Sobre algunos de los afectos del capitalismo

Si el mercado ni es “natural” ni es un sistema trascendental, el planeta no tendría por qué someterse irremediablemente a las leyes de la economía.

| Pensar el Cambio Climático

Con este texto, dedicado al Antropoceno y la economía contemporánea, concluímos una serie dedicada a repensar el papel político de la sociedad frente a la continua degradación del medio ambiente.

“Si el mundo fuera un banco, ellos ya lo habrían rescatado.” Ese es el eslogan que pintaron militantes de Greenpeace en una de sus campañas recientes. Dice mucho respecto a nuestro nivel de corrupción intelectual que la línea no solo parezca graciosa, sino trágicamente realista. Tiene el mismo grado de realismo sombrío que esta ocurrencia de Frederic Jameson: “¡En estos momentos es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo!”

Si llamamos al mundo –me refiero al mundo en el que vivimos– “primera naturaleza” y al capitalismo “segunda naturaleza” (en el sentido de qué es a lo que estamos habituados y que ha sido totalmente naturalizado), entonces lo que esas oraciones dicen es que la segunda naturaleza es más sólida, menos transitoria, menos perecedera que la primera. No en vano el mundo trascendente del más allá siempre ha sido más durable que el pobre mundo de aquí abajo. Lo que es nuevo es que el mundo del más allá no es de salvación y eternidad, sino de asuntos económicos. Como habría dicho Karl Marx, ¡el ámbito de la trascendencia ha sido completamente apropiado por los bancos! Mediante un inesperado giro verbal, el mundo de la economía lejos de representar un materialismo robusto y aterrizado, un hondo apetito por dioses mundanos y hechos sólidos, ya es final y absoluto. Cuán equivocados estábamos; aparentemente son las leyes del capitalismo lo que Jesús tenía en mente cuando habló a sus discípulos: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mateo, 24:35).

La inversión entre lo que es transitorio y lo que es eterno ya no es una broma, especialmente desde que lo que debería ser llamado la “estrategia australiana de sonambulismo voluntario hacia la catástrofe” ha sido implementada por completo desde la elección pasada: no contento con desmantelar instituciones, establecimientos científicos e instrumentos que podían preparar a sus electores frente a la nueva amenaza global de mutaciones climáticas,[1] el primer ministro Tony Abbott también está desmantelando, uno detrás de otro, la mayoría de los departamentos de ciencias sociales y humanidades.[2] Esa estrategia tiene mucho sentido: no pensar por adelantado probablemente es, cuando eres australiano y tomando en cuenta lo que viene, la cosa más racional que hacer. “No pensar” parece ser el eslogan del día cuando consideras que tan solo en los Estados Unidos alrededor de un millardo de dólares,[3] sí, un millardo, se destina a generar ignorancia en torno al origen humano de las mutaciones climáticas. En periodos anteriores, los científicos e intelectuales lamentaban el poco dinero que se invertía en el conocimiento, pero no habían tenido que atestiguar la riada de dinero invertida en desaprender lo que ya se sabía. Mientras que en tiempos pasados el pensamiento crítico estaba asociado con ver hacia delante y extraerse a uno mismo de un pasado oscurantista, ¡hoy el dinero se gasta en volverse todavía más oscurantistas! La “agnotología”, la ciencia de generar ignorancia de Robert Proctor, se ha vuelto la disciplina más importante del momento.[4] Es gracias a esta nueva ciencia que tanta gente es capaz de decir de corazón: “¡Que perezca el mundo, si mi cuenta de banco sobrevive!” Seguir pensando es una tarea desesperada cuando los poderes de la inteligencia están dedicados a apagar el pensamiento y a marchar hacia delante con los ojos cerrados.


¿Qué hay en esta segunda naturaleza que genera tal falta de sensibilidad a las condiciones mundanas de nuestra existencia? Ese es el problema que debemos enfrentar.

