Trump: apuntes sobre el fascismo posmoderno

En la tierra de la libertad y las oportunidades un fascista dueño de casinos disputará la presidencia. ¿Cuáles son las condiciones del sistema político y económico que han permitido el ascenso del demagogo?

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Es un consenso lúgubre: atestiguamos el ascenso de un personaje fascista en tiempo real. Si bien hacemos desde ahora la distinción entre un personaje fascista y un régimen fascista –entre lo que caracteriza al personaje de su posibilidad real para arrollar instituciones y transformar el gobierno de los Estados Unidos en un régimen totalitario, lo que es algo completamente diferente– no hay duda de que el fascismo es una de las derivaciones posibles de las democracias de masas modernas. Y como argumentamos en otro lugar, no hay fascismos unicausales, sino constelaciones de discursos, actores, circunstancias, accidentes y juegos de espejos entre virtuosos y pecadores, entre demócratas, oportunistas y totalitarios genéticos, entre beneficiarios y agraviados. La vida, la historia, es un libro abierto.

Lo que es seguro es que no existe una vacuna contra las tendencias autodestructivas de las democracias. Otras sociedades más sofisticadas que la estadounidense han enfermado de lo mismo. Italia, con su extraordinaria densidad histórico-cultural (y que reincidió en los noventas con un Berlusconi), o países que alcanzaron una masa crítica intelectual sin paralelo como fueron los casos de Alemania y Austria, han sido los ejemplos más acabados. Pero en el proceso de ascenso del histrionismo fascista en Alemania la fuerza e impacto de factores manifiestos está fuera de discusión: el colapso, tras los más de cuatro años de titánico esfuerzo de la Gran Guerra Europea; la paz punitiva del Tratado de Versalles; la conflictividad callejera y el esbozo de una guerra civil a manera de reverberación de la revolución bolchevique; la hiperinflación corrosiva resultante de las reparaciones de guerra, que alcanza su punto álgido en la primera mitad de los años veinte; un ulterior esfuerzo de recuperación cortado de tajo, ahora por las consecuencias de la Gran Depresión en Europa: de vuelta al conflicto en las calles y a una crisis de gobernabilidad en la incipiente República de Weimar. No debe extrañar el surgimiento de toda clase de dudas sobre la capacidad de la democracia representativa para enfrentar los demonios internos y externos de la época.

Nada equiparable ha acontecido en la sociedad norteamericana contemporánea. Con todo y que en los Estados Unidos se gestó la crisis de la economía global del 2008 –la mayor desde la Gran Depresión– las consecuencias en el nivel de vida norteamericano han sido mucho menores que en otras partes del globo –señaladamente la Europa mediterránea– en buena medida porque las respuestas a esa crisis han sido más sensatas desde Washington que desde Bruselas. En el 2016 el empleo ha recuperado sus niveles previos a la crisis y no se deja de especular sobre si la economía norteamericana está sobrecalentada (exactamente lo opuesto a una economía deprimida), de modo que la expectativa recurrente es cuándo la Reserva Federal habrá de tomar las medidas que conduzcan a una subida de las tasas de interés. Por otra parte y pese a quedar claro que no son inmunes a la amenaza terrorista, no hay manera de ver a los Estados Unidos como una potencia militar vencida o de rodillas: de cierto no es un paria humillado en la comunidad de las naciones. Comparado con la República de Weimar, Estados Unidos es un remanso de paz social. Ni huelgas ni tomas de fábricas y centros de trabajo; prácticamente no hay ensayos de acción colectiva generalizada. La pregunta entonces es ¿por qué, si no existen condiciones objetivas medianamente comparables a los años veinte o treinta en Europa, estamos viendo el ascenso de un demagogo fascista en una de las sociedades políticas más estables del planeta?

