Transición democrática: economía política de un fracaso

En sus últimos ensayos Enrique Krauze y Héctor Aguilar Camín estudian el pesimismo y los deudas políticas de la democracia mexicana sin ocuparse de lo importante: la economía política.

| Democracia

Recién, y por motivos del todo explicables, dos ensayos de importantes intelectuales públicos se han ocupado de lo que podríamos llamar la decepción democrática nacional. No son los primeros, ni es la primera vez que ellos abordan el tema. Me sorprende, sí, la sincronía, y la celebro. Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze largaron reflexiones, datos y preocupaciones sobre nuestra vida pública en democracia y el ánimo crepuscular que la domina. Los textos no son iguales ni intercambiables. Aguilar Camín es memorioso, puntilloso, técnico y muy propositivo –y me asusta– en aquello que infiere de su análisis; Krauze es, asimismo, memorioso, pero se detiene sobre todo en interpretar las razones del pesimismo en las generaciones, al parecer, no veteranas de la lucha por la democracia en México –y me asusta. En cierta forma Aguilar Camín escribe del lado de la oferta democrática y Krauze, de la demanda. El producto no es bueno, dice Aguilar Camín; el consumidor no sabe qué quiere, dice Krauze.

No replico puntualmente los ensayos. Su lectura es indispensable por lo que dicen literalmente pero, también, por sus silencios. Con todo lo que los distingue en su biografía intelectual y en sus posiciones políticas los autores parten de una plataforma común: el modelo económico vigente, y enfatizado por las reformas de Enrique Peña Nieto, es no sólo deseable sino obligatorio. No se explora si ese modelo ha erosionado la democracia y la vida pública y las ha lastimado tanto como la corrupción de las instituciones, los partidos y los políticos. No se cuestiona si la feria de bajas pasiones en la que vivimos es un hecho cultural consubstancial a la vorágine de indisciplinas, deslealtades, fugas hacia adelante y demás que inauguró en México el proyecto de Carlos Salinas de Gortari.

Hay más. No se cuestiona si la versión criolla del consenso de Washington es corruptora porque consagra el asunto de la renta, y no la productividad, como el eje de la economía (política). La productividad exige ingenieros sagaces, obreros bien pagados, innovación tecnológica (invertir a fondo perdido) y consumidores informados. La mala política sirve para perpetuar la renta: comprar contratos, no competir por ellos. Las mexicanas son aguas de tiburones: los grandes (la presidencia, los gobernadores, las televisoras, las grandes constructoras, los bancos, las grandes cadenas minoristas) y los pequeños (los presidentes y contratistas municipales, los desarrolladores inmobiliarios, los abastecedores de insumos) tienen algo que ganar y algo que perder según soplen los vientos en la vida electoral.

De hecho, me parece imprescindible que las grisuras de nuestra democracia se ventilen en términos políticos, que es lo que intentan los ensayistas; pero ayudaría mucho, para estos afanes, que Aguilar Camín y Krauze transitaran de la economía a secas a la economía política de nuestro desastre, la gran lección de Thomas Piketty. Cuando tengamos disponible la economía política de la transición mexicana, conjeturo, incluso la imagen nuestra, la de los ciudadanos, será otra y distinta, y menos edulcorada; nadie puede afirmar que el Chapo no tiene una encarnizada vocación empresarial. En Europa y en Estados Unidos ya resulta imposible ignorar el efecto pernicioso que la desregulación de las finanzas y la flexibilización de los mercados laborales ha tenido sobre la democracia misma. De Berlusconi a Le Pen, de Trump al Brexit, del neocatolicismo misógino polaco a las corruptelas de los nietos de Franco, ya nadie puede decir que la democracia está en su sitio y tranquila.[1] Decir que la amenazan los populismos es decir nada, si antes no se dice que la amenaza es una economía política específica y subversiva, esa que en México se presenta como destino iluminado. Pero me temo que ni el nocturno ni la decepción están en clave cosmopolita y México aparece como un islote ecológicamente impecable en el océano. Falso.

