Traficantes de la muerte

Contra lo esperado, y como retrata esta crónica, el evento y el mensaje del papa en Ecatepec no resultaron especialmente memorables.

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Al final de la misa, después de un burocrático discurso del obispo de Ecatepec, el papa Francisco tomó el micrófono y pidió que México no tuviera que llorar a hombres, mujeres y niños que terminan destruidos en las manos de los traficantes de la muerte. Son más de las doce del día, hace calor, no hay una nube, y no creo que la gente en este campo de polvo y grava se haya conmovido. Algunos de ellos salen del predio El Caracol como quien sale de un concierto poco antes de que termine. Los vendedores ambulantes recorren el camino contrario y tapan las palabras de Francisco con los pregones de sus dulces de chile y las fotos del pontífice.

Tampoco es que esta parte de Ecatepec sea la más desoladora de la mancha urbana.

Cerca de las nueve de la mañana, el servicio gratuito del Mexibus vomitaba gente frente a Las Américas, un centro comercial con su hotel Fiesta Inn, grandes tiendas departamentales, aire acondicionado y helados importados. La gente que salía del Mexibus se guiaba por la hilera de vendedores que a esa hora ya ofrecían camisetas conmemorativas o bastones para selfies.

La Avenida Independencia, la arteria principal de estos rumbos, es una calle con camellón. A sus costados se han venido a instalar conjuntos de casas encerradas tras rejas y tapias. Además de servir como medida de seguridad, las rejas se ven como un signo de estatus, una copia de las calles tapiadas de barrios más ricos como Rancho San Francisco o los edificios rodeados de alambres de púas de Nuevo Polanco. A esa hora, los únicos curiosos que miraban a la gente de camino a la misa eran los propios vigilantes que se ponían nerviosos cuando alguien se acercaba a pedirles una dirección.

Al final de la calle, una valla de voluntarios con chaleco rojo recibía a los caminantes y los conducía hacia el interior de El Caracol, una antigua salina donde se evaporaba agua para obtener sales de sodio, y ahora es un campo de tierra que tiene una espiral de grava, la que se ve desde la ventanilla del avión cuando se deja la Ciudad de México. Se esperaban dos millones de personas. El Caracol se abrió desde la noche anterior para que la gente fuera entrando, pero alrededor de las diez de la mañana el aforo no era asfixiante. La gente entraba, caminaba 500 metros antes de encontrar una tienda donde recogía agua y galletas gratis, y luego tomaba su lugar en esta planicie rodeada de pantallas y torres con bocinas.

No se necesitaba ser un semiólogo francés para leer los signos contradictorios de poder: la Orquesta Sinfónica del Estado de México tocaba la Sinfonía Heroica de Beethoven, inspirada en los ideales de la Revolución Francesa; pero aquí en Ecatepec, era la música que acompañaba las imágenes del representante de Dios en la tierra cuando abordaba el helicóptero en el Campo Marte de Reforma. Minutos después, esos mismos helicópteros se asomaron por el cielo de Ecatepec y la gente agitó sus banderas.

Una monja y un padre trataban de animar a las multitudes. Usaban, por ejemplo, frases tomadas de la liturgia, como “¡Ben-di-to /el que vie-ne /en nom-bre del se-ñor!” Pero la gente no se prendía. Sólo se encendió cuando las pantallas comenzaron a transmitir lo que sucedía alrededor: el papa había descendido del helicóptero y entraba a esta zona de Ecatepec.

Las hermanas Cuellar, de Matamoros, Tamaulipas, habían viajado desde el viernes por la noche para estar en la misa. Deseaban llevarse un mensaje de paz de regreso a su tierra. El señor Baraquiel González, de Veracruz, venía a recibir la bendición del pontífice junto con otras seis personas de su comunidad eclesial. Los niños de una familia cercana estaban tan aburridos que comenzaron a enterrar banderas en el suelo, mientras una señora, tumbada en el suelo, era atendida por representantes de la Cruz Roja. Había gente de todas las clases sociales, familias vestidas como para una misa en la iglesia de Bosques de las Lomas, y señoras que se habían venido con todo y delantal.

El sol calentó. Por aquí y allá se veían pequeños torbellinos de polvo que jugaban entre la gente. Y el papa Francisco pronunció las palabras que conmocionaron a la prensa.

Es cuestión de perspectiva, pero después de horas de peregrinación y ritos, esas palabras no sonaron particularmente revolucionarias. No había muchedumbres encendidas. Lo que sí flotaba en el ambiente era la mansa satisfacción de un pueblo católico que tuvo un roce con un papa y que emprendió un larguísimo camino de regreso, pues el servicio del Mexibus se había suspendido.

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