Žižek en el diván

¿Qué es Slavoj Žižek? De este filósofo esloveno pareciera que todo mundo busca una respuesta. Algunos, incluso, esperarían que guíe una revolución.

| Ensayo

A inicios de noviembre del 2016, el filósofo esloveno Slavoj Žižek impartió un seminario en la Universidad de Nueva York alrededor de un concepto: el exceso. Exceso de valor, de entretenimiento, de conocimiento. Cuatro clases, de 2 a 4:40 pm, atendidas por no más de cuarenta alumnos. ¿Qué nos dicen las tardes con Slavoj del filósofo Žižek? O al revés: ¿qué nos dicen las tardes con el filósofo Žižek acerca de un tal Slavoj?


7 de noviembre

Slavoj Žižek, como Miss Tere de la secundaria, también necesita ayuda con el proyector y la computadora. La clase empieza puntual, pero el tiempo se pierde con el USB y la búsqueda del reproductor de video correcto. Para Žižek es importante arrancar a la hora acordada en el programa, o incluso unos minutos antes. Según él, así hace sentir culpable a la gente que llega con retraso. Los culpables, dice, hacen menos preguntas idiotas.

La táctica no funciona el primer día porque todos, los treinta y tantos alumnos apuntados para este seminario en la Universidad de Nueva York, ya están acomodados desde hace tiempo alrededor de una mesa rectangular que preside el esloveno. Nadie se atreve a sacar el teléfono para tomarle una foto al profesor y compartirla con los amigos que publican memes de Heidegger en Facebook, pero no dudo que alguien tenga ganas de hacerlo. Ahí está, quizá, la primera diferencia con la Miss Tere.

“Una advertencia”, comienza Žižek, “yo soy un trigger warning andante”. El concepto, popularizado por las universidades liberales de Estados Unidos, hace referencia a los contenidos que algunos alumnos podrían considerar ofensivos o detonantes de algún trauma. Para nadie es una sorpresa que Žižek se presente así: un par de días antes había dicho en una entrevista televisiva que, de ser estadounidense, habría votado por Donald Trump.

Hoy, 7 de noviembre, el triunfo del republicano todavía parece tan lejano.

“Algunos izquierdistas idiotas dicen que yo apoyo a Trump porque estoy esperando que me inviten a la Casa Blanca”, dice Žižek, al reconocer con una sonrisa socarrona que Melania Trump lo ha desplazado hacia la segunda posición de los eslovenos más famosos del mundo. Sus tics, sin embargo, los conocen todos: esas sonoras aspiraciones, el reacomodo de la nariz o de la holgada playera polo, los golpeteos marciales sobre la mesa donde descansa un vaso con agua. El torrente verbal será constante en las dos horas de clase; Žižek solo tomará un sorbo.

Sus tenis, por cierto, no tienen agujetas. Su celular es negro, de los que se doblan sobre sí mismos.

“No nos perdamos”, dice de pronto Žižek, como si, además de marxista, también fuera psíquico.

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¿Cuál es el problema con la libertad de elección? Por ejemplo, los fumadores empedernidos. Mi esposa no puede sobrevivir con menos de dos cajetillas al día. Pero la manera de asegurarse que uno seguirá fumando es la ilusión del libre albedrío, porque saber que lo puedes dejar en cualquier momento hace que, efectivamente, no lo dejes. Al contrario, si al empezar a fumar te dijeran que nunca vas a poder dejarlo, mucha gente se lo pensaría. Habría menos fumadores.

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Hasta ahora, cuarenta minutos de clase, todo el setlist Žižek se ha decantado por los clásicos: burlas hacia “sus enemigos”, anécdotas sobre sus controversias con otros filósofos contemporáneos, un repaso a la actualidad política europea, Trump, Le Pen, los refugiados… “Ya conocen esta historia, la repito tantas veces”, dice Žižek, casi con un guiño, como si supiera que a esto hemos venido, a volver a ver esos videos de YouTube, pero en vivo.

Hay alguien que no está muy contento.

Se parece a David Gilmour de joven; podría ser el bajista de cualquier banda indie australiana. Pelo largo, rubio, pasado por detrás de las orejas; una sonrisa de desesperación y una mirada casi de desprecio dirigida contra Žižek. Como si no escuchara a un profesor de filosofía sino al tío imprudente en la mesa de Año Nuevo.

