Trump contra el cambio climático

Gracias a la campaña de Donald Trump, se ha articulado una peligrosa alianza anticlimática, entre grandes corporativos y obreros precarizados, que puede poner en jaque los logros históricos del movimiento ambientalista.

| Internacional

En términos generales se podría decir que el Acuerdo de París de 2015 en materia de cambio climático fue la victoria global de quienes defienden una reconversión energética para combatir el cambio climático. Sin embargo, una pequeña batalla en tres estados al interior de Estados Unidos en las pasadas elecciones de 2016 acaba de dar al traste con los acuerdos globales. Si bien los climatistas ganaron el debate en el entorno global, una pequeña batalla política local fue clave para cambiar el resultado y los casi treinta años de esfuerzos diplomáticos en materia de cambio climático. Este hecho parece revelar que el movimiento climático (como otros activismos) se ha cegado con su propia superioridad moral y perdió de vista las desigualdades económicas así como los impactos sociales que provocaría el cambio tecnológico. Asimismo, esto permitió la derrota demócrata en estados clave y la ruptura entre el movimiento ambientalista y el movimiento obrero en Estados Unidos.

En diciembre de 2015 gobiernos, empresas transnacionales y algunas organizaciones de la sociedad civil se congratulaban de que casi treinta años de negociaciones sobre el cambio climático habían culminado en París con un acuerdo para intentar minimizar los impactos que la contaminación producida por la quema de combustibles fósiles está produciendo. Después de décadas de debates sobre la veracidad de las pruebas científicas, sobre metodologías para determinar los daños, la responsabilidad y los mecanismos adecuados para la reducción de Gases de Efecto Invernadero (GEI), por fin estaban de acuerdo en algo los principales emisores (China y Estados Unidos). Además, el nuevo acuerdo incluía un fuerte incentivo en forma de fondos de cooperación para que los países menos desarrollados impulsen el uso de energías renovables u otras tecnologías menos contaminantes y promuevan la reforestación, entre otras medidas anticlimáticas.

Menos de un año más tarde, tras el triunfo de Donald Trump, el panorama ha dado un giro de 180°. ¿Cómo es posible que esta posición haya triunfado en Estados Unidos? Este año, en Marrakech, Marruecos, la COP22 estaría encaminada a determinar los mecanismos para aplicar los acuerdos del Acuerdo de París, pero los resultados de la elección de Estados Unidos cambiaron la perspectiva, y el movimiento climático parece ir de nuevo a la defensiva, de nuevo a la batalla por ganar la legitimidad.


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Los daños colaterales de la política climática se expresan en las urnas

Donald Trump acertó al negar el cambio climático y prometer que volvería a impulsar las energías fósiles en un contexto en que casi todo el mundo se habla de la obsolescencia de las energías fósiles. La ecuación que casi nadie vio en las elecciones de Estados Unidos es que muchos obreros estaban perdiendo sus empleos por la disminución del consumo de combustibles como el carbón y que, al mismo tiempo, los grandes intereses petroleros se estaban viendo afectados por un aumento en el consumo de energías limpias y/o renovables.[1] Este conjunto de obreros y empresarios con un interés común se sintió respaldado por un Trump pintoresco que negaba la existencia del cambio climático y que prometía devolver esos empleos perdidos –y, por consiguiente, se unieron para apoyar a ese candidato en una suerte de movimiento anticlimático.

