A un año de la presidencia de Trump

Ha pasado un año desde que Donald Trump fue elegido presidente de Estados Unidos, y aunque el sistema estadounidense de pesos y contrapesos ha funcionado en el engranaje político, Trump parece protagonizar un reality show.

| Internacional

«This American carnage stops right here and stops right now.»: a un año de la inauguración presidencial

Hace un año, el 20 de enero, miles de personas alrededor del mundo presenciaron la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Así como hace ocho años el mundo vio con emoción la llegada del primer presidente afroamericano a la Casa Blanca, la mayoría vio con reserva y rechazo la llegada de un presidente que enseñó al mundo que apelar a la razón y defender principios básicos como la tolerancia y la libertad no son requisitos para ganar una elección presidencial.

Resulta difícil asimilar que solo ha pasado un año bajo la administración de Trump. En el 2017, el residente de la Casa Blanca intentó prohibir la entrada de musulmanes de ciertos países a Estados Unidos, despidió al director del FBI, cambió de secretario de Prensa tres veces, se negó a estrecharle la mano a Angela Merkel, reclamó públicamente a distintos líderes internacionales, atacó de manera directa a cientos de personalidades y hace unos días se refirió a los países africanos y a Haití como «shithole countries».

Estas son solo algunas de una lista interminable de acciones que sucedieron en el primer año de la presidencia de Trump. Como escribió Matt Flegenheimer en el New York Times: «El tornado de noticias del fenómeno Trump ha confundido nuestra comprensión del tiempo y nuestra memoria, produciendo una especie de sobrecarga sensorial que puede hacer que incluso los eventos sísmicos desaparezcan de la conciencia pública y colectiva». Así, a unos días de que la administración del presidente Trump cumpla un año, ¿cuáles han sido las acciones y los efectos de su presidencia en Estados Unidos y en la esfera internacional?


«I was elected to represent the citizens of Pittsburgh, not Paris.»: la esfera internacional en la presidencia de Trump

Durante la contienda por la Casa Blanca, Donald Trump prometió repetidamente que de ganar la presidencia gobernaría para los estadounidenses y reduciría el papel de la nación norteamericana en la esfera internacional. En el último año, y cumpliendo su promesa, Estados Unidos reconfiguró su política exterior y con ella el escenario global.

Con el repliegue internacional de Estados Unidos, en el 2017 observamos el surgimiento de nuevos actores que han llegado a ocupar espacios abandonados por el presidente de esta nación. China ha sido el país que más se ha beneficiado por esta retracción americana. Si bien por años hemos escuchado las teorías que anuncian «el gran despertar» del dragón asiático, esto no ha sucedido y hasta ahora parece que esta no es la estrategia que Xi Jinping y su círculo cercano desean adoptar en los siguientes meses. Lo que sí se ha podido observar desde la llegada de Trump a la presidencia es que Xi Jinping ha buscado dejar clara su posición en los temas más importantes en la agenda internacional al defender el libre mercado y la lucha contra el cambio climático. Frente a la amenaza que representaba el equipo antiglobalización de la Casa Blanca liderado por Steve Bannon, Xi Jinping logró neutralizar con agilidad los ataques y acercarse al presidente estadounidense, otorgándole facilidades a su familia para hacer negocios en China y recibiéndolo en su visita de Estado con un desfile militar y una serie de actividades que dejaron una impresión muy positiva de China en la mente del presidente Trump.

Aunque existen temas como el comercio y la situación con Corea del Norte que podrían tensar la relación entre China y Estados Unidos, en 2017 China logró avanzar sus intereses globales en diferentes regiones del mundo sin la intervención de Estados Unidos. Como lo recalcó Evan Osnos para la revista The New Yorker, «mientras Estados Unidos se retira, China aparece». Faltan años para ver a China como el hegemón internacional; no obstante, su papel en la esfera global ha tomado una nueva relevancia frente a la presidencia de Trump.