Tomaré al capitalismo no como una cosa en el mundo, sino como un cierto modo de ser afectado cuando se intenta pensar en todas sus consecuencias esta extraña mezcla de opulencias y miserias que encontramos cuando intentamos comprender la interacción vertiginosa de “bienes” y “males”. El capitalismo es un concepto inventado para ayudar a absorber esta inusual mezcla de entusiasmo por la cornucopia de riquezas que ha sacado a millardos de personas de la pobreza abyecta, y la indignación, la rabia y la furia en respuesta a los sufrimientos que viven millardos de otras personas. Me es especialmente problemática la sensación de impotencia que está asociada a cualquier discusión de economía, y me cuesta mucho trabajo conciliarla con lo que yo considero los efectos principales de la ciencia y la política, siendo estos la apertura de nuevas posibilidades y la provisión de márgenes de maniobra. ¿Por qué cuando se nos pide o se nos convoca a combatir el capitalismo nos sentimos (me siento) tan desamparados? Enfrentados a esta cuestión, empezaré con esta idea: que uno de los afectos del capitalismo, quiero decir, de pensar en los términos del capitalismo, es generar un sentimiento de impotencia para la mayoría de las personas que no se benefician de su abundancia y un entusiasmo inmenso, unido a un alelamiento de los sentidos, para unas pocas personas que se benefician de él. Así que cuando usamos al capitalismo para interpretar lo que está pasando, obtenemos, por un lado, una forzosa inevitabilidad de la que no se puede escapar y un anhelo de sublevación contra ella que regularmente se convierte en impotencia; por el otro, posibilidades ilimitadas acopladas a una total indiferencia respecto a sus consecuencias a largo plazo.

Ciertamente esta extraña mezcla de fatalismo y arrogancia no es el modo en que la primera naturaleza se experimentaba inicialmente: ni la indefensión ni el entusiasmo despreocupado ni la indiferencia ante las consecuencias habrían permitido a los humanos habitar la tierra por mucho tiempo. Para lidiar con la primera naturaleza fue necesario un pragmatismo sólido, una confianza limitada en la astucia del ser humano, un respeto sensato por las fuerzas de la naturaleza y un enorme interés invertido en proteger la fragilidad de la empresas humanas. Cuidado y cautela: un manejo totalmente mundano de los peligros y posibilidades del mundo de aquí abajo. Una lectura de Tim Ingold, Marshall Sahlins o de cualquier antropólogo de la “economía de la edad de piedra” sería convincente en este punto.

Comúnmente se dice que la razón por la que la segunda naturaleza es tan sólida y trascendente es porque es gobernada por las “leyes de la economía”, igual de eternas y sólidas que las “leyes de la física”. Hace unos días escuché la repetición de este antiguo cliché en la radio francesa.[5] Pero hoy en día parece difícil poner las leyes de la segunda naturaleza encima de las de la primera. Aparentemente los científicos climáticos están usando las leyes de la física para registrar lo que le pasa a la primera naturaleza, mientras los negacionistas del cambio climático ponen las leyes de la economía contra las leyes que gobiernan la tierra. En un conjunto de leyes, el CO2 no juega ningún papel, mientras que en el otro es uno de los principales acusados. ¡Vaya pelea! ¿Estaremos preparados para decir que entendemos con mayor precisión qué es la segunda naturaleza que cómo está siendo utilizada la primera? ¿Deberíamos decir que los economistas han descubierto un tipo de certeza, de irrefutabilidad, que es superior a las leyes de la física? ¿Que su CO2 es más real que el CO2 de los climatólogos? Entonces Greenpeace tendría razón: “Si el mundo fuera un banco, ellos ya lo habrían rescatado.”

Que ese no es el caso resultaría obvio para cualquier científico, sea biólogo, químico o físico (y también para cualquier economista). Probar, calcular, combinar las leyes de la naturaleza (me refiero a la primera naturaleza) no genera un sentimiento de indefensión ni de estar frente a una inevitabilidad indisputable. Todo lo contrario. No es que el eslogan de los científicos en un laboratorio sea el “Sí podemos” de Obama, pero es, por lo menos, un “Sí podríamos”. La discusión entre los colegas comienza enseguida. Entre más nos acercamos a la ciencia, más posibilidades aparecen; entre más íntimo es nuestro contacto con la primera naturaleza, más sorpresas obtenemos, más medios florecen, conseguimos más margen de maniobra. ¿No es esa la experiencia que tenemos todos al leer o escribir literatura científica? Cuando en la ciencia entra la necesidad, se multiplican las posibilidades.