Hasta ahora, más allá del fenómeno Trump, se ha puesto la atención en la captura del Partido Republicano por la derecha ideológica (el Tea Party) y a la histérica campaña anti-Obama montada por la cadena Fox (el término utilizado en Estados Unidos es character assassination). Ya se ha dicho: la mancuerna de los discursos anti-políticos y anti-institucionales ha terminado por crear un Frankenstein que ya no puede atajar la propia estructura del Partido Republicano, y no deja de ser absurdo –a la vez que desolador– que ello sorprenda (como a Brooks, Cohen y Krugman, editorialistas del New York Times). Todo esto inscrito en un contexto global de descrédito de la democracia representativa en Occidente y del alejamiento de la clase política de sus respectivas ciudadanías que, en las antinomias de la voluntad general a la Rousseau, se define como un grupo de interés más en el paisaje. Sin duda, a estos factores se suma un clima paranoico resultado del terrorismo, que le invita a superarse cada día. Como trasfondo, se nota que el cambio demográfico que experimenta Estados Unidos, un horizonte de conversión paulatina de minorías en mayorías, introduce una peculiar tensión no comparable al de otra nación occidental.

Sin restarle relevancia a todo esto, cabría introducir otra perspectiva, con sus propios factores concurrentes: la integrada por la simultaneidad, en la sociedad norteamericana actual, de tres discursos que, si bien son de naturaleza intersubjetiva, tienen el efecto de configurar una nueva realidad:[1]

  1. el del capitalismo neoliberal globalizado a manera de utopía perniciosa;
  2. el del capitalismo popular en la cultura de masas de los Estados Unidos;
  3. el discurso paralelo posmoderno.

Los tres factores tienen consecuencias no previstas, de manera que la idea de un Trumpenstein es válida, aunque hasta ahora incompleta. El asunto va mucho más allá de la intoxicación ideológica de una parcialidad política: hay que poner la atención en la sociedad norteamericana, en particular en su clase trabajadora. Pero, sobre todo y ante todo, cabe entender cómo los tres elementos enumerados han minado la idea de república y su poder de convocatoria para transformar la inercia social (con todo y sus tics, fobias y pulsiones) en polis: en deseo y capacidad de comprensión y transformación. Hay que decirlo: al cancelar esa posibilidad de diálogo-transformación y los procesos que ello requiere, la sociedad civil (esa suma de particularismos, cada uno suponiéndose generalidad) se reconoce en las trivialidades del reality show, del tabloide o de la figura pública que se acepta como reflejo de sus pulsiones no moduladas, lo que crea una ilusión de autenticidad y conexión. En una circunstancia así, el líder fascista no deja de encarnar una fantasía que ambiciona abolir mediaciones, instancias e instituciones; su propia figura impele a una sociedad pre-política (y en esa medida pre-civil) a ser más que nunca ella misma y para sí misma. Se trata de un Narciso individual y colectivo que está seguro de no caer en la fuente.

Veamos entonces cada uno de estos tres factores-discurso.


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I. La utopía de un capitalismo neoliberal globalizado.

Ciertamente Trump no es un estandarte del llamado Consenso de Washington, de donde partió, para el resto del planeta, la prédica neoliberal de los años noventa. La demagogia anti-apertura comercial de Trump es parte del programa que, sin duda, intentará llevar al cabo. Es muy grande la tentación de ver en Trump al “verdadero rostro del capitalismo”, tal como en los años treinta los comunistas creían verlo en Hitler. El problema es que, además del reduccionismo de identificar un fenómeno político con un modo de producción –lo que en la práctica resultó fatal para contener el ascenso nazi–, no hay tal cosa como El Capitalismo, reificación platónica en la que fácilmente incurre un filósofo: hay muchos capitalismos. El francés, el alemán y el del norte de Europa son muy distintos al anglo-americano: los primeros hacen un fuerte énfasis en las instituciones y los pactos sociales explícitos e implícitos, en los que representaciones sindicales junto con ciertas burocracias y mandarinatos tienen una legitimidad reconocida. En la vertiente anglosajona, en cambio, hay una tendencia a dejarlo todo a la intemperie, comenzando por los mercados de trabajo y financieros, para que cada quien haga y deshaga a su manera. A las burocracias y las instituciones invariablemente se les ve como estorbos y se olvida para qué están ahí.