Si un país abarcó los titulares estadounidenses este año, sin duda fue Rusia, uno de los países más beneficiados por la administración de Trump. Aunque al interior de Estados Unidos la investigación dirigida por Robert Mueller ha tensado la relación entre ambos países, la evidencia hasta ahora presentada ha demostrado con toda claridad que el Kremlin intervino en las elecciones presidenciales estadounidenses del 2016. En contraste con China, la nación rusa no ha salido al exterior buscando posicionarse como un líder internacional. Pero en el último año diferentes ataques cibernéticos en distintas regiones del mundo han sido atribuidos a hackers rusos —sin que se haya probado de manera contundente—, lo que deja la impresión de que Vladimir Putin ha buscado sistemáticamente intervenir en las elecciones y agendas de distintos países. No obstante que durante la administración de Obama, Rusia siempre mantuvo sus acciones al margen por miedo a represalias, la constante aclamación del presidente Trump hacia el presidente ruso y su insistencia en ver a Rusia como un aliado han dejado un amplio campo de maniobra para los intereses rusos en la esfera internacional.

En el caso de Occidente, la administración de Trump ha provocado un daño inmensurable con sus aliados más cercanos. Reino Unido, Francia y Alemania, entre otros países, han hecho a un lado el liderazgo de Estados Unidos en la agenda internacional. Cada uno de ellos se ha visto en la necesidad de promover distintas agendas, entre las que destacan la equidad de género, el medio ambiente y la protección a los refugiados. Este año los aliados usuales de Estados Unidos buscaron soluciones a los problemas mundiales con o sin el apoyo de la nación norteamericana. Estos tres países se han convertido en bastiones de «democracias liberales» que ahora pretenden defender el sistema frente a las amenazas internacionales. Desde situaciones como el rechazo de los electores franceses a las filtraciones sobre la campaña de Macron (posiblemente orquestadas por Rusia) hasta la creación de nuevos acuerdos comerciales y planes para detener el calentamiento global, la presidencia trumpista ha empujado a diferentes países a no esperar el liderazgo de Estados Unidos para defender las agendas más importantes para las democracias y el liberalismo económico.

En la formulación de política exterior estadounidense las cosas no podrían estar peor que como se encuentran en la actualidad. El desdén de Trump por las burocracias y la falta de liderazgo de Rex Tillerson en la Secretaría de Estado derribaron por completo en menos de un año a una de las secretarías más importantes del gobierno federal. Desde el nombramiento de Tillerson, el Departamento de Estado sufrió un éxodo masivo de diplomáticos de carrera y miembros del servicio exterior, lo cual provocó que hasta el día de hoy posiciones vitales para la ejecución de la política exterior continúen vacantes. De la misma forma, durante todo el año distintos embajadores presentaron su renuncia al no encontrar una manera de defender las declaraciones más controversiales de su presidente. Sumado a todo esto, en los últimos meses, diversos medios de comunicación han reportado que el secretario Tillerson y el presidente Trump no mantienen una relación cordial y que pronto podría salir del gabinete. El desinterés de Donald Trump por el ámbito internacional no debería ser sorpresa para nadie: su falta de conocimiento en política exterior fue un tema constantemente reportado por distintos medios. Como reveló el artículo de Susan B. Glasser en POLITICO, la mayoría de las reuniones del presidente Trump con otros líderes internacionales han sido tensas y muchos presidentes se han declarado asombrados frente a su ignorancia.

Dentro de este lúgubre escenario existen aquellos que consideran que en temas de política exterior la presidencia de Trump no ha sido tan catastrófica. Este año pudimos presenciar un combate efectivo al Estado Islámico, una mayor participación de distintos agentes en la esfera internacional y un «control» limitado de la crisis en la península coreana, pruebas de que algunas cosas podrían estar saliendo bien. No obstante, es un hecho que la mayoría de los efectos de la presidencia de Trump en lo internacional serán observables en el largo plazo. El daño que la imagen de Estados Unidos ha tenido en este ámbito podría resultar irreversible y perjudicial para el futuro del país que hasta hace unos años se consideraba el garante por excelencia de la seguridad, la democracia y la economía internacionales.


