#VibraMéxico: la marcha que no fue

La marcha #VibraMéxico no logró ni la convocatoria ni la energía de otras protestas. Quienes convocaron se dieron cuenta que los consensos ya no se fabrican fácilmente y que las marchas no son, no pueden ser, desfiles.

| República

Domingo 12 de febrero, 11:15 de la mañana. En el vagón del metro se podían ver varias personas vestidas de blanco. No eran la mayoría. Al menos no en ese vagón. Pero contaban. Alguno iba con una cartulina doblada. Discreto, no exhibía sus consignas. Al llegar al metro Auditorio, todos los vestidos de blanco y varios más bajaron. Entre los uniformados, algunos buscaban orientarse, como si no supieran bien qué camino seguir. El lugar común diría que ellos no acostumbran viajar en metro. “¿Y Jorge?”, preguntó una joven a otra. “Él dijo que mejor venía en Uber”, respondió la otra. Es un estereotipo, pero no carece de razón. En esta ciudad el transporte público no lo usa mayoritariamente cierto grupo socioeconómico que sí acudió a esta marcha plural por eso mismo, dicen, y donde todos podían hacerse presentes. No sólo podían: debían.

Desde varios días antes de la marcha la discusión llegó a redes sociales e incluso a medios masivos. ¿Para qué y a quiénes servía la marcha? Para demostrarle a Trump que estamos juntos como país, dijeron unos, y pedirle al gobierno que actúe con firmeza frente a la amenaza que el presidente de Estados Unidos representa para México, añadían otros. Pero unos más decían que el objetivo central, fundamental, era mostrar la unidad hacia afuera y no manifestarse inconformes con el estado de las cosas al interior. Hubo incluso quien declaró que la marcha serviría de apoyo al gobierno federal. No marchar, escribió en un tuit Enrique Krazue, proyectaría pasividad, indiferencia y cobardía. Mezquindad fue el calificativo que se empleó constantemente para referirse al hecho de poner en duda las razones de esa marcha y de la supuesta unidad que mostraría. Lo cierto es que pocas marchas, acaso ninguna, han recibido como ésta en tiempos recientes apoyo abierto de los medios masivos de comunicación, que comúnmente descalifican o minimizan las protestas contra el gobierno. Esta marcha incluso fue bienvenida por el Señor Presidente.

Hace tan solo seis meses, tras la visita oficial de Donald Trump a México, aun siendo candidato y con los números en contra, orquestada por el hoy aprendiz de canciller y entonces secretario de Hacienda, Luis Videgaray, se organizó una marcha bajo el lema ¡Renuncia ya!, dirigido a Peña. Unos días antes de aquella marcha del 15 de septiembre, Patricia Mercado, secretaria de Gobierno de la Ciudad de México, dijo en un programa de radio que no acudirían más de mil personas. Pese al bajo estimado, varios cientos de granaderos del gobierno capitalino se apostaron en el entronque de la avenida Juárez y el Eje Central, impidiendo que la marcha continuara hacia el Zócalo, que se veía vacío en la noche del grito pese a los camiones que desde el Estado de México habían transportado una nutrida y nada espontánea porra para el Señor Presidente. La marcha reunió a más de mil. Cinco mil o diez mil, tal vez. En las cifras tampoco nunca parecen haber acuerdo. Pero a la noche, guardadas las proporciones, poco faltó para que los noticieros de las principales cadenas iniciaran su transmisión con algo parecido al mítico hoy fue un día soleado.

Esta vez, a la salida del metro Auditorio varios vendedores ofrecían, a diez y veinte pesos, banderas de México –unas en las que el verde y el rojo habían sido cambiados por negro– y pequeñas banderolas que decían “Fuera Peña” o “Anti-Trump.” Cada quien compraba según sus intenciones. Según sus intereses. Aunque faltaba un cuarto de hora para las doce, hora en que la marcha debía iniciar, los primeros contingentes ya empezaban a avanzar. Hacia el Auditorio Nacional, se había formado un grupo de la UNAM y otro, alrededor de un autobús, gritaba consignas contra Peña. Una pareja caminaba por la banqueta. “¿Dices que la Aristegui dijo qué?”, preguntó él. “Que no vinieran”, respondió ella. En la escalinata del Auditorio los periodistas perseguían a los rostros conocidos. Por la taquilla, la multitud se pintaba de rosa con las camisetas que prometió y regaló Denisse Dresser. Frente a Campo Marte había menos gente. A las 12, el autobús anti-Peña estaba ya rodeado por granaderos y policías. “No nos dejan pasar porque estamos contra Peña”, dijo alguien al micrófono, “¡que venga la Secretaria de Gobierno a decirnos por qué!” Tres cuartos de hora después, la Unidad de Contacto del Secretario de Seguridad Pública de la Ciudad de México tuiteaba: “Por medidas de seguridad, los vehículos no pueden circular ya que ponen en riesgo al resto de los manifestantes”. Tal vez ese sea el protocolo a seguir en cualquier caso, pero ya que el autobús había llegado hasta donde llegó, era difícil no suponer que se le impedía el paso para evitar confrontaciones con quienes no querían que la marcha se identificara como anti-gobierno. Con todo, los banderines y los gritos de “¡Fuera Peña!” salpicaban la marcha. “¿Por qué quieren correr a mi papi Peña?”, preguntó una joven sin que fuera claro qué tanto había de ironía en la frase. Un grupo de mujeres vestidas de blanco aprovechaba el momento para tomarse una foto bajo las alas del camellón de Reforma. Junto a las consignas, algunos cantaban el “Cielito Lindo”. Y más adelante un organillero repetía una y otra vez “México lindo y querido”. Casi no se oyó eso de que el pueblo, unido, jamás será vencido, pero de tanto en tanto surgía el grito de “Mé-xi-co” en tres tiempos, seguido por tres palmadas. Sin duda, una expresión de orgullo y unidad nacional, pero que recordaba también aquellos tiempos en los que, cuando todavía el Presidente rendía su informe anual frente al Congreso de la Unión, cualquier cuestionamiento de la oposición era callado por la mayoría priista que, automáticamente, repetía esa misma porra: “Me-xi-co, Me-xi-co, Me-xi-co.” La unidad pasaba sobre todo y sobre todos.