La versión ideologizada (es decir, llevada al extremo) del capitalismo angloamericano ha sido el neoliberalismo que, como toda ideología, termina repudiando cualquier anclaje en la realidad. Su mantra único y exclusivo es eficiencia y solo eficiencia. Si se le toma la palabra, el orden social es una suma de mónadas cuya principal motivación para vincularse entre sí es el interés propio y que, para hacerlo mejor, requieren hacer tabula rasa del pasado, depositario de irracionalidades e ineficiencias. La erosión del pasado, de referentes comunes, va a su vez de la mano de la erosión de las instituciones y mediaciones sociales y luego de ahí a la erosión de la empatía con todo lo que no corresponde al entorno inmediato del individuo.

La ideología más extravagante del capitalismo jamás formulada indujo una inestabilidad muy suya, no solo en el terreno estrictamente económico por la vía de contagio de los mercados financieros (efecto tequila, tango, samba, vodka, Malasia, Dot.com, Lehman Brothers y lo que siga), sino en la psique de los ciudadanos. Estos deben atender las demandas de adaptación al cambio tecnológico, pero sin el mínimo de seguridades y garantías para enfrentarlo, con el consecuente temor de un veredicto de obsolescencia sobre sus cabezas, expedido por fuerzas impersonales. A Trump, desde luego, no le interesa la ortodoxia ideológica del neoliberalismo, pero indudablemente se beneficia de la ansiedad y la pérdida de coordenadas de los ciudadanos en el todo social; el anti-institucionalismo es un bono no tan inesperado de la demagogia Trump.

El otro aspecto que precipitó el neoliberalismo es que por más que pretenda que los Steve Jobs son sus íconos, en realidad –y como ha demostrado Piketty de manera impecable– terminó restaurando, tras el desmantelamiento del Estado benefactor, un capitalismo rentista similar al que antecedió a la Primera Guerra Mundial. ¿En qué se parecen Jobs y Trump? En nada, en absolutamente nada. Si algo salvó al neocapitalismo noventero fue la innovación tecnológica de la era digital; en cambio, el enriquecimiento personal y empresarial vía la construcción y venta de inmuebles (o la explotación de casinos, para el caso) ha sido un ataque en toda la línea (pero a dentelladas de cocodrilo) al fluctuante pastel de la riqueza nacional y global. Solo una cultura popular que cree más en el empresario como sinónimo de hombre rico que en la empresa y sus esfuerzos personales y colectivos puede comparar a Jobs con Trump. Uno requería, para completar su hazaña, matemáticos, diseñadores, ingenieros, lingüistas; el otro, lobistas, abogados y medios.

Extraños caminos los de la angustia laboral y la ansiedad por ganarse el pan cotidiano. En el imaginario social estadounidense –como en casi todo el mundo– está en marcha una pérdida de estatus del trabajo asalariado. La identificación con las celebridades (primero) o con la patanería del poderoso (después), que parece cimbrar al sistema político, es una compensación irresistible para quienes han experimentado esa doble devaluación económica y simbólica. Como parte de esa secuencia, el estatus perdido se resarce despreciando a otros: a los inmigrantes recientes, por ejemplo, esos típicos trabajadores de segunda. La pareja humillación-resarcimiento es ciertamente un engranaje esencial de la actitud fascista y un atractivo para el red-neck. En fin, la paradoja es enorme: Trump capitaliza, incluso en contra del propio neoliberalismo, lo que este último ha propiciado. El horror de The Economist ante su ascenso es tan sincero como el nuestro, aunque por razones distintas.


II. El capitalismo popular en la cultura de masas norteamericana.

En el imaginario estadounidense el capitalismo no tiene un sello de clase: es una gesta o saga popular construida por los desplazados de Europa en la tierra de las oportunidades, en la que todos terminan encontrándose más o menos bajo las mismas condiciones. Ahí, donde todo fluye, ser un ganador o perdedor no está determinado por el origen. En ninguna otra nación desarrollada tienen más peso esas dos palabras: ganador-perdedor. Esa visión del mundo según la cual nadie está etiquetado desde la cuna, conlleva asimismo cierta noción de suma-cero que sale a flote particularmente en tiempos de crisis. Es así que, por ejemplo, en el comercio internacional no pueden ganar las dos partes que intercambian o aquellos que se dividen las tareas en el gigantesco taller planetario que ha propiciado la globalización; tampoco ello puede suceder entre distintos segmentos del mercado laboral: quienes tienen trabajo necesariamente es a costa de quienes no lo tienen. Hay que huir del estigma del perdedor, sobre todo en un lugar como Estados Unidos, en donde socialmente no se reconocen factores estructurales en juego, sino solo individuales. No deja de llamar la atención que en México al miserable se le llame con frecuencia jodido: el pasivo receptor de una acción desfavorable infligida, si se quiere, por la vida misma. En Estados Unidos alguien en la miseria es un perdedor –nadie más que él es el responsable de su situación– y su comunidad o colectivo, una raza de perdedores. Que no sorprenda entonces la baja tolerancia a la frustración que acusa dicha sociedad.

