Teodoro González de León: la estética y el Estado

Teodoro González de León fue uno de los grandes arquitectos de la modernidad. Su obra –a la vez potente y problemática– nos deja un mapa de las pretensiones políticas de las élites mexicanas en las últimas décadas.

| Arquitectura

 

Al tío Pelayo.

El jueves pasado falleció Teodoro González de León, uno de los arquitectos más importantes del siglo XX mexicano, a los 90 años de edad. González de León participó y plasmó su estética inconfundible en emblemáticos proyectos del país y de la capital –unidades habitacionales, museos, oficinas privadas y públicas, centros comerciales, universidades.

Su arquitectura pronto abandonó la ligereza de sus primeras obras (Casa Catán) para madurar en un estilo rígido, alimentado de la racionalidad del movimiento moderno y del emergente brutalismo: no adoptó la ortodoxia funcionalista del primero pero heredó la libertad para limpiar sus muros y exteriores de ornamentos; no adoptó el gusto por la repetición del segundo: heredó, en cambio, el despliegue de abundantes materiales (sobre todo, de concreto) que combinó, en la mayoría de sus estructuras, con el acomodo sutil de las pesadas piezas. El producto es una arquitectura suave pero descomunal, una arquitectura inconfundible precisamente por imponente.

Por encargo o por concurso, de principio de los setenta a mediados de los ochenta, González de León participó en la construcción de varios edificios públicos: entre otros, el edificio de la delegación Cuauhtémoc (1972), la embajada de México en Brasil (1973), el edificio del INFONAVIT (1975), el Colegio de México (1976), el Museo Tamayo (1981) –los últimos cuatro en colaboración con Abraham Zabludovsky. En esta etapa consolidó su estética institucional. La arquitectura de su madurez es una arquitectura, en cierto sentido, monumental: es materia que conmemora –o parece conmemorar– algo superior.

González de León tuvo la oportunidad de trabajar de joven en el taller de Mario Pani (Tlatelolco) y en el de Le Corbusier, el padre de la arquitectura moderna. A mediados del siglo XX era la hora de la modernidad: era el tiempo de trazar racionalmente el futuro de la sociedad desde un plano. De fundar las instituciones que hacían falta. De erigir sus edificios. De tomar las decisiones más importantes para el país desde las oficinas superiores de estos. A pesar del peso de la época, de la posición desde la cual creó sus proyectos y de las principales figuras que lo influyeron como arquitecto, González de León siempre se mostró reacio a que se relacionara su arquitectura con la monumentalidad –porque los monumentos, argumentaba, tienden a ser volúmenes estáticos– o exclusivamente con el poder.

¿Ese despliegue masivo de concreto es, era, sinónimo de autoridad? ¿Esos muros tan inmensos que parecen indestructibles exigen la mayor solemnidad de sus usuarios? ¿Esos volúmenes abstractos son la materialización de la racionalidad estatal, la estética más acabada del Estado del siglo XX? Para hablar de poder y materia en México, la comparación directa es la arquitectura de Pedro Ramírez Vázquez (1919-2013). La obra institucional de González de León, como la de Ramírez Vázquez (Museo Nacional de Antropología [1966], Estadio Azteca [1966], Nueva Basílica de Santa María de Guadalupe [1976]), abriga esa tensión entre el Estado y la estética, los mensajes y la serie de símbolos que éste quiere manifestar en el espacio físico. Piedras que son misivas contra el tiempo.

Si el atractivo de la fastuosidad de las obras de Ramírez Vázquez atrapó a los clientes gubernamentales de todo el país, la solemnidad de la obra de González de León sirvió, sobre todo, al gobierno federal: los edificios del aprendiz de Le Corbusier se encuentran, llamativamente, en las principales avenidas de la Ciudad de México. Sin embargo, no todas las obras de concreto de González de León son (exclusivamente) trofeos de la modernidad priista. Sí: ambos arquitectos ornaron los procesos de modernización, pero, a diferencia de las construcciones de Ramírez Vázquez (85% monumentalidad, 11% función, 4% estética), las mejores obras de Teodoro González de León logran crear, envolver, proteger y producir verdaderos espacios. Quizá parte de su obra comparte la misma carga oficial que la obra de Ramírez Vázquez, pero son construcciones que operan, en el interior, de manera diferente, que encuentran otros sentidos al romper la lógica estatal que pretende estructurar los materiales. En las obras de González de León son comunes las amplísimas entradas. Y, dentro, el respeto del concreto a la luz. Zonas para estar, zonas para conversar. Sus mejores obras son eso: antes que trofeos, espacios.

