TLCAN y los peligros de una mala renegociación

La renegociación del TLCAN está por arrancar, si México no llega con un horizonte de expectativas y posibilidades bien pensadas y seguras, así como con una postura firme, solo con optimismo no se van a conseguir beneficios reales.

| Contexto

En unos días se dará inicio a la primera ronda de pláticas con las que arranca el proceso formal de renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Estados Unidos ya ha dado a conocer sus objetivos rumbo a las negociaciones por conducto de la oficina de su representante comercial, el embajador Lighthizer. La mayor parte de los expertos en comercio internacional y negociaciones comerciales de los tres países concluyen que la administración Trump persigue objetivos ambiguos, en algunos casos contradictorios entre sí, y de conseguirlos el efecto sería un comercio menos libre en la región, pues Estados Unidos tendría mayor capacidad de implementar medidas discrecionales proteccionistas a los bienes de México y Canadá.

Son muchos puntos los que resultan preocupantes dentro de los objetivos que se presentaron, por ejemplo: la desaparición del Capítulo 19 del tratado eliminaría los mecanismos de resolución de controversias entre los tres países. Los paneles de expertos que deciden sobre si México, Canadá o Estados Unidos incurren en prácticas desleales al comercio y, si lo hacen, qué sanciones son pertinentes. Ejemplos de algunos casos que se han resuelto mediante este mecanismo son las disputas sobre el cemento mexicano, la madera canadiense o los productos de acero mexicanos. Estados Unidos no encuentra agradable el mecanismo porque limita su capacidad para tomar medidas retaliatorias de forma unilateral. Del lado canadiense y del mexicano el principal cambio que se busca al capítulo no es desaparecerlo, sino hacer más expedita la resolución de los paneles, un panel puede tomar entre doce y dieciocho meses para decidir en un caso, cuando el proceso podría reducirse a entre uno y tres meses. Otro punto que genera nerviosismo es la demanda de reglas asimétricas para la protección de inversiones para empresas de Estados Unidos. Esta demanda tiene como propósito que las empresas de aquel país puedan acudir a un sistema de arbitraje internacional en sus disputas en México y en Canadá, al mismo tiempo que las firmas de México y Canadá deben sujetarse a la ley de Estados Unidos, sin posibilidad de arbitraje internacional. Un último aspecto alarmante es la intención de eliminar la exclusión de productos mexicanos y canadienses de la aplicación de salvaguardas que Estados Unidos otorga a otros países fuera del TLCAN.

Estos son quizá los puntos más escandalosos entre los objetivos que Estados Unidos presentó. Sin embargo, a estos se suman otras preocupaciones, como su interés en la regulación de empresas estatales o de participación estatal, la integración conforme a sus intereses del sector energético de Norteamérica o el aparente deseo de retomar partes del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) con los costos que este implica. En general, la contradicción que existe entre querer disminuir los déficits comerciales bilaterales y mantener un comercio libre en la región es un tema que no se puede pasar por alto. Sin necesidad de abundar a profundidad en todos estos temas es evidente que todos ellos son asuntos de gran sensibilidad para México.

Estos temas nos dan un excelente contexto para situar tanto en su nivel de dificultad y el tiempo que puede tomar la renegociación. El consenso entre expertos es que es virtualmente imposible que un acuerdo con tales objetivos se pudiera terminar en diciembre de 2017, como los gobiernos de Estados Unidos y México desean. La única forma de que esa fecha fuera posible es que México y Canadá capitularan en cada punto y aceptaran las condiciones leoninas que busca la administración Trump. Si bien la posición de México aún no es clara y parece un intento de evitar el conflicto, el lado canadiense de la negociación sí ha tenido definiciones sobre los objetivos de Estados Unidos y todo parece indicar que opondrá resistencia y, por ende, alentará la renegociación. El promedio de una negociación comercial es de cuarenta y seis meses, la única ocasión en que un tratado con Estados Unidos tuvo una negociación menor a los seis meses fue el tratado con Jordania del año 2000.

Por lo anterior, México debe estar preparado para una negociación larga y llena de incertidumbre, aunque no se ven señales de que lo esté, y deberá enfrentar una negociación en la que los criterios políticos pesan más que los técnicos. Si fuera una negociación normal y los criterios técnicos importaran, no existiría el objetivo de disminuir los déficits bilaterales; esta idea carece de sentido en la economía moderna, y más bien representa una noción mercantilista del comercio. En el comercio internacional moderno importan poco los flujos de mercancías e importa más el valor agregado que se comercia. Por ejemplo, si solo tomamos el comercio en valor agregado entre México y Estados Unidos de acuerdo con el proyecto TIVA de la OCDE, el déficit comercial que Estados Unidos tiene con México es mucho menor, pasa de sesenta y cuatro mil millones de dólares, medido de forma convencional, a ser apenas de unos veinticinco mil millones de dólares si se mide por su valor agregado mexicano. Esta es en sí misma una muestra de que la negociación tiene un sentido más político que económico.

