Teletón 2015: entre la discapacidad y la afectividad mediática

El Teletón —cuya nueva edición será transmitida mañana por Televisa— se ha obstinado en representar a las personas con discapacidad como sujetos de caridad. Es hora de que se les presente como sujetos de derechos.

| Discriminación

Se avecina el Teletón 2015 y, sin duda, muchos se preguntarán por estas fechas: ¿qué se puede esperar este año de él? El programa de Televisa —con la participación de un reparto de estrellas mexicanas e internacionales y una meta en donativos de más de $470,000,000 de pesos— atrae cada año la atención del público. Ya sea por las acusaciones de fraude financiero debido a evasión de  impuestos, por las críticas del modelo médico y asistencialista basado en la representación de niños con discapacidad o, no hay que olvidarlo, por las muchas voces de apoyo a las iniciativas del Teletón, el evento suele generar debates polémicos, pero también anticipación.

Y es que el Teletón “ya viene”, como viene la navidad y como viene el próximo año: inevitablemente. De manera similar, y quizás para aumentar esta intensidad afectiva frente a lo que está por venir, la narrativa televisual del Teletón elabora una temporalidad particular —una temporalidad de un futuro indeterminado, basada en la idea de rehabilitación, así como en un futuro financiero que pretende lograr una meta mayor cada año.

Como experiencia mediática, el Teletón repite la tensión común en muchos programas de televisión, con la proyección del deseo del espectador hacia este futuro aparentemente indeterminado. Al igual que en el género de la telenovela, cada segmento narrativo del Teletón —articulado, sobre todo, con los testimonios dramáticos de los niños beneficiarios y sus familiares— depende de un desenlace pre-establecido que garantiza una resolución afectiva para el espectador. En este caso, sin embargo, el imperativo de la contribución monetaria, y la posibilidad de que los fondos no lleguen a ser suficientes, o de que no lleguen a tiempo, aumenta la tensión de cada escena, a la vez que interpela al televidente como sujeto que puede tener o no el valor (moral o monetario) para interceder a favor de los niños con discapacidad que están ahí en la pantalla. La confluencia parcial aquí entre el valor experimentado a nivel afectivo y el valor monetario es significativa, puesto que representa el momento de una entrada literal al mercado, tanto para el televidente, cuya elección entre donar y no donar determinará el desenlace de la historia, como para el niño con discapacidad, cuyo bienestar aparece como resultado de la inversión.

El hecho de que las caras y los cuerpos infantiles funcionen como eje central de esta construcción dramática del futuro deseado no es sorprendente si consideramos el peso que las imágenes de la infancia, emblema del futuro por excelencia, tienen en la publicidad —un ejemplo es el polémico video de los “Niños incómodos”, de 2012. Lo que sí merece mayor atención es la manera en que infancia, discapacidad y valor económico se articulan aquí como facetas inseparables de una experiencia mediática nacional, así como de un deseo colectivo que se proyecta hacia un porvenir mexicano.

La imagen de la infancia como proyección del futuro, ligada a imágenes de la discapacidad, representa —como han afirmado algunos teóricos en el campo de los estudios de la discapacidad, como Reed Cooley y Alison Kafer— un dilema curioso cuando el futuro proyectado pretende eliminar la discapacidad en cuestión. Es decir, debido a la ausencia o escasez de imágenes de adultos con discapacidad, en combinación con un proyecto explícito de borrar la discapacidad en el futuro, la cara y el cuerpo del niño con discapacidad llegan a funcionar como representaciones del problema: los niños visualizados piden borrar toda discapacidad futura, mientras la encarnan en el presente. La entrada al mercado representada por el Teletón es, por tanto, una entrada a un futuro en el que la discapacidad se cotiza continuamente por su valor negativo, y en el que solo la conjugación de la imagen de la infancia con la afectividad que esta imagen genera en el televidente solidario puede saldar las cuentas. La eficacia de la imagen del niño con discapacidad quizás radica, entonces, en la auto-negación continua que parece proponer —y que promete resolverse por medio de la inversión financiera.

No obstante este énfasis en los fondos privados como fuente de rehabilitación y esperanza para el futuro, es sabido que al Teletón se le acusa con frecuencia de confundir los bordes que separan al sector público del privado. Cuando Enrique Peña Nieto declaro, en su mensaje de apoyo al Teletón en el 2013, “a los niños y niñas con discapacidad, cáncer o autismo, a sus papás y hermanos, les quiero decir que cuenten con el apoyo del gobierno de la república, y con el cariño de millones de mexicanos, que estamos con ustedes”, quedaba claro que la preocupación del público sobre este tema no era gratuita. Si una de las características básicas del Estado neoliberal es precisamente un mantenimiento de fronteras borrosas frente al sector privado, es llamativo el hecho de que las imágenes y narrativas mediáticas de la discapacidad ocupen un lugar tan central en esta dinámica, a través de la cual México parece contemplar su futuro.