En Ohio, West Virginia y Pennsylvania, las minas de carbón son la principal fuente de empleos. Los obreros de estos estados han experimentado un proceso de desempleo sostenido debido a las regulaciones ambientales, la automatización de los procesos productivos y el retiro de fábricas que utilizan carbón como combustible. Por ejemplo, el declive de la industria estadounidense del acero impactó negativamente el consumo de carbón (este último ha caído de representar un 20% del consumo energético de Estados Unidos a representar solo el 16%), mientras que las energías renovables y, sobre todo, el gas natural experimentan un ascenso constante. En ambos estados la población empobrecida (o, mejor dicho, los perdedores del combate al cambio climático) se opusieron a una profundización de ese cambio y, de manera premeditada o no, han dado un duro golpe al esfuerzo diplomático de la COP 21 de París. Entre ambos estados aportaron 28 votos electorales a la cuenta de Trump y representaron 25 congresistas para la causa republicana. Por ese motivo, la propuesta del presidente electo de frenar el Plan de Energía Limpia de Obama resultó muy atractivo para los votantes de estos estados.

Por su parte, la campaña de Hillary Clinton se alejó de estos votantes cuando en el segundo debate presidencial la candidata señaló que iba a crear más empleos en el sector de energías renovables para un desarrollo limpio: “cerraremos las minas del carbón y mandaremos a los mineros a casa”. Una declaración que sacada de contexto y retomada literalmente fue utilizada para decir que Hillary se oponía a los intereses de los obreros y abonó a su fracaso en Ohio, un estado que en otras elecciones había preferido a los demócratas y era considerado un estado clave.

Entre 2015 y 2016, 130 plantas termoeléctricas fueron cerradas para ser sustituidas por plantas de energías renovables. Trump ha propuesto que para llevar adelante sus promesas para apoyar la industria del carbón echará mano de los subsidios, dará marcha atrás a las regulaciones que restringen las minas de carbón a cielo abierto y propondrá iniciativas de “carbón limpio” (que en realidad solo son prácticas de consumo de carbón más eficiente pero que para los expertos no puede ser considerada limpia).

Asimismo, muchos estados empiezan a pedir al nuevo presidente que devuelva las facultades regulatorias en materia ambiental a los poderes locales y que restrinja el poder de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) que había crecido en la actual administración. Esto reaviva un viejo conflicto entre el poder central y los poderes estatales, sobre los que el nuevo presidente no se ha pronunciado claramente. Lo que sí ha hecho Donald Trump, en cambio, es mandar señales claras de que favorecerá la visión negacionista. Un ejemplo de lo anterior es que el presidente electo ha nombrado a un grupo de personas que niegan o dudan que el cambio climático sea provocado por la actividad humana. El principal de ellos es el que está al frente de la Agencia de Protección Ambiental, Scott Pruitt, que se destaca por ser un negacionista del cambio climático. De igual forma, la gobernadora de Carolina de Sur, Nikki Haley como embajadora ante la ONU; el procurador general, Jef Sessions, senador de Alabama; el director de la CIA, Mike Pompeo, Congresista de Kansas muy ligado a la industria petroquímica; Michael Flynn, asesor de seguridad; el jefe de estrategia de la Casa Blanca; Steve Bannon, quien acusó al Papa de “histérico” respecto al clima; el jefe de gabinete de la Casa Blanca, Reince Priebus, que señala, al igual que casi todos los anteriores, que es un error señalar al cambio climático como la principal amenaza cuando existe, antes, el terrorismo islámico.


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La ruptura de la alianza entre ambientalistas y sindicalistas

Durante la firma del TLCAN, los grupos ambientalistas y los sindicatos sellaron una alianza para evitar que los acuerdos de libre comercio fueran un medio para eludir los estándares ambientales y laborales de Estados Unidos y que las empresas migraran a países con regulaciones más laxas. De ese modo obligaron al gobierno a incluir los “Acuerdos Paralelos” del TLCAN, tanto en materia ambiental como laboral. Este triunfo significó una especie de pacto entre la causa ambiental y laboral.

Actualmente, la reconversión energética de Estados Unidos y en otras partes del mundo está costando miles de empleos en el sector de energías fósiles, así como grandes pérdidas en los grandes consorcios del petróleo y del carbón. Esta dinámica ha llevado a los sindicatos a señalar a los ambientalistas, pero sobre todo a los empresarios de las energías renovables, como los responsables de la pérdida del empleo.