Saliendo del Bosque de Chapultepec, la marcha era menos compacta. En las banquetas algunos gritaban a los que marchaban el “Fuera Peña”. Un hombre levantaba sobre su cabeza un libro escrito por López Obrador. “Para que entiendan por qué el país está como está”, decía. Quién sabe si quería vender el último ejemplar que le quedaba o si quería compartir con los que pasaban, cual misionero, el conocimiento que le había sido revelado. “¡Racismo: no! ¡Racismo: no!”, gritaban a coro tres jóvenes de tez clara y pelo castaño, características físicas de una minoría que en buena parte es la minoría con mayor poder económico en un país de gran desigualdad e hiriente discriminación: México, no los Estados Unidos. Pero el grito no parecía dirigido al interior sino al extraño enemigo que amenaza a muchos que, antes de Trump, quizá no eran tomados en cuenta. “Sí nos afecta a todos, el jardinero de su hermana está muy preocupado por las remesas, ¿verdad?”

Un hombre marchaba levantando sobre sus hombros un cartel. De un lado la bandera de los Estados Unidos tenía rostros de Trump vociferando en vez de estrellas. Del otro se leía “Make America Hate Again”. Más consignas contra Trump, invitando al turista a visitarnos, pues Trump, decía una cartulina, odia a los turistas. Parece que nadie o muy pocos, si acaso, contaron gritando “uno, dos, tres”, hasta llegar al “cuarenta y tres” y terminar con un grito aun más fuerte de “¡Justicia!” En El Ángel, una manta negra colgada de globos sí recordaba que nos faltan 43 y miles más. “Eso de regresa a los 43”, dijo un hombre viendo la manta y moviendo la cabeza de un lado al otro, “¡si todavía no encuentran a los desaparecidos del 68!” Otro, que sostenía con un hilo los globos de los que colgaba la manta, gritaba “¡Sin PRI!” entre cada Me-xi-co que oía. Los gritos contra Peña arreciaban. “Al de la casa y al vecino les vamos a demostrar de qué estamos hechos”, decía uno de los anti-Peña ante las caras de desaprobación de quienes suponían que esas expresiones no eran pertinentes en una marcha respetuosa y pacífica, una marcha por la unidad. Juan Ignacio Zavala levantaba un letrero que decía “Pinche Peña” junto a otro en el que se leía “Pinche Trump” –cuestión de equilibrios, tal vez.

Quienes llegaban hasta El Ángel parecían un tanto desorientados. Ya no se sabía de qué trataba la marcha. Si unirse de todos contra Trump o de discutir con el vecino cuál sería la mejor solución para el país. “Hay que quitar a Peña y tener un sistema parlamentario”, decía uno con absoluta seriedad, intentando convencer a quienes lo escuchaban. Una banda de guerra esperaba a los pies de la Columna de la Independencia el momento de entonar el Himno Nacional. Pero otros volvían a cantar el Cielito Lindo en una esquina, confundida la letra con ya demasiados pregones. “¡Llévela de limón, dos de limón por diez! ¡Mochila barata, cómprela para apoyar al pueblo!” La marcha pacífica, plural, apartidista, terminaba sin discursos ni proclamas. Había porras y vivas, como cuando el equipo mexicano gana un partido de futbol y había reclamos y discusiones. El Ángel fue una pequeña Torre de Babel por unos momentos y quienes convocaron tal vez se dieron cuenta entonces que el consenso no se fabrica y que una marcha no es un desfile. Pese a las invitaciones para acudir en medios masivos, según cifras oficiales los asistentes rondaron los 20 mil. Pocos para una ciudad de más de veinte millones. Una ciudad de cobardes y mezquinos que prefirieron quedarse en casa o el paseo en bici y patines y la visita a Chapultepec de cada domingo, habrá pensado alguno. Aunque simple la consigna de la marcha –contra Trump– nunca fue contundente, ni antes, ni durante ni al terminar la marcha. ¿Contra? ¿Cómo? ¿Qué sigue? ¿A dónde vamos? La unidad prometida se transformó en paseo dominical para muchos. Al final, el feo nombre con el que se bautizó la convocatoria fue profético: #VibraMéxico. ¿Moverse, sacudirse, para despertar o temblar de ansiedad? Vibrar: un movimiento continuo o intermitente, con gran rapidez y poca amplitud, dice el diccionario.

(Fotos: Alejandro Hernández.)

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