#WomensMarch: la Multitud y la Historia

Trump nos aglutinará (en nuestra oposición a su movimiento) a todxs. El reto será evitar que la cotidianidad normalice al trumpismo.

| Internacional

Una y otra vez subestimaron a Donald Trump, una y otra vez dijeron que era un payaso, que era un producto de la telerrealidad y que su discurso no calaría entre el electorado norteamericano. Sentenciaron que las instituciones y la tradición democrática de aquel país harían imposible su triunfo. Los Estados Unidos no son América Latina, dijeron algunas voces de la intelligentsia más mediática, comprándose una narrativa excepcionalista que presuponía que la demagogia le pertenecía al Sur Global. Los grandes medios, incluso algunos de larga tradición republicana, le dieron la espalda. Anticiparon su derrota y, con ella, la debacle del partido republicano por haberse entregado a una derecha cada vez más reaccionaria en un país cada vez más multicultural. Celebraron el voto latino como aquel que le daría el tiro de gracia; la irrupción de una nueva generación en la escena política del vecino del norte.

En el afán por anticiparse a la historia cantaron el triunfo de Hilary Clinton y anunciaron un parteaguas en la política norteamericana. Si con Barack Obama quisieron ver la culminación de una lucha contra el racismo, ahora se apresuraron a decir que el feminismo entraría triunfante a la Casa Blanca. Quisieron afirmar que, como dijera Obama en un ya famoso discurso, nuestro tiempo sería heredero de las luchas de Selma, Seneca Falls y Stonewall.

Soñaron con el advenimiento de una intersecccionalidad institucionalizada, de un gobierno consciente de los retos del racismo, la misoginia, la homo-lesbo-transfobia, la pobreza, etc., de un gobierno aliado en la lucha contra estos males. Soñaron –¿debo acaso decir “soñamos”?– con ver el más grande fracaso de la ignominiosa derecha con mil rostros, con ese nombre que es uno y muchos: capitalismo, racismo, cis-hetero-patriarcado, imperialismo, expansionismo, belicismo, etc.

Y se equivocaron. Estrepitosamente se equivocaron. Y el sueño se tornó en pesadilla. Trump no solo ganó sino que ganó con un control férreo del poder legislativo y, gracias a ello, con la posibilidad de hacerse también de un poder judicial que lo respalde. Con los sueños se fueron también las páginas de la Casa Blanca dedicadas al medioambiente y el calentamiento global, a los derechos de las personas LGBT, a los hispanos. Hoy la Casa Blanca es solo White House pues su sección en español ha desaparecido.

Se van también las promesas de una reforma migratoria, los sueños de los dreamers, los pactos contra la emisión de carbono, los programas de la NASA dedicados a modelar y comprender el cambio climático, el 0.02% del presupuesto de EUA que se dedica a artes y humanidades, etc.

En su lugar llega el gabinete más blanco, más rico y menos plural desde 1988. Llega un gobierno anti-ciencia, anti-evolución, pro-blanco, pro-armas, virilista, elitista y sin tapujos acerca de su agenda. Una agenda que parece que se ha llevado, a través de terremotos de 140 caracteres, la geopolítica de la post-Guerra Fría y la fantasiosa narrativa que Occidente tiene de sí mismo como el Free World. Adiós al TLC, a la OTAN. Y un guiño a los nacionalismos y separatismos europeos con un especial gesto hacia la Rusia de Putin, a la Francia de Le Pen y al nacionalismo alemán que tiene en la mira a Angela Merkel.

Qué ha pasado, se preguntan algunos. Era previsible, contestan otras. Se equivocaron en su afán de anticiparse a la historia, de narrarla antes de que ésta hubiera ocurrido. Se extraviaron al clausurarla demasiado pronto, desde una óptica demasiado chovinista. Se creyeron herederos del triunfo de Selma, Seneca Falls y Stonewall cuando las voces de los cuerpos de las hijas y los hijos de esos movimientos siguen todavía sintiendo las embestidas de la violencia. Creyeron que ya habían ganado, que la historia ya era suya y que a Trump lo aguadaba ese rebosante basurero de la historia.

