Vuelta a Grecia: el triunfo de la tecnocracia

Antes que un problema financiero, el conflicto entre Grecia y la Troika fue una disputa fundamentalmente política, y era mucho más que la deuda griega lo que estaba en juego.

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Mantener la discusión pública dentro de una dimensión financiera es, desde hace ya tiempo, una estrategia tecnocrática que pretende censurar a todo rival ajeno a su lógica. Así, durante las últimas semanas pudimos ver cómo la Troika y sus portavoces se obstinaron en reducir la crisis griega a una cuestión meramente técnico-financiera, en teoría aséptica y libre de ideologías –como si lo que hubiera estado en juego allí no hubiera sido la primacía simbólica, que a la larga regula las realidades materiales.

Lo que la Unión Europea hizo al concentrar la atención en el lenguaje financiero, intentando cancelar el político, fue encubrir un mensaje. Como lo dijo Jürgen Habermas, Angela Merkel y los líderes de la Eurozona ocultaron bajo el manto de la tecnocracia un objetivo político: no el rescate de la economía griega sino dar un ejemplo, poner de rodillas a un gobierno que, declarado anti-austeridad, atentó contra la ideología de la Eurozona.

Como lo reveló Yannis Varoufakis, el exministro de finanzas griego, a sus homólogos –orquestados por el ministro alemán, Wolfgand Schäuble– jamás les interesó debatir. Su narrativa fue siempre la misma, y se condensa de la siguiente manera: “Los números nos indican que la solución es la causa; no tienen otra salida más que seguir nuestras recetas; así lo aceptó el gobierno anterior y no hay marcha atrás.”

La más clara muestra de lo anterior es la versión del plan de austeridad finalmente aceptado por el primer ministro Alexis Tsipras y el parlamento griego. Si se le echa un vistazo, encontramos un programa de liberalización económica radicalizado: privatizaciones a raudales, desmantelamiento del aparato público de pensiones, flexibilización del mercado laboral, incremento en los impuestos que afectan primariamente al asalariado. Es decir, el programa neoliberal clásico –la ideología que se niega a sí misma.

Es ahí donde descansó el eje central del discurso tecnocrático: en hacer creer que el camino que ofrecía la Troika era el único para acabar con la deuda. Sin embargo, como señaló Thomas Piketty, existen por lo menos otras dos maneras, hasta ahora censuradas. La primera: concentrar la carga fiscal en las más grandes fortunas, así como en las grandes acumulaciones de capital. La segunda: la negociación política, un método históricamente probado pues, como señala el propio Piketty, Alemania olvida un par de deudas que se le condonaron tras las guerras mundiales.

El discurso anti-austeridad con el que Syriza llegó al poder no fue el único motivo de los ceños fruncidos entre la élite de la Eurozona; también lo fue, ya desde su convocatoria, el referéndum efectuado el pasado 5 de julio, y en el que triunfó el “No” a las medidas de austeridad. Previsiblemente, las críticas contra Tsipras se centraron en representarlo como un demagogo irresponsable –es decir: como un interlocutor no válido. Los promotores de la narrativa tecnócrata no tardaron en concluir: “Los griegos no entienden que tienen que sacrificarse en nombre de la economía”; “No entienden las dimensiones de su decisión”; “Tsipras es solo demagogia, es un tirano que confisca depósitos”.

Doble molestia: el referéndum pareció derrotar –al menos durante una noche– a la doctrina neoliberal con un mecanismo que la había legitimado anteriormente (el democrático), a la vez que atentó contra la figura del experto tecnócrata como la única voz legítima. Así, intencionalmente o no, los griegos trastocaron más de uno de los pilares ideológicos de nuestros días.

Lo que nos enlaza con otro de los ejes narrativos de la Eurozona: la creación de pánico en torno a la salida griega de la Unión Europea. Sabiendo que las opciones de Syriza eran escasas, el terrorismo financiero ofreció al gobierno griego dos opciones: o el suicidio o el sometimiento –además de que implantó en los imaginarios escenarios apocalípticos para de esta manera justificar el endeudamiento ad nauseam. Se trata, como apuntó Slavoj Zizek, de la ideología neoliberal en plena acción, sostenida en una sencilla fórmula: “extender y fingir” –extender el pago de la deuda y fingir que se saldará de esa manera.

Así, la prioridad para Merkel y sus aliados fue, en suma, emitir –envuelto en números y estadísticas– un mensaje que, en términos muy llanos, dice más o menos así:

Hoy Grecia es el ejemplo. Esto es lo que le sucederá a todo aquel que no se pliegue a nuestras recetas; estos son los efectos de elegir a una izquierda radical e irresponsable. Esto es lo que ocurrirá si ustedes en España y ustedes en Irlanda del Norte eligen a quienes proponen otras formas y otros caminos, porque no nos arriesgaremos a saber si esas otras rutas existen. Lo que existe es la verdad de los números, la verdad de nuestra lógica económica, que, les haremos pensar, es la única posible. Así que ya conocen sus democráticas opciones: nosotros bajo estas siglas o nosotros bajo estas otras siglas.

La caída de Syriza y la cancelación de su programa económico anti-neoliberal es apenas el primer objetivo cumplido. La mira no es de poco alcance: intensificar el plan de austeridad no solo busca humillar a Syriza sino también demostrar que no existe otra salida y anular, así, la amenaza que podría representar la euro-izquierda. Lo importante para los líderes de la Eurozona era enviar un mensaje –y el mensaje es terror.


(Foto: cortesía de desbyrnephotos.)

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