19s: memoria crítica de un terremoto social

La generación millennial creció con los relatos del terremoto de 1985. El pasado 19s salieron a verlo con sus propios ojos y vivirlo en carne propia, como un déjà vu: el choque entre la organización de los mexicanos y las políticas de su gobierno.

| 19S

Nací gracias al gran terremoto mexicano. El desastre natural más mortífero en la historia del país —tres mil ciento noventa y dos muertos, según las cifras oficialistas; aunque organizaciones civiles sugieren una veintena de miles— rompió la fuente de mi madre y me trajo a la vida el 20 de septiembre de 1985, pocos minutos antes de una réplica que terminó de asentar los escombros y de sumir a la población en una amalgama de histeria y solidaridad. En el 32 aniversario de aquel gran sismo, vi alzarse la tierra con el crujir de mil huesos, vi el balanceo de cables eléctricos y vi desplomarse la frenética rutina urbana del chilango, ese habitante urbano que gana su título cuando aprende a sortear con desparpajo los sufrimientos de una ciudad de veinte millones de personas.

Mi generación creció con el signo del temblor. Cada septiembre, homenajes y simulacros, historias familiares y especiales televisivos antecedían mi cumpleaños. Nunca me molestó, aunque siempre sentí que aquella fecha no era solo mía, y en algún momento me mostraría una tarea que, muchos años después, llegaría a ver con un poco de claridad: dar cuenta del contraste tectónico de México, el choque entre la organización de su población y las políticas de sus gobiernos.

Septiembre tiene un halo apocalíptico. Después de las fiestas patrias, aquellas fiestas de reconciliación en las que la pirotecnia parece callar con su ruido los conflictos del país, y mientras se acercaban los actos oficiales para recordar la  fecha zero, era común escuchar comentarios de este tipo: «ya se está pasando el tiempo de aquel que estábamos esperando». Finalmente tembló. Y dos veces, como en aquel año que marca el surgimiento de la generación millennial en México.

Los sismos de septiembre en nuestro país mostraron quién es quién. Si Apocalipsis significa ‘revelar’, la juventud mexicana mostró su compromiso; aunque las autoridades también mostraron su rostro junto a los aliados en las corporaciones de medios. La búsqueda televisada de una niña «que nunca estuvo ahí» exhibió a corporaciones de medios, en quienes esta generación no confía a raíz de la crítica hecha por el movimiento estudiantil #Yosoy132, contemporáneo del 15M, Occupy Wall Street y las revoluciones árabes.

No sé si mi generación estaba «preparada» para este desastre. Pero esta última semana he llegado a pensar que teníamos inscrita en una memoria oculta, como un reflejo, la respuesta y el modo de actuar. Tampoco sé si los números digan que este es el gran terremoto que esperábamos, pero al menos es el movimiento que a jóvenes de esta generación nos arrojó a la calle: «si mi familia fue rescatista del 85, ahora me toca a mí».

El sismo de 8.1 grados que azotó el 7 de septiembre los estados sureños de Oaxaca y Chiapas dejó una larga grieta hasta la Ciudad de México. Para los chilangos fue una advertencia.

Durante los festejos patrios viajé a Oaxaca y Chiapas como parte de una brigada de entrega de acopio. Desde Ixtepec hasta Tonalá vimos pueblos quebrados, camiones y camiones desfilar retacados de escombros, decenas de familias durmiendo a la intemperie, tejas y adobe sobre el suelo recubierto y constantes quejas por el uso discrecional de las despensas. En el sureste mexicano las cifras del gobierno hablan de noventa y ocho muertos, y al menos dos millones quinientos mil personas afectadas.

Un día después de regresar de la brigada, a treinta y dos años del gran terremoto de México, acaso una hora después del simulacro anual, le tocó caer a la capital mexicana. Cables, casas, grietas; polvo, alarmas, gritos; manos, botes, puños. El ombligo del país, integrado por el Estado de México, Puebla y Morelos, entró en una vorágine palpitante. Al escuchar en la radio sobre las primeras víctimas tomé cuaderno, pluma, tableta, y salí. Era una decisión con el razonamiento ya expuesto: «Debo ver lo que nuestros antecesores vieron». En una lista de lugares afectados hecha por internet elegí Chimalpopoca esquina con Simón Bolívar, en la colonia Obrera.

Nada, ninguna entrevista ni documental del terremoto se asemeja a ver esto con los ojos. Una brigadista de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México me dijo cinco días después: «por más que nos lo cuenten, vivirlo es totalmente distinto». Mientras escribo miro la cifra de trescientos trentaiún muertos y más de cien desaparecidos, decenas de edificios, centros de trabajo y casas destruidas o a punto de colapsar.