Žižek está a la mitad de una digresión sobre una secta en Montana que cree que los hombres blancos vienen de la cópula entre Adán y Eva, y que el resto (negros y judíos, por ejemplo) viene de la cópula del diablo con Eva. “Luego ya pasamos a mis cosas”, dice el esloveno, cuando de pronto mira hacia donde Gilmour y nota algo. “¿Estás nervioso?”, le pregunta Žižek. “No, pero quiero que ya pasemos a sus cosas”, contesta el imaginario bajista. “Nunca”, le regresa el filósofo, “lo quiero hacer de un modo erótico”. Muchos se ríen pero Gilmour no.

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Parte de la atención a Slavoj Žižek, del fenómeno Žižek, deriva de su inglés, la lengua en que ha forjado sus principales apariciones multimedia, los videos virales, las películas que lo tienen por protagonista. Žižek habla un inglés casi perfecto, sin error gramatical alguno, sin problemas en la conjugación o elección de los verbos. Lo que distingue el inglés de Žižek es su acento, fuerte, hecho a la medida de su barba poblada y su ceño fruncido. El acento confunde: hace creer a algunos que Žižek quizá no quería decir exactamente lo que dijo. Son los exabruptos que tiene todo mundo cuando habla en un idioma que no es el suyo. Ser mexicano y decir una grosería en mandarín, durante una cena familiar en Pekín, resultará chistoso, casi tierno, antes que vulgar o prosaico. Así se perdonan los deslices, y así también parece que algunos le perdonan la vida a Slavoj Žižek, a quien toman por un ventrílocuo medio confundido. Él sabe perfectamente lo que hace. Y mejor aún, lo que dice. ¿No?

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De las identidades sexuales a la ecología. De Stephen Hawking a Terry Gilliam. De Kant a los zombis, a los cigarros eléctricos, a Teodoro Adorno. “Soy un tipo asqueroso”, dice Žižek en un punto de la clase, “de verdad hablo mucho”. Ordena un receso de cinco minutos durante el cual firma libros y habla sin parar con quien se le acerque.

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Žižek tiene sesenta y siete años. Tiene un trabajo fijo en Eslovenia y estancias académicas en Londres, Nueva York y Seúl. Está a salvo en términos financieros, asegura. Que por eso no le importan las consecuencias de lo que dice. “Fuck you”, dice repetidamente, a un alumno anónimo, a todos, varias veces durante la clase. Con esa misma frase acaba la primera jornada, cuando Žižek escucha ruidos que vienen de afuera del aula. Voltea a ver el reloj de su celular arcaico. Son cinco minutos pasadas las cuatro cuarenta. Fuck you. Ahí se acaba.


8 de noviembre

La misma polo negra. Los mismos zapatos sin agujetas. ¿Será uniforme de trabajo o habrá olvidado la maleta?

La clase empieza con un clip de Pachelbel, otro de Mozart y un minuto del James Bond de Sean Connery en You Only Live Twice. Para este punto quizá solo Gilmour piensa en el temario que el departamento de Filosofía les repartió a los estudiantes.

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En el verdadero amor nunca estás en una posición de decir: “Amo a esta mujer por esto, esto y esto”. Las razones del amor solo están claras para ti una vez que ya estás enamorado. Es lo mismo con los conversos al cristianismo: solo puedes entender las razones para ser cristiano una vez que ya eres cristiano. El marxismo no es una enseñanza objetiva: lo que Marx enseña solo está al alcance de una mirada subjetiva radical. Mi amor por ti crea las razones del amor. El sujeto es su propia causa.

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Žižek, en persona, parece más amable que en pantalla; mucho más amable que en sus textos. Constantemente ruega a los alumnos que, si ven fallas en su argumento, lo detengan. Cuando alguien levanta la mano o empieza a decir algo, Žižek puede interrumpir su oración a la mitad y darle de inmediato la palabra. El gesto se parece al respeto intelectual que Žižek tiene también por su hijo de diecisiete años.

Un día, para insultarlo, Žižek le soltó una expresión serbocroata que se traduce como que un perro se chingue a tu madre. El hijo no se quedó callado. Papá: eso ya pasó hace diecisiete años… “Es un gran materialista dialéctico”, fue la conclusión de Žižek. En otra ocasión, el filósofo le confesó a su hijo que sentía palpitaciones cardiacas, que tenía miedo de que fuera algo mortal. Al poco tiempo, el hijo lo encontró leyendo Crítica de la razón pura. “Papá”, dijo el joven Žižek, “dado tu estado de salud, ¿no prefieres leer libros más cortos para que te asegures de tener tiempo de terminarlos?”. Žižek disfruta al recordarlo.

