Y en eso se fue Fidel

Los triunfos de la Revolución cubana fueron notables –pero también atroces sus defectos. La izquierda del siglo XXI está obligada a demostrar que un Estado benefactor se puede construir, no a partir de un arreglo autoritario, sino de una democracia radical.

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En febrero de 1964, nos cuenta Peter Kornbluh, Fidel Castro envió un mensaje verbal al presidente Johnson por medio de la periodista Lisa Howard. La intención del mensaje era reiniciar los contactos secretos entre ambos gobiernos iniciados bajo la administración Kennedy y suspendidos después del asesinato. En el mensaje, Fidel Castro le hacía saber a Johnson que él entendía que durante la inminente campaña presidencial de 1964 el asunto de Cuba iba a ser parte importante, por lo que si el presidente Johnson necesitaba por razones electorales adoptar una postura más dura en público o incluso tomar algunas acciones contra Cuba, Fidel no lo tomaría a mal. El comandante revolucionario se comprometía, además, a no emprender represalias en ese caso y le reafirmaba su interés en que su campaña presidencial fuera exitosa. Habían pasado solo 16 meses después de la crisis de los misiles. Es una imagen que tendría que hacernos pensar que con Cuba y con Fidel lo más peligroso es tratar de simplificar. La cosa siempre es más complicada.

La historia de Cuba es probablemente la más complicada del continente americano, y eso no es cualquier cosa. En solo un siglo, la última posesión española en América se convirtió en la “primera” república socialista del continente y, después, en el último vestigio de la Guerra Fría. Si eso no suena como una historia complicada, agreguemos: último territorio hispanoamericano en abolir la esclavitud, sede de la primera base militar estadounidense en América Latina, república independiente que nació con un territorio ocupado militarmente y que otorgó el derecho a la intervención militar a Estados Unidos como parte de su primera constitución. Ser cubano, abrazar esa identidad acuñada por Martí, no es fácil.

La biografía de Fidel Castro se tiene que enmarcar en esa complicada historia cubana en la que una rebelión anticolonial se convirtió en una revolución socialista al calor de la Guerra Fría. Cuba fue el último país de América Latina en independizarse de la corona española y esto tiene implicaciones más allá de una original cronología. En el primer cuarto del siglo XIX se fueron formando repúblicas independientes por toda Hispanoamérica. En esos procesos de formación de nuevos Estados, las amenazas externas venían principalmente de Europa, y los Estados Unidos eran vistos como un potencial aliado en la contención de las ambiciones absolutistas europeas. Pero para Cuba la independencia de España llegó hasta 1898 y en un contexto donde una nueva amenaza –más cercana y cotidiana– a la soberanía de la isla se había ya configurado. Desde mediados del siglo XIX, Cuba ya tenía una relación económica más profunda con Estados Unidos que con la misma España. Al momento de su independencia, los cubanos no tuvieron que discutir si Estados Unidos sería un aliado frente a Europa o una amenaza en sí mismo: la República de Cuba nació sabiendo que la principal amenaza a su independencia estaba a 90 millas de La Habana.

Toda la primera mitad del siglo XX, la soberanía de Cuba estuvo, formal o informalmente, supeditada a la buena voluntad de los Estados Unidos. Cuando Fidel Castro nació, en 1926, la República de Cuba tenía menos de treinta años de existir y todavía cargaba con el peso de la enmienda Platt que limitaba su soberanía. En 1934, cuando Fidel Castro tenía ocho años de edad, la enmienda Platt fue finalmente derogada. En 1940, el joven Castro de 14 años de edad fue testigo de la promulgación de una nueva constitución que prometía no solo la construcción de un Estado soberano y democrático, sino que también se comprometía con la justicia social. A los 26 años, Fidel Castro pretendía integrarse al parlamento cubano como militante del Partido Ortodoxo cuando Fulgencio Batista decidió desconocer la constitución de 1940 y asumir el control político de la isla con el apoyo eventual de los Estados Unidos. La revolución que triunfó el primero de enero de 1959 fue una lucha contra la dictadura de Batista, pero también fue una lucha por la soberanía frente al poderoso vecino en un momento particular de la historia latinoamericana en que soberanía y justicia social estaban íntimamente conectados.

Ciertamente el programa del movimiento 26 de Julio se centraba más en asuntos internos de Cuba y no en esa lucha explícita contra la hegemonía estadounidense. Pero lo cierto es que ese programa no trascendió los panfletos originales: la constitución de 1940 jamás regresó y la mayor consecuencia de esa revolución fue geopolítica. Al final, en Cuba no hay cuestión interna que no acabe relacionada con un problema de soberanía. Se trató pues de una revolución anti-colonial, antes que cualquier otra cosa, aunque nos hayamos acostumbrado a leerla bajo el código de la Guerra Fría. Fue parte de una larga y dolorosa lucha por crear un Estado independiente en medio del caribe.