No sé cuántas horas pasé en Chimalpopoca, cuántos botes repletos de escombro vi pasar, cuántas veces alzamos el puño y guardamos silencio ante el toque débil de manos en las paredes. A cuentagotas fluyó la información: mujeres trabajadoras atrapadas, colapso en pocos segundos, la sociedad civil fue la primera en reaccionar. El terremoto de 1985 con todos sus fantasmas y sus fuerzas se nos venían encima.

 El colapso del PRI

Hace dos años escribí un reportaje titulado: «1985, a 30 años del terremoto que derrumbó al PRI en la Ciudad de México». A partir de entonces miro los sismos como una lucha de fuerzas encontradas. Ninguna termina de vencer a la otra.  En un lado, se encuentran los momentos colectivos, la solidaridad masiva, la creación de diversas formas de autonomía. En el otro: la rapiña, el botín político, los relatos oficiales.

Al acercarme a la calle Simón Bolívar después del terremoto, encontré una hilera de antimotines dedicados a detener la entrada a personas que quisieran acercarse en solidaridad. Me colé junto con un amigo empujando un carrito de supermercado repleto de tortas. En México hay que engañar al Estado para responder ante una emergencia. Esa es también una lección aprendida en carne propia y recordada por las anteriores.

En 1985 el presidente Miguel de la Madrid tardó dos días en dar una respuesta a la población; además, rechazó la ayuda internacional. El Estado quedó pasmado ante las decenas de miles de personas que minaban, inconscientemente, el viejo control del partido que hegemonizó la política mexicana en el siglo XX.

Después de la movilización estudiantil reprimida el 2 de octubre de 1968 en el barrio de Tlatelolco, ninguna otra movilización tuvo gran fuerza como la de 1985. El cronista mexicano Carlos Monsiváis llamó a este esfuerzo «el despertar de la sociedad civil». Para los integrantes de la Unión de Vecinos y Damnificados 19 de septiembre, fue una «insurgencia social». De acuerdo con un informe del Banco Mundial, cerca de doscientas cincuenta mil personas que quedaron sin casa y novecientas que tuvieron que salir de sus hogares. Esta cifra astronómica fue realmente la potencia de la marea organizativa que estaba por venir.

Con estas personas surgió el futuro movimiento urbano popular, de las asambleas barriales y del movimiento de damnificados. Sus demandas colectivas no trascendieron en el relato oficial, pero las asambleas organizadas en colonias de Tlatelolco, Roma, Doctores, Guerrero pusieron en evidencia el sistema de construcción, el modo de ayuda clientelar y la reconstrucción arbitraria. Su memoria se encuentra en la calle.

Esta vez el cuestionado gobierno de Enrique Peña Nieto, quien tenía 16% de aprobación al comenzar el año, intentó, mediante un enorme aparato de comunicación social, mostrarse como protagonista de los rescates. En sus mensajes al país, el Ejecutivo parece decir: «donen y déjenme el problema». Pero esta generación muestra con sus acciones que el rescate y la reconstrucción intentarán transitar por la vía de la autonomía. Con el paso de las horas, la población levantó albergues no gubernamentales en toda la capital y comenzaba a distribuir cosas fuera de los canales oficiales.

La creación de plataformas independientes, de diversos mapeos con geolocalización de zonas afectadas hechas por activistas digitales y por la propia población son canales independientes de participación. Como pocas veces, campañas como #RescatePrimero o plataformas como Verificado19s fueron tejidas en red y ocuparon el territorio; mezclaron así la actividad cibernética con la solidaridad en la calle. Gracias a la organicidad del activismo en internet y los recorridos de calle surgió el nombre/hashtag #19s.

Algunos analistas tanto de derecha como de izquierda hablan de esta reacción como una sorpresa. Pero el movimiento #Yosoy132 y el de Ayotzinapa presentaron todas estas características anteriormente. Fueron multidisciplinarios, creativos, autogestivos y en red a largo plazo. Todas, todos, colocaron sus diversas habilidades y encontraron su lugar.  Una joven activista del pueblo zapoteca de Oaxaca escribió ahora en Twitter: «lo que estamos haciendo se llama Anarquía».

Como con aquellos movimientos, la autoridad fue vilipendiada. El presidente Enrique Peña Nieto, el secretario de gobernación Miguel Ángel Osorio Chong, el gobernador de Morelos y otros políticos fueron encarados durante sus visitas a lugares del sismo: «¡Ensúciate las manos, cabrón!», le reclamaron a Chong en la calle de Chimalpopoca. «Agarre una pala» dijeron a Peña Nieto habitantes de Joquicingo, Estado de México.