Sería fácil explicar aquí el papel emblemático de la discapacidad echando mano de las metáforas, sumamente ofensivas para las personas con discapacidad, a las cuales se ha recurrido a veces en el Teletón y, desde luego, en muchos otros medios dentro y fuera de México. Por ejemplo, en palabras de un presentador del Teletón 2011, se trata de la “rehabilitación de un país” (como si la discapacidad, parte íntegra de un ser humano dado, fuera equivalente al narcotráfico, o a cualquier otro problema político, económico o social). O, como afirmó Felipe Calderón en el mismo programa, la fundación “nos ha curado” de la “ceguera” que no nos permitió ver la discapacidad (como si la ceguera fuera lo mismo que la ignorancia, el egoísmo o la falta de interés en los demás). Pero habría que aclarar que son las imágenes y la retórica en torno a un imaginario nacional colectivo las que producen una noción particular de la discapacidad y la ubican como síntoma y emblema central de la relación imposible entre el Estado y el sector privado —evidentemente no es la discapacidad la que ha creado la paradoja de esas cuentas cuya supuesta transparencia nunca logra convencernos por más que se reitere.

2015 podría representar una especie de parteaguas para la Fundación Teletón y para el tema de la discapacidad en México, debido en gran parte a la investigación realizada por el Comité para los Derechos de Personas con Discapacidad de la ONU en 2014, a partir del marco de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de 2008. El reporte del Comité critica al Teletón por “promover estereotipos de las personas con discapacidad como sujetos de caridad e impedir que se posicione el concepto de sujetos de derechos”, y señala su preocupación por el hecho de que “buena parte de los recursos para la rehabilitación de las personas con discapacidad del Estado sean objeto de administración por un ente privado como el Teletón”. Como afirmó Antonio Aja en El Economista, refiriéndose al aspecto fiscal del reporte de la ONU: “Eso que la mayoría de los mexicanos percibimos, también lo percibió el Comité de los Derechos de las Personas con Discapacidad de la ONU”.

Aunque la observación de Aja sugiere que el comité simplemente repitió algo que ya era una percepción compartida entre muchos mexicanos, es innegable el impacto que el reporte de este Comité ha tenido en la Fundación Teletón. Por ejemplo, su sitio web ahora cuenta con una sección completa dedicada a la transparencia y con informes financieros de cada Centro de Rehabilitación Infantil Teletón (CRIT). Además, al parecer, el Teletón tomó en cuenta la insistencia de la ONU en cuanto a concebir a las personas con discapacidad como sujetos de derechos cuando, aproximadamente un mes después del reporte inicial del Comité, creó un video titulado “Estos son los derechos de las personas con discapacidad”. El video presenta escenas de rehabilitación o de interacción afectiva en las modernas instalaciones de los CRIT, amenizadas con la emotiva canción “Vive ya”, pero las palabras que aparecen en la pantalla representan un discurso algo inesperado, ya que enumeran los derechos de las personas con discapacidad: “derecho a la salud, derecho a la igualdad y a no ser discriminado, derecho a la accesibilidad, derecho a la libre expresión, derecho a la educación, derecho a un buen trato, derecho a la participación”, y terminan con la declaración: “Llevamos 17 años trabajando junto con la sociedad para que se ejerzan los derechos.” En otro video que apareció en el Teletón de 2014, esta vez el testimonio de un niño con discapacidad, Aarón Vilchis Vera, relata cómo una señora lo vio caminando con muletas y exclamó: “¡Ay, qué pobrecito!” La respuesta del niño, que se repite en el video, fue enfática: “¿Qué pobrecito, señora? ¡Si yo no estoy enfermo!” Los dos videos parecen ser síntomas de un cambio positivo en el Teletón y en el contexto social más amplio en el cual la discapacidad se representa; específicamente, se insiste en los derechos, y se rechaza el estereotipo de la persona con discapacidad como sujeto de caridad, y de esta manera responde a una de las críticas principales del Comité de la ONU.

Frente a este ajuste discursivo en el Teletón, y su aparente vínculo con el reporte del Comité, el público televidente tendrá que preguntarse si es, o será alguna vez, compatible concebir a las personas con discapacidad como sujetos con derechos y al mismo tiempo contribuir con las actividades de la Fundación Teletón y su evento televisivo de cada diciembre, evento tan fundamental que sin su éxito los servicios de rehabilitación y salud que ofrecen los CRIT dejarían de existir. Acaso los derechos se podrán ejercer en teoría, pero solamente dentro de un marco emotivo que continuamente los posterga para aumentar el deseo de alcanzarlos, y para involucrar al televidente en la tensión dramática de la apuesta por el bienestar de los niños y su futuro.

El Teletón, como evento mediático, recalca el vínculo irrevocable entre el acto de mirar y el de pagar —o en este caso, el de donar—, ya que interpela al espectador como sujeto libre, para quien la decisión de abrir el bolsillo está en sus propias manos o, quizás mejor dicho en los términos afectivos que propone el programa, en su propio corazón. Acercarnos de manera crítica al Teletón no implica necesariamente atacar o rechazar a la Fundación y sus actividades, sino considerar nuestras alternativas —tanto a nivel individual como colectivo— frente a la imagen como objeto de consumo, y considerar más específicamente la imagen de la discapacidad y su papel como eje central de la transacción financiera y visual. Tratándose de los derechos, habría que reemplazar las contingencias del valor afectivo de las narrativas televisuales de la discapacidad como impulso de la buena voluntad del pueblo, con las garantías ya inscritas no solo en la Convención de la ONU sino en la legislación mexicana.

Artículos relacionados