de prensa, se buscó legitimar una voz que silenciaba los testimonios de las mujeres.

De igual manera, ante la reacción colectiva que suscitó el asesinato de Lesvy y su revictimización, hubo quienes, en nombre de la razón, la justicia y la prudencia, salieron a acallar a las voces feministas diciendo que trivializaban el propio concepto de feminicidio, que lo empleaban sin comprenderlo, que se entregaban al vandalismo que desacralizaba el campus universitario, que violentaba la memoria, el patrimonio cultural. Más allá de subrayar la raíz de patrimonio, sus vínculos con el linaje del patriarca, que de nuevo supedita a las alteridades, lo que quisiera señalar es que el concepto de feminicidio no fue trivializado en forma alguna. Lo que sí ocurrió fue una toma de conciencia de las propias vulnerabilidades y de las formas de nombrarlas y resistirlas.

No me atreví en ese momento —no pude— a decir que #SiMeMatan será por ser una mujer trans, por no pasar como mujer, por no cumplir con las expectativas de lo que debe ser una mujer, porque seguramente asociarán mi vida con lo sórdido, porque para muchos lo trans solo puede ser sórdido y marginal. Me atrevo a decirlo ahora porque me costó procesarlo, porque me costó imaginarlo, porque implicó re-situarme lejos de las certezas que tenía sobre el espacio público que por muchos años di por sentadas y que en la transición he visto escurrirse.

Y si hago este ejercicio ahora no es por sumarme acríticamente a un fenómeno viral. Lo que quiero mostrar es que no es trivial situarse como un cuerpo cuya materialidad es violentable. Y tampoco es trivial enunciarlo, hermanarse y, desde allí, movilizarse y resistir. Señalar que ya sabemos que estas violencias ocurren y que no las acepetaremos dócilmente. Lucharemos contra ellas. Lucharemos contra quienes crean que lo que somos es justificación de los efectos de esas violencias.

Y este acto de memoria, de resistencia, de apropiación del cuerpo y del espacio, sí que desorganiza las certezas de los cuerpos hegemónicos, de aquellos que en su privilegio no pueden ver más que vandalismo. Reorganizar el espacio es un acto de memoria, de resistencia, de reapropiación. Desde luego no digo que reinventemos la ciudad impulsadas por la rabia ni que nos convirtamos en una suerte de entropía feminista que demuela todo. Pero, sin duda, sí creo que hay que desacralizar los espacios cuya ilusión de pureza e inclusión universalista esconden una exclusión y una violencia sistemáticamente ejercidas contra las mujeres y los cuerpos no hegemónicos.

Al final, la materialidad de los objetos permite su restauración. No así con los cuerpos. La preocupación no es, por ende, la violencia ejercida contra la materialidad de lo inerte, sino lo evanescente de la protesta que busca desacralizar para hacer ver que aquel espacio estaba ya desacralizado, era ya un sitio donde la dignidad no moraba más. Nuestra voz se borra, pero no la violencia patriarcal. Si nuestra brújula moral está bien calibrada, sabremos distinguir las prioridades y exigir que en la universidad no haya cadáveres que lleven un mes en el abandono, en el olvido; que no haya mujeres asesinadas ni violadas. Exigir que los estilos de vida no se empleen para desmontar los derechos. Exigiremos que los profesores no minimicen esas violencias, que no las ejerzan, que no las racionalicen.

Exigiremos de las autoridades a todo nivel una respuesta que no sea reactiva, que no sea una disculpa. Exigiremos que un día nos resulte inverosímil imaginar que nuestra muerte sea un simple hecho cotidiano en esta ciudad y en este país. Eso exigimos, ahora lo exigimos.

Y, si al tribunal de las buenas conciencias le molesta, si creen que la memoria es preservar el carácter mortuorio de lo muerto, el carácter monumental y sacro de la memoria, si creen que dicha memoria requiere de la vigilancia del presente y de sus luchas para que no contaminen y se reapropien —a modo de palimpsesto—, del pasado, entonces no solo preservan el carácter mortuorio de lo muerto sino que condenan a los vivos a unirse a esos mausoleos llenos de nada, a unírseles a destiempo, a unírseles en el silencio. La memoria también se reapropia, como el espacio, como la lucha. No puede ser sacra porque la lucha siempre es mundana, y no por trivial, sino porque se pelea por el derecho de estar en el mundo, de estar dignamente en él. Y cuando esto no pasa es responsabilidad de los que queden retomar el mundo y hacerlo habitable.

Artículos relacionados