Las historias personales de su hijo se unen a las historias personales en el ejército (“La gente pensaba que yo, intelectual débil, iba a llorar… Fuck you: me gané dos medallas”), el preludio discursivo de quien está acostado en el diván, antes de que se produzca el momento psicoanalítico clave, la epifanía en voz alta, la revelación enunciada. “El idiota a quien trato de explicarle las cosas soy yo mismo”, dice de pronto Slavoj Žižek, frente a treinta, treinta y cinco personas que hasta ese punto no lo conocíamos más que de manera remota. Soy un maniaco de la interpretación, había dicho Žižek la primera clase, con lo que nos obligó al resto a estar a la altura y tratar de encontrarle sentido a sus zapatos sin agujetas. Hablo demasiado, soy un tipo asqueroso. Entonces: ¿y si todas las conferencias, todas las clases, todos los videos en YouTube y los documentales, el voto imaginario por Trump, el rechazo a la política de puertas abiertas a los refugiados, los chistes obscenos, las discusiones con Judith Butler, el amor por Alfred Hitchcock, el odio a Ted Cruz y Rick Santorum, no fueran sino una especie de terapia prolongada para él, acodado en un futón imaginario desde donde nadie puede callarlo?

Ser discípulo de Lacan y cobrar por analizarse en público… debe ser maravilloso.


15 de noviembre

“Voy a dejar para mañana lo de economía política. Empecemos con Pokémon”, arranca Žižek. La analogía es la siguiente: Pokémon Go, el videojuego de realidad aumentada, funciona como operaba la ideología para los nazis: el judío deja de ser solo una persona y, a través de los lentes nacionalsocialistas, aparece aumentado por el antisemitismo y los prejuicios. Sobre su figura se proyectan las fantasías de explotación, degeneración y demás falacias nazis.

El ejemplo incomoda a algunos, que miran hacia los lados del salón con una sonrisa nerviosa, como buscando un cómplice con quien abrir los ojos, soltar un suspiro. Mientras, Žižek lanza otras dos confesiones desde el futón: “Soy un vendedor capaz de venderles la sopa que alguien ya se comió” (la metáfora de Pokémon ya la había publicado en un artículo en otro lado). “A veces me copio y pego a mí mismo”.

Para este punto del seminario, Žižek ya ni siquiera hace el esfuerzo por disimular que las clases no son sino una sesión más de terapia. “No me importa cómo me visto”, dice el filósofo, sin que nadie le pregunte. “Esta es mi locura: no me importa cómo me visto, pero una vez al año voy con mi hijo a hacer algo completamente loco y gastarme la mitad de mi dinero”, confiesa Žižek. “Por ejemplo, ¿saben lo que hice hace tres años?”. La pregunta llega con la sonrisa traviesa de un niño a punto de revelar cómo alcanzó el frasco de las galletas. “¿Conocen el hotel Burj Al Arab?”, pregunta Žižek. Es el cuarto hotel más alto del mundo: la estructura aquella que asemeja una vela sobre una isla artificial en el Golfo Pérsico en los Emiratos. “Ja-ja”, dice Žižek, “yo estuve ahí. Tenía el cuarto más pequeño, ciento setenta metros cuadrados, dos pisos…”, cuenta el filósofo. La confesión parece un arrebato de culpa —tanto psicoanálisis— para un académico que tiene, o tenía, una foto de Stalin que daba la bienvenida a su casa en Liubliana.

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A la mitad de una reflexión sobre la redención de Cristo, Gilmour levanta la mano. Žižek se calla y le da la palabra. Gilmour pide —exige— dos cosas: un descanso y que, al regresar, Žižek vuelva al tema original del seminario. El filósofo concede.

Gilmour sale a toda prisa del aula. Al seguirlo, descubro que sus necesidades eran más mundanas que hermenéuticas: tenía que ir al baño.

De vuelta en el salón, Žižek firma libros. Habla sin parar y no baja la voz pese a que solo tenga enfrente a una persona. Los ojos no se concentran en su interlocutor inmediato, sino que saltan de un lado a otro como impulsados por un partido de ping-pong imaginario. Nota: el paciente no puede hablar sin sentirse ante un público, sin bajar el volumen del tono. ¿Cómo hará para leer a Hegel en un sillón solitario?