«Hillary, get on with your life and give it another try in three years!»: Estados Unidos de Trump

Una presidencia kamikaze. Así fue la presidencia de Donald Trump en el 2017. Declaración tras declaración el presidente y su equipo en cada momento de este año libraron un escándalo para verse involucrados de inmediato en otro. El presidente es víctima de sí mismo. Los síntomas estuvieron ahí desde la campaña presidencial; escuchar hablar al entonces candidato Donald Trump hacía entrever que no entendía función presidencial y no contaba con conocimientos básicos de política pública. Aun así fue electo. En estos últimos meses distintos reportajes (y recientemente el libro de Michael Wolff) nos han confirmado que el presidente vive dentro de un reality show cuyo set de grabación es Estados Unidos.

La presidencia americana fue diseñada con base en la imagen de George Washington. Los asistentes a la Convención de Filadelfia estaban seguros de que solo los mejores hombres llegarían al Poder Ejecutivo estadounidense. Con esto en mente, la presidencia como institución fue diseñada con pocas reglas explícitas y una serie de «normas» implícitas que han sido asumidas por cada uno de los presidentes. Donald Trump destruyó este sistema en un año. Frente a los escándalos de la investigación sobre Rusia, la negación de Trump a presentar sus declaraciones fiscales y las acusaciones que han surgido por posible «corrupción», el sistema estadounidense no ha podido proceder en contra del presidente por el simple hecho de que no existen las leyes para hacerlo. La facilidad de Trump para actuar como lo hizo este año (incluyendo la preocupante facilidad para lanzar un misil nuclear) son consecuencia de un sistema que hasta ahora estaba basado en la «buena voluntad» y el sentido patriótico de las personas que llegaban a la Casa Blanca. Los Padres Fundadores nunca imaginaron que un hombre como Donald Trump llegaría a la presidencia, y allí reside la dificultad de controlar su poder.

No obstante, frente a esta presidencia rampante, el sistema político estadounidense cuenta con un sistema de pesos y contrapesos diseñado para limitar el poder presidencial. El Gran Experimento Americano delineado hace doscientos treinta años fue puesto a prueba durante el 2017, y asombrosamente, el diseño institucional madisoniano ha funcionado. Frente al intento del Poder Ejecutivo de prohibir la entrada de musulmanes a Estados Unidos, impedir la investigación respecto a los nexos de la campaña de Trump con Rusia y rescindir el permiso temporal de los dreamers, las cortes estadounidenses fueron un contrapeso fundamental. De la misma forma, diferentes congresistas durante todo el año manifestaron su oposición a las propuestas del residente de la Casa Blanca y muchos han tomado la decisión de no buscar la reelección legislativa.

La oportunidad desperdiciada de este año la tuvo el Partido Demócrata. Después del colapso de la campaña de Hillary Clinton y la promesa de hacer una introspección con la finalidad de reformarse, el partido de Obama y Sanders no ha logrado establecer una agenda clara para el electorado. Si bien en las últimas elecciones le han arrebatado posiciones importantes al Partido Republicano, esto no ha sido suficiente para generar una oposición sólida y una plataforma viable para la elección presidencial del 2020. Los esfuerzos demócratas hoy están concentrados en las elecciones intermedias de este año, en las que se espera que ganen la mayoría en la Cámara de Representantes y mantengan su posición de minoría en el Senado; no obstante, la falta de una figura líder dentro del partido ha complicado la labor de organizar la oposición a Trump.

En el 2017 los ciudadanos fueron la verdadera resistencia a la presidencia de Trump. La sociedad civil, por medio de organizaciones no gubernamentales, comités de acción política (PAC) e incluso candidaturas independientes, se involucró de manera directa en la defensa de derechos civiles y protección a las minorías. Este año el Congreso de Virginia por primera vez tendrá una congresista transgénero y en Alabama el electorado impidió la llegada del republicano Roy Moore (acusado de pedofilia) al Senado estadounidense. La sociedad civil, mediante el sistema democrático, está combatiendo al hombre que busca destruirlo. Los ciudadanos estadounidenses en este último año nos demostraron que acciones básicas como pagar la suscripción a un periódico o asistir a una marcha sí pueden hacer la diferencia.