Si la negociación ha de obedecer a criterios políticos, entonces el gobierno mexicano debe considerar que la negociación va a ser más complicada. De darse un impasse entre los tres países existe una posibilidad real de que Estados Unidos denuncie el acuerdo y se salga, de modo que Trump pueda obtener una victoria política frente a sus bases electorales. Evitar un impasse y a la vez no ceder demasiado será un acto de equilibrismo para los gobiernos de México y Canadá.

No obstante, también es importante considerar qué quiere México del TLCAN, ¿cómo se mejora el acuerdo? ¿Qué desea obtener México de estas negociaciones? Si todo lo que deseamos es que el acuerdo siga vivo, entonces es probable que terminemos con un TLCAN que funcione menos bien, con un comercio menos libre, con reglas más discrecionales. Así como los gobiernos de Canadá y de Estados Unidos han dado a conocer ya qué esperan de la negociación, el gobierno mexicano debería hacer lo propio. Tener una serie de objetivos y exigencias para sus contrapartes sería la forma más fácil y trasparente para poder evaluar si las negociaciones van o no por buen camino, si son un éxito, un fracaso y cuál es el saldo de ellas.

Las negociaciones comerciales son estratégicas, presuponen que el país siempre busca lograr la mayor apertura posible de su contraparte a la vez que otorga la menor apertura posible a esta. Estados Unidos ha planteado una agenda evidentemente proteccionista y con el deseo de extraer grandes concesiones del lado mexicano, por ello es de vital importancia que se cuente con una ruta muy clara de lo que se desea lograr y cómo se desea lograrlo. El principal reto es la posición de negociación debilitada que tiene el gobierno mexicano, y parece que en su misma prisa por aislar el proceso electoral del año próximo de la renegociación del TLCAN y terminarla rápido, está haciendo de una situación de por sí débil, una muy precaria.

Una forma de fortalecer la postura mexicana frente a la renegociación es involucrar a más sectores del país en su discusión, hacer una evaluación de quiénes han ganado y quiénes han perdido con el acuerdo. Por ejemplo, más allá del famoso cuarto de al lado constituido por grandes cámaras empresariales que acompañan el proceso de negociación, sería prudente abrir las consultas sobre el TLCAN a la academia, a los pequeños productores que no participan del acuerdo pero desearían hacerlo, a los habitantes que han sido completamente olvidados los últimos veintitrés años en el sur del país y a quienes el Estado les falló en su intento de integrarlos con el resto de la nación y a la economía global. Permitir que otros órganos del Estado como lo es el Senado de la República, que cuenta con facultades en temas de relaciones exteriores, participe de forma libre de la discusión le daría fuerza a la posición negociadora del país. Lo anterior haría ver a las contrapartes de la negociación que un arreglo aceptable por todos deberá ser benéfico, que existen posiciones políticas domésticas que deben ser satisfechas y que no todo el beneficio sea capturado por una parte.

Una idea muy inteligente para ganar poder de negociación y además de avanzar los intereses nacionales sería la de presionar para que exista la libre movilidad laboral en la región. De la misma forma que el otro factor de la producción se puede mover con libertad, el trabajo debería poder moverse libremente. De acuerdo con investigaciones de Michael Clemens del Center for Global Development, la libre movilidad laboral entre México y Estados Unidos produciría fuertes ganancias de crecimiento para las dos economías y una mejora importante en la calidad de vida de millones de personas. En este mismo aspecto radica, quizá, una de las pocas cosas positivas de retomar parte del TPP, la inclusión de un capítulo laboral al TLCAN que genere presión al gobierno mexicano para hacer cumplir su propia legislación laboral y los acuerdos de la OIT.

Otra idea muy inteligente es la que plantea la doctora Luz María de la Mora de exigirle al gobierno de Estados Unidos que, como parte de la renegociación, regrese al Acuerdo de París, ya que la salida de Estados Unidos del acuerdo ambiental puede interpretarse como un dumping ambiental, puesto que las empresas mexicanas y canadienses que sí están en el acuerdo enfrentan costos más altos, y las de Estados Unidos, habiendo salido del acuerdo, estarían incurriendo en una especie de competencia desleal con sus contrapartes.

Si bien estas exigencias no necesariamente se verían reflejadas en su totalidad en la realidad, al menos servirían para ejercer presión en la negociación y al mismo tiempo serían una defensa de los intereses nacionales y una verdadera modernización del acuerdo. La renegociación representa peligros para muchos sectores del país, en especial el del campo, el textil y la seguridad energética por nuestra dependencia del gas y la gasolina de Estados Unidos. Cuando la renegociación dé inicio es necesario que México considere estas cuestiones y que llegue lo más fortalecido posible, de lo contrario, solo con optimismo no se van a producir los resultados que queremos.

 

 

 

 

 

 

 

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