El malestar en la cultura democrática es general, no solo local. Y está representado, pero los autores no lo dicen, por unos elefantes glotones, apoltronados en las salas de las naciones, mirando sutilmente irónicos las novedades inconmensurables de CNN –y si su autoestima está a la baja, de Fox News. Pero no olvidemos que el genoma de esos elefantes es el mismo, en todo el mundo. Lo que es diferente en cada caso es la sala. Y la nuestra no está para las visitas. Me deja perplejo que dos de nuestros más importantes historiadores de la generación de 1968 sean tan reacios a las tendencias del mundo, que ciertamente son distintas a las que asumen. La crisis de 2008 pasa desapercibida en su reflexión. Es lógico: si asumen todas sus consecuencias, el paso siguiente es una cirugía del elefante en la sala mexicana. 2008 cambió el mundo, pero no es un tema en los ensayos. Si se reconociera esta triste verdad todo el paradigma, e incluso la parafernalia, del modelo político y económico mexicano se vendría abajo. Por eso, quizá inconscientemente, la apuesta de análisis es endógena, casi sin referencias al mundo. En aras de subrayar la singularidad local, los ensayistas se pierden una pregunta clave, insisto: ¿cambiamos de época? Porque si fuera el caso, nuestros pecados son los de un inmenso anacronismo.

Si Aguilar Camín y Krauze han coincidido en el punto de partida (que esta economía, o en todo caso su rumbo, es lo único imaginable) se reúnen otra vez, inesperadamente, en una omisión, de naturaleza política. En los ensayos está ausente la idea de república. Otros términos como Estado, democracia, elecciones, ley, vida pública, proliferan. Pero la república, y no en su acepción territorial o geográfica sino en la política e ideológica, está absolutamente ausente. Lo delicado del asunto es que Estado o democracia, y son ejemplos, no agotan la discusión sobre el Estado y la democracia. Algo nos falta, algo extrañamos los lectores, un mundo platónico donde las ideas (no solo de los ensayistas o de este transcriptor, sino de los ciudadanos todos) circulen, se entremezclen, se estabilicen y desestabilicen. Nuestra crisis y nuestro pesimismo enfermizo son también un problema de paradigma. Por eso, los ensayos, con todas sus aportaciones, adolecen de un vocabulario que no se ha innovado, de una imaginación política que no aparece.

De ese ente ideal que sugiero al suelo fangoso de nuestra realidad cotidiana hay un trecho muy breve. Sin la idea de república un cúmulo de reflexiones se imposibilitan. Si la mistificación de la economía y la negación de una economía política convirtió el punto de partida en lo dado por la naturaleza, por la ley de Dios o por la ciencia, la omisión de república nos condena a no poder rastrear los fenómenos sutiles y a veces invisibles que arropan, envuelven, distorsionan y asfixian la democracia mexicana. ¿Qué se nos escapa? Sin república, la posibilidad misma de secularizar la política y la economía, de emanciparlas de un presunto realismo que es solo un compendio de tabúes y prohibiciones, casi totémicas, consagradas por los discursos dominantes para vedar tópicos de discusión. El salario mínimo ha sido por décadas ejemplo de esos vergonzosos silencios que por sí mismos escandalizan; y ni se diga el caso de los impuestos patrimoniales, del grado de apertura y flexibilidad de los mercados financieros o la meta monomaníaca que rige la política monetaria del Banco de México.

Pero vale la pena ilustrar la idea general más allá de lo económico: la anomia no es la desorganización de los hombres sino de sus deseos. Estos últimos son los combustibles del mundo: sin ellos son inconcebibles el poder, la riqueza, la ciencia, el arte, el amor, el bienestar. Los deseos son omnipresentes y casi siempre reconocibles. Por uno de esos malentendidos, comunes en la historia del pensamiento, por décadas tuvimos una versión descafeinada y bobalicona de la anomia, que la hizo un sinónimo de una mera desorganización social. Es probable que esa confusión viniese de la lectura que hicieron los sociólogos estadounidenses de la obra de Emilio Durkheim, en el periodo de entreguerras. En todo caso, la significación a un tiempo recuperada y reactualizada de anomia bien podría ser la de pasión de infinito.