¿Por qué cuando se cambia a la segunda naturaleza y entran en juego sus aspectos necesarios, las posibilidades se desvanecen y se instala un profundo sentimiento de impotencia? ¿Por qué el sentido oculto de cualquier alusión al capitalismo es la triste frase de: “Lo siento, pero no puede ser de otra manera”? Digo esto a pesar de que hasta los economistas discuten furiosamente entre ellos, así que no sería su acuerdo unánime lo que nos produce el sentimiento de indefensión al enfrentarnos a las leyes de la segunda naturaleza (recuerden la frase del presidente Truman: “¡Por favor, envíenme a un economista con un solo brazo!”, pues estaba cansado de oír a sus consejeros decirle: “Por un lado esto” y “Por el otro lado, esto otro”). Por supuesto que los economistas también son afectados por el capitalismo, pero no se debe a ellos que los resultados de sus investigaciones siempre luzcan, al final, como prefiguraciones del destino.

¿Por qué el destino, el viejo fatum del que ningún humano puede escapar, siempre es invocado en conexión con la modernización (modernización que se define a sí misma, o que al menos solía definirse, como el antifatalismo por excelencia)? Debe haber algo tan venenoso en el concepto de capitalismo que tiene en el pensamiento el efecto de volver impensable cualquier alternativa.

La historia de ese veneno ha sido escrita frecuentemente. En sí misma la distribución de posibilidades ilimitadas para unos aparejada al estado de necesidad forzosa para la mayoría es tan antigua como el comercio. Hace mucho Fernand Braudel demostró que cualquier mercado ofrece oportunidades (multiplicadas por el uso de las herramientas financieras) para tratar a los amigos como completos extraños y a extraños como amigos cercanos. El capitalismo, en ese sentido, se alimenta de mercados parasitarios y distorsionados. Mercados y capitalismo, como ha demostrado Braudel, dependen de pasiones totalmente opuestas. Más recientemente, David Graeber[6] nos ha recordado la cercana conexión entre el ejército, la deuda, el Estado, el dinero y los mercados, esta combinación de edad inmemorial (o mejor dicho, de edad imperial) que se extiende en el corazón de poder dual del Estado y el Mercado hasta el día de hoy.

Semejante redistribución de las obligaciones con amigos y extraños, de las “internalidades” y las “externalidades”, de lo que está a la mano y lo que está lejos, define una ocupación del espacio-tiempo contra el que, como diría Karl Polanyi, las sociedades, hasta el siglo XVIII, siempre han intentado protegerse, y con cierto éxito. Semejante resistencia inmemorial fue quebrada por la concatenación azarosa de tres elementos, para mantenernos en la descripción de Polanyi: la máquina de vapor que incrementó drásticamente la magnitud de la producción y que por consiguiente expandió enormemente la extensión del espacio-tiempo del capital; el modelo técnico de mecanismos de autorregulación (inicialmente asociado al regulador centrífugo, la muy mundana invención de Watt); y la irrupción de una nueva disciplina, la de la economía, absolutamente dedicada, como ha demostrado tan poderosamente Michel Foucault, a convencer a los intrusos de que se mantengan fuera de sus trabajos internos. A lo que debe agregarse la apropiación territorial de los imperios coloniales, la expansión indispensable a otros territorios para el desarrollo de eso que no tiene territorio propio debido a que de todas formas es una utopía. Es un problema de expansión que sigue con nosotros: ¿cuántos planetas se necesitan para para desarrollarse: 2, 2.5, 4 o 5? Excepto que ya no hay puestos de avanzada colonial.

Una revisión detallada deja claro que la historia del pensamiento económico es la historia de la constante suma de capas protectoras para volver más y más imposible que se inmiscuyan los intrusos (léase políticos y personas ordinarias). Una vez que está protegida del escrutinio, tiene toda la maquinaria de una naturaleza alterna que trabaja automáticamente. Este proceso de naturalización ha sido observado y denunciado desde Karl Marx. Si es fácil ver la mano de la Providencia en la figura de la “mano invisible”, su significado puede ser resumido de manera más trivial por esta advertencia a todos los que quisieran ponerle las manos encima a lo más importante: “¡Ni se te ocurra meter las manos!” Se supone que lidiamos con algo completamente natural, autorregulado, automatizado y más allá del control de cualquiera. Con gran éxito, ya que en el siglo XIX se asumió que la naturaleza era “lo rojo en el diente y la garra” de Malthus que Darwin proyectó de regreso sobre la historia natural en la primera naturaleza, antes de que fuera de nuevo arrastrada de la primera a la segunda naturaleza. El punto es que era imposible e inmoral tratar de limitar los sufrimientos de los trabajadores o salvar a los perdedores. Desde entonces el darwinismo social se ha vuelto nuestra segunda naturaleza.