Mientras en México tenemos criminalidades mundanas –la ubicua corrupción de los trajeados o la baja y corriente que no deja de tener en el Chapo a su emblema–, en los Estados Unidos se presentan recurrentemente esos crímenes seriales con un sello existencial en los que el sujeto quiere afirmar sus capacidades frente al público que él mismo elige; o bien esas explosiones de rabia sin control, de quien rocía de balas a compañeros de escuela o de trabajo como su última y definitiva declaración en este mundo antes de volarse los sesos. La necesidad de sobre-afirmarse ante la sensación de desdibujamiento, esa caída en la nada, esa escasa tolerancia frente a la frustración, ¿puede tener una expresión política? El fenómeno Trump parece haber conectado con esa veta en el que el extravío individual encuentra una canalización compartida. Nada irrumpe con más fuerza que una soledad radical que se descubre multitud.

Como sea, en la cultura de masas es tan importante lo que sucede en un sentido vertical como horizontal. La autoafirmación entre pares es imperativa y al vulgar patán- que-dice-lo-que-piensa se le asimila como modelo de acción en el plano horizontal, en el plano de los iguales. Del criminal y del delincuente se diluyen sus hechos y queda su desafío. Así la subcultura penitenciaria ha invadido los medios y la cultura de masas. Todo es cuestión de actitud y fuerza: ese es el discurso. ¿Quién necesita argumentos? Trump, a su modo, rapea.

Otro fenómeno distinto pero en paralelo acompaña a lo anterior. No se puede escapar al hecho aparentemente contrastante de que Estados Unidos es el país hoy por hoy con más producción de conocimiento en el mundo y no solo en sus principales universidades y centros de investigación sino a todo nivel. Un correlato es que cada vez más aspectos de la vida caen en manos de estudios y especialistas. Lo que antes era pura experiencia transmitida de una generación a otra (la crianza de niños, la vida en pareja, cómo lidiar con la crisis de la edad madura o con la vejez, la búsqueda de la felicidad, etcétera) ya es materia de teorizaciones y expertos. Frente a ello la capacidad de observación, el juicio propio, la valoración de lo que uno cree saber se van depreciando en un consumo incontrolable de lo dicho por otros. Como consecuencia se va erosionando y perdiendo el sentido común, lo que significa que se es más vulnerable frente a la opinión empaquetada para el consumo. Una consecuencia inesperada de la producción y consumo industriales de conocimientos y pseudo-conocimientos es que la cultura del self-reliance se ha vuelto más receptiva frente a la propaganda y las teorías de la conspiración que todo explican y que siempre desenmascaran a una élite de las sombras. Todos vivimos engañados, nadie puede creer lo que ven sus ojos: nada es verdaderamente real si no tiene el sello de lo oculto-revelado. El fascismo no deja de ser una inmersión en un imaginario sin pesos y contrapesos.


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III. Estridencias posmodernas.

Acaso uno de los triunfos morales y sociales más grandes de la laicidad sea la aceptación de la equidad de género. No el triunfo de un relativismo sino de un auténtico valor o principio frente a fundamentalismos e integrismos convencidos que la modernidad todo disuelve y nada afirma. Pero como en todo proceso civilizatorio, hay consecuencias no deseadas y ni siquiera vislumbradas. La lucha por la equidad se ha visto acompañada de un asalto discursivo gestado desde cátedras universitarias en busca de nuevos radicalismos y sujetos históricos. Ciertos discursos posmodernos lo inscriben todo en relaciones de dominación y llegan por tanto a la suma cero: se adora el fragmento al igual que se imagina una tabula rasa respecto a un pasado condenado y estigmatizado bajo el epíteto patriarcal. Frente a ello sostenemos que para entender el mundo, a Trump por ejemplo, debemos regresar a un pasado “clásico”: trabajo, clase, salario, sindicato y honor.