Desear todo, querer todo, se traduce en la vida pública en la búsqueda desaforada por conjuntar poder y riqueza. No hay gran novedad en esta afirmación (la política como acumulación originaria) salvo que asumamos las patologías a que conduce un código único para especies distintas, es decir, los ricos en bienes y los poderosos a secas. Si para Weber había un tipo ideal para el político y otro para el científico, entre nosotros hace falta un tipo ideal para el político y otro para el empresario. ¿Son incompatibles esas vocaciones? Sí, absolutamente sí, en términos de la vida pública. Pero de una u otra manera, legitimamos el deseo de los que aspiran al dinero y al poder: el éxito de un hombre o una mujer está hecho de sumar, no de separar; de reunir sus deseos, no de elegir entre ellos. El dilema de Hamlet no existe en nuestra vida pública. La solución republicana es anulada por una extraña solución budista donde todo se armoniza. La república no existe en la medida en que no hace ineludible el desgarramiento.

He aquí la república, ese diccionario que nombra y, por tanto, separa, distingue y excluye. Si la democracia es la expresión de voluntades, la república es la enunciación de criterios, límites, obligaciones, horizontes de lo imaginable. La república es el superyó de la democracia –al diferenciarlos y limitarlos, encauza los deseos, los hace fértiles. Por eso debe ser el discurso republicano el que escinda, con toda conciencia, las vocaciones privadas y públicas, del empresario y el político, por ejemplo. Ambas son imprescindibles; reunidas sin discernimiento son nuestra pesadilla.

Pero ¿cuáles son los dominios de la república? En primer lugar, un espíritu donde se reúnan la ley, la moral pública y las reglas no escritas en las cuales los individuos y los actores colectivos definan sus límites. Dicho así, la república bascula entre la letra de la ley y el espíritu de la polis. En seguida, y de manera más pedestre, la república reconoce sus territorios cuando la comunicación de los asuntos públicos deja de estar solo en emisores sectarios como las televisoras privadas, radiodifusoras chantajeadas, prensa de gacetilla y plumas a sueldo; sin medios públicos probos y eficientes no hay república. Una paradoja: la inexistencia de una prensa partidaria en México opera contra la república: que todo mundo sepa quién habla y en favor de quién. El “apoliticismo” de los medios –si la hay– es una tragedia.

La república es el hábitat de nuestro deseo. Pero la casa tiene reglas, las de la república. Como en el caso europeo, la crítica al populismo debe pasar la aduana de la crítica del elefante en la sala, es decir, de la economía política en uso. Sin este artilugio, esa crítica es solo de los gestos, no de la materia. Ladrones y rateros, dice López Obrador de sus contrincantes; víboras prietas, llamaba Vicente Fox a los priistas en 2000 y no lo llamaron populista (y acabó votando en 2012 por el presidente actual, del PRI). Felipe Calderón organizó su performance con las fuerzas armadas, vistió a sus hijos pequeñísimos de soldados y, como Jorge Vergara, el dueño de las Chivas, publicaron fotografías orbi et urbi de futbolistas y niños en tanques y tanquetas. Carlos Salinas de Gortari nos partió la cresta cuando nos inscribió en la OCDE, y nos marginó de créditos blandos, ayudas, apoyos –y no lo llaman populista porque invitó al elefante a la sala y le dio la escritura de la casa. Si ya hay tantos populistas, el término no sirve más, en caridad de Dios. En la medida en que el horizonte de Aguilar Camín y Krauze sea solo Andrés Manuel López Obrador, poco esclarecen si no reconocen que el problema es el elefante en la sala; como Rajoy, esperan del tiempo el milagro. El elefante está ahí. Sin una crítica del elefante (OHL, Televisa, los bancos ineficientes, las nuevas y sospechosas empresas constructoras, las voraces empresas petroleras y mineras) las reflexiones sobre la democracia mexicana son emasculaciones. El asunto es bravo, difícil, porque se impone una crítica al modelo económico sin confundirla con una hostilidad hacia la empresa y el emprendimiento mismos que requieren de otros ecosistemas con menos depredación rentista en la cúspide de la cadena alimenticia.