Hay una fotografía de 1985 en la que el escudo del PRI se ve resquebrajado, a punto de colapsar. Cuando escribí el reportaje, vecinos organizados me dijeron que su movimiento significó la auténtica caída electoral del partido hegemónico. Del terremoto del 7 de septiembre emerge una imagen: en el devastado pueblo de Unión Hidalgo las oficinas del PRI muestran, de nuevo, su escudo roto.

Nuestros cuerpos no son escombros

«El día del derrumbe», un cuento de Juan Rulfo, muestra el diálogo entre un par de hombres que recuerdan la visita de un gobernante a un pequeño pueblo después de un sismo: «cuando la tierra se pandeaba todita como si por dentro la estuvieran rebullendo». La visita exhibe la verborrea del discurso oficial y termina convertida en riña de borrachos. La fecha del temblor rulfiano estremece: entre el 18 y el 21 de septiembre. El cuento fue publicado en 1953. Hoy es difícil encontrar un lugar donde reciban con una fiesta a cualquier autoridad después de un sismo.

México pierde cada vez más su solemnidad patriota y septiembre se ha convertido en un mes problemático, especialmente desde hace tres años. Este país no puede pensar en sus saturados festejos sin la sombra de la desaparición forzada de cuarenta y tres estudiantes rurales en el estado sureño de Guerrero, acaecida el 26 de septiembre de 2014. Aquella madrugada un comando de policías municipales intercepta a cinco camiones ocupados por estudiantes en el estado de Iguala. Tres mueren. A cuarenta y tres de ellos no se les vuelve a ver. Desaparecen.

Desde entonces, el día 26 de cada mes la principal avenida del país, Paseo de la Reforma, alberga la marcha de quienes siguen buscando con vida a los jóvenes. Reconstruir la verdad se convirtió en un camino transitado por miles. Durante los mítines mexicanos los colores rojo y verde que flanquean la bandera nacional son pintados de negro.

A tres años de lo que diversos sectores de la sociedad llaman un crimen de Estado, una caminata silenciosa recorrió Reforma.

Esta arteria conecta con varias de las colonias afectadas por el sismo: Roma, Condesa, Juárez, Cuauhtémoc. Las calles han cambiado. La desaparición en México muestra ahora otra vertiente. A las más de treinta mil personas desparecidas de México se suman los cuerpos de obreras, oficinistas, niñas y niños sobre los cuales avanza la maquinaria del gobierno y los intereses inmobiliarios. Hoy, a los cuarenta y tres estudiantes ausentes hay que sumarle las mujeres que quizá estaban en el edificio de Bolívar esquina con Chimalpopoca, y los cuerpos que deben regresar a las familias del edificio Álvaro Obregón 286.

«Sentimos muy hondo su clamor y nos hermanamos también en su búsqueda para que se remuevan los escombros de la injusticia y encontremos a las personas que amamos» dijeron las familias de los cuarenta y tres estudiantes durante el mitin con el que culimó la enorme manifestación silenciosa a propósito del tercer aniversario de los hechos de Ayotzinapa.

El término necropolítica, del camerunés Achille Mbembe se ocupa para designar el nuevo poder del Estado para decidir quién puede vivir y quien puede morir. Es un término de triste moda en México. Aquí, la polis administra los cuerpos que ya no le sirven: los sepulta en fosas clandestinas o los equipara con escombros.

La rebelión se hace notar con un ejercicio para nombrar los cuerpos. Esta generación, marcada tardíamente por la guerra contra el narcotráfico, hace emerger la palabra esperanza tanto afuera de los edificios colapsados como al lado de las familias de los estudiantes rurales desaparecidos. Desde aquel 26 de septiembre, desde este 19 de septiembre, entramos en otra dinámica temporal. Una pancarta afuera de los rescates en México versaba: «En el 85 hubo sobrevivientes hasta 15 días después. La prisa la tiene el gobierno, no el pueblo». Con sorpresa, la generación millennial no lleva prisa.

Ahora vivimos hasta un conflicto de tiempos: la prisa por instaurar el olvido, la llamada «normalidad», dejar en manos de la especulación los inmuebles caídos y olvidar la corrupción en la construcción, y las horas de trabajo. En Álvaro Obregón 286 se repite el escenario de vecinos, rescatistas y activistas que buscan suspender el tiempo con recursos legales y hasta con sus cuerpos y detener así la demolición del edificio. Las familias de Álvaro Obregón ya denunciaron opacidad en las listas de cuerpos rescatados no identificados y exigieron un contacto directo con funcionarios de alto nivel.

