Sobre el antisemitismo de Heidegger

La publicación de los Cuadernos negros suscitó un intenso debate sobre el antisemitismo de Heidegger. No se trata tanto de complacer el “error político” de Heidegger como de entender las consecuencias de sistemas ontológicos que se pretenden apolíticos.

| Teoría

La publicación del diario filosófico en cuadernos de tapa negra que Martin Heidegger mantuvo desde 1931 hasta 1970, conocidos como los Cuadernos negros[1] [Schwarze Hefte], ha desatado un intenso debate debido a las frases antisemitas que en él se encontraron. Dicho debate se había mantenido más bien en suspenso, pues durante varias décadas tan solo se había discutido si la adhesión de Heidegger al Partido Nacionalsocialista con la toma de posesión del rectorado de Friburgo –entendida, según su discurso inaugural del 27 de mayo de 1933, como una misión espiritual de la universidad alemana[2]– estuvo acompañada de sentimientos antisemitas.[3] La publicación de los Cuadernos negros ha dado lugar, en algunos casos, a posiciones extremas y poco reflexivas, ya sean de los apologetas, que no solo niegan la gravedad de los pasajes antisemitas sino que dicen haber encontrado por fin la posibilidad de un pensamiento político en Heidegger, o, en el extremo contrario, de quienes han decido borrar a Heidegger de la historia de la filosofía por considerar inaceptable que un pensador haya adoptado semejantes prejuicios sin haberse retractado nunca. Me parece que, más que atrincherarse en una postura u otra, lo importante es analizar la manera en que Heidegger construye su discurso antisemita, qué es lo que retoma de la tradición del antijudaísmo y cómo lo relaciona con su filosofía.

En un reciente artículo publicado en Horizontal y escrito a propósito de los 40 años del fallecimiento de Heidegger, Francisco Castro sostiene que la polémica biografía de Heidegger debe dejarse al margen para valorar la profundidad de su pensamiento, el cual, afirma, ayuda a comprender un mundo dominado por la tecnología y las apariencias. Castro realiza, a mi parecer, una analogía poco afortunada cuando sostiene: “Es como si el antisemitismo de Frege nos distrajera de sus contribuciones a la lógica”. El caso de Heidegger es distinto porque, como lo ha señalado en una obra reciente Jean-Luc Nancy (Banalité de Heidegger, 2015), Heidegger integró la doxa del antisemitismo que circulaba en Europa entre los años veinte y cuarenta a su sistema filosófico, lo que no es comparable con la lógica de Frege. De hecho, uno de los ámbitos en que más incorporó sus nociones antisemitas fue precisamente en su crítica de la tecnología.

La particularidad del antisemitismo del autor de El ser y el tiempo –como lo ha mostrado en un trabajo reciente Peter Trawny,[4] director del Instituto Martin Heidegger de Wuppertal y editor de los Cuadernos negros– reside en que fue contrario al antisemitismo racial del III Reich. Quizás por ello, conjetura Trawny, Heidegger no hizo público su antisemitismo, pero tampoco renunció a la publicación póstuma de los Cuadernos negros como corolario de su obra filosófica. Trawny propone entender el antisemitismo de Heidegger como un “antisemitismo inscrito en la historia del ser” o “antisemitismo onto-historial” [seinsgeschichtlicher Antisemitismus] para explicar en qué sentido el antisemitismo de Heidegger estaba alejado de la ideología del nacionalsocialismo, ya que se basaba no en el concepto de raza sino en el de un destino onto-histórico.

