The Trump Years

Sucedió lo impensable, y el mundo entró en un periodo de absoluta incertidumbre. Donald Trump, el millonario xenófobo, es presidente de los Estados Unidos.

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Donald Trump ganó  la presidencia de Estados Unidos. Durante el último año el mundo trató de explicarse el fenómeno: en el país campeón de la democracia, un personaje cercano al fascismo es electo a través del mismo sistema que podría revertir. El asombro del mundo no logró, sino hasta el final, interpretar el trumpismo como el producto más acabado del sueño americano. Ni Hitler ni Chávez: Trump solo pudo suceder en Estados Unidos para los estadounidenses.

La teoría de Eric J. Hobsbawm acerca de los siglos largos y cortos nos dice que el siglo XIX comenzó en 1789 con la Revolución francesa y terminó en 1914 con el inicio de la Gran Guerra; el siglo XX, comenzó en 1914 pero terminó en 1989, con la caída el muro de Berlín. El siglo XXI terminó hoy. El fin comenzó en el 2009 (no el 11 de septiembre, como argumenta Hobsbawn) con la primavera árabe y culminó con la elección de Trump. El relato común es el de la ruptura y la insurrección. El establecimiento de la democracia liberal –que se ha ido contrayendo de a poco en los últimos años– terminó por fracasar en su casa más luminosa. El neoliberalismo en su modalidad de espectáculo no pudo sostener la ilusión frente a la revuelta popular.

Nunca como ahora habíamos observado la tensión entre la opinión pública y la vida real. Con excepción de la editorial del Ku Klux Klan, todos los medios importantes de Estados Unidos se pronunciaron a favor de Hillary Clinton. Su desconexión no es sino reflejo de un sistema mediático que ha abandonado a las mayorías para hablar al consumo individual y el de lujo. Ni Vogue ni The New York Times tienen ya el pulso de la nación. Apoyados por la tecnología, los medios, fervientemente desintelectualizados, llevaron fact-checkers a una batalla cultural. No alcanzaron las estrellas pop ni Hollywood; no alcanzaron internet, las redes sociales y los medios digitales para que Hillary triunfara.

La misoginia y el racismo son el modo natural de Estados Unidos. Según Morris Berman, el individualismo extremo tuvo su origen en el cambio de la definición de la palabra “virtud” en 1800. A partir de entonces, e impulsada por los republicanos jeffersonianos, la virtud ha sido la capacidad de mirar por los propios intereses en un entorno de oportunismo. Fueron ellos, esos oportunistas, quienes eligieron a Trump, pero también aquellos progresistas blancos –igual racistas– que no pueden ver más allá de su “blanquitud” para entender que sus estrategias no funcionaron, que no son mayoría y no fueron aliados de mexicanos y negros para construirla. Se equivocaron con Clinton como su representante.

Clinton hubiera continuado la política de deportación masiva de Obama y las guerras en las que “el pueblo elegido” iba a predicar la democracia; también hubiera impulsado la economía extractiva que ha dejado a millones en la pobreza y desigualdad, asumiendo el rostro del feminismo blanco que invisibiliza a las otras mujeres. Sin embargo, las batallas a librar hubieran sido conocidas y negociables. Su gobierno se hubiera tenido que plegar hacia el interior. Clinton tuvo la oportunidad de encabezar una profunda reforma política en Estados Unidos: reorganizar la disidencia para mantener el imperio. El futuro con Trump, en cambio, modifica el mapa de nuestras creencias y luchas.

Trump le da rostro a una mayoría popular heredera de la más pura cultura norteamericana. De todos los antisistemas posibles, él coronó el suyo anoche. Su gobierno también mirará hacia el interior, pero de otra manera. A diferencia de Clinton, él no tiene que negociar con quienes votaron en su contra pese a que en su primer discurso tras los resultados haya dicho lo contrario. Su primera tarea será revisar la viabilidad de sus promesas y llevarlas a cabo, además su relación con el ejército constituirá el primer gran obstáculo a sortear. Después de ello podrá gobernar para sus votantes con dos cámaras de mayoría republicana para tratar de revertir el legado de Obama, lo que ha llamado como la “reconstrucción del país”. Unos resultados como estos no sorprenderían en algún país europeo, donde los nacionalismos de la derecha más radical han ganado fuerza. En cambio, la posición histórica de Estados Unidos como balance de la hegemonía desequilibra al mundo entero: una elección local con efectos globales.

La ficción democrática de Estados Unidos irá desdibujándose poco a poco para dar paso a otro escenario: emergerán nuevas oposiciones e instituciones al tiempo que otras, como la Suprema Corte, quedarán hechas añicos. El gobierno de Trump puede ser el primer paso para repensar la globalidad tal como la conocemos, así como los Estados-Nación en tanto acuerdos dinámicos entre gobernantes y gobernados; los primeros caminan sobre abismos y los segundos los comienzan a lanzar a sus fauces. El triunfo de Trump es, en todo caso, una llamada de atención para los cobardes que, argumentando el fin de las ideologías, se han replegado de lo público para glorificar lo privado y extractivo, la esclavitud voluntaria del capital. Para ellos –la pusilánime izquierda– será muy difícil desentenderse de las consecuencias de no construir un mundo justo e igualitario más allá de sus buenas intenciones: hoy será un deber ser radicales.

En 1913 el mundo estaba sostenido por imperios. De la noche a la mañana cambió todo y en pocos años se acomodó de forma radicalmente distinta. Hoy el contexto es diferente: la victoria de Trump no exhibe un mundo más ignorante y más salvaje, sino uno donde repensar la democracia, en lugar de la absurda obsesión con el populismo, es urgente. En primer lugar, disociarla del liberalismo (colocarle adjetivos) y, en segundo, pensar en una democracia sin Estado, imaginar el mundo como si éste no existiera más: reorganizarnos en serio.

En México, a falta de liderazgo político y con un gobierno hundido en la corrupción, no habrá voz que nos consuele esta mañana. Hagamos valer nuestra independencia y construyamos futuro.

La revuelta se irá extendiendo. Algo en el discurso de un lunático le habló a aquellos que el sistema y los progresistas han querido excluir –a los que hemos decidido no escuchar–, a los ignorantes y “no modernos”, a la tonta multitud. En su lugar, el sistema que acaba de chocar contra un muro nos ofrece un infinito despojo y aquí está la reacción.

(Foto: cortesía de Gage Skidmore.)

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