Así, también, se entiende el camino de la derecha. Los electores de Trump están ansiosos, hartos de la incertidumbre. Es su capitalismo, pero no funciona. Al mismo tiempo hay una serie de desafíos posmodernos que reverberan con fuerza ideológica; esta se desborda y busca su punto de mayor pureza, es decir, el más extremo y visible, para desde ahí condenar a todos y a todo, situándose a sí misma en un excepcionalísimo intelectual y moral. Considera que cualquier diseño social es un constructo en un contexto de dominación y que por ello es susceptible de reformularse, en otros términos. Familia y sexualidad serían algunos de esos ejemplos. Pero en una era de incertidumbre e inestabilidad geopolítica y económica (a la que se suman las demandas interminables de adaptación al cambio tecnológico, que parecen seguir su propia y frenética agenda), es casi inevitable que los individuos recurran a asideros que siempre han estado ahí, en el paisaje.

No se puede cambiar todo y todo el tiempo. Las demandas sobre la psique individual y colectiva en las que confluyen lo neoliberal y lo posmoderno son a la larga insostenibles y las reacciones frente a ello cubren desde lo predecible hasta lo inesperado. Siempre ha intrigado a los europeos esa peculiar combinación norteamericana de híper-modernidad y glosa bíblica, algo fuera de lugar según su concepción del Estado laico. Pero justamente el revival religioso es una gran tentación en una sociedad en la cual, por distintas razones, se están corroyendo las estructuras que confieren estabilidad y seguridad. Somos testigos de cómo, en Estados Unidos, se ha conformado un comunitarismo en torno a una versión local del cristianismo. Señaladamente, versiones evangélicas están por mutar en algo que cabría denominar nacional-cristianismo. Edmund Burke pudo condenar en su momento a la Revolución francesa porque sus entusiastas no comprendían que un orden social es un pacto entre las generaciones de varios ayeres, las de hoy y las del futuro. Pero no sería la monarquía sino la república la mejor estructura ideada por la modernidad para reformular un pacto intergeneracional. Son otros los discursos los que reclaman rupturas definitivas y tajantes; y los neofascistas son más alevosos porque no hay bolcheviques a la vista.

Se dirá, con razón, que los discursos posmodernos son asuntos de élites. No incurramos en el pecado de algunos intelectuales italianos y centroeuropeos de los años veinte y treinta del siglo XX: entendamos que el fascismo fue también una rebelión contra las élites, incluso (o sobre todo) culturales. Por eso Barack Obama ha pagado la factura de algo que en modo alguno ha sido su exceso. El odio desmesurado que suscita y galvaniza el clima estadounidense no solo es una cuestión de raza; está asimismo dictado por esa capacidad de articular discursos de un egresado de Harvard. Atemperado e ilustrado, Obama resulta una combinación que para algunos –las bases sociales de Trump y de los candidatos de la derecha republicana– es de suyo agraviante. Cuando Bill Maher mira al cielo y se pregunta (en HBO) por qué la cadena Fox detesta a Obama, incluso su respuesta es más grande: es un intelectual. Quizá desde Woodrow Wilson no hay un equivalente en la Casa Blanca. Pero, como sabemos, el fascismo es también una actitud: no se rebaja a argumentar. Trump articula a los silentes, y de ahí a quienes más toma desprevenidos la rebelión fascista es a los maestros de los discursos en clave radical/ideológica. La buena nueva: quienes mejor podrán contener a los fascistas posmodernos son otros radicales, pero en clave de república.