Tanto Trawny como Nancy coinciden en que parte importante del antisemitismo de Heidegger se fundamenta en la idea de que el pueblo alemán es el único pueblo capaz de asegurar el advenimiento de un nuevo comienzo. Así, el antisemitismo se reviste en Heidegger de una verdad teórica sobre la destrucción intrínseca de Occidente, consecuencia del olvido del ser, que debe dar lugar a ese nuevo comienzo. No obstante, como lo anota David Farrell Krell en su reseña de los Cuadernos negros,[5] el tema de la decepción hacia sus contemporáneos se combina con una retórica de la cólera ante la sensación de que el pueblo alemán, que es el único con la fuerza espiritual para llevar a cabo ese nuevo comienzo, no esté a la altura de tal misión. Por ejemplo, en el curso del verano de 1932, con motivo de una lectura de Anaximandro y Parménides, Trawny señala una mención a uno de los cuadernos negros, “Reflexiones II”, en el que Heidegger se pregunta si debemos abandonar el filosofar, puesto que pueblo y raza[6] no están a su altura.

Lo que tiene en común Heidegger con el discurso de la época es la idea de una cierta misión del pueblo alemán, incluso cuando se trata de una empresa filosófica. Nancy muestra que este “archi-fascismo”, como lo bautizó Lacoue-Labarthe, tiene consecuencias todavía más graves que la simple idea de una vuelta al origen, ya que el nuevo comienzo implica la destrucción o, mejor dicho, la autodestrucción del pueblo judío a través de la maquinación [Machenschaft], concepto que representa la racionalización y la tecnificación totalizantes y en el cual Heidegger basó su crítica a la tecnología.[7] Nancy explica que, para Heidegger, el judaísmo mundial [Weltjudentum] por su falta de arraigo al suelo [Bodenlosigkeit] se excluye a sí mismo, y la exclusión no es sino un eufemismo para hablar de una autoaniquilación. Es evidente que estas anotaciones de Heidegger no son inocentes, sobre todo cuando son expresadas en momentos en que sus colegas judíos habían sido cesados de las universidades alemanas y las sinagogas eran quemadas (entre ellas la de Friburgo, muy cerca de la universidad de la cual era rector).

El hecho de que Heidegger haya rechazado las teorías raciales del nazismo no significa que no haya expresado antisemitismo en sus diarios, incluso del tipo más banal, inspirado en Los protocolos de los sabios de Sión. En el cuaderno “Reflexiones VIII”, los judíos aparecen descritos como parte de lo “gigantesco”, que es, según Heidegger, esa tendencia moderna al cálculo y a la reducción metafísica del mundo. Así, por su tendencia al cálculo, el tráfico y la confusión, el judaísmo resultaría en una ausencia de mundo, que curiosamente es también lo que caracteriza, según Heidegger, al animal como pobre de mundo [weltarm]. Cuando Heidegger hace alusión a los campos de exterminio, varios años después de la guerra, considera a estos el colmo del destino de la técnica, pero no hace mención de quiénes fueron las víctimas, ya que, como explica Nancy, para Heidegger la técnica y la maquinación están íntimamente ligadas al judaísmo mundial.

Lo que falta tanto en el ensayo de Trawny como en el de Nancy (las dos lecturas de los Cuadernos negros que estoy revisando aquí porque me parece que, a diferencia de tantos artículo y reseñas que se han publicado, se esfuerzan por entender los pasajes antisemitas desde el proyecto filosófico de Heidegger) es notar que, si bien Heidegger retoma los prejuicios antisemitas de su época –como la idea de un complot judío internacional, la relación entre lo judío y lo estadounidense[8] como sinónimo del capitalismo,[9] o la noción de psicoanálisis judío–, también hace eco de la larga tradición del antijudaismo, por ejemplo, de la dicotomía que inaugura San Pablo entre un principio cristiano espiritual y otro judío, aferrado a la letra y lo material. A partir de esta oposición entre materia y espíritu, lo judío fue convirtiéndose en una figura con ciertos atributos y operaciones, en ocasiones de manera independiente de los judíos reales, en otras con consecuencias para ellos. Si se atiende esto, podemos entender que en Heidegger lo judío esté representado como una racionalidad con tendencia al cálculo que carece de arraigo al suelo, una racionalidad contraria al pensamiento meditativo.