Para eso es necesario quebrar la inercia y no volver a la normalidad citadina, aquella de hábitos letales y rutinas monstruosas. Las universidades regresaron a clases a partir del día 25, pero todavía hay personas, cuerpos vivos o muertos, sepultados entre los escombros.  «Hay desaparecidos por el Estado, y desaparecidos por un desastre potencializado por el Estado». En una reunión de esfuerzos de brigadistas autónomos y medios independientes escuché a un hombre decir esto, y equiparar a México con Antígona: «a la que han prohibido dar sepulcro a su hermano y para hacerlo tiene que violar las leyes».

En la última década, para buscar desaparecidos familiares formaron brigadas de enlaces nacionales para hacer las búsquedas con sus propias manos. Hoy, como hace treinta y dos años, para entrar a trabajar en el rescate de cuerpos después del sismo hay que sortear todo el andamiaje estatal. El ejército y la policía se interponen entre los dolientes y sus seres queridos. Un fenómeno natural adquiere el rostro del desastre social y a los medios oficiales no se les ocurre más que limpiar la imagen de las fuerzas armadas cuando las propias familias de Ayotzinapa todavía insisten en que se investigue la posible implicación del ejército en la desaparición de sus hijos.

A mediodía del domingo 24 de septiembre Chimalpopoca luce limpia. Colectividades feministas convocaron a una ceremonia para nombrar a las mujeres trabajadoras del edificio ahora desaparecido. Pitan el lugar con frases: «Vivas o muertas, nuestros cuerpos no son escombros». Ocupan el espacio. Lo transforman. Si la territorialidad del desastre es amplia, como en este espacio de Chimalpopoca, ahora emblanquecido por el polvo y el sol, entonces comenzarán a brotar espacios insurgentes y posibilidades de cambio.

Que retiemble…

A una hora de viaje de la ciudad, el desastre cambia de cara. Xochimilco, Morelos, a las orillas de los volcanes de Puebla, el México de pies agrietados, viven sin agua, sin trabajo y sin techo. Mucho más al sur, organizaciones sociales denunciaron que en el municipio de Tonalá, Chiapas, hay cuatro mil setecientas viviendas dañadas, cuatro mil trescientas en Arriaga, dos mil cien en Pijijiapan.

Sin embargo, quizás desde ese México rural se miren mejor los horizontes para caminar después de los sismos. Ahí y en el territorio llamado internet.  Si se hace mediante la escucha, la circulación de conocimientos entre la generación millennial, citadina, volcada, impetuosa, y las comunidades con sus métodos asamblearios y la conexión con la tierra, aparecerán los espacios nuevos que necesitamos fuera de la institucionalidad que en 1985 absorbió las fuerzas de cambio.

En 1985, la batalla ganada por la organización popular fue el arraigo. Los vecinos de una colonia popular ubicada en la parte norte del centro de la ciudad decían: «Soy de la Guerrero y aquí me quedo» ante los intentos de mandarlos a multifamiliares en otros estados del país. Aunque parezca contradictorio, el arraigo a la tierra todavía vibrante, desde la colonia Roma hasta la Oaxaca mareña, puede ser la base de la vida.

El Congreso Nacional Indígena, una red y asamblea surgidos en 1997 para acompañar al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en el reconocimiento de sus derechos como pueblos originarios, tiene una frase con la que termina sus comunicados: «Por la reconstitución integral de nuestros pueblos». Esta frase es iluminadora.

En Oaxaca, las cocinas y hornos zapotecos, sustento de las mujeres, fueron totalmente destruidas por el sismo. «Reconstituir» es rehacer los hornos para que las mujeres recuperen inmediatamente su modo de vida. En el México indígena, la existencia de un mundo anterior, una forma de vivir que corresponde con la comunidad es el horizonte del cual hablo. En el campo la reconstitución va atravesada por otras preocupaciones como la defensa de su territorio. En la ciudad, la reconstitución va más allá de la reconstrucción, e implicaría el freno a los intereses inmobiliarios y la creación de una ciudad con una vida digna, con lógicas de funcionamiento diferentes.

En Juchitán, Oaxaca, «la mayor comunidad indígena del país», Rodrigo, un integrante de la Asamblea de los Pueblos Indígenas del Istmo de Tehuantepec, me contó que a raíz del sismo han creado una organización por calles para darse seguridad. Además, comienzan a idear la reconstrucción de sus hogares de acuerdo con la identidad zapoteca. Con una frase le da totalmente la vuelta al himno nacional: «ahora sí decimos: retumbó en sus centros la tierra, a favor de nosotros».

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