La república ausente está hecha también del desconocimiento –como una forma de abandono– del territorio. Casi nadie ha establecido la relación, para mí evidente, entre la violencia endémica en regiones del país y la retracción de los aparatos de gobierno que tenían injerencia en el diagnóstico, administración y ejecución de políticas públicas sobre el terreno. De CONASUPO a COPLAMAR, del extensionismo agrario a las brigadas culturales de otros tiempos, existía un andamiaje para conocer y evaluar el pulso de una sociedad increíblemente dispersa en el territorio. Entre 1950 y 2000 la población que residía en localidades de menos de dos mil quinientos habitantes pasó de 15 millones a casi veinticinco millones de personas.[2] Y el número de localidades censales de menos de dos mil quinientos habitantes se disparó de unas cien mil (en 1950) a casi doscientos mil (en 2000).[3]

Hay entonces una nación dispersa en rancherías, parajes, caseríos, barrios, ejidos y comunidades de todo tipo. Es probable que ni las infraestructuras ni los insumos para una vida republicana sean accesibles para millones de personas inmersos en ese universo sociodemográfico. No sé hasta qué grado sabemos de las formas de socialización política en esos pequeños mundos de vida, pero es muy probable que las élites políticas hayan abandonado un día (quizá a finales de la década de 1980 o principios de la de 1990) la responsabilidad esencial del Estado moderno: el conocimiento sistemático del territorio y de sus habitantes, incluyendo sus pulsiones más características. No es un dato menor que dos de las últimas fronteras agrícolas (la Lacandonia y la Tierra Caliente) hayan sido escenario de dos de las formas de violencia política y criminal más importantes de las últimas décadas; ambas son áreas de amplia dispersión poblacional.

En parte debido a esta omisión, la república no ha fructificado como el continente de nuestra democracia. Dos equívocos me interesan: confundir presidencialismo con estatismo (Krauze) y condicionar nuestro tránsito al parlamentarismo a una crisis política mayor (Aguilar Camín). En México la única ideología vigente y potente es el hiperrealismo, que es una mímesis con la naturaleza, es decir, con la que está dado, es decir, con los placeres y prejuicios del elefante.

Los miles de puntos negros en el mapa informe de la república evidencia el fanatismo de la época del consenso neoliberal: una caracterizada por la obsesión respecto a los flujos (de capital o mercancías) pero en demérito de las localidades y sus anclajes, sutiles o burdos, en la convivencia y la paz social. Si la Revolución fue en muchos sentidos la visibilización abrupta del México rural, lo experimentado en México desde la década de 1980 ha sido una de las mayores transgresiones a un pacto social que, si no democrático, estaba obsesionado por la paz del reino. Y aunque las zonas de violencia del país bronco no pueden minimizarse de ningún modo para toda posrevolución, lo que caracteriza nuestros tiempos es sobre toda una actitud que tiene todos los síntomas del pensamiento mágico: que el mercado autorregulado –no la política o el desarrollo– es la condición y el garante de la paz.

El marcado antirrepublicanismo de las élites políticas y económicas ha generado, además, otro fenómeno: un miedo intenso, pueril, acotado a una agenda formulada solo en términos político, es decir, al cambio no adjetivado por lo económico o lo “estructural”. Como rechazan o simplemente ignoran que la república es asimismo un método cognitivo para descifrar información, entender procesos y tomar decisiones en la plaza pública, sus propios proyectos y obsesiones ideológicas se convierten en un plazo más breve que largo en sus terrores más acendrados. El libre comercio acaba emasculando cualquier iniciativa sobre política industrial o diversificación de mercados; la obsesión antiinflacionaria del Banco de México hace olvidar las políticas redistributivas y el ensanchamiento del mercado interno vía, por ejemplo, una política salarial sensata que no subsidie las exportaciones con salarios de hambre, un dumping indigno que ya empieza a escandalizar más allá del Río Bravo; el pánico al “no”, es decir, a someter la reforma energética a un referéndum, la deslegitima y la hace depender de la voluntad de cualquier otro gobierno (y esto sin considerar que es una reforma que impactará sobre todo a la nación dispersa de las, más o menos, veintiocho millones de personas de las doscientas mil localidades).

