Trump y los cálculos del gobierno mexicano

A pesar de que el discurso de Donald Trump, conforme avanza la contienda electoral, se ha tornado cada vez más racista, el gobierno mexicano sigue sin reaccionar contundentemente.

| Internacional

¿Por qué el gobierno de Enrique Peña Nieto optó por guardar silencio tanto tiempo, o cuando mucho por quejarse con la boca chica, ante la retórica anti-mexicana de Donald Trump? ¿Y qué diferencia hacen, en ese sentido, las declaraciones de la canciller Claudia Ruíz Massieu del viernes pasado?

A grandes rasgos, la estrategia de bajo perfil que había seguido el gobierno mexicano parecía basarse en los siguientes cálculos:

  1. No dignificar. No responderle a Trump para no legitimarlo como un interlocutor válido, para no darle la estatura de alguien por quien el gobierno mexicano se siente obligado a reaccionar en público.
  1. No meterse en pleitos. No responderle a Trump para no abrirse nuevos flancos de batalla. El gobierno mexicano pudo concluir que, tal vez, ya tiene suficientes.
  1. Evitar consecuencias contraproducentes. No responderle a Trump ya sea porque la respuesta sería susceptible de ser utilizada como combustible a su favor por su propia campaña; ya porque Trump podría reaccionar más agresivamente y echarle en cara al gobierno mexicano la corrupción, la violencia, la pobreza, la migración, etc.
  1. No exhibirse. No responderle a Trump para no hacer evidente que el gobierno mexicano, a final de cuentas, no tiene mayor relevancia dentro de la campaña electoral estadounidense. Porque sería, pues, francamente inútil.

El primero y el segundo cálculo son cuestionables. Uno, porque responder no necesariamente implica dignificar aquello ante lo que se responde. El que calla, otorga. Y el gobierno mexicano puede responder, de hecho, para fustigar lo indigno de la retórica de Trump, exhibir sus hipocresías, sus peligros y, sobre todo, para movilizar argumentos y aliados en su contra. Y dos, porque aunque el gobierno mexicano prefiriera no reconocerlo, el frente de batalla ya está abierto. Hacer como si el conflicto no existiera no lo hará desaparecer. A estas alturas la pregunta no parece ya ser si entrarle o no, sino cuándo y cómo.

El tercero y el cuarto cálculo tienen más méritos. Por un lado, porque responder efectivamente podría generar más costos que beneficios. Y, por el otro, porque no es obvio que el gobierno mexicano cuente con la capacidad para tener un impacto certero, que realmente valga la pena y le genere un costo significativo a Trump. El magnate y el gobierno mexicano no están jugando en la misma cancha ni para el mismo público.

Sea como fuere, parece que algo cambió el viernes pasado cuando, en voz de la secretaria de Relaciones Exteriores, el gobierno mexicano hizo sus “comentarios más decisivos hasta la fecha” sobre Trump. En declaraciones para el Washington Post, la canciller no escatimó adjetivos para descalificar a Trump y rechazó sus propuestas por ignorantes, racistas, absurdas, imprácticas, ineficientes, equivocadas, poco inteligentes, imposibles…

Algunos han celebrado la entrevista de Ruíz Massieu. Quizás las suyas son palabras un poco más subidas de tono y publicadas en un periódico estadounidense. Pero más allá de eso, no queda claro ni por qué son tan diferentes en lo sustantivo de otros pronunciamientos previos (por parte del secretario de gobernación, por ejemplo) ni a qué nuevo cálculo responden. Decir que el discurso de Trump es racista y que su disparate sobre el muro fronterizo es inviable no constituye ningún aporte original ni de mayor trascendencia. Son palabras, además, que llegan muy a la zaga de otras voces no oficiales que supieron reconocer con más anticipación e iniciativa la importancia de no dejarle el campo libre a Trump para que definiera cómo quedaba representado México en la carrera por la presidencia de Estados Unidos. Y son palabras, por último, que no terminan de identificar bien a bien a qué públicos se dirigen ni de argumentar con contundencia, más allá de los adjetivos, cuáles son los peligros que entraña el crecimiento político de Trump y cuál es la posición oficial de México al respecto.

En general, da la impresión de que en Los Pinos y en cancillería observan de lejos, pasivamente, el fenómeno en el que se ha convertido Donald Trump. Que lo miran con  indiferencia, como si no tuviera implicaciones directas sobre la vida de millones de mexicanos y mexico-americanos, sobre los flujos comerciales en la frontera, sobre la infinidad de vínculos políticos, económicos, culturales, en materia de seguridad o de cooperación, que unen a ambos países. Que siguen actuando, pues, como si Trump no fuera su bronca.

Habrá quienes digan que el gobierno mexicano, en función de sus mejores cálculos, no debería haber respondido. Habrá otros que digan, por el contrario, que tardó demasiado en responder. Sea como sea, ahora que optó por dar una respuesta parece que no supo por qué, dónde, cómo ni para quién.

(Foto: cortesía de Gage Skidmore.)

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