Lo realmente sobresaliente es que durante los dos últimos siglos las propias nociones de las dos naturalezas han intercambiado sus propiedades: la primera naturaleza ha entrado en el Antropoceno, etapa en la que es difícil distinguir a las acciones humanas de las fuerzas naturales, un periodo que ahora está repleto de puntos de inflexión, picos, tormentas y catástrofes, mientras que solo la segunda naturaleza, al parecer, ha mantenido las viejas características de una naturaleza indiferente, atemporal y completamente automática gobernada por pocas leyes fundamentales e indisputables y totalmente ajenas a la política y la acción humana. Y esta naturaleza se ha vuelto ahora totalmente distinta de la vieja idea del darwinismo social. ¿Qué significa obedecer la “ley de la selva” si ahora es Gaia quien amenaza con vengarse (como asegura James Lovelock) y deshacerse por completo del capitalismo? ¡Y de paso con la raza humana! Parece que la gente está menos inclinada a hablar de los beneficios de la “ley de la selva”.

Como recientemente ha argumentado Timothy Mitchell en Carbon Democracy, justo al mismo tiempo que los límites de la primera naturaleza se hicieron evidentes, alrededor de 1945, “La Economía” fue inventada de una vez por todas: un dominio infinito y sin fronteras totalmente indiferente a la existencia terrestre y a la noción misma de límites, y enteramente autorregulado y centrado en sí mismo. Mientras que antes de la guerra todavía existía en lo que se llamaba “política económica” la idea de la escasez y la asignación de bienes escasos, La Economía empezó a desligarse de cualquier limitante. Dominique Pestre ha mostrado que este proceso de desligamiento, de infinitización, ocurrió de nuevo en los setenta, cuando el primer reporte del Club de Roma pretendió hacer que la primera naturaleza fuera relevante para la segunda.[7] En pocos años los límites se habían desvanecido y cualquier conexión entre la primera y la segunda naturaleza había desaparecido.

Es realmente en ese momento que la ocurrencia de Jameson comenzó a volverse realista: las leyes del capitalismo se volvieron infinitamente más duraderas, importantes, infinitas y (usemos la palabra) más trascendentes que las de la geofísica y la geobiología, esas nuevas ciencias que intentaban alcanzar al Antropoceno, es decir, a la acción humana. Karl Polanyi había llamado a la economía “religión secular” para designar lo que había sucedido en el siglo XIX, y estaba convencido, el pobre, de que esa religión había quedado totalmente desacreditada cuando se publicó su libro La gran transformación en 1949. Cuán poco pudo anticipar que esa religión “tan grandemente se transformaría” que por fin iba a lograr al final del siglo XX su meta trascendente, alcanzando la Tierra de la Leche y la Miel de una vez y por todas. Cuando su último enemigo, el comunismo, desapareció, La Economía alcanzó su estatus extraterrestre: al fin sin barreras, sin regulación, infinita.

Fue también entonces cuando (así es la ironía de nuestro tiempo) vimos en las mutaciones ecológicas que se avecinaba una “gran transformación” mayor de la que esperábamos. En esta coyuntura, las dos naturalezas habían intercambiado sus papeles para siempre. Si se quiere echar un vistazo a cómo pudo haber sido la idea de naturaleza en el siglo XVIII, esto es, antes del advenimiento del Antropoceno, ¡lean el Wall Street Journal! Es el capitalismo el que ahora parece funcionar como la vieja naturaleza del Holoceno, mientras que la primera naturaleza, esa en la que todos vivimos, ofrece ahora un retrato complejísimo, agitado, problemático y catastrófico de la ciencia, la moral, la controversia y la política mezcladas. La historicidad ha cambiado de cancha: es la Tierra la que se enfrenta a la subversión a un ritmo vertiginoso, y la economía (es decir, la segunda naturaleza) la que todavía funciona como un reloj. Es gracioso que ahora que Gaia luce como una figura histórica peligrosa ya no escuchemos tanto hablar de Darwin y de los beneficios de la “lucha por la vida”. Quizá esa sea la razón por la que la misma gente que niega el cambio climático tampoco cree en la evolución.