Ese me parece que será el legado duradero de Fidel Castro y la Revolución que dirigió. Cuba se ganó su lugar en el concierto de las naciones gracias a un liderazgo, no solo de Fidel sino de un grupo amplio de líderes, siempre dispuesto a doblar las apuestas, y que supo navegar las complicadas aguas de un entorno internacional complicado. Capaces de sobrevivir a la policía política mexicana, a las vicisitudes de la guerra en la Sierra o a una potencial hecatombe nuclear.

Al mismo tiempo, esa disposición a pelear “por encima de su peso” implicó costos enormes para muchos cubanos. La fuerza de la amenaza externa junto con la audacia de una generación de cubanos, Fidel uno de ellos, que se creyeron capaces de lograr lo que fuera provocó una colisión de más de medio siglo, el equivalente histórico a esos eventos cósmicos que se pueden apreciar durante varios días en la tierra y que desatan niveles de energía difíciles de imaginar en nuestro planeta. El daño colateral fue alto y lo han pagado tres generaciones de cubanos, pero ¿qué establecimiento de un Estado independiente no ha sido costoso y doloroso?

Pero no olvidemos esos costos: el colapso económico en 1970 obligó a Cuba a convertirse en un aliado más disciplinado de la Unión Soviética, con lo que ello implicaba: un implacable monopolio del poder político. No que fueran demócratas antes de 1970. Ser demócrata en la América Latina de la guerra fría era un privilegio que pocos podían alcanzar. Pero el autoritarismo cubano de las siguientes décadas fue en muchos sentidos una importación rusa. Además, esa disciplina a un proyecto geopolítico particular terminó con otro colapso económico producido por la desaparición de la URSS. La precariedad económica que enfrentó buena parte de la población cubana particularmente en los años noventa del siglo pasado tuvo consecuencias más allá del sufrimiento meramente económico: más migración y separación de familias, crecimiento de la prostitución y hasta un deterioro en la calidad de esos servicios sociales que representaban el principal logro de la Revolución.

Ese obvio anacronismo que significó la figura de Fidel en la América Latina de las últimas dos décadas es resultado de su propio éxito. El estado cubano que se construyó a partir de 1959 y, sobre todo, a partir de los años setenta, es un estado autoritario pero institucional. Esas instituciones permitieron la sobrevivencia del régimen, y de la figura de Fidel, incluso ante la desaparición de sus aliados. Paradójicamente, la relativa solidez de esas instituciones permitió la sobrevivencia de las personalidades. En parte por carisma, en parte por su rol histórico, pero sobre todo por las capacidades del estado que construyó, Fidel se fue volviendo eterno aunque anacrónico. Su presencia se volvió casi mitológica y a la vez cotidiana en ese régimen institucional y a la vez personalista.

Hoy Cuba no está bien. Si bien el socialismo cubano tiene ventajas envidiables vistas con los lentes de las carencias básicas de otros países de América Latina, también es cierto que tiene defectos que en otras partes no estaríamos dispuestos a aceptar. Pero eso no significa que podamos subir todo en una balanza para lograr un veredicto objetivo sobre la Revolución y sobre Fidel Castro. La historia no es una balanza universal. La historia cubana es lo que es. La pregunta en todo caso es la siguiente: ¿qué deberíamos aprender en el siglo XXI de la experiencia cubana y, por supuesto, del liderazgo de Fidel?

La izquierda hoy debería darle la razón a Fidel en cuanto a que es posible y deseable la construcción de un sistema de seguridad social universal. Que la creación de un piso relativamente alto de igualdad de derechos sociales debería ser el fin último del Estado. Pero hay otra parte en la que deberíamos ganarle el debate a Fidel: la izquierda del siglo XXI está obligada a demostrar que ese Estado se puede construir no a partir de un arreglo autoritario, sino por medio de profundizar la democracia. ¿Es eso posible? Si la respuesta es no, ya perdimos el debate con Fidel.

En cualquier caso, no deja de ser sugerente que en 2016 haya desaparecido Fidel Castro. Hoy el mundo es más desigual que en 1959; hoy nuestra actividad económica pone en riesgo la sobrevivencia del planeta; hoy se calcula que hay más de cien millones de niños menores de 14 años que se ven obligados a trabajar. En ese mundo, Estados Unidos eligió a Donald Trump como su próximo presidente. Y en eso se fue Fidel.

(Foto: cortesía de Marcelo Montecino.)

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