Pero el racismo no se fue con Obama. El movimiento #BlackLivesMatter nos demostró que las estructuras no se desmontan por la voluntad de un gobernante. Un gobernante que, además, ganó el premio Nobel de la Paz más deslegitimado de la historia. Quisieron ver en Hilary Clinton algo que ella no encarnaba: la promesa de justicia para decenas de millones de estadounidenses pauperizados por una globalización y un neoliberalismo que Washington había impulsado y del que ella formaba parte.

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Hubo un tremendo fracaso de lectura, de diagnóstico, de los modos de hacer política y de comprender la historia. Se les olvidó que la historia es acontecimiento, no es mecánica y, sin duda, no marcha en un solo sendero. Apostaron, desde una tremenda sordera –y me disculpo por la metáfora capacitista–, por una candidata que creyeron imbatible porque parecía combinar en su persona a una suerte de suma vectorial que igual convocaba –o parecía convocar– a mujeres, personas LGBT, afroamericanxs, latinxs, todxs ellxs por un lado, con los grandes capitales de Wall Street, los potentados del Pentágono y los organismos supranacionales como la propia OTAN, por otro. Debieron suponer que aquella suma vectorial quizás sumaría cero o que quizás restaría al sumar a polos tan dispares pero no lo hicieron.

Dirán que en retrospectiva lo que digo es una verdad de perogrullo –lo es– pero sí que hubo voces que señalaron que el Estados Unidos rural, mayoritariamente blanco, y pauperizado por la desindustrialización que trajo la globalización y esa economía calificada de post-industrial, ese Estados Unidos estaba silenciado. Ese Estados Unidos que ha visto caer sus niveles de vida estaba en busca de un discurso para comprenderse a sí mismo; un discurso para expresar la injusticia que vive y que busca expresar. Un discurso que no pudo encontrar eso en Hilary Clinton y que, según algunas encuestas, sí lo habría encontrado en Bernie Sanders. Un discurso que tampoco pudo encontrar en la nueva intelligentsia de las universidades norteamericanas, de sus costas, de sus urbes, aquello que buscaba: una voz.

Esta intelligentsia, como dijo alguna vez Richard Rorty, le dio la espalda en los hechos –aunque quizás no en los discursos– a los obreros y la clase trabajadora. Esta nueva Nueva Izquierda sólo pudo ver en ese Estados Unidos rural, pauperizado y furioso, a su Otro, a un Otro del Multiculturalismo; vieron en esas voces al racismo, a la misoginia, a la homo-lesbo-transfobia, al nacionalismo más ramplón, al culto a la Segunda Enmienda, etc. Vieron a ese Otro y lo tildaron de privilegiado, excluyente y racista. Y mientras lo tildaban de eso, lo calificaron de reaccionario, atrasado y evanescente; sentenciaron su fin, su desvanecimiento de la historia.

Y Donald Trump vio a ese Otro y comprendió que Estados Unidos era muchas naciones, muchas voces, con fuerzas muy variadas y supo anticipar que la suma vectorial de los demócratas estaba dejando fuera a una componente fundamental: ese Estados Unidos blanco, rural y pauperizado. Y supo convertirse en líder, y no sólo de los racistas más recalcitrantes, sino también de esos blancos ya mencionados y de aquellxs latinxs que se sienten más conectados con Estados Unidos que con Latinoamérica, que ven en el inglés a su lengua. Conectó con algunas mujeres blancas que no se sienten atraídas por los feminismos. Conectó también con los obreros y conectó con un votante que, quizás avergonzado de ser llamado privilegiado una y mil veces, se mantenía en silencio mientras rumiaba su propio enfado.