Aquellos que intentan comprender los sorprendentes alcances de la guerra contra el conocimiento de las mutaciones climáticas no tienen que buscar mucho: la religión ahora totalmente trascendente de La Economía ha tenido que habérselas con la ciencia totalmente inmanente de la Tierra. La Economía no ha salido del Holoceno. Tony Abbot, el primer ministro de Australia, tiene ciertamente razón: no pensar en lo que vendrá es la única solución racional… Negar los descubrimientos de la ciencia climática se ha vuelto el santo y seña para distinguir entre amigos y enemigos en nuestras guerras civiles. Pero el punto clave es que el adjetivo “natural” ha cambiado de cancha. Eso es lo que enfrenta a la ecología contra La Economía: no están lidiando con la misma naturaleza en lo absoluto. Cuál gane y se imponga sobre la otra determinará nuestro futuro.


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Siempre que haya un veneno, debe buscarse un antídoto. ¿Cómo encontrarlo? Viendo cómo el capitalismo (es decir, el pensar con el concepto de capitalismo) afecta al pensamiento. Cuando escuchan “capitalismo” muchas personas en nuestros círculos intelectuales lo toman como un mot d’ordre, es decir, como un ritmo según el cual deben marchar, ¿pero hacia qué línea de frente marchamos?

Derrocar al capitalismo no parece ser una buena solución. Al parecer al capitalismo le gusta ser derribado siempre y cuando se le ataque como sistema total para ser subvertirlo por completo. Porque, naturalmente, entre más sistemático se es, más seguro se está de resistir cualquier intento de ser derrocado: ¡es para lo que está hecho un sistema! Depende de cómo se interprete la triste experiencia del siglo XX, pero me parece que el resultado neto de tal intento por “revolucionar al capitalismo” (y esto debió ser obvio desde el principio) ha sido un triunfo del capitalismo y un incremento fantástico en su proyección sistémica. En la búsqueda de una revolución total, solo el adjetivo “total” ha sobrevivido, en el sentido de una completa impotencia por parte de los perdedores y un totalitarismo todavía “más total” de parte de los ganadores. Como un concepto que distribuye un entusiasmo sin límites y una necesidad absoluta con total indiferencia con respecto a las consecuencias de largo plazo, el capitalismo ha sido indistinguible de su gemelo: el comunismo. Lo que no es una sorpresa, pues el Estado y el Mercado han sido los dos flancos de la misma bestia.

Y todavía lo son. De hecho el nuevo fantasma que recorre Europa no es el comunismo, sino lo que podría ser llamado el nuevo “síndrome chino”, en el cual se puede sentir indefensión de múltiples maneras: falta total de libertad política asociada a la dominación total del capitalismo de compinches y a la destrucción total del medio ambiente, ¡y todo en nombre de la modernización radical! Cuando oigo que China muestra el camino al futuro, me estremezco más que cuando escucho de la decisión más reciente del señor Abbott de cancelar otra ley de protección.

La revolución total es un veneno y no un antídoto. Y uno especialmente tóxico cuando tras un siglo de fracasos se concluye que se tenía razón a pesar de que se falló tan drásticamente. Es un pensamiento especialmente infeccioso porque se rechaza que los experimentos puedan hacernos cambiar de parecer. Se debe permitir al fracaso hacernos aprender algo; no puede transmutarse en el confort interior de tener la razón porque se falló tan completamente al tratar de escapar de las garras del capitalismo. Tal indiferencia a la experiencia ataca al alma y ha creado este desolado panorama político en el que vivimos en el que los que se hacen llamar la izquierda y aun la izquierda radical están simultáneamente convencidos de estar fracasando y convencidos de estar en lo correcto —están en lo correcto, pero en el sentido de estarse confabulando felizmente con la derecha para dejar al capitalismo ser aún más sistemático de lo que ya es. Como la ciencia, la política nos abre posibilidades. No se le puede asociar con la impotencia y el fracaso. Si se ha fracasado, no es el capitalismo lo que se debe revolucionar, sino las propias formas de pensar. Si se sigue fracasando y no se cambia, no significa que estemos enfrentado a un monstruo invencible; significa que nos gusta, que disfrutamos, que amamos ser derrotados por un monstruo. Esto es un caso de una psicopatología, o mejor todavía, como diría Eric Voegelin, de pneumopatología, una forma de masoquismo espiritual, no de valentía.[8] Sin embargo, el piso superior de la moral todavía está ocupado por personas que le dan lecciones a otros sin otra autoridad que la de haber fracasado estrepitósamente en cambiar algo.