Los medios de comunicación, a pesar de los ataques diarios del presidente, este año desempeñaron una labor impresionante que expuso las mentiras y la falta de preparación de la administración actual. Pero frente a la lucha por la verdad y la defensa de la democracia existe el riesgo de que el resultado desemboque en una victoria pírrica. Como lo hizo notar Hillary Clinton en su libro What Happened, la campaña de Trump le enseñó al sistema mediático lo redituable que es cubrir los escándalos en lugar de las propuestas, y los ataques en lugar de las soluciones. Durante toda la campaña presidencial los medios de comunicación dedicaron solamente treinta y dos minutos (en promedio) a las propuestas de cada uno de los candidatos. y este modelo de información ha continuado. El éxito de Fire and Fury se explica en parte porque en el último año los medios han seguido de cerca cada escándalo y rumor de la presidencia de Trump, peleándose con su gabinete y cayendo en un ciclo de coberturas que han llevado al mismo presidente a declarar que «otra razón por la que voy a ganar otros cuatro años es porque los periódicos, la televisión y todos los medios de comunicación se derrumbarían si no estoy allí porque sin mí los índices de audiencia se van al suelo».[I]

El año 2017 fue testigo de la transición de Donald Trump de outsider del Partido Republicano a líder del mismo. Si bien en los primeros meses de su presidencia las peleas con el senador Mitch McConnell (líder de la mayoría en el Senado) y Paul Ryan (presidente de la Cámara de Representantes) eran intensas y constantes, desde la aprobación de la reforma fiscal los congresistas republicanos han encontrado un punto medio con el residente de la Casa Blanca. Muchos de los legisladores que antes criticaban con fervor los tuits y comentarios del presidente ahora guardan silencio al ser cuestionados por la prensa. Los republicanos han decidido apostar a la agenda del presidente Trump esperando que sea redituable en las elecciones intermedias de este año. Algunos senadores han criticado la posición republicana al grado de acusarlos de complicidad con el presidente Trump; sin embargo, es importante recordar que el Partido Republicano desde la elección de Obama ha adoptado una visión pragmática que ha hecho a un lado los valores conservadores y los intereses de sus electores a fin de obtener resultados en las urnas. Mientras Trump mantenga una base electoral sólida, el Partido Republicano continuará otorgándole su respaldo. Esta relación de interés compartido le permitió al Partido Republicano avanzar su agenda conservadora y detener distintas iniciativas de la presidencia de Obama. Por medio de la cancelación y modificación de distintas leyes (entre las que destaca la desregulación en materia de protección ambiental), los republicanos han sabido cómo utilizar la presidencia de Trump para promover sus intereses. En los últimos meses los miembros más conservadores del Partido Republicano, con el apoyo del presidente Trump, han buscado la nominación en masa de cientos de jueces de corte conservador para así limitar el poder de la rama judicial frente a los intereses republicanos.

Finalmente, el misterio político del 2017 son los índices de popularidad del presidente Trump. Si se analiza desde una perspectiva histórica, Trump cuenta con los índices de aprobación más bajos de cualquier presidente de la historia moderna de Estados Unidos. Pero su aprobación logró mantenerse en el rango de veinte-treinta por ciento. Frente a todo lo que ha sucedido se esperaría que estos índices fueran más bajos, pero no lo han sido. La elección intermedia de este año será la prueba de fuego para determinar si la agenda del presidente Trump y del Partido Republicano ha perdido apoyo dentro de sus bases o si la mayoría de los medios y analistas siguen sin entender el fenómeno Trump y todo lo que lo rodea.


 and , instalación de @IndivisibleMN03  “contra el circo mediático y las fake news de Trump”.