¿Por qué digo todo esto? ¿Por qué decirlo justo ahora que tenemos ante nosotrxs a las marchas más multitudinarias de la historia reciente de los Estados Unidos? Estas marchas que quizás sólo son comparables con las que la historia registró en los años de la protesta contra la guerra de Vietnam. Porque me parece que la emergencia del Trumpismo nos debería enseñar algunas cuantas cosas.

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Primero, debemos resistir este impulso que las redes sociales alimentan por emitir juicios sumarios, por enunciar opiniones lapidarias que pretenden clausurar un hecho histórico que apenas está aconteciendo. Esto no equivale a guardar silencio, mucho menos implica el no ser crítica ante las voces de las y los que están de este o aquel lado de la trinchera. Implica simplemente tener en claro que la historia está aconteciendo, está ocurriendo, y que ella misma no es ni inexorable ni unidireccional. No cometamos el error de celebrar la victoria que nos aguarda o la inevitable derrota de esa derecha. No pequemos, no de nuevo, de chovinistas.

Nunca creí que vería en un mismo movimiento a Angela Davis y Madonna, a Gloria Steinem y América Ferrera, a Janet Mock y Ashley Judd. No me esperaba que emergiera un movimiento que, en algunos discursos, se reivindica como radicalmente interseccional y que busca hacer coalescer las luchas de las mujeres, de las personas de color, de las personas LGBT, de lxs migrantes, de lxs musulmanes, de lxs ambientalistas, etc. No esperaba ver esta fórmula de las comunidades interseccionales tomando tanta fuerza afuera de un salón de clases.

Y lo celebro. Pero ese optimismo tiene que moderarse pues el reto no es llenar un día o dos a una centena de ciudades. El reto será evitar que la cotidianidad normalice al trumpismo. Ese reto puede no realizarse y la lucha puede naufragar. No podemos, no de nuevo, subestimar a Trump.

Segundo. Tampoco podemos perder de vista que ese espejismo llamado Multitud –y sí, pienso en Negri y en Hardt pero también en Butler– esconde tensiones y contradicciones que amenazarán con disolverlo. Esa multitud convoca a diversas alteridades –mujeres, ambientalistas, pobres, personas LGBT, personas con capacidades diferentes, jóvenes, personas de la tercera edad, etc.– que no son, como lo soñaron algunos marxismos, parte de un sujeto cohesionado, históricamente destinado a triunfar y poseedor de una conciencia de sí que garantiza la justicia venidera.

Por el contrario, esta multitud es contingente, puede fracasar y no está asentada en promesa alguna de una suerte de justicia divina que sabrá atender a la necesidad de cada individuo. Como Butler nos recuerda, esa multitud debe constituirse, debe erigirse a sabiendas de que reúne voces en tensión. No debemos menospreciar el reto de tal tensión pues es su flanco más vulnerable –y Trump y sus secuaces pueden explotar esas tensiones para desmovilizarnos a todas y a todos. Pero tampoco debemos pecar de pesimistas suponiendo que solo la pureza y la certeza son garantías de justicia.

Tenemos que reaprender a hacer política. Éste es el tercer punto. No podemos, por paradójico que suene, seguir contemplando al otro, con minúscula, como si fuera idéntico al Otro, con mayúscula, a ese Otro que es el enemigo. Ese otro, con minúscula, es el americano blanco, rural y pauperizado al que sinecdoquialmente hemos colapsado con ese gran Otro que se escribe con mayúscula y que nombramos como capitalismo, cis-hetero-patriarcado, nacionalismo, xenofobia, islamofobia, etc.

Tenemos que reconciliar dos intuiciones aparentemente encontradas. Por un lado, estamos en una coyuntura en la cual se juega una guerra cultural que puede –o no– desembocar en un mundo más justo. Por otro lado, personalizar esos males, esas estructuras, esas dinámicas, en grupos concretos implica entregarnos a una batalla fratricida en la cual no tenemos –y ellos tampoco– ningún lugar para los y las otras. No podemos repetir ese error que entregó a millones de votantes al trumpismo.