Empezamos a ver cuán difícil es desentrañar los afectos contradictorios creados al apelar al concepto de capitalismo: genera un prodigioso entusiasmo por aprovechar oportunidades ilimitadas; una sensación distópica de total indefensión para aquellos que están sujetos a sus decretos; una despreocupación absoluta por las consecuencias a largo plazo de sus acciones por parte de los que se benefician de él; una perversa herida de superioridad arrogante por parte de los que han fracasado en detener su avance; una fascinación por sus leyes de hierro en los ojos de los que aseguran estudiar su desarrollo, al punto de parecer que funciona más fluidamente que la naturaleza misma; un desinterés total respecto a la forma en que ocupa el terreno donde crece; una confusión absoluta respecto a quién debe ser tratado como un completo extraño y quién como nuestro amigo. Y, sobre todo esto, indica un movimiento hacia la modernización que deslegitima a todos los que se quedan atrás, como tantos perdedores. De hecho ahora que se piensa que el capitalismo no tiene enemigos, este se ha convertido en un mero sinónimo de la implacable fuerza de la modernización. Frente a esta maraña de efectos, no tengo otro sentimiento que el de una creciente sensación de desamparo. La sola invocación del capitalismo me deja sin palabras… Quizá sea mejor abandonar el concepto por completo.

¿Recuerdan la expresión de Hamlet en El 18 brumario de Luis Bonaparte de Marx: “¡Bien hecho, viejo topo!”? ¿Qué clase de topo cavaría con la profundidad suficiente para subvertir, no al capitalismo, sino a algunos de los afectos generados por esta extraña manera de leer la historia, y para dar voz a nuestras pasiones e indignaciones? ¿Hay alguna alternativa? Parece que la solución no vendrá de la dialéctica con los capitalistas que “cavan su propia tumba”, sino de la primera naturaleza. Es irónico pensar que tanta saliva se ha gastado en salvar valores supremos del riesgo de la mercantilización cuando la pregunta debió más bien haber sido cómo poner en tierra todo este proyecto. ¿Pero cuál Tierra? ¿Cómo resistir la trascendencia del capitalismo que se exhibe como inmanencia?


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Permítanme formular una alternativa posible como una serie de tesis –y perdónenme que sean once y que utilice como modelo la famosa lista ofrecida por Marx en su crítica a Feuerbach.

Por obvias razones, empezaré por la última, es decir, la onceava tesis:

Tesis 11: Hasta ahora los economistas solo han cambiado el mundo de varias formas, el propósito ahora es interpretarlo.

Tesis 1: La economía y su séquito de habilidades y oficios (contabilidad, publicidad, diseño, mercadotecnia, entrenamiento de negocios, estudios organizacionales, administración) no conforman una ciencia que estudiaría un mundo material, sino que son un conjunto de disciplinas encargadas de extraer del mundo social y natural otro mundo que habría permanecido en la trascendencia sin este acto violento de revelación por exceso.

Tesis 2: La economía, como disciplina, ha ayudado a regularizar formas locales de “organizaciones de mercado” que son totalmente mundanas, asuntos improvisados que dependen tanto de la cultura, la ley y la geografía que no deberían, bajo ninguna circunstancia, ser transformados en un “sistema”, especialmente no en un sistema “natural”. La palabra “ley” en “leyes de la economía” debería entenderse como en la expresión “leyes civiles”, es decir, como un asunto sumamente susceptible de ser revisado a manos de una entidad política, y no como una ley de un mundo trascendente en manos de una deidad invisible.

Tesis 3: Para ser radical, una “crítica radical” de un “sistema” injusto, destructivo y no sustentable debe abstenerse de caer en la trampa de combatir al sistema. Justo porque no es trascendente y porque no obedece a leyes superiores es que cualquier “organización de mercado” puede expandirse, y es por esas mismas razones que puede ser corregida, modificada, corrompida, reformada y reorganizada. Para ser radical, una crítica debe seguir exactamente los mismos caminos por los que tiene lugar la extensión de estándares, patrones y cadenas de metrología. Tan pronto como brinca a otro nivel, deja de ser radical, es decir, se aleja de las raíces del problema.