Trawny recuerda que en 1916 Heidegger ya hablaba, en una carta a su esposa, de la judaización de “nuestra cultura” y de “nuestras universidades”. Pienso que esto exige salir del idiomatismo heideggeriano –del cual Hannah Arendt dijo burlonamente, en una carta a Karl Jaspers, que era tan autorreferencial que parecía como si Heidegger estuviera escribiendo la Biblia[10]– e interpretar los Cuadernos negros a partir de la historia intelectual del antijudaismo (que recientemente David Nirenberg ha recapitulado en una obra monumental[11]) para entender así su relación con la filosofía.

Por último, y como dice Trawny, a estas alturas ya no se trata tanto de comprender o defender el “error político” de Heidegger como de entender las consecuencias de ciertas construcciones ontológicas y teorías filosóficas que se pretenden apolíticas.

(Foto: cortesía de Christian Siedler.)


Notas y referencias

[1] Recientemente se publicó en castellano la primera entrega correspondiente a los años 1931-1938, en traducción de Alberto Ciria. Heidegger, Martin. Cuadernos negros 1931-1938, Madrid, Trotta, 2015. Entre otras reseñas, ver la de Peter E.Gordon en The New Yor Review of Books o la de Yoshua Rothman en The New Yorker.

[2] Sobre la presencia del concepto de espíritu [Geist] en la obra de Heidegger, ver: Derrida, Jacques, Heidegger et la question. De l’esprit et autres essais, Paris, Flammarion, 1987. Sobre el discurso del rectorado en particular, ver Capítulo V.

[3] En Francia, por ejemplo, la discusión comenzó en 1987 con el libro de Victor Farías: Heidegger et le nazisme. Muchos filósofos franceses herederos de Heidegger respondieron a las afirmaciones más bien difamadoras de Farías. Algunos filósofos franceses, como Levinas, Lacoue-Labarthe y Derrida, realizaron críticas más filosóficas a algunos aspectos del pensamiento de Heidegger sin negar su influencia. En Alemania los Cuadernos negros han provocado reacciones muy diversas, desde la del profesor Günter Figal, quien renunció a la cátedra Martin Heideggerm, hasta posturas apologéticas que se quejan de una campaña de difamación.

[4] Trawny, Peter. Heidegger und der Mythos der jüdischen Weltverschwörung, 2ºed, Fráncfort del Meno, Klostermann, 2014. Permito remitir al lector a mi reseña del mismo en Revista de estudios sobre genocidio, año 7, volumen 10, Buenos Aires, noviembre 2015, pp.177-186.

[5] Farrell Krell, David, “Heidegger’s Black Notebooks”, Research in Phenomenology, nº 45, 2015, pp.127-160.

[6] Esto señala que Heidegger tampoco es completamente adverso a la noción de raza, aunque sí a la idea de un progreso racial.

[7] Sobre la maquinación, ver: Martin Heidegger, Aportes a la filosofía acerca del evento, Buenos Aires, Biblos, 2003.

[8] Un ejemplo de la relación de antisemitismo y antiamericanismo lo encontramos claramente en algunos escritos de José Vasconcelos. Me permito remitir al lector a Jerade, Miriam. “Antisemitismo en Vasconcelos: antiamericanismo, nacionalismo y misticismo estético”, Mexican Studies, vol. 31, número 2, Verano 2015, pp. 247-285.

[9] Este tipo de prejuicios es muy común. Un ejemplo de ello fue el comentario que alguien escribió en el anuncio al curso que impartió Claudio Lomnitz sobre antisemitismo en el Centro Horizontal. “¿Van a cobrar por instruir y adoctrinar para validar el actual dominio económico judío?”, escribió un usuario. Lo sorprendente es que estos prejuicios, que son culturalmente menos aceptados que, por ejemplo, los prejuicios hacia el mundo islámico, se expresen de manera abierta.

[10] Carta del 20 de julio de 1963.

[11] Nirenberg, David. Anti-Judaism. The Western Tradition, Nueva York, Worton, 2013.

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