En múltiples videos se observan enfrentamientos callejeros entre personas que no pueden más que confundir al Otro mayusculado con el otro cotidiano. No niego aquí las diferencias –enormes y profundas– entre las personas. Lo que sostengo es que la Multitud no puede construirse colocando en lo abyecto al obrero pauperizado y blanco, al americano rural, que exige justicia. Tenemos que saber darles espacio en nuestro discurso, en nuestra lucha, incluso si sus valores no son reconciliables con los nuestros.

Tenemos, a una misma vez, que luchar tres batallas. Una guerra cultural por la hegemonía de cierto sistema de valores: nacionalismo vs. Multiculturalismo, machismo vs. Feminismo, racismo vs. Diversidades. Una guerra política en sentido estrecho por las estructuras del Estado que, nos guste o no, son un espacio estratégico para dirimir la primera guerra. Y, finalmente, tenemos que hacer todo aquello sin perder de vista la humanidad del otro.

Es decir, tenemos que hacer coincidir aquellos diagnósticos que transmiten la profundidad del desacuerdo y la radicalidad que representan las diversas alteridades por medio de la metáfora de la guerra, una guerra que no puede presuponer la unidad de lo humano, ni la universalidad de todos los derechos, porque justo eso mismo es lo que está en juego. Esto por un lado mientras que, por otro lado, tenemos el llamado de esas voces que impulsan el encuentro, el diálogo y la deliberación como la única forma de humanizar al otro en su diferencia, aun a sabiendas de la profundidad que ésta representa y de la carencia de garantías de éxito en este impostergable encuentro.

En una cosa sí que tuvieron razón los que pecaron de un exceso de entusiasmo. Sí que somos herederas de Selma, de Seneca Falls, de Stonewall, pero no de su triunfo, sino de su vigencia. Y esa vigencia es de alcance global por la propia hegemonía cultural, económica y militar de unos Estados Unidos que se juegan su imagen ante sí mismos y que lo hacen mientras el mundo observa atónito la posibilidad de que los estadounidenses descubran lo que los demás ya sabíamos: que no son excepcionales ni ante la historia, ni ante la política ni ante la ética. Pero no solamente eso, sino que lo que se teme es que los americanos se entreguen de frente a un proyecto abiertamente opuesto a toda diferencia, que claudiquen de lo mejor –por ideológico que sea– de sí mismos.

Lo dicho hasta ahora implica que tenemos que preguntarnos qué es la política en tiempos de Trump. Qué representan estas marchas donde confluyen tantas voces pero que, como en todo movimiento político, como en toda multitud, existen también contradicciones, tensiones y asimetrías entre grupos, voces y naciones.

¿Será éste un movimiento efímero?, ¿se disgregará ante el peso de sus componentes pues no todos comparten todas las luchas que en ese espacio confluyeron?, ¿será cooptado por las voces de las clases medias blancas, urbanas, universitarias?, ¿excluirá a las voces de color, a lxs migrantes, a las mujeres trans? ¿Es menester para un movimiento, para su permanencia, eficacia y éxito, el compartir un conjunto de planteamientos y no solamente un contrincante?

Insisto en que es muy pronto para emitir un juicio. La historia acontece. Eso no implica arrojarnos al silencio, al optimismo o al pesimismo. Implica reconocer el reto político que tenemos enfrente. Decía Tyrion Lannister que se hace la paz con los enemigos, no con los amigos. Quizás podríamos concluir que se hace política cuando las diferencias son profundas y socavan toda posibilidad mecánica y trivial de una base común, de una certeza fácil.

Arrojarnos a la pureza, a la idea de que un movimiento, una Multitud, debe ser ella en cada uno de sus miembros un ejemplo de claridad interseccional es el peor de los errores. Es envolvernos en mortajas de sangre bien pensante. Quien apuesta por esto comete dos errores.