«The one thing I would say —and I say this to people— is I never realized how big it was.»: lo que aprendimos del 2017 y lo que nos espera en el 2018

El 9 de noviembre del 2016 todos intentaron explicar por qué había ganado Donald Trump. Desde los mejores encuestadores hasta los líderes de opinión más importantes el mundo vio con consternación el discurso de Hillary Clinton reconociendo su derrota. A un año de la elección, ¿qué fue lo que pasó?

La explicación numérica

El analista Nate Silver en su portal FiveThirtyEight fue uno de los pocos encuestadores en darle una mayor probabilidad de triunfo a Donald Trump en la contienda presidencial del 2016. Su estudio de la elección arrojó que el triunfo republicano se puede explicar por tres distintos elementos. En primer lugar, la mayoría de las encuestas obtuvieron los mismos datos y construyeron una narrativa en la que Hillary Clinton tendría un triunfo avasallador, lo cual sesgó el análisis estadístico. En segundo lugar, Clinton perdió el Mid-West de Estados Unidos y estados como Pennsylvania, Michigan y Wisconsin sorprendieron a todos al darle los votos del colegio electoral a Trump. «Las encuestas terminaron por subrepresentar a Trump en los estados republicanos y sobrerrepresentar a Clinton en los estados demócratas». De la misma forma, los estados con una alta población blanca terminaron dándole los votos electorales necesarios a Donald Trump. En los últimos días los votantes indecisos escogieron apoyar a Trump frente al escándalo desencadenado por el FBI relacionado con los correos electrónicos de Clinton. Así, para Silver el error no cayó en las encuestas, cayó en la interpretación de las mismas y en la complacencia de la mayor parte de los analistas al asumir que era imposible que un candidato como Donald Trump llegara a la presidencia de Estados Unidos.

Más allá de los datos

En estos meses la academia estadounidense de ciencia política ha comenzado a presentar los primeros estudios que buscan explicar el triunfo de Donald Trump. Y aunque las opiniones el día después de la elección atribuyeron el resultado, sobre todo, a las condiciones de la economía, esta teoría ha sido cada vez  más rechazada. Frente a todas las hipótesis que se han presentado, en mi opinión dos elementos definieron la elección.

El desgaste demócrata y la carta de James Comey

Después de perder la elección, el equipo de campaña de Hillary Clinton aseguró que sus números en las encuestas comenzaron a caer tras el anuncio de James Comey de reabrir la investigación sobre los correos de Clinton. Este cambio tan rápido de opinión alienó a una parte importante del electorado que pensaba apoyar a Clinton y enardeció a la base de Donald Trump, que asistió a las urnas para garantizar el triunfo de este y el prometido encarcelamiento de aquella. El sistema político estadounidense nunca había experimentado una intervención directa del FBI a favor de un candidato presidencial como en 2016 y esto tuvo un impacto directo en los resultados electorales. De la misma forma, las fórmulas electorales de los demócratas supusieron que diferentes grupos minoritarios y jóvenes universitarios asistirían a las urnas y le darían la victoria a Clinton. Desafortunadamente, estos sectores no fueron suficientes para contrarrestar el voto de la clase trabajadora blanca.

«I’m not a racist.»  

La mayoría de los estudios publicados hasta ahora han coincidido en que el racismo cumplió una función fundamental en el triunfo de Donald Trump. Este racismo se reflejó en un «sentido de desplazamiento» en el que la mayor parte de la población blanca en los últimos años se sintió desplazada por los afroamericanos y por otras minorías. Este sentimiento no surgió durante esta elección: desde el 2008, en la contienda presidencial de Barack Obama y John McCain, diferentes medios comenzaron a notar un alza en la retórica racista en los rallies republicanos. Si bien McCain nunca promovió una plataforma de segregación, la llegada de Sarah Palin a la contienda «despertó» a un sector del electorado republicano que poco después terminó organizándose dentro del Tea Party y la alt-right.