Pero hay algo mucho más que eso. Una trágica paradoja es que el radicalismo posmoderno pareciera haberle comprado al neoliberalismo la noción de que la clase trabajadora es una pasión inútil. Vertientes ambas quizás de una matriz cultural mayor que sacraliza al individuo,[2] refuerzan la tendencia contemporánea a multiplicar derechos existenciales –es decir, que nada tienen qué ver con lo que hacen o dejan de hacer los individuos, y que están simplemente ligados a su ser en el mundo– y en el camino generan disonancias en las clases trabajadoras, cuya dignidad también se define con respecto a los de abajo –otrora beneficiarios de la caridad cristiana y hoy de los apoyos de un Estado obligado a otorgarlos– y no solo con respecto a los de arriba. Todavía no se ha captado esa tensión entre el discurso que vindica (a manera de arrepentimiento en el caso liberal/ neoliberal) la marginación y la pobreza, de un lado, pero deja en la orfandad el trabajo del asalariado, por el otro.[3] Ese punto ciego compartido por todo el amplio espectro políticamente correcto le impide detectar por donde vienen los golpes hasta que estos le estallan en el rostro. En el ínterin un Bernie Sanders tiene que emprender una desesperada lucha de última hora por vindicar a una clase trabajadora abandonada por lo que parecían ser los discursos focales y huérfana de una tradición política propia (un partido socialista) que ayudara a construirle una identidad y una memoria histórica, todo ello en medio de nociones –hasta por Obama compartidas– de que lo que verdaderamente importa son los marginados y/o las clases medias. Solo una vez que irrumpe un patán que nos refresca la memoria –y solo entonces– nos acordamos de que el fascismo también disputaba el alma de la clase trabajadora y que llega al poder porque supo conquistarla, vendiéndole de paso identidades tribales.


Quién lo dijera 

Estados Unidos ha sido una de los referentes centrales y vitales de la modernidad occidental, pero hace unos 35 años comenzó un viraje hacia una versión cada vez menos saludable de sí mismo: la contundente victoria geopolítica frente a la Unión Soviética, lejos de corregir tal viraje, lo propulsó. Lo que vemos hoy no es un resultado inevitable de tendencias históricas, pero sí el de la condensación en una coyuntura única de circunstancias, influencias culturales y discursos de distinto signo: su combinatoria es una probabilidad, entre otras, pero está, nos alcanzó a los mexicanos. La coyuntura se define por el debilitamiento de la idea de República en las mentes y corazones de un segmento significativo de la ciudadanía, que abjura del plano de encuentro de la polis y civitas para retraerse hacia los sótanos pre políticos de familia y religión. ¿En qué medida Trump es México? Nos encontramos en el umbral de una renuncia voluntaria a la consciencia, la autocrítica y la capacidad para rectificar. Quién lo dijera y creyera, luego de 1989 y la caída del Muro de Berlín, que en la tierra de la libertad y las oportunidades un fascista dueño de casinos disputará la presidencia bajo la bandera de levantar nuevos y más espectaculares muros, para después arrastrar a la nación colosal a una escalada de apuestas sin punto de retorno.

(Fotos: cortesía de Gage Skidmore y DonkeyHotey.)


Notas 

[1] Para una clara argumentación sobre lo que distingue a lo intersubjetivo de lo objetivo y de lo subjetivo, así como sobre su papel fundamental en la conformación de un orden imaginado de toda sociedad compleja, ver el capítulo 6 (“Construyendo Pirámides”) del celebrado libro de Yuval Noah Harari, De animales a dioses: breve historia de la humanidad (2015). En dicho capítulo se explica –sin mencionarlo– lo que le tomó toda su trayectoria profesional al filósofo norteamericano John Searle.

[2] Yuval Harari (op. cit.) observa que neoliberalismo y posmodernismo no dejan de ser derivaciones intelectuales y psicológicas del cristianismo y su sobre-énfasis en el alma individual. Su versión secular es la doctrina de los derechos humanos. Es otra manera de decir que ambas ideologías jamás hubieran podido brotar, por ejemplo, del budismo o del islam. Autores como Charles Taylor o Marcel Gauchet ya habían vertido previamente argumentos para subrayar que el cristianismo se presta para que sus dogmas sean reformulados en un modo tal que favorecieran la modernidad y el secularismo.

[3] Pocos sociólogos académicos contemporáneos han explorado dicha tensión. Tal es el caso de Jack Metzgar, “Are the Poor Part of the Working Class or in a Class by Themselves” en Labour Studies Journal, Vol. 35, Núm 3, September 2010.

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