Una estampa del antiguo régimen

| Racismo

El reciente matrimonio entre el gobernador de Chiapas y la estrella de Televisa ha dado mucha tela de donde cortar a los comentaristas políticos. Algunos han señalado el surgimiento de un nuevo modelo de alianza entre la televisión y la política, inaugurado por la actual pareja presidencial y que augura un continuismo ominoso. Otros han apuntado la similitud creciente entre los programas políticos y las tramas telenovelescas.

Sin embargo, lo que a mí me llama la atención es el carácter abiertamente neo-colonial de la imagen de la boda difundida por la flamante pareja y sus publicistas. En efecto, el triunfante gobernador, vestido en su traje de charro, y la radiante novia, enfundada en su vestido de encaje, no se retrataron al lado de sus pares, es decir los miembros de la élite chiapaneca y las otras brillantes estrellas del firmamento televisivo, sino que eligieron rodearse de una pequeña multitud de mujeres zinacantecas.

Recrearon así, casi sin saberlo, una especie de cuadro de castas adecuado al kitsch mediático del siglo XXI. En esta fantasía del Antiguo Régimen, el aspecto criollo y privilegiado del cacique y de su mujer, se apoya y refuerza en relación con el estereotipo indígena de las mujeres que los rodean.

La opulencia de los trajes de carácter de los Señores, el catrín charro y la novia virginal, contrastan con la vestimenta étnica de sus acompañantes y vasallos. El ambiente festivo confirma la convivencia armónica de ambas castas bajo la incuestionable dominación de la primera. El gobernador y su mujer viven en un país de criollos y para criollos que reserva a los demás mexicanos un papel siempre secundario.

La razón ostensible de la presencia de las mujeres de Zinacantán en la foto es que fueron ellas las que bordaron el vestido de la novia, el mismo que ella confesó haber soñado desde los 4 años. El diseñador, Benito Santos, venido de Guadalajara, aprovechó la habilidad proverbial de estas artesanas para dar al atuendo de la nueva gobernadora un toque étnico y local, auténticamente chiapaneco.

Aquí también se deja ver una relación desigual: la mujer blanca sueña, el diseñador tapatío concibe, las manos indígenas realizan. Por ello, la novia Anahí y el modista Benito merecen tener nombre, mientras que las artesanas nativas deben permanecer anónimas. Este anonimato, hay que señalarlo, ha sido siempre una forma de protección de los grupos subalternos. La imagen no nos permite conocer los términos en que las mujeres tzotziles accedieron a participar en el simulacro ni las intenciones que persiguieron al hacerlo. Por eso, me limito a analizar las fantasías explícitas de los novios.

En este sentido, resulta muy significativo que esta fantasía neo-colonial se escenifique en las puertas de la catedral de San Cristóbal, la capital criolla de una región indígena, donde los coletos mantuvieron hasta hace pocas décadas un régimen abiertamente racista de dominación. En primer lugar, decomisaban los bienes de los indígenas que eran obligados a acudir al único mercado de la región, situado en la ciudad y controlado por los blancos, y los obligaban a vendérselos a precios más bajos para luego revendérselos con una ganancia. San Cristóbal era también el lugar en que se prohibía a los indígenas caminar en las banquetas, reservadas a la “gente de razón”.

Claro que en las últimas décadas, tanto la antigua capital chiapaneca como su catedral se convirtieron en símbolos de algo diferente. La iglesia fue la sede de dos obispos progresistas, quienes predicaron la teología de la liberación entre los pueblos indígenas de la región y fomentaron el desarrollo de un dinámico y poderoso catolicismo de base que acompañó las movilizaciones políticas y étnicas de esas comunidades. En 1994, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional tomó San Cristóbal y las escaleras de la catedral se llenaron de hombres y mujeres vestidos con traje típicos y pasamontañas, creando una imagen poderosamente subversiva que dio la vuelta al mundo.

Ahora 21 años después, esta tierna estampa del matrimonio entre la corrupción política y la banalidad televisiva, tiene un claro sabor de restauración política. Como en los buenos tiempos coloniales los blancos mandan de nuevo y los indios han regresado a su lugar. En este cuento de hadas, todos, desde las humildes costureras hasta los espléndidos príncipes, participan felices en la auto exaltación de las élites, en la realización pública de sus fantasías más cursis, en la confirmación de la absoluta mediocridad de su imaginación.

Artículos relacionados