Con la llegada de Obama a la presidencia, el Partido Republicano estableció como prioridad oponerse a cualquier propuesta del presidente demócrata y orquestó durante ocho años una estrategia financiada por una serie de empresarios y difundida por Fox News con el objetivo de construir una narrativa conservadora que llamaba a los republicanos a salir a defender sus principios. Esta estrategia le resultó redituable al Partido Republicano en la elección intermedia del 2010, pero desató una serie de sentimientos e ideas dentro de sus bases que pronto se salieron de control. Trump simplemente llegó a cosechar el enojo y hartazgo que el Partido Republicano se había encargado de sembrar durante toda la presidencia de Obama. Como establece el escritor Ta-Nehisi Coates, «…para Trump ‘la blancura’ no es ni teórica ni simbólica, sino que es el núcleo mismo de su poder. En esto Trump no es singular. Pero mientras que sus antepasados portaban ‘la blancura’ como un talismán ancestral, Trump quebró el brillante amuleto liberando sus esotéricas energías».[II]

Entender el triunfo de Trump sigue siendo una labor complicada por el simple hecho de que cientos de variables coincidieron en la elección del 2016; sin embargo, entender la situación demócrata y las condiciones del Estados Unidos blanco es vital para que los demócratas construyan una coalición opositora al presidente Trump con miras a la elección intermedia del 2018.


«In addition to winning the Electoral College in a landslide, I won the popular vote if you deduct the millions of people who voted illegally.»: las elecciones del 2018

Este año los eventos más importantes para la región norteamericana serán las elecciones intermedias en Estados Unidos y las elecciones presidenciales en México. En el caso de Estados Unidos, en esta elección se renovarán todos los miembros de la Cámara de Representantes y un tercio de los senadores. Además de esto, treinta y seis gubernaturas estarán en juego. Muchos analistas ya comienzan a predecir los resultados e incluso se ha hablado de la posibilidad de iniciar una moción de impeachment en caso de que los demócratas conformen una mayoría en la Cámara de Representantes. Paralelamente, México tendrá su propio proceso electoral y será interesante ver a los candidatos presidenciales discutir el futuro de la relación bilateral. Así como México fue un punching bag en la elección estadounidense, Estados Unidos podría convertirse en una bandera para legitimar propuestas y nacionalismos. ¿Tendrán los candidatos en sus planes una visita de Estado al vecino del norte? ¿Cuál será el plan de política exterior hacia Estados Unidos después de la discutible decisión de Luis Videgaray? Lo único que se puede afirmar en este momento es que México tendrá un papel crucial en la política local estadounidense, ya que en los siguientes meses se espera que los temas prioritarios en la agenda norteamericana sean la resolución de la situación migratoria de los dreamers, la posible construcción del muro fronterizo y la posible salida de Estados Unidos del TLCAN. Estos temas se desarrollarán mientras los candidatos presidenciales mexicanos estén en plena campaña.


«Are you allowed to impeach a president for gross incompetence?»: ¿el impeachment del presidente Trump?

La única forma de que el 2018 sea testigo de un procedimiento de impeachment contra el presidente Trump es que los demócratas logren la mayoría en la Cámara de Representantes en las intermedias. Aun con este triunfo, la promesa de remover al presidente sigue contando con una probabilidad mínima. En toda la historia política de Estados Unidos solo se ha procedido con un impeachment: el de Andrew Johnson en 1868.

El procedimiento de remoción presenta dos dificultades, una a corto plazo y otra a largo. Por un lado, establecer cargos criminales contra el presidente Trump hasta ahora ha resultado imposible. La investigación de Robert Mueller no ha arrojado pruebas más allá de la duda razonable sobre la legalidad de las acciones del equipo de Trump. Distintos analistas creen que, si la investigación de Mueller arrojase resultados significativos, sería probable que Jared Kushner y Eric Jr. procedieran a declararse culpables con la finalidad de evitar la caída de la presidencia de Trump.

