Violencia de género a toda máquina

El acoso sexual a la conductora Tania Reza fue seguido, en un mismo día, de otras dos agresiones: fue obligada a declarar en falso y despedida injustificadamente, como si su resistencia a la violencia de género mereciera ser castigada.

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El acoso sexual no es simpático. Tampoco es legal. Estos son dos hechos que todo el mundo debería saber, al menos en un lugar con una historia de violencia contra las mujeres como la de Ciudad Juárez. Y, sin embargo, al parecer, el exconductor del programa A Toda Máquina, Enrique Tovar, no los sabía hace tres semanas, cuando se grabó la emisión en la que, entre-broma-y-broma, empezó a hacer insinuaciones sexuales cada vez más inapropiadas a su compañera, la también exconductora Tania Reza. No los sabía cuando le pidió al camarógrafo que enfocara el collar de ella ni cuando… bueno, creo que ya todos sabemos el resto.

Ahora bien, si el acoso mismo fue indignante, lo más sintomático (y también lo más repulsivo) fue lo que ocurrió después de que Reza, claramente furiosa por los excesos de su colega, abandonara el set. Y fue la forma en la que él se disculpó ante el público. Si no me equivoco sus palabras textuales, pronunciadas con la voz varonil y acento norteño, fueron: “Una disculpa, mi gente. Creo que mi compañera anda un poquito hormonal […] Se le subieron las ubres”. Así es: no pidió perdón por su propia conducta, a todas luces ofensiva, violenta e ilegal. No parecía sentirse arrepentido, sino más bien orgulloso de esa sexualidad irrefrenable que, según el paradigma de género dominante, lo reafirmaba como hombre. No, no estaba arrepentido en lo absoluto. Ofreció a “su gente” una disculpa por la conducta de ella. Y es que, siempre según este paradigma, Tania había cometido una falta imperdonable en una mujer: se enojó. Y no solo se enojó, la-muy-perra tuvo el atrevimiento de demostrarlo, de borrar la sonrisa de su rostro, de reclamarle a su agresor e incluso de quitarse el micrófono y dejar el plató, en un desplante de hormonas desbordantes. Pinche vieja histérica.

Y ahí no paró la cosa. Pronto, la escena empezó a circular en las redes sociales, se volvió viral y (¡oh sorpresa!) buena parte de la opinión pública, en vez de tomar partido por el guapo, simpático y varonil presentador, se solidarizó con la mujer a la que había agredido. Pero no solo fue la opinión pública: el caso llegó a oídos del CONAPRED, el cual inició una investigación de oficio por acoso y hostigamiento sexual. Llegó momento de hacer control de daños.

Esa misma tarde, se difundió un nuevo video en el que aparecían ambos conductores, muy sonrientes, diciendo que todo había sido un gran malentendido: que “en la vida real” son los mejores amigos, que nunca se faltarían al respeto, que ninguno de los dos entendía cómo fue que la cosa se les había “ido de las manos” de esa manera. Esta vez no solo era Enrique el que se estaba disculpando por el comportamiento “hormonal” de Tania: era ella misma la que reconocía —aparentemente apenada por el escándalo que había provocado— que había reaccionado exageradamente. En un momento del video, que sería cómico de no ser tan graves las circunstancias, él afirma riendo, haciendo gala una vez más de esa masculinidad desmesurada, a la vez desenfadada y violenta: “nos llevamos de comidas, cachetadas, nalgadas”.

Las disculpas ya no eran suficientes. Casi al mismo tiempo en que apareció el video, la empresa anunció que había despedido a ambos conductores por haber fingido una escena de acoso. Vienen algunas preguntas a la mente. La primera es: ¿por qué alguien querría escenificar una escena de violencia de género como esa? La respuesta obvia es “para ser viral” (cosa que efectivamente se logró). Eso nos lleva a reflexionar sobre una realidad inquietante: en México, la violencia de género es un tema atractivo, comercial, taquillero. La violencia de género vende. Peor aún, ese tipo de violencia constante, performática, cotidiana, machista y festiva es recetada a diario en novelas, comerciales, programas “de revista” o comedia en “El canal de las estrellas” que tiene acaparada prácticamente toda la cobertura nacional: si la violencia se consume, alguien ha generado (o reafirmado) su necesidad. Este hecho nos obliga a plantearnos una serie de cuestionamientos en torno a las ansiedades, los deseos, los códigos morales y estéticos, las filias y las fobias que compartimos como sociedad. Las respuestas a estas interrogantes podrían no ser agradables.

Por otro lado, cabe preguntarse: si la escena del acoso se trató realmente de un performance, ¿por qué castigar a los protagonistas? ¿Acaso se sanciona a los actores que hacen el papel de asesinos o violadores? ¿Por qué entonces debería despedirse a un inocente conductor por interpretar el rol de un acosador sexual? Afortunadamente no tenemos que responder a estas preguntas, por una sencilla razón: porque, con toda seguridad, la única actuación aquí fue la supuesta confesión de los presentadores. De hecho, ni siquiera fue una actuación: fue una mentira, simple y llana, de parte de Televisa. En el video citado ninguno de los dos conductores admite haber “fingido” la escena: lo único que reconocen es que las cosas se salieron de control, que él—como el macho sexualmente incontinente que es— se propasó ligeramente; que ella —como una típica hembra “en sus días”— reaccionó con una indignación injustificada, y que ninguno de los dos alberga ya rencores ni resentimientos mutuos.

Pero eso no es todo: en su cuenta de Facebook, Tania publicó un mensaje en el que afirmaba que había sido obligada por sus empleadores a grabar el video referido y a declarar, en falso, que toda la escena del acoso en el set de A Toda Máquina no había sido más que una simulación, de la cual, además, los productores del programa no estaban enterados. Esta versión resulta mucho más convincente que la que difundió la televisora.

Aun así quedan algunas preguntas sin responder. ¿Por qué, si según la versión de los hechos difundida por la empresa, todo fue una pantomima y nadie incurrió en conductas reprensibles, fueron despedidos ambos conductores? Entiendo la lógica de despedirlo a él porque, pantomima o no, siempre quedará la sospecha de que se trate de un abusador de mujeres, lo cual —quiero pensar— no lo haría un personaje agradable para el público. Pero ¿por qué castigarla a ella también, si fue solo una actriz que representó una escena de dudoso gusto, o bien la víctima de un compañero de trabajo machista y violento?

Lamentablemente si, como todo parece indicar, el hostigamiento sexual fue genuino, y también la indignación que este provocó, entonces ella tampoco será un personaje agradable para los televidentes a los que el programa va dirigido. Estefanía Vela Barba habla sobre la “fiscalización del tono” (o tone policing), esto es, sobre la práctica de descalificar lo que se dice por cómo se dice. Como pone en evidencia este caso, esta descalificación es particularmente implacable (y trágicamente cotidiana) con las mujeres. Tania Reza –parecerían pensar algunos– puede haber tenido razón al resistirse al acoso sexual de su compañero e incluso al indignarse por ello, pero expresó su indignación de forma “incorrecta”: agresiva, dura, poco femenina. Al arrancarse el micrófono, Tania se arrancó también su máscara de criatura perfectamente dulce, imperturbablemente encantadora, perpetuamente accesible al deseo del hombre. Al perder la compostura, Tania perdió su calidad de objeto sexual y, de paso, perdió también su trabajo.

Al parecer, los ejecutivos de Televisa (y, quizá, buena parte de su audiencia) coinciden con las elocuentes palabras de Enrique Tovar: a Tania “se le subieron las ubres”.

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