Tesis 4: Si es cierto que la palabra “economía” y la palabra “libertad” han estado ligadas a través de la historia, entonces esa libertad debe ser expandida (sí, expandida radicalmente) a todos los dispositivos, experimentos, instrumentos, mecanismos de voto, acciones y suministros que constituyen todo el equipamiento improvisado, artificial y constantemente reestructurado de la economía. Liberalismo significa “no dejar que nada suceda, no dejar que nada pase”.

Tesis 5: Para ser radical (es decir, para ser liberal) la interpretación del trabajo de la economía y de sus “organizaciones de mercado” debe ser de esta Tierra. Ningún poder trascendente, ni Dios ni Mammón, está a cargo de la economía. Si es cierto que la economía hereda de la vieja “oeconomia” de los Padres Griegos la “dispensatio” del Dios creador, entonces también debería heredar todas cualidades de tal plan providencial, es decir, la suspensión del destino, de la esclavitud y de la dominación, y recibir todas las promesas de salvación. Es blasfemo usar a la Providencia para decir que el inflexible poder del destino ha sido otra vez impuesto sobre la raza humana después de que ha sido liberada de la pobreza.

Tesis 6: La trascendencia de un mundo más allá ha sido desplazada a este mundo a tal punto que las coordinadas espaciales y temporales han sido radicalmente subvertidas. El espacio se ha vuelto indiferente del lugar, el suelo y las localidades. Amigos, comensales y aliados han sido tratados como completos extraños. El futuro y el pasado han sido alineados en una especie de “plano inclinado”, como si el futuro no fuera más que el pago de las deudas contraídas en el pasado. Por lo tanto, la trascendencia ha sido convertida en utopía. De ahí la brutalidad asociada con tanta modernización.

Tesis 7: Hay una profunda contradicción en la liberación de las posibilidades ilimitadas de la ciencia y la tecnología, y, por otro lado, en el uso constante, a lo largo de la historia del pensamiento económico, de los “modelos de la naturaleza”. La física newtoniana, la historia natural, el darwinismo, la termodinámica, la cibernética, la inmunología, la computación, la ciencia del cerebro: docenas de disciplinas que han sido, una tras otra, utilizadas como modelos de cómo se supone debería ser el funcionamiento de las fuerzas económicas. Y, a su vez, cada una de ellas ha utilizado a la teoría económica para desarrollar sus conceptos, hasta el punto que “economía natural” se ha convertido en un oxímoron. Pero si la primera y la segunda naturaleza han intercambiado conceptos tantas veces, hasta ahora siempre ha sido para hacer a las necesidades del destino económico todavía más indisputables. Una economía ecologizante no puede significar un nuevo recurso a la naturaleza con el fin de asegurarse de que aún más personas sean ajenas a los trabajos automáticos de los “ciclos de la naturaleza”. Por el contrario, esa ecología es una forma de repoblar una escena que se ha vaciado.

Tesis 8: La enorme expansión del alcance de las “organizaciones de mercado” junto a las cadenas metrológicas ha creado un dominio global de la realidad trascendente (segunda naturaleza) que el día de hoy se enfrenta a otro globo inmanente y mundano, el del planeta Tierra, es decir Gaia, que difiere de la naturaleza debido a su propia historicidad, capacidad de reacción, probablemente sensibilidad, y sin duda poder. La nueva pelea entre estos dos globos define nuestro tiempo. ¡De vuelta a la Tierra, terrícolas!

Tesis 9: No hay nada nativo, aborigen, eterno, natural o trascendente en los hábitos que durante algunos siglos han permitido a las “organizaciones de mercado” ejercer el poder global. Ninguna característica del Homo oeconomicus es muy antigua: su subjetividad, sus habilidades de cálculo, sus habilidades cognitivas, sus pasiones e intereses, son creaciones históricas recientes, tanto como los “bienes” que se supone que puede comprar, vender y disfrutar, y tanto como la vasta infraestructura urbana e industrial en la que ha aprendido a sobrevivir. Lo que ha sido hecho tan rápidamente puede deshacerse a la misma velocidad. Lo que ha sido diseñado, puede ser rediseñado. No hay un destino en el vasto panorama de iniquidades con el que asociamos a la economía y su desigual distribución de “bienes” y “males”, solo una conjunto de irreversibilidades lentamente construido. Ahora que la historicidad ha pasado del escenario a las bambalinas de la acción humana (es decir, de la segunda a la primera naturaleza) los activistas deberían aliarse con el globo en contra de lo global.