Así pues, el antirrepublicanismo de las élites las inmoviliza; su actitud lastima su curva de aprendizaje; siempre son nuevos; y confunden la astucia (el Pacto por México es un ejemplo) con un pensamiento estratégico: la democracia más la república es un paradigma, una forma de conocer. En el fondo hay un sentimiento de precariedad política que afecta profundamente la democracia. Como planteé antes, la corrupción es estructural en tanto la riqueza, el dinero, se convierte en una compensación frente a la precariedad. Sin república, en la democracia mexicana la circulación de las élites se convierte en un incentivo para robar.

Como entendieron a la perfección los jacobinos de 1793, la república empieza por ser una celebración, una consagración, un rito iniciático y colectivo. Es fascinante y desconsolador descubrir que la obsesión por una transición suave en el año 2000 llevara a su némesis: a la violencia cotidiana y extendida en el territorio, y en clave criminal y no política. Se quiso formalizar y controlar a tal grado el cambio que se inhibieron las fuerzas que le daban sentido y programa. Por más que se quiera consagrar el 2000, esta no es una fecha, un hito, la mojonera de una frontera entre pasado y presente. Es un dato sin emoción cívica. Parece absurdo tener que recordarlo ahora, más de tres lustros después: a las discontinuidades hay que cacarearlas. El saldo neto de la burocratización del cambio y la alternancia política sin profundidad simbólica es una vida colectiva que oscila entre la resignación y el cinismo. Una proporción importante de la sociedad mexicana no puede identificar la importancia del 2000. Ninguna interpretación de ánimo didáctico, ninguna prédica que apele a una historia que no quiso ser, y que por tanto será escrita con muchos esfuerzos, podrá recuperar la oportunidad perdida. Lo digo de otra manera: el México de hoy, en términos de las coordenadas básicas de la política electoral y económica, es justo el que imaginaron más de uno en la década de 1980. Así lo desearon: una democracia que no impacientara al elefante en la sala sino, al revés, que lo chiqueara y engordara.

Así fue y así nos fue, diría el clásico. Pero depositar la esperanza en un solo tema no conviene. Echemos abajo el hiperrealismo teledirigido (literalmente) y el desgobierno. Sus consecuencias: violencia que se mide en más de cien mil mexicanos asesinados desde 2006, decenas de miles de desaparecidos, corrupción rampante que se proyecta desde la casa oficial del presidente y recorre las grandes corporaciones privadas, los partidos políticos, los representantes populares, los gobiernos estatales y municipales. El nocturno y el desaliento nos desbordan, sí, pero nos retan.

La crisis política es mayor, y las elecciones del 5 de junio de 2016 lo muestran. ¿Fue un voto contra la “corrupción” o un voto contra el “modelo”? ¿Alguien puede separar el modelo de nuestro capitalismo? Aquello que se argumentó alrededor de las reformas “estructurales” debe ser ratificado o rectificado. No hay democracia creíble con este modelo económico, que niega todas las prácticas de la república. Aguilar Camín y Krauze dan un mérito inmenso a López Obrador al considerarlo el único crítico digno de este capitalismo corrupto, corruptor e insensato. Al parecer, son millones con el mismo guión. A gritos la ciudadanía exige otro modelo, que articule sensatamente lo político con lo económico: una economía política de nuestra corrupción, una política económica para nuestra geografía, una imaginación menos rancia y más agresiva: otra república.

(Foto: cortesía de Eduardo Meza Soto.)


Notas y referencias

[1] Rodrigo Negrete y Ariel Rodríguez Kuri, “Europa, Europa” en Fractal, no. 68, enero-marzo 2013.

[2] El último dato poblacional dado a conocer por el INEGI para estas localidades es de 28.2 millones de personas, en tanto que localidades en un rango de 2,500 a 15 mil habitantes aportan 17.5 millones (ENOE, primer trimestre 2016.

[3] Ariel Rodríguez Kuri, “Urbanización y cambio cultural, 1960-2000” en Alicia Hernández Chávez, directora general, Ariel Rodríguez Kuri, coordinador, México contemporáneo, 1808-2014. La población y la sociedad, tomo 3, México, México, El Colegio de México, Fundación MAPFRE, Fondo de Cultura Económica, 2015, pp. 227-228.

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