 16 de noviembre

El color de la playera polo ha cambiado. Los tenis todavía no tienen agujetas. “El punto clave de un buen regalo es que no debe ser algo útil de manera muy obvia”, dice hoy. ¿Y si sus clases, Gilmour, siguieran la misma lógica?

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Un amigo le dice a su hija: “No te estoy obligando a hacer algo que no quieres; eres libre de ir o no a visitar a tu abuela, solo recuerda cuánto te ama”. Un padre tradicional le hubiera dicho: “Tenemos que ir y te jodes”. La táctica de mi amigo es mucho más opresiva, porque debajo de esa libertad aparente se encuentra una orden mucho peor. No solo lo tienes que hacer [ir con la abuela], sino que tienes que desear libremente hacerlo. Y así estamos hoy en día: los pacientes [en terapia psicoanalítica] ya no se sienten mal por haber cogido, sino porque no han cogido.

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“La pregunta original del deseo”, dice Žižek, “es: ¿Qué soy yo para los demás? ¿Qué es lo que los otros ven en mí para que me deseen?”. ¿Qué vemos, pues, en Slavoj Žižek? ¿Qué nos dice su panza abultada, su constante esnifeo, sus playeras polo —manga corta, manga larga—, su pelo grasiento, su afición por Jefferson Airplane, su desprecio por Mozart, sus libros de mil páginas? ¿Qué valen más: sus opiniones sobre David Lynch o su crítica a los banqueros? ¿Cuál Žižek nos interesa: el de ahora o el que conocíamos antes de que se volviera mainstream? ¿Qué queremos de él: que nos diga si vale la pena la nueva película de Batman o que lidere una vanguardia intelectual de izquierda para decapitar al sistema? ¿Queremos ser Gilmour o queremos ser la chica que me pide permiso, cambiar de lugar en el aula, porque no ve, como si a alguien le hubiera interesado estar pendiente de los tics de Husserl en vez de leer sus textos? El idiota al que trato de explicarle las cosas soy yo mismo, nos había dicho Žižek, y sin embargo son multitud quienes quieren colgarse de él para pedirle que les explique algo, todo, el mundo entero. La filosofía nunca ha sido un deporte de equipo pero algunos quieren que Žižek sea el Bora Milutinovic que nos guíe hacia la revolución que, como el quinto partido, nada más no llega. Que todos los progresistas de este mundo le recen al mismo santo debería ser motivo de desconfianza. El problema con Žižek, lo trágico de Žižek, es que sea considerado un pensador único, un filósofo valiente nada más porque algún día se subió a dar un discurso sin micrófono frente a los de Occupy Wall Street. Lo triste es pensar que Žižek sea, para el sistema, la excepción excéntrica, el europeo trasnochado que se dice, qué pintoresco, comunista; el polemista con acento para el cual hay que tener un lugar en NYU, pero solo uno. Que se note que somos una universidad liberal, diversa. Que sea él, el que ya conoce, como nosotros, el Burj Al Arab. Ya sabemos que es —lo hemos vuelto— inofensivo.

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“Tengo un cansancio de perro”, dice Žižek, y ofrece un minuto final para preguntarle lo que sea, cualquier cosa. Nadie toma la oportunidad, y Žižek, por efecto de su característico horror vacui, empieza a hablar solo. “Soy muy consciente de que, en la academia, los malos son personas como yo. Ustedes saben que, en estas condiciones de mercado, el departamento funciona así: contratas a dos o tres ‘estrellas’ y entonces el resto de la planta está completamente mal pagada y así”, dice el esloveno.

Silencio.

“Bueno, les pido una disculpa si los decepcioné”, se sincera Žižek. Pero Slavoj no es capaz de resistirse y remata desde el futón. “Bueno, ya qué, ¿qué pueden hacer ustedes? Nada. Muchas gracias”. Aplausos desde las cuatro esquinas para Slavoj Žižek.

Nota: todos creen que el paciente se ha curado solo. Es un milagro.


// Ruby Molotov

Las frases de Žižek en el aula

“No me gusta Greta Garbo. No se me hace atractiva sexualmente”.

“Yo soy ateo, pero un ateo cristiano”.

“Soy un reaccionario del rock de los sesenta. Todo lo que pasó en el rock ocurrió entre 1965 y 1975”.

“Dar clases es solo una oportunidad de vender capítulos de mis próximos libros. Nunca me preparo. Menos para clases así”.

“¿Qué pasa si no puedes insultar a la gente? La vida no vale la pena ser vivida”.

 

 

 

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