Por un lado, erra en su comprensión de la Multitud. La Multitud se compone de un conjunto de vectores, de fuerzas, que no coinciden del todo pero que impulsan un cambio. No son ese agente histórico del marxismo más vulgar que suponía un sujeto unificado, preclaro y destinado al triunfo. Aquí la política se hace tanto al interior, pues la Multitud no se cohesionará en unidad homogénea, y también al exterior pues debe mantener el reto de comprender la diferencia radical sin, por ello, deshumanizar al otro.

Perder la esperanza en estas marchas por la presencia de blancos y blancas que defienden sus ideales mientras ignoran las vidas de lxs migrantes, lxs latinxs, las personas LGBT, lxs musulmanes, es, de nuevo, cometer el mismo error que llevó a Trump a la presidencia de EUA. Esas voces también están buscando hablar y la denuncia pura, el insulto puro, el grito de “#AbajosLosProgres” nos debilita y empobrece porque confunde la crítica al privilegio al transformarla en un silencio que cercena la voz del otro.

Afortunadamente, creo yo, Trump nos hará el trabajo de aglutinarnos a todas y a todos frente a él. Él nos unirá en nuestra oposición a su persona. Y de allí surgirán liderazgos múltiples. Pero, de nuevo, eso no ocurrirá mecánicamente. Como Butler nos recuerda: la política es performativa, hay que ejercerla y eso no ocurre a través del optimismo ciego ni del pesimismo que descree de todo aquello –esencialmente todo– que está teñido de contradicciones.

Por otro lado, la pureza comete un error meta-ético al suponer que la ponderación entre diversos escenarios de injusticia implica aceptar ciertas formas de injusticia como menos onerosas, menos graves. Dicen que se idealiza a Obama, a Clinton, y tienen razón. Y quizás se idealizan estas marchas como si no tuvieran ellas mismas contradicciones. Pero si nuestras nociones de justicia no son capaces de distinguir entre el trumpismo y Obama, entre el trumpismo y la fragilísima alianza entre los feminismos blancos de corte liberal y los muy diversos feminismos de color, entre estos feminismos y todos los otros movimientos de resistencia, si no podemos hacer esa distinción, entonces nuestro purismo, nuestra noción de justicia, nuestra ética y nuestra política son inútiles. Lo son porque no solo no nos ayudan a navegar en el mundo, a actuar en él, sino que nos inmovilizan en la capacidad de ejecutar acciones estratégicas que no llevarán al fin de la historia y al perfeccionamiento de la estirpe humana pero que sí harán una diferencia en las vidas de miles de seres humanos.

Ésta es la enormidad del reto que tenemos enfrente. Volver a repensar la política. Las marchas que observamos nos recuerdan que la política, como la historia, acontece sin marcos de referencia que nos den certezas y que nos prometan victorias inescapables. Como en un triángulo, tenemos que apostar, por un lado, por actuar de forma concertada ante un enemigo que subestimamos. Por otro lado, tenemos que hacerlo en plena conciencia de las diferencias que tenemos entre nosotrxs, diferencias que nos llevan a tener que articular una política no basada en el consenso absoluto. Por último, debemos reconocer que detrás del trumpismo hay voces y exigencias de personas concretas que tenemos que saber escuchar incluso si se formulan en términos de una alteridad que sucumbe a la tentación de presentarse por medio de un discurso que nos niega; nuestro reto es darles voz, rescatando sus demandas, al invitarlos a abrazar otro discurso en el cual tanto ellos como nosotrxs tengamos cabida.

Cierro finalmente señalando que ésta es una época difícil para el feminismo, para las mujeres, para las mujeres cis y para las mujeres trans, para lxs sujetxs feminizadxs y otros muchos subalternos. Los escenarios globales, regionales, nacionales y locales se ven grises. No escondo que hoy me siento temerosa, un poco extraviada, incluso desolada ante tal panorama. Pero creo firmemente que los feminismos son hoy por hoy una de las claves para repensar la política, para repensar la sororidad, la fraternidad y la posibilidad de resistir el embate que se nos viene encima.

(Fotos: Michael KowalczykBeth BullockIlias Bartolini.)

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