Tesis 10: Lo que es cierto en la cita de Jameson es que hay algo infinito en el capitalismo en el sentido técnico de que no tiene límite en el tiempo y en el espacio, y en que no tiene fin en el sentido de propósito o “telos”. Como Marx demostró hace mucho, el capitalismo es ilimitado debido al ciclo que define su extensión (MAM). Una forma de vida que no puede pensar su final (ya sea en el espacio o en el tiempo) no merece más respeto que un humano que no se considera mortal. Es en ese sentido que el tono apocalíptico usado para saludar la reaparición de la primera naturaleza debe ser bienvenido. Ayuda a pensar que el final del capitalismo es mucho más realista que el fin del mundo.


Espero que sepan disculpar el tono enfático que di a estas once tesis. Simplemente quería enfatizar el nuevo sentido que la historia reciente le ha dado a la famosa frase de Valéry: “Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales”: “Nosotros, la naturaleza, o más bien Gaia, sabemos ahora que somos mortales”. Hay algo profundamente inquietante en la cita de Jameson. Pero ahora que la historicidad se ha movido a la primera naturaleza, hay una posibilidad, probablemente una muy pequeña, de que volvamos a ser una civilización, esto es, un estado de cosas que cultiva su propia finitud. La otra solución, desafortunadamente la más probable, es que el capitalismo en su forma híper o, más exactamente, terminalmente moderna tome el argumento de Jameson literalmente y decida que la perecedera y transitoria Tierra deba ser totalmente sometida mediante la geoingeniería en la forma más arrogante de dominación.[9] En ese caso, ya que ciertamente el mundo no posee los requisitos para ser un banco, “no será rescatado por ellos”.


Notas y referencias

[1] “Australia’s New Prime Minister Surrounded By Climate Science Denying Voices and Advisors”. Disponible aquí.

[2] “‘Bullshit’? An Australian Perspective; or, What can an Organisational Change Impact Statement tell us about Higher Education in Australia?”. Disponible aquí.

[3] Conservative groups spend up to $1bn a year to fight action on climate change. Disponible aquí.

[4] Robert Proctor, and Londa Schiebinger. Agnotology: The Making and Unmaking of Ignorance. Stanford: Stanford University Press, 2008.

[5] En un reciente comentario radiofónico en la edición matutina de France Culture (13 de febrero, entre las 8:20 am y las 8:35), el editorialista Brice Couturier dijo que “es una ilusión pensar que las políticas pueden vencer a las leyes de la economía”, y que estas leyes eran “como las leyes de la física”.

[6] David Graeber. Debt: The First 5,000 Years. Melville House, 2011.

[7] Pestre, en Conocimiento y acción racional: la economización del medio ambiente, y después: “Una explicación posible podría ser moverse de la defensa del medio ambiente a la economía ambiental; del medio ambiente per se a la teología de los mercados perfectos; del reconocimiento de la necesidad de elegir ‘instrumentos’ milagrosos capaces de combinar lo imposible. La (comprensible) prioridad que se da al crecimiento económico, unida al poder del dinero en un mundo sin regulaciones (a pesar de la declaración de interés hecha por los negocios de modernizarse ecológicamente y desarrollarse de manera sustentable), permitió la asimilación de la mayoría de las advertencias, la callada reescritura de todas las decisiones. Pero la fuerte creencia en la teoría de la economía convencional jugó un papel reconfortante frente a las soluciones racionales que de haberse puesto en marcha habrían salvado al planeta.”

[8] Eric Voegelin. “The New Science of Politics, and Science.” Modernity without Restraint. The Collected Works of Eric Voegelin. Volume 5: The Political Religions, The New Science of Politics, and Science, Politics and Gnosticism (edited by Manfred Henningsen). Ed. Henningsen, Manfred. Columbia and London: The University of Missouri Press, [1952] 2000.

[9] Clive Hamilton. Earthmasters. The Dawn of the Age of Climate Engineering. New Haven: Yale University Press, 2013.


Conferencia dictada en la Academia Real, Copenhague (26 de febrero de 2014).

Traducción: Antonio Martínez Velázquez y Víctor Santana.

Revisión de traducción: Humberto Beck.

Fotos: cortesía de Kevin GillHugh Bell y Bioversity International.

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