En las recientes elecciones de Estados Unidos hemos visto no una rebelión de la clase baja o de los pobres de Estados Unidos sino una alianza entre una élite petrolera o de energías fósiles que se niega a morir y el voto de los obreros y las masas empobrecidas por el tránsito a las energías renovables. Un ejemplo de este hecho es que nueve sindicatos de la construcción afiliados a la AFL-CIO (una de las más grandes centrales obreras de Estados Unidos) distribuyeron una carta en la que pedían que la AFL-CIO se deslindara de Tom Steyer, un magnate de las energías renovables con quien habían fundado un Super PAC[2] en favor de Hillary. Los sindicatos de la construcción rechazaron la posición de Steyer en contra del oleoducto Keystone, del cual se esperaban empleos en la construcción.

Esta alianza de sindicatos y empresarios ha derrotado a la arrogancia de quienes han creído que es su deber salvar el futuro del planeta sin considerar los sacrificios del presente. El voto de las viejas generaciones y su deseo de supervivencia parece más fuerte que el dudoso entusiasmo de los jóvenes que consideran que ya están haciendo suficiente con sus patrones de consumo responsable.


El futuro del movimiento climático

Los ambientalistas y los impulsores del acuerdo climático de Paris de 2015 ganaron la batalla global, pero el voto de los trabajadores empobrecidos, de los perdedores de la transición energética, se expresaron y dieron estados clave para Donald Trump y alteraron el curso de la gobernanza climática global. Con su voto, esos estados han dado un duro golpe a los esfuerzos globales por reducir las emisiones contaminantes, al impulso de las tecnologías y los procesos productivos más limpios, pero también han enviado un mensaje de resistencia a los costos negativos del movimiento climático. Han señalado, una vez más, la disyuntiva entre lo bueno para todos pero malo para unos cuantos, la inviabilidad de la dictadura de las mayorías aunque estas tengan la razón científica. Es necesario buscar equilibrios que subsanen los daños ambientales pero que al mismo tiempo cierren la brecha de la desigualdad y permitan un desarrollo incluyente, así como establecer mejores canales de comunicación entre esa población altamente educada con el movimiento obrero y las clases más bajas.

Llama la atención la alianza anticlimática formada por los grandes intereses corporativos de las energías fósiles y el movimiento obrero que han tomado revancha y buscan recuperar algo de lo que han perdido. Es decir: no es una lucha de clases, sino una lucha transversal entre una alianza empresarios-obreros anticlimática y la clase media y los nuevos empresarios verdes proclima.

En este tema, como en otros de las recientes elecciones estadounidenses, resultó paradójico que el movimiento ambientalista que antes trató de contener el libre comercio por los daños colaterales que causaba, por la exclusión que ha provocado, ahora no se haya podido percatar de esos daños colaterales y la exclusión que el impulso de sus nuevos intereses corporativos y financieros estaba provocando. Las consecuencias de esta soberbia nos deben llevar a plantear soluciones más creativas, incluyentes para el problema ambiental del futuro pero que no descobijen el problema de desigualdad del presente. Se debe encontrar un equilibrio y, sobre todo, retomar los enfoques de la complejidad que dieron origen al enfoque del cambio climático para procurar no caer en visiones unidireccionales que endiosen al clima por encima de los hombres.

(Foto: cortesía de Marco Verch, @ondasderuido y Pablo Fernández.)


Notas

[1] Las energías renovables no son lo mismo que las energías limpias, aunque casi siempre se consideran juntas. Las energías limpias son aquellas que no emiten grandes cantidades de CO2 a la atmósfera (la energía nuclear y el gas natural), mientras que las energías renovables son aquellas de fuentes infinitas (la solar, la eólica, hidroeléctrica, entre otras).

[2] Mecanismo de financiamiento de las campañas electorales en Estados Unidos.

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