Establecer una causa para remover al presidente será el reto más grande para los demócratas, quienes actualmente se encuentran divididos al respecto. En el largo plazo, lograr una moción de impeachment contra el presidente Trump frente al panorama de polarización extrema en el que se encuentra Estados Unidos podría resultar perjudicial para todo el sistema político. La inestabilidad que la destitución generaría a lo largo del país terminaría polarizando a las tres ramas de gobierno, lo que provocaría una crisis a la que no queda claro que el sistema pueda sobrevivir.


«Will someone from his depleted and food starved regime please inform him that I too have a Nuclear Button, but it is a much bigger & more powerful one than his, and my Button works!»: 2018, el año de la amenaza nuclear

La amenaza nuclear en el 2018 será un riesgo serio, ese es el consenso en los círculos de política exterior estadounidense. La inestabilidad que el presidente Trump mostró en su último año, acompañada de la guerra de declaraciones que sostiene con Kim Jung Un, ha convertido la guerra nuclear en un escenario posible. Si bien hasta ahora no existe confirmación del nivel de desarrollo de armamento nuclear con el que cuenta Corea del Norte, es un hecho que en los altos mandos estadounidenses y chinos se han empezado a desarrollar planes de acción inmediata en caso de un conflicto directo entre la nación estadounidense y la península coreana.

La Constitución estadounidense le otorga al presidente la completa facultad de iniciar un ataque nuclear sin regulación del Congreso o de cualquier otro contrapeso. Frente a la inestabilidad del presidente Trump, lo único que queda es depender de su círculo cercano de seguridad nacional que está conformado por militares con una amplia experiencia, entre los que destaca el general McMaster. Existe una alta probabilidad de que el conflicto con Corea del Norte no desemboque en una guerra nuclear. En estos días, las dos Coreas han mantenido diálogos en el marco de la Juegos Olímpicos de Invierno y algunos analistas consideran que Corea del Norte continuará estos diálogos con el objetivo de neutralizar la influencia de Estados Unidos en la península coreana. No obstante, este es un conflicto que se tendrá que seguir con detenimiento, analizando los movimientos de cada actor y previendo sus acciones a futuro.


AMERICA FIRST!

Hace unos meses el periodista de Vox, Matthew Yglesias, publicó un artículo en el que delineaba las razones por las cuales Donald Trump tiene asegurada la relección en el 2020. Todo se reduce a la demografía y las reglas del Colegio Electoral. Es muy temprano para determinar cuál es el panorama para Donald Trump en cuatro años, pero hasta ahora podríamos catalogar su presidencia como parcialmente exitosa. Trump ganó en el 2017 porque logró redefinir a su manera las formas de hacer política. De una u otra forma ha logrado insertarnos en el debate de la posverdad y las falsas equivalencias. El sistema de pesos y contrapesos ha funcionado, pero es un muro cuarteado. Hasta ahora las instituciones han resistido los ataques del presidente y han contado con el apoyo de los ciudadanos y de la oposición; sin embargo, tres años más podrían terminar desgastando estos controles y derrumbando el muro que hasta ahora ha contenido a la presidencia republicana. Si los resultados de la elección intermedia del 2018 benefician a los demócratas, el peor error sería asumir que esto es un claro signo de una victoria presidencial en 2020. El triunfo del Partido Republicano en el ámbito local durante la presidencia de Obama se explica en una medida por la complacencia en la que cayeron los demócratas al dar por hecho que el triunfo del presidente afroamericano representaba el fin del conservadurismo en Estados Unidos. De hoy al 2020 lo único que le queda al mundo y a los ciudadanos estadounidenses es aceptar que el futuro es republicano y esperar que pronto deje de serlo.


[I] «But another reason that I’m going to win another four years is because newspapers, television, all forms of media will tank if I’m not there because without me, their ratings are going down the tubes».

[II] «to Trump, whiteness is neither notional nor symbolic, but is the very core of his power. In this, Trump is not singular. But whereas his forebears carried whiteness like an ancestral talisman, Trump cracked the glowing amulet open, releasing its eldritch energies.» N del E: la traducción es nuestra.

 

 

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