El Museo Tamayo es, por lo anterior, una obra destacada: internamente, cumple sus funciones públicas; externamente, sin ser una obra totalmente discreta y manteniendo el rigor y la firmeza de su estructura, de cubierta extendida, es la construcción que mejor se integra al paisaje, que mejor se deshace de la vistosidad que define a las obras estatales de su época. La contemporaneidad estética del Museo Tamayo –como ha escrito Alejandro Hernández– no estriba en su querer ser pirámide, arquitectura-objeto, sino ruina, arquitectura sin las pretensiones retóricas del resto de la obra pública de González de León. Vacías de significado, el problema de las construcciones brutalistas, se ha observado, es que ni son tan jóvenes para ser consideradas contemporáneas ni tan antiguas para ser consideradas clásicas. El brutalismo que seguirá siendo contemporáneo es el que se muestre tan abstracto que sobreviva el cambio de los sentidos comunes en el tiempo. En este sentido, Teodoro González de León nos ha dejado algunas obras, como el Museo Tamayo, inquietantemente atemporales.

Con el cambio de siglo (con el giro neoliberal) la arquitectura de Teodoro González de León adoptó nuevos rasgos: más cristal en los muros, mayor verticalidad en sus estructuras, mayor lujo en sus acabados –digámoslo: el neoliberalismo también es una estética–. No hay élite sin arquitectura: no hay arquitectura sin élites. La obra de Teodoro González de León sugiere un corpus completo para estudiar estos nexos con sus clientes: primero con el Estado, luego con el capital (Reforma 222, Torre Arcos Bosques I y II, Torre Manacar). Leída como documento económico, su obra es un mapa de las pretensiones del 1% mexicano del final del siglo XX y de las primeras décadas del siglo XXI.

También la obra de González de León nos invita a revisar críticamente los preceptos de la arquitectura moderna. La batalla del movimiento moderno en contra de los ornamentos era, en principio, más ética que estética. Se preguntaba el movimiento: ¿cómo construimos con todos los materiales disponibles y la razón un mejor mundo para el hombre contemporáneo? En un mundo post-Pruitt-Igoe, en un país post-Tlatelolco, el planeador central es, sin duda, una figura superada. Pero su trasfondo no: existen habilidades que se pueden utilizar, no para racionalizar –desde una oficina– el devenir de toda la sociedad y las ciudades, sino para resolver descentralizadamente problemas específicos. Este fue el móvil del ambicioso proyecto Vuelta a la Ciudad Lacustre que propone, para paliar la falta de agua y reconstruir la geografía urbana, reactivar el sistema de lagos de la Ciudad de México –un proyecto de González de León y Alberto Kalach que merece más atención. La arquitectura todavía puede diseñar grandes obras sociales. El año pasado se politizó como nunca el gremio de los arquitectos para impedir la construcción del infame Corredor Cultural Chapultepec; identificando que la desigualdad es el problema fundamental –no la corrupción–, no suena imposible que parte del mismo gremio se pueda organizar para formular respuestas arquitectónicas a problemas estructurales del país: salud, vivienda, educación (noticias del planeta: este año Alejandro Aravena ganó el Pritzker).

Si bien egocéntrica, detrás de la obra de Teodoro González de León siempre pervivió la inquietud de hacer eficazmente instituciones que representaran una idea y, al mismo tiempo, de hacer ciudad con esas construcciones. Hoy la ciudad es una enorme obra de arquitectura colectiva. No hay oficina de gobierno que pueda delimitar y determinar su curso y su evolución –acaso sí trazar ciertas avenidas, cuidar un poco la infraestructura– porque las dinámicas sociales van a otra velocidad, más desordenada, más intempestiva y, como toda vitalidad democrática, más interesante. El fracaso de la modernidad en la Ciudad de México se resume precisamente en esa ecuación: el crecimiento demográfico fue a mayor velocidad que la planeación centralizada. Mientras que las transformaciones sociales van a 120 km/h, la planeación gatea. El examen crítico de la obra de Teodoro González de León y su posición en el mundo debe estar a la altura de su potencia como creador. La partida de uno de los grandes artistas del siglo XX nos deja una pregunta eje de mayor perennidad que todo su concreto: después del Apocalipsis, ¿cómo, entre todos, hacemos ciudad?

(Foto: cortesía de Christian Ramiro